martes, febrero 10, 2009

Remembranzas de la feria y el reencuentro

DR. FELIPE HERNÁNDEZ G. *
felipehernandez56@yahoo.es

A petición del Presidente del Comité Organizador del XVI Reencuentro de la Feria de la Candelaria 2009, profesor Ramón Correa Ochoa, he aceptado con entusiasmo hablar en este "Reencuentro" que es nuestro. Estoy aquí para compartir con Ustedes que gentilmente han venido a este encuentro en el reencuentro a pasar un día de solaz y esparcimiento. Gracias a todos.

Antes de hacer algunos señalamientos puntuales, considero procedente ofrecer algunas precisiones históricas generales sobre el origen de lo que han sido las ferias en el mundo. Existe consenso para admitir, que la palabra feria proviene del vocablo Feriae, que significa días de fiesta. Probablemente las ferias tienen su origen hacia el año 600 antes de Cristo. Se habla de pruebas que datan su existencia antes del comienzo de la Era Cristiana, sin precisar ni la época ni su carácter, aún cuando si se sabe que tal acontecimiento estaba relacionado con ciertas festividades religiosas. Es así como allí se estrechan los vínculos entre la religión y el comercio, de tal manera que era costumbre acotar inmediato al lugar del culto, una zona convenientemente delimitada para el ejercicio de la actividad comercial. Posteriormente con el fin de aumentar sus negocios, los comerciantes introdujeron espectáculos y diversiones para atraer al público. Fue de esa manera que ciudades como Babilonia, Atenas, Roma y otras de la antigüedad pasaron a ser grandes centros comerciales.

En Europa se crearon importantes ferias a partir del año 427 después de Cristo, entre las cuales figura la feria anual de St. Denis, que se estuvo realizando con notable éxito hasta el año 1777; la feria de San Lázaro creada en el año 800 y la de Flandes en el 960 después de Cristo. De las tantas celebradas en Paris, cobra importancia la feria de St. Germaine, primera celebrada en un gran edificio permanente, construido en torno a ella en 1485 y destruido por un incendio en 1753. De Londres, la mayor de las ferias comerciales era la de St. Bartholomew, creada en 1102, decadente durante el siglo XVII, pero continuó celebrándose hasta el año 1855.
Fueron notables también las ferias de Nijni – Novgorod y Moscú en Rusia, Leipzig y Francfort en Alemania, Sinigaglia en Italia y Medina del Campo en España. Como se puede notar, la relación entre feria, religión y comercio nos viene desde sus propios orígenes, la cual no es inocente sino procurada e intencionada, ya que ahí los representantes de cada uno de esos sectores hacen su negocio.

De allá, de la vieja Europa, nos vinieron estas viejas prácticas; que pudieran encontrar semejanza en algunas jornadas mágico-religiosas y de diversión que realizaban nuestros pueblos originarios, salvo que estas por el modo de producción colectivista o comunal en que se desenvolvían, no predominaba el interés comercial.

En tal sentido, las tradiciones de los aborígenes localizados en el área del Orinoco Medio, eran producto de la indudable confluencia de culturas prehispánicas procedentes de diversos espacios, para quienes los llanos constituían una región periférica o Hinterland, culturalmente pobre, con una productividad marginal, rodeada en gran parte por culturas de mayor complejidad socio-cultural, que les determinó más bien un papel de intermediarios, en materia de comercio, particularmente en lo que respecta a la producción de aceite de tortuga y pescado, hecho que originaba grandes ferias anuales en ciertas épocas. Una red de intercambios que alcanzaba hasta la región de Los Andes, la Selva Amazónica y el Bajo Orinoco.



En ese orden de ideas, antes de la venida de los españoles, nuestra región era tierra de comunidades nómadas, que practicaban el trueque comercial de productos agrícolas de fácil cultivo o recolección, por proteínas obtenidas de la pesca en los ríos o en la caza de animales de todo tipo. Por ejemplo, el río Unare era una especie de “vía salaria”, porque su curso navegable servía para transportar la sal desde los centros indígenas de Píritu.
En los tiempos que corren feria y comercio se sienten uno sólo, en ocasiones con autosuficiencia como para montar tienda aparte al margen de la religión.
En el caso de nuestra Feria de la Candelaria, Feria de Palma y Sol o la Feria de Valle de la Pascua, tiene como referente para su celebración, la festividad religiosa, y en ese sentido, la iglesia católica ha sido siempre la tradicional aliada. En otrora, era la iglesia la que concedía los espacios. Son actividades propias e ineludibles de la Feria, la peregrinación de la Santa Patrona, la Virgen de la Candelaria; la elección de la reina, el desfile inaugural, los toros coleados, las corridas y el reencuentro. Las actividades se desarrollan en las instalaciones del Parque de Ferias “General Emilio Arévalo Cedeño”, que agropecuaria, industrial y artesanalmente está acondicionado para albergar las actividades programadas para la cita anual, así como en otros espacios públicos y cerrados de la ciudad.
La historia de la Feria de la Candelaria comenzó en diciembre del año 1939, siendo su presidente el señor Juan Zamora Arévalo y la primera reina la señorita Luisa Margot Hernández Zamora, las festividades se desarrollaron en los espacios de la llamada Laguna del Pueblo, es decir, en estos terrenos, donde hoy estamos celebrando este XVI Reencuentro de Vallepascuenses y Vallemetidos. Luego se retomaron en el año 1948, asistiendo el presidente Rómulo Gallegos.
Después de un prolongado receso, para retomar en firme la idea de las ferias que hemos venido celebrando hasta hoy, fue en el año 1969, cuando a proposición del padre Rafael Chacín Soto, quien cuestionaba que las fiestas patronales que era lo que se realizaba en ese entonces, convirtiesen durante esos días a la Plaza Bolívar y los alrededores de la Iglesia, en un lugar contrario a las normas de convivencia y buen vivir, especialmente en lo atinente a la realización de juegos de envite y azar y al consumo de bebidas alcohólicas.

Para lograr su objetivo, el Padre Chacín motivó a los entonces jóvenes Manuel Oropeza Fraile, Arturo Socorro Vera y Nery Celestino Parra, para que retomaran la idea de realizar unas ferias a la altura y condición de progreso de la ciudad. Así se inició la que vino a ser la segunda etapa de las ferias en Valle de la Pascua, realizándose la primera en 1969, presidida por Manuel Oropeza Fraile, y el apoyo determinante del Concejo Municipal, la Cámara de Comercio y Producción del Distrito Infante y la Asociación de Productores Agropecuarios (APADI). En esa primera edición, fueron coronadas como reinas las tres concursantes que se presentaron, señoritas: Perla Veitía (Reina de la agricultura), Isabel Bolívar (Reina de la industria) y Piedad Campagna Méndez (Reina de la ganadería). Lo demás es historia conocida hasta hoy, cuando estamos celebrando de manera ininterrumpida la número cuarenta y uno.

En cuanto al Reencuentro, que es lo que estamos celebrando en este momento, el de hoy es el número XVII, puesto que el primero se realizó en el año 1993, en ocasión del cumplimiento de los primeros XXV años de la Feria. La directiva de esa XXV Feria de la Candelaria, estuvo presidida por el doctor Manuel Fernández, e integrada además por la profesora María Margarita Riobueno, Ramón Celestino Tovar, Marisol Ramírez Montes, Oscar Correa, y quien les habla, entre otros, quienes quisimos conmemorar ese primer cuarto de siglo de la Feria, atendiendo el requerimiento de diversos sectores de la sociedad vallepascuense que venían planteando su deseo de volver a ver todo aquello que se había dejado atrás, a través de un reencuentro. La reina de la feria fue la señorita Damelis Guerra. El orador de orden de ese primer Reencuentro fue el periodista del diario Ultimas Noticias, el vallepascuense Humberto Álvarez, conocido popularmente como “Camuco Álvarez”.

Fue así como se nombró una directiva que se encargó de su organización, la misma quedó integrada por la señora Gloria García de Bellorín, quien la presidió, junto con la señora Gladys Hernández Zamora, doctor Emilio Carpio Castillo, doctor Rafael Seijas González y su esposa Gladys, don Jocho López, señor Pedro Armas Salazar, el cronista de la ciudad, profesor Luis Fernando Melo, señora Hidelcira Martínez de Moisés, Profesora Miriam Hernández de Fernández, señora Julieta Zamora de Oropeza, señora Graciosa de Carpio, señor Tomás Ramos Espinoza, señora Gladys Alayón de Felizola, señor Celso Belisario, entre muchos otros. Todas las reuniones organizativas de ese primer Reencuentro se hicieron en la casa de habitación de la señora Gladys Hernández Zamora y su esposo Celso Belisario, que estaba ubicada en la esquina de las calles González Padrón cruce con Descanso, frente a la Clínica Guárico, a una cuadra de la Plaza Bolívar. Lamentablemente esta edificación, que pudo ser un museo, a la muerte de Gladys fue vendida, permitiendo las autoridades municipales que fuese demolida.

La fiesta de ese primer reencuentro se realizó el sábado 6 de febrero de 1993, en el boulevard de la Plaza Bolívar. Hubo exposición de fotografías, antigüedades y fueron homenajeados los músicos Rufo Pérez Salomón, Eleuterio Navarro y Pastor Hernández, paralelamente se realizó el gran baile del reencuentro con la participación de estos músicos y con la orquesta de los Antaño del Estadio, en la calle Real frente a la Plaza Bolívar.

La invitación al público para que asistiese, decía: “tu pueblo te invita cordialmente a un fraternal reencuentro que se efectuará el día sábado 6 de febrero con motivo de la celebración de la vigésima quinta Feria de la Candelaria. Contamos con tu presencia porque estamos seguros de que la misma impondrá a tu feria y a su pueblo, esa llaneraza nota que anima y vivifica el espíritu de todos los que aquí vivimos, nacimos o crecimos”. Eso fue hace 17 años.

Sea propicia la ocasión para rendirle un tributo a esa excelsa dama, orgullo del gentilicio vallepascuense como fue Gladys Hernández Zamora, recordando para ella, las estrofas de un poema que en el 1957 escribió a las muchachas de La Pascua, el eximio poeta zaraceño, guariqueño, venezolano y universal que fue Ernesto Luis Rodríguez, dice así:


Valle de aromas el pelo / pascua de miel la sonrisa / hecho de luna, de brisa / de girasol en desvelo, / es el diciembre del cielo / eterno abril de la aurora / fiesta del arpa sonora / azul del hondo universo / hasta su nombre es un verso / Gladys Hernández Zamora.

Hechas estas acotaciones de rememoración, precisemos: ¿Qué es un Reencuentro?, ¿Qué es el Reencuentro de Feria? Como aquí se le llama.

Es un día de reunión, para el compartimiento, el esparcimiento y el solaz en familia, con los amigos, con nuestros conocidos, con los seres queridos que en esta vida agitada que nos agobia no nos permite frecuentar, ni ver las veces que quisiésemos, para encontrarnos con los paisanos que por las razones o las circunstancias que sean, optaron por vivir en otros lugares distintos de la llamada por el historiador mexicano Luis González González “la matria”, que no es otra cosa que el lugar donde nacimos, donde alguna vez vivimos, donde cultivamos amistades, afectos y querencias por su gente, sus espacios, lugares; es decir, por todo aquello que le da placer y satisfacción al espíritu.

En otras palabras, es un día de fiesta, por eso el Reencuentro vallepascuense se hace en el marco de Feria, la Feria de la Candelaria, que es una fiesta en honor a nuestra excelsa patrona la Sagrada Virgen de Nuestra Señora de la Candelaria, un legado que nos dejaron como herencia nuestros antepasados, es decir, aquellos que le dieron fisonomía urbana y humana a este pedazo de suelo llanero que se llama Valle de la Pascua, donde tuvimos la suerte de nacer, de crecer, de convivir y de vivir una infancia y una juventud feliz, de la cual nos nutrimos y nos dio fuerza para seguir adelante y poder llegar hasta donde cada uno de nosotros hemos llegado, sin rencor, sin resentimiento, siempre en espíritu de superación y lucha para salir adelante. Eso en buena medida se lo debemos a la tierra que nos recibió, que en nuestro caso es este pedazo de suelo guariqueño.
El Reencuentro viene a ser lo telúrico, es decir esa sensibilidad que se expresa como una vocación auténtica en la canta, los corríos, los decires y la poesía, la cual aflora con la sola remembranza de la vida del vallepascuense, que es la vida del llanero, que siempre tiene un motivo para la emoción y la reflexión. A la sabiduría de la tierra de origen y a su hábitat la convierte de manera espontánea en poesía, expresada en versos que afloran de manera natural y fácil, porque las imágenes con que se expresa las extrae de la esencia misma de la tierra y de su sentir, manifestándose en una dádiva interpretativa de él mismo en su entorno, impregnándole un sentimiento sensible que es producto de las vivencias y de los recuerdos, que bien se puede apreciar en la poesía de don Julio César Sánchez Olivo, que expresa una inmensa pasión por el llano y una profunda originalidad que forma parte del sentimiento y la expresión de los llaneros, como cuando dice:


"Mi verso viene del llano / y vuelve al llano: / de allá viene, hacia allá va, /
por el rumbo del recuerdo. / Como me lo dio la tierra asimismo lo devuelvo /
rudo, orgulloso, sencillo sin adornos forasteros".
Una verdad espiritual y filosófica de las personas, que muchas veces huye de si misma, muchas veces tiene miedo de si mismo, pero a su vez es demasiado curioso, lo que le obliga a volver siempre sobre si mismo, más allá del bien y el mal, como decía Nietzsche, porque ¿Qué es el recuerdo? A decir del escritor Julio Cortazar en su novela Rayuela, “el recuerdo es el idioma de los sentimientos, un diccionario de cosas y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso…” Porque aunque sabemos que el tiempo pasó y que las cosas ya no son, ni volverán a ser iguales, quizás necesitamos convencernos de eso, lo cual constituye un triunfo de la supervivencia y del virtuosismo humano frente a la adversidad.
Viene a ser, pues, la historia de los hombres fabricada sobre la base de las cosas menudas e indispensables para vivir. En potencia, se vislumbra la importancia de comprender el sentido y la valía de lo local-regional, recordando que en la vida sublunar, la casa es y será el primer albergue del hombre. El lugar donde el ser humano digiere y construye su primer eslabón de vida en el tiempo. Da sus primeros pasos y se prepara en una mini-geometría espacial para luego salir a otro trazado a cordel y escuadra llamado barriada. A posteriori, busca la parroquia y la ciudad, aprendiendo la palabra y lo telúrico del lugar. Todavía más, el hombre concibe en la triada señalada lo atinente al modus vivendi de su microespacio y en progresivo irá percibiendo el acervo cultural de su región.
No olvidemos que nuestra vida se construye a base de hechos concretos, que perduran en el tiempo, que viven latentes en el recuerdo de cada quien, un recuerdo que se mantiene vigoroso cada vez que visitamos una localidad, cruzamos por donde se levanta una casa, un monumento, una iglesia, una plaza, una escuela, un parque, una calle, la distracción, y la tradición culinaria propia, por eso visitamos aquellos terruños donde un día jugamos o donde nuestros padres dejaron su aporte.
Cuando somos capaces de mantener viva nuestra identidad, hablando con nuestros seres queridos, enseñando como nuestra historia personal nos ha forjado, es que somos capaces de descubrir que nuestra historia es lo que llamamos tradición. Expresada en el sentimiento del que cada uno de nosotros es portador del orgullo y la esperanza de todo un pueblo. De este pueblo, de Valle de la Pascua.
Por eso, el Reencuentro es un buen pretexto por reencontrar lo que alguna vez fuimos. Para el sabor y el encuentro con la gente de La Pascua, que aún logran contener la devastadora impersonalidad urbana de las grandes ciudades, es eso lo que nos anima a dar una vuelta por esta feria. Sabiendo que la hospitalidad de los pascuenses es refrendada en cada uno de sus habitantes, que somos cada uno de nosotros, o los que vienen porque tienen a alguien a quien visitar. Parafraseando al poeta de la llanura, el guariqueño Francisco Lazo Martí, cuando en su verso nos dice:
Como en aquellos días del venturoso tiempo ya lejano, en pos de mis pasadas alegrías, vuelvo a tender la vista sobre, el llano.

Y náufrago en la noche sin ribera, mi espíritu se abstraepensando que de un mar desconocido el llano es una ola que ha caído, el cielo es una ola que no cae.

Sin lugar a dudas el reencuentro de los vallepascuenses es un evento que seguirá dando de que hablar, dejando huellas imborrables en la historia de Valle de la Pascua, y en la memoria de su gente y de los visitantes, porque en él se consuma el ideal de lo que hemos sido, de lo que somos y de lo que queremos ser.

Muchas gracias.
________________________

*Discurso de Orden pronunciado por el doctor Felipe Hernández, durante el XVII Recuentro de Feria, Valle de la Pascua, Parque de la Laguna del Pueblo, 07 de febrero de 2009.

1 comentario: