jueves, octubre 15, 2009

Roscio contra Miranda


por Carlos Maldonado-Bourgoin

UNA conocida sentencia dice: "Las mentes grandes hablan de ideas; las mentes medianas hablan de sucesos; las mentes pequeñas hablan de hechos; y, las mentes pobres hablan de los demás". ¿A cuáles tipos de estas mentes correspondieron Juan Germán Roscio y Francisco de Miranda? Personajes toda¬vía hoy enfrentados en artículos polémicos en este diario. (EL UNIVERSAL, 11-6-96 y 2-7-96).


El maestro Alfonso Rumazo González (Derroteros en artículo con el mismo título) esboza la animosidad perversa del procer provinciano contra el cosmopolita caraqueño, héroe en dos mundos. Roscio y Miranda, al parecer, no se podían ver. Eran vinagre y aceite. En defensa del primero, sale al ruedo literario la profesora Marisa Vannini, con el artículo Roscio, un gran patriota. Versada en la contribución italiana en Venezuela, uno de los números fuertes de la investigadora Vannini es Roscio, descendiente de italiano, el otro es el doctor Francisco Iznardi. Hablan -a nuestro parecer- los referidos articulistas de cosas distintas. El maestro Rumazo cuenta cómo un gran modelo es degradado por la pequeñez y mezquindad humana, la profesora Vannini defiende a un personaje que fue heroico dentro de su convencionalidad.

Los personajes enfrentados son Juan Germán Roscio Nieves (1763-1821) "sabio legislador", "incorruptible magistrado" y "amigo leal", según don Andrés Bello; y, Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez (1750-1816), el Precursor de la Independencia de América española, Gran Memorialista del Siglo de las Luces, entre otras calificaciones originales que extenderían el presente comentario, sin ánimo de polémica.

Don Francisco de Miranda tuvo enemigos en Venezuela. Podemos citar a José María de Casas, Miguel Peña, Escorihuela, Tejera, Rafael Diego Mérida y Juan Germán Roscio. No es cierto que el enfrentamiento entre Roscio y Miranda tuviera exclusivos tintes doctrinarios. Tendrían que buscar los indagadores de la historia las raíces de esta repulsión casi de piel entre ambos. Desde antes de la llegada de Miranda a Venezuela en diciembre de 1810, la misión diplomática que va a Londres queda prevenida de buscar al famoso conspirador.

"Miranda, el general que fue de Francia, maquinó contra los derechos de la monarquía que tratamos de conservar y el gobierno de Caracas, por las tentativas que practicó contra la provincia en el año de 1806 (...). Nosotros consecuentes con nuestra conducta, debemos mirarlo como rebelado contra Fernando VII y bajo de ésta inteligencia si estuvie¬re en1 Londres o en otra parte de las escalas o recalados de los comisionados de este nuevo gobierno y se acercase a ellos, sabrán tratarle como corresponde a estos principios...".

Firmaba estas instrucciones Juan Germán Roscio, como secretario de Relaciones Exteriores de la Suprema Junta. El 12 de diciembre de 1810, en tono muy cortés, Roscio solicita a Miranda deponer toda ambición personal y conformarse con las miras del gobierno, reducido a simple rango de ciudadano y espectador de los acontecimientos: "Usted va a aumentar el número de éstos y cuanto mayores sean las ventajas que han proporcionado a usted la ilustración, la ex¬periencia y el conocimiento de las cortes extranjeras, tanto más son las obligaciones que usted ha contraído en favor de un país que le vio nacer...". Este letrado de provincia, independentista de Semana Santa, pedía inhibirse a 'quien era decano y tenía en esa lucha más de veinticinco años. Otros testimonios, como el incidente de un brindis en que Miranda no alzó la copa por Roscio, van llenando de aguas mansas y fétidas la relación entre los dos prohombres.

Juan Germán Roscio, la conciencia jurídica de la Independencia, antes de estos arrebatos patrióticos había sido rechazado de incorporarse al Colegio de Abogados, en 1798, por haber omitido la mención de las calidades de indias de encomienda de su madre y abuela mater¬na. (RODRÍGUEZ, Manuel Alfredo. Los pardos libres en la Colonia y la Independencia. Discurso de incorporación como Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, 1992). Un complejo por esa obsesión de los hijos de España, la "pureza de sangre", moraba en el ilustre letrado. Al ser ungido con los cargos más notables de la recién emancipada provincia, una tónica de gratitud embargaría todas sus posiciones hacia quienes le encumbraron. Fue fiel "ejecutor" de los intereses del mantuanaje, para quienes el evolucionado reformador Miranda era la encarnación del diablo, el que va a levantar a los pardos y a los blancos de orilla, como lo fue su padre, el orgulloso Sebastián de Miranda y Ravelo, que osó ganar pleito a esa clase con el favor del gobernador Solano y Bote, marqués del Socorro, en el siglo XVIII.

Las leyes inexorables de la Revolución hicieron de Miranda su primera víctima. Un patético periplo de mazmorras llevan al héroe en dos mundos a los calabozos de La Guaira, Puerto Cabello, Puerto Rico y San Fernando de Cádiz. En los baluartes porteños comparten Roscio y Miranda cadenas. Roscio escapa de Ceuta en 1816, viaja a Jamaica y Filadelfia, donde el fantasma de su adversado enemigo le daría constancia de su paso fecundo como adelantado de la lihettad interior, antes que de la libertad política. El tema es JRoscio o la mediocridad heroica contra Miranda, la luminosidad frustrada.
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