domingo, junio 06, 2010

Nuevos monólogos de la vagina

Una escritora visita a científicos que estudian el comportamiento sexual femenino para responder a una pregunta universal: ¿Qué ocurre dentro de las mujeres cuando ven a un hombre desnudo?



Mary Roach| Fotografía de Alexis Huaccho |Etiqueta Negra. No. 82
La vagina humana está habituada a los visitantes. Incluso el lenguaje ana-tómico le confiere a la vagina una hospitalidad interna al nombrar a la estructura de entrada «vestíbulo vaginal». Quítese el abrigo y espere un momento. En 1910, el ginecólogo Robert Latou Dickinson documentó la naturaleza maravillosamente complaciente de la vagina, para lo cual empleó sus propios dedos como herramienta de medida. La vagina de una mujer virgen mide «un dedo» y la de una mujer casada, «dos dedos enteros». Cuando la mujer comienza a tener hijos, su medida va de «tres dedos» a más, hasta llegar a la Paciente N° 163, cuyo vestíbulo (y salón) aparecen ilustrados en el Atlas de la anatomía sexual de Dickinson con toda la mano del médico introducida en ella.


No hay por qué alarmarse ante la sonda acrílica de un fotopletismógrafo vaginal. Es pequeña y no tiene bordes puntiagudos. Su única función es proyectar un rayo de luz sobre las paredes vaginales para medir la excitación sexual. La cantidad de luz reflejada nos revela cuánta sangre hay en los vasos capilares: mientras más sangre, mayor es la excitación.

El Laboratorio de Psicofisiología Sexual Femenina es parte de la Facultad de Psicología de la Universidad de Texas, en Austin. Su objetivo es simple pero complejo: desenredar la quijotesca y complicada interacción que ocurre entre el cuerpo y la mente de las mujeres cuando se trata de su sexualidad. La excitación sexual de la mujer es un universo tan desconcertante que resulta difícil hacerse una idea. Cuando una mujer se excita por algo o alguien, su cerebro envía una señal que abre más los vasos capilares de su conducto membranoso. Esto aumenta la cantidad de sangre en las paredes vaginales, haciendo que parte de ella se filtre a través de los capilares y humedezca toda la vagina. Con ustedes: la famosa lubricación. Hasta aquí lo que sabemos. Sin embargo, el simple hecho de que la mujer esté algo lubricada no significa que esté excitada. Es diferente del hombre. Cuando un hombre tiene una erección –o incluso media erección– siempre quiere decir que está excitado. Y siempre será más fácil para el observador detectar una erección que un vestíbulo húmedo. Quizá porque los hombres tienen una gran habilidad para notar cambios sutiles. En 1992, un estudio reveló que los hombres son más acertados que las mujeres en notar los cambios en sus latidos cardíacos y su presión sanguínea.

A la inversa, cuando una mujer no está lubricada, sí puede estar excitada. «Se ha señalado imprudentemente al flujo de mucosa vaginal como indicador de [...] la buena disposición para la penetración del miembro masculino –escribió Dickinson–. Cabe indicar que existen mujeres muy apasionadas que son capaces de tener vigorosos orgasmos con poco o ningún flujo de mucosa». En otras palabras, puede haber una desconcertante desconexión entre su cuerpo y su mente.

Cindy Meston conduce el Laboratorio de Psicofisiología Sexual Femenina. Durante diecisiete años, ella hizo su carrera investigando a las mujeres para saber cómo ayudarlas. A esa experiencia hay que añadirle la etapa de prepsicología que pasó en las zonas rurales de Canadá como vendedora de máquinas de coser.. «Me dedicaba a hacer demostraciones de máquinas de coser y asistía a programas de consejos en las emisoras de radio. Las mujeres llamaban y preguntaban cosas como: “Mire, estoy cosiendo con Ultrasuede y se me saltan los puntos, ¿qué puedo hacer?”. Yo contestaba: “Bueno, te hace falta una aguja Schmetz número ocho con punta de cuero…”». Meston quiso decirme cómo se llamaba uno de los programas pero se reía tanto que tardó en hacerlo. Al final dijo: Cosiendo y terminando con Cindy.

El laboratorio se asemeja mucho al lobby de un hotel. La Sala de Participantes 1 (a los voluntarios aquí no se les llama sujetos sino participantes) es pequeña, con iluminación tenue, alfombrada siguiendo la última moda y un sillón reclinable de cuero púrpura. En las paredes se aprecian desnudos de Modigliani y un televisor con pantalla plana para mirar los inevitables videos eróticos.

Pero no siempre fue así de acogedora. En el antiguo laboratorio, los videos se mostraban en un televisor obsoleto de control remoto malogrado. Era usual que mientras Meston o algún estudiante conducía un experimento sobre la excitación, los psicólogos de la facultad estuvieran en la oficina contigua en medio de una sesión con un padre y su hijo.

–El televisor sonaba altísimo –cuenta Meston–. ¡Se escuchaban los gemidos y no podíamos apagarlo!

La sonda del fotopletismógrafo vaginal –que yo ¿sostendré?, ¿contendré?, ¿usaré?– se mantiene por ahora sellada higiénicamente en una bolsa Ziploc, en la mesa junto al sillón púrpura. La estudiante que conduce el estudio de hoy explica cómo insertar la sonda y dirige mi atención hacia un bonito recipiente de cerámica que antes pudo haber contenido paquetitos de azúcar pero que ahora sirve para dispensar pequeños sobres de «lubricante personal». Ella no divulga los pormenores de su estudio porque a los sujetos nunca se les informa de ello para que sus expectativas no empañen los resultados. Ahora mi tarea consiste sólo en sentarme a ver una serie de videos –los primeros son neutrales; el resto, eróticos– mientras el pletismógrafo proyecta su rayo de luz y mide mi respuesta física a todo lo que estoy viendo. (Después supe que yo había sido sujeto de control en un estudio sobre el impacto de los trastornos de ansiedad en la sensibilidad sexual).

–Muy bien –me dice la estudiante, antes de salir de la sala– la dejaré sola un momento.

Ahora extraigo la sonda de la bolsa. Es una pieza clara de acrílico en forma de bala con punta redondeada; tiene una luz LED y unos cables. «El tampón de Cenicienta», escribo en mi cuaderno; semanas después contemplaría esa frase sin saber nunca qué quise decir. Hay un cable rígido y plastificado que se conecta a una computadora. Sigo las instrucciones que me dieron hasta que el cable queda colgando frente a mi sillón. Me siento como un candado de bicicleta.

Sobre la mesa hay una consola parecida a la palanca de una transmisión automática. Al comenzar el video, debo mover el indicador arriba y abajo de acuerdo a cómo me sienta. El aparato se llama «excitómetro» y es un invento de Cindy Meston. Cuando comenzó a aparecer la información sobre el Viagra y parecía que la píldora azul no causaba excitación a las mujeres, Meston decidió rediseñar la metodología. Una sonda de fotopletismógrafo recolecta información sesenta veces por segundo. Pero la información fisiológica –la propia percepción de la mujer sobre cuán excitada está– se tomaba sólo una vez por cada sujeto al final de cada secuencia de videos.

–Después te daban un cuestionario en el que te hacían preguntas como: ¿qué tan excitada estabas? ¿Detectaste esto o aquello? Pero, ¿qué quiere decir realmente una mujer cuando dice: «Fue un cuatro». ¿Te está revelando su nivel más alto? ¿O es que quizá de algún modo está calculando cómo se sintió durante esos cinco minutos?

Meston concibió el excitómetro como un medio por el cual los sujetos pudiesen enviar un informe en tiempo real mientras veían la secuencia.

Con el nuevo dispositivo, Meston descubrió que sí existen mujeres que muestran una buena correlación entre cuerpo y mente. Ahora ella está terminando un estudio con tres grupos de mujeres: uno con disfunción de la excitación, otro con disfunción orgásmica y un tercer grupo sin problemas. Las respuestas fotopletismográficas de los tres grupos de mujeres fueron similares, aunque las mujeres con disfunción parecían no notar sus cambios físicos. Esto ocurría al margen de cuán excitadas estuvieran.

–Entre las mujeres con disfunción –dice Meston–, algunas tuvieron muy pocos cambios ante los videos eróticos, aunque los detectaban, les prestaban atención. De modo que si se les pudiera amplificar la señal con un medicamento del tipo Viagra, se podría tener éxito. Pero este medicamento no funcionaría en el caso de una mujer que tiene una reacción física normal a la cual no presta atención, y a quien únicamente la excita el sentirse emocionalmente establecida o amada o realizar un acto sexual muy específico.

Aunque el Viagra no ha sido aprobado para mujeres –añade–, los médicos suelen recetarlo ya que no existe ningún otro medicamento que puedan prescribir.

Pero aquél no es el único medicamento que se les receta –fuera de lo indicado– a mujeres con disfunción sexual. Jennifer Berman, uróloga de Los Ángeles, me contó que algunos médicos prescriben pequeñas dosis de Ritalin. Medicamentos como éste fortalecen la atención, de modo que tiene sentido que ayuden a las pacientes a notar los cambios sutiles que suceden en sus propios cuerpos.

–Permite que una mujer se concentre en la tarea que está realizando –me dijo Berman, logrando, seguramente sin quererlo, que el sexo sonara a una tarea académica.

En la misma categoría de evidencia anecdótica sobre medicamentos para la atención que hacen el sexo más agradable e intenso, está la marihuana. Como escribe Barry Komisaruk en La ciencia del orgasmo: «Una cantidad importante de personas afirma que la marihuana mejora y enriquece su vida sexual». Por obvias razones, nadie ha conducido un experimento clínico controlado sobre los efectos de la marihuana en la excitación y la satisfacción sexual en general. Una lástima.

La importancia de la atención encaja bien con algo que los sexólogos (y esposos) William Masters y Virginia Johnson escribieron al respecto en la década del setenta. El equipo acuñó el término espectatorismo, que se refiere a la tendencia a observarse a uno mismo durante el acto sexual, no de una manera erótica –con espejos en el techo– sino crítica. En lugar de concentrarse en las sensaciones de los juegos preliminares y el sexo –todo aquello que es placentero a los sentidos– una mujer espectatorista se preocupa más por su rendimiento y su apariencia. Un estudio de Natalie Dove y Michael Wiederman demostró que las mujeres que más se distraían durante el sexo eran menos satisfechas sexualmente que aquellas que se distraían menos y se concentraban más en sus propias sensaciones. Tenían orgasmos menos consistentes y los fingían más a menudo. El cuestionario del estudio era desgarrador. Las mujeres debían indicar qué tan cerca estaban de los siguientes grupos de afirmaciones: «Durante el acto sexual me preocupo todo el tiempo de que a mi pareja le desagrade verme desnuda» o «Durante el acto sexual me preocupo todo el tiempo por cómo me estoy moviendo».

No se necesita sufrir de estas ansiedades específicas para desconcentrarse durante el sexo. Puede haber mil pensamientos en la mente de una mujer: el trabajo, los niños, problemas domésticos. Una solución sin medicamentos es enseñarles a las mujeres a canalizar su atención y para que estén más pendientes de sus sensaciones físicas.
Esta práctica se llama mindfulness4. Un estudio piloto en la Universidad de la Columbia Británica arrojó resultados promisorios. Dieciocho mujeres que se quejaban de su habilidad para excitarse, recibieron sesiones de mindfulness. El resultado fue un significativo aumento en los índices de cuán excitadas se sentían durante sus encuentros sexuales.

Si acaso sirve de consuelo, incluso las ratas hembras tienen problemas de atención. «Unos cuantos trocitos de queso frente a una pareja de ratas copulando pueden distraer a la hembra pero no al macho», escribió el célebre sexólogo Albert Kinsey en su libro La conducta sexual de la hembra humana.

La ciudad más grande de la Costa del Pacífico de Rusia es Vladivostock, y aunque allí se encuentra Siberia, el lado sur de la ciudad permite disfrutar de aguas deshieladas durante todo el año. Me entero de esto mientras me encuentro espectando los videos neutrales. Está la toma de una estatua en el puerto. Si hay una cámara de video de circuito cerrado en esta sala, alguien en algún lugar estará muy confundido. Parece que estuviera viendo The History Channel sin pantalones.

La secuencia neutral termina de manera abrupta. El sonido de un tambor militar ha reemplazado a la música de oboe y clavicordio. Un hombre de mechones rubios y bronceado artificial está parado cerca de un escritorio vestido con uniforme y gorra de capitán. En el escritorio se puede ver un gran sobre. La cámara, quizá por falta de costumbre, hace un close-up que abarca toda la pantalla. El sobre dice ULTRASECRETO. Ahora viene más cabello pegajoso y loción de bronceado, pero esta vez es una mujer. Parece que quiere seducir al capitán y robar el sobre.

Me cuesta imaginar que cualquier cosa que esta parejita pudiera hacer tendrá algún efecto físico en mí. Pero se invierte mucho dinero en la ciencia. Una serie de estudios de Meredith Chivers y sus colegas del Centro para Adicciones y Salud Mental de Toronto demostró que los hombres discriminan más que las mujeres al responder ante imágenes pornográficas. Las mujeres, tanto lesbianas como heterosexuales, muestran excitación genital inmediata (medida por un fotopletismógrafo, claro, como el que ahora estoy usando) como reacción a videos de actividad sexual; y no importa a quién muestren las imágenes: hombre, mujer, gay, heterosexual, ya sea con bonito cabello o no. Los hombres, al contrario del estereotipo, tienden a responder limitadamente: según esa investigación, sólo los excitan las secuencias que coinciden con su orientación y preferencias sexuales. (La excitación masculina se suele medir con un dispositivo «falométrico» que emplea un indicador de tensión para detectar los cambios en la circunferencia del pene). Mientras que las mujeres heterosexuales –y hombres gay– se excitan físicamente al ver el video de dos hombres teniendo sexo, no sucede así por lo general con los hombres heterosexuales. (Sin embargo, un hombre heterosexual siempre reaccionará ante un video de dos mujeres teniendo sexo, en parte porque está viendo a dos mujeres desnudas).

A la investigadora Meredith Chivers le sorprendió mucho lo que parecían ser «procesos fundamentalmente distintos» detrás de los sistemas de excitación sexual de hombres y mujeres. Para poner a prueba los límites de este fenómeno, Chivers condujo un estudio en el que hombres y mujeres veían –además de la gama de escenas sexuales humanas de rutina– secuencias de bonobos copulando5. Los genitales femeninos reaccionaron –aunque no con la intensidad que ocurría ante las imágenes humanas–. Los masculinos no reaccionaron en absoluto.

Sucede impresionantemente rápido. «De manera automática», en palabras de un investigador. O en las escalofriantes palabras de Masters y Johnson: «En cuestión de segundos, la mujer puede producir suficiente lubricación para estar lista para el coito». El equipo observó esta reacción utilizando una cámara-pene y la describió en La respuesta sexual humana como «un fenómeno de transpiración […] similar al de la frente perlada de sudor». La ilustración muestra un corte transversal de una vagina con gotas que no caen desde las paredes sino que se riegan hacia adentro, tal como una lluvia de verano.

Los genitales femeninos pueden reaccionar indistintamente ante las imágenes sexuales, pero las mujeres por lo general dirán que lo que vieron no les provocó nada. Si nos basamos en lo que ellas sienten, las mujeres son bastante quisquillosas con la pornografía. Un estudio de la investigadora holandesa Ellen Laan demostró que las mujeres tuvieron niveles bastante altos de excitación (subjetiva) al ver pornografía de mujeres; desde entonces los investigadores de la excitación comenzaron a usar videos hechos específicamente para mujeres. El que ahora estoy viendo es un ejemplo de ello. Aunque el capitán no es muy atractivo, es muy atento. Hubo un close-up de todo un minuto de su lengua en plena faena, mientras, más al sur, su dedo índice entraba y salía. Por su parte, la actriz hacía lo posible por parecer cautivada, aunque cada pocos segundos entreabría los ojos como quien hace trampa cuando juega a las escondidas.

Las lecturas del fotopletismógrafo de las mujeres del estudio de Laan eran en esencia las mismas para ambos tipos de video. Sus sujetos prefirieron los videos para mujeres y los percibieron como más estimulantes, pero sus cuerpos decían otra cosa.

En cualquier caso, es la mente –y no las paredes vaginales– lo que habla por el corazón de una mujer. Meredith Chivers lo aclara con cautela: «El tener reacción genital ante un estímulo sexual no humano no sugiere que las mujeres tengan una preferencia latente por el sexo con animales». Una imagen muy explícita es la de una violación. Las víctimas de violación suelen tener reacciones físicas aunque el estado emocional haya sido una mezcla de ira, miedo y repugnancia. Lo explica el investigador Roy Levin en un estudio. La lubricación por «reflejo de la excitación» (estimulación física de los genitales) puede darse sin ningún tipo de excitación emocional subjetiva. El miedo causa secreción de adrenalina –explica Levin–, y ésta aumenta el flujo sanguíneo hacia los genitales, lo que, a su vez, permite la lubricación (y la erección en el caso de los hombres).

Más allá de que estos mecanismos puedan explicar o no el estado emocional de una víctima de violación, la defensa de un violador que se sustenta en la excitación como evidencia –tal como señala Levin– «carece totalmente de validez y debe descartarse».

La Máquina de Frutas es un buen ejemplo de los peligros de sacar conclusiones a partir de la medición de reacciones corporales solamente. En las décadas del cincuenta y sesenta, el gobierno de Canadá inició un proyecto secreto para encontrar un indicador físico simple y confiable sobre las preferencias sexuales de los hombres. John Sawatsky, autor de El hombre en las sombras: El servicio de seguridad de la RCMP cuenta que el objetivo era expulsar a los homosexuales de la RCMP [siglas en inglés de la Policía Real Montada Canadiense] y otros puestos del servicio civil. Esto tenía que hacerse científicamente, para que luego nadie fuera despedido a causa de rumores. Era un frasco de veneno adornado con una cereza.

Lo que se les ocurrió a los investigadores fue medir las reacciones de la pupila mediante un elaborado artilugio de la silla de estudios más conocido como la «Máquina de Frutas». Los experimentos previos habían demostrado que las pupilas se dilatan cuando las personas se interesan en lo que están mirando. En el pasado, la técnica había sido aplicada por vendedores para evaluar el nivel de atracción hacia los paquetes de productos. La técnica llegó a oídos del Servicio de Seguridad Canadiense, que decidió aplicarlo a las preferencias sexuales. Si las pupilas de un hombre se dilataban al mirar a otro hombre desnudo, entonces se asumía que el sujeto tenía preferencias por el paquete masculino.

Los problemas aparecieron de inmediato. El equipo no pudo probar el aparato en cuestión porque el Departamento de Defensa afirmó que no había homosexuales entre sus filas y porque los policías montados se negaban a ofrecerse como voluntarios para la prueba. Resultó ser una sabia decisión. Los científicos habían olvidado tomar en cuenta las diferencias que había en el brillo de las imágenes de la pantalla. Cuanto más oscura una imagen, la pupila se dilataría naturalmente para permitir que entrase más luz, sin importar de qué o quién se trataba la fotografía. Es decir, si algún recluta veía la imagen de un caballo marrón oscuro, el operador de la Máquina de Frutas asumiría que al recluta y su caballo los unía algo más que la seguridad nacional.

Años después de que se archivó el proyecto de la Máquina de Frutas, alguien tuvo la brillante idea de medir los cambios que sufría la circunferencia del pene –en lugar de la pupila– mientras el sujeto miraba personas desnudas. Pero ni siquiera la falometría, como se llama a veces a esta ciencia, es un indicador confiable de las preferencias sexuales. Un hombre con la motivación necesaria –por ejemplo, acusado de pedofilia– es capaz de aprender a controlar su reacción genital ante una imagen que él considera erótica.

Con algo de entrenamiento, también es capaz de desarrollar una imagen totalmente nueva. En 1968, dos investigadores utilizaron el clásico condicionamiento pavloviano para crear un fetiche a partir de unas botas de mujer. Se colocó dispositivos falométricos a cinco hombres. Una y otra vez se les mostró imágenes de mujeres desnudas o vestidas provocativamente seguidas de la imagen de un par de botas de piel hasta la rodilla. Finalmente resultó: en tres de los sujetos, las botas por sí mismas les provocaron tanta excitación como las imágenes de las mujeres. A dos de los hombres también les excitó ver zapatos de tacón negros y «sandalias doradas» aun cuando no se usó condicionamiento alguno para estas imágenes. Ningún hombre tuvo una erección por mirar unas «sandalias de tiras marrones».

Hace muchos años, Cindy Meston decidió comprobar si era posible recrear el efecto en las mujeres. (La incidencia del fetichismo es mayor en ellos que en ellas). Esta vez el objeto fetiche era la voz del Decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de la Columbia Británica, un tal Tony Phillips. Meston había editado un fragmento de la voz en off de una vieja película para estudiantes, y lo repitió una y otra vez mientras las mujeres veían imágenes eróticas: «Bienvenidos a la Facultad de Psicología…». Por desgracia para el Dr. Phillips, no hubo resultados.

Si se quiere develar los misterios de la excitación femenina –aquella que en verdad advierten y aprecian las mujeres–, es quizá el cerebro donde se debe apuntar. Después del costoso fracaso del Viagra para mujeres, las compañías farmacéuticas dejaron de interesarse en los medicamentos que actúan sobre el flujo sanguíneo genital y se concentraron en aquellos que actúan de manera directa en el cerebro. La más vistosa esperanza hasta ahora es la bremelanotida, conocida como «la droga de las Barbies» porque: 1) estimula las células que provocan el bronceado en la piel; 2) suprime el apetito; y 3) aumenta la libido. Tal como el Viagra, los efectos sexualmente estimulantes de la bremelanotida se descubrieron por accidente mientras se probaba el medicamento como bronceador artificial (con el nombre de Melanotán). No tuvo éxito como bronceador (quienes lo probaron se quejaron de «pecas rojizas» y «lunares escrotales»), pero algunas mujeres dijeron haberse sentido inusualmente «calientes». Una sustancia que hace sentirse sexy a una mujer con «puntos negros en la cara» es algo que se merece especial atención.

Michael Pereman, de la Universidad de Cornell, condujo el más reciente experimento sobre la bremelanotida. Se sometieron al estudio veintisiete mujeres posmenopáusicas que tenían disfunción sexual: once de ellas recibieron un placebo y las demás un aerosol nasal con bremelanotida. Así, sin saber lo que se les estaba suministrando, ellas debían responder cuestionarios: uno después del tratamiento, y otro al día siguiente. La sustancia provocó un aumento bastante significativo en la percepción de su excitación luego de que tomaran el medicamento, así como un aumento de la actividad y del deseo sexual durante las siguientes veinticuatro horas. Algo parecido ocurrió con una sustancia llamada Flibanserín, que actúa sobre el sistema nervioso central y que al inicio fue probada como antidepresivo. Como un efecto secundario común de los antidepresivos es la disminución de la libido, los médicos se mantuvieron atentos a las sensaciones sexuales de los sujetos de prueba. Se sorprendieron al observar que el Flibanserín no apagaba sino que más bien despertaba la libido femenina. El gobierno de los Estados Unidos suele ser cauteloso con los medicamentos que afectan al cerebro, en especial cuando se usan en lo que un sector de la comunidad médica considera «un cambio en el estilo de vida». Debido a esto y a que hasta ahora nadie entiende cómo actúa, la aprobación del Flibanserín es un tema espinoso.

Los medicamentos vienen y se van: estudios piloto, grandes esperanzas, alardes, silencio. En congresos recientes, la estrella fue la apomorfina, que ahora casi nadie recuerda. Le pregunté a Cindy Meston qué fue lo que pasó.

–Daba náuseas –contestó riendo.


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