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Ricarda Montero

Los Monteros fueron nuestros vecinos por largos años, desde que tenía uso de razón. Ellos están en los recuerdos más antiguos y preciados de mi infancia.

Por Daniel R Scott

Para los ya pasados días de carnaval se nos fue la querida Ricarda Montero, a la provecta edad de los 86 años de edad. Esposa y madre ejemplar, supo junto a su esposo José Montero criar y llevar por el camino recto del bien a diez hijos, lo que es ya de por sí una titánica labor digna de estudiarse, en una época educativa y jurídica donde los niños tienen más derechos pero quieren vivir sin deberes y sin respeto a la autoridad.


Los Monteros fueron nuestros vecinos por largos años, desde que tenía uso de razón. Ellos están en los recuerdos más antiguos y preciados de mi infancia. Su casa, practicamente adosada a la nuestra, estaba a medio frisar: una parte era de ladrillos rojos, lo que le daba ese encanto que poseen los inmuebles antiguos y pueblerinos. Y es que San Juan era eso: un pueblo de gente buena, sin el caos urbano que hoy se observa ni los crimenes que horrorizan hasta a los corazones de basalto. Lo cierto es que ambas familias supimos estrechar los vinculos de una entrañable amistad. Sería muy largo contar anécdotas, historia y fotografias en blanco y negro.

Pero un día, no estoy al tanto de los detalles, los Monteros agarraron sus cosas y se marcharon, su mudaron a otra parte. Ya no volvería a jugar con Oswaldito, mi contemporáneo de los diez hermanos, a los soldados de caballería que cabalgaban bajo las matas de taparas y a la sombra de las ciruelas maduras. Poco más tarde, ante mis ojos atónitos, un monstruoso caterrpillar de aspecto prehistórico echó abajo con su garra metálica el antiguo inmueble ( parte de mi infancia ). Pude ver como la pared de ladrillos rojos caía abatida bajo los dolorosos quejidos del derrumbe. No me valgo de recursos poéticos si digo que parte de mis sentimientos infantiles siguen atrapados hasta hoy bajo los escombros de ladrillos rojos. En su lugar levantaron otra estructura distinta, sin el alma de lo antiguo, dedicada a la venta y reparación de autos.

Años mas tarde, quiso la fatalidad o la divina providencia llevarle un hijo a Ricarda, en octubre de 1977, una nieta en agosto de 2000, y ahora, llevada por las corrientes del tiempo, le toco a ella misma adentrarse en el océano de la eternidad. Fue sepultada junto a su hijo y a su nieta, tal lo expresara su última voluntad. Cerca de la fosa hay un roble ya robusto que no estaba en 1977 y cuyas altas ramas parecen elevarse al cielo en actitud de silenciosa oración en la reverberación de este mediodía de febrero. Su esposo, de 96 años, pronunció un breve pero conmovedor discurso donde exaltaba las virtudes de la amada finada. Quede sorprendido: tanto el amor como el dolor nos eleva a la altura de lo sublime, sacando lo mejor del ser humano y convirtiendonos en poetas y letrados.

Finalizó el sepelio. Cansancio, trasnocho. Pies que arrastra la tristeza y la lágrima. La querida matrona quedó atrás.

¿PERO NO SABES ALMA DE FE QUE LA LLEVAS A TU CASA DENTRO DE TU CORAZON?

19 Febrero 2010

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