sábado, abril 23, 2011

La monarquía es una enfermedad hereditaria

Por Christopher Hitchens
Un monarca hereditario, observó Thomas Paine, es una propuesta tan absurda como un médico o un matemático hereditario. Pero trate de señalar esto cuando todo el mundo está excitado con los planes sobre el pastel y los diseños del vestido de boda la que, por un absurdo constitucional, ha sido designada futura madre. Si dice algo, no parecerá que esté hablando con sentido común. Sonará como si fuera un Scrooge. Supongo que ésta debe ser la "magia" monárquica de la que tanto hemos oído hablar: por alguna alquimia mística, los imperativos de reproducción de una dinastía se transforman en la materia prima del romance, incluso del "cuento de hadas". El término usualmente despreciativo de "cuento de hadas" fue por cierto fríamente exacto acerca del cociente de romance de los dos últimos aparejamientos reales, que llevaron a las huecas princesas disco Diana y Sarah (me niego a llamarla "Fergie") a casi demoler toda esta mística. E incluso si la pareja actual se ve mucho más sana y auténtica, su función principal sigue siendo restaurar una pátina de glamour que se ha perdido sin remedio.

La monarquía británica no depende enteramente del glamour, como lo sigue demostrando el largo, larguísimo, reinado de Isabel II. Su imperturbable apego al deber y confiabilidad han otorgado algo más que el aura de encanto a la institución, asociándola con el estoicismo y una cierta integridad. El republicanismo está infinitamente más extendido que en la época en que ella fue coronada, pero en verdad es muy poco común oír críticas contra la Dama Soberana, e incluso los más opuestos a la monarquía se apresuran a expresarse con admiración cuando se refieren a ella.

No estoy muy seguro de cuán merecida es realmente esta inmunidad. La reina tomó dos grandes decisiones en los primeros años de su reinado, ninguna de las cuales fue obligada a tomar. Rehusó permitir que su hermana más joven, Margarita, contrajera matrimonio con el hombre que amaba y había elegido, y dejó que su autoritario esposo se hiciera cargo de la educación de su hijo mayor. La primera decisión fue tomada para aplacar a los dirigentes de la Iglesia de Inglaterra (una iglesia de la que ella es, absurdamente, la cabeza) que no podían aprobar el matrimonio de Margarita con un hombre divorciado. La segunda fue tomada por razones menos claras.

La cosecha fue igualmente terrible en ambos casos: la princesa Margarita se casó y luego se divorció de un hombre al que no amaba, para después pasar años como modelo de las celebrities del jet set, ociosas hasta los huesos, cigarrillo en mano, bebedoras de ginebra, rodeada por chismosos de tercera y aduladores y tan infeliz como se puede ser en estas circunstancias.

El príncipe Carlos, sujeto a un régimen de arengas paternales feroces e internados severos de duchas frías, se refugió en sí mismo, eventualmente fue convencido de contraer un desafortunado matrimonio con alguien a quien no amaba ni respetaba, y es ahora el moroso, semicalvo excéntrico del New Age que se mete en todo, y al que todos tratan de evitar. También ha encontrado, al parecer, una satisfacción tardía en la ex esposa de un oficial del ejército.

Juntos, la princesa Margarita y el príncipe Carlos establecen el tono para la multitud de apagados, inútiles descendientes de la aristocracia que no pueden permanecer casados y cuyos apellidos, ya no digamos actividades, son casi imposibles de recordar. ¡Hay tantos de ellos! Y siempre es necesario encontrarles algo que hacer para que estén ocupados.

Para el príncipe Guillermo, cuando menos, desde el día de su nacimiento se decidió lo que haría: encontrar una esposa presentable, engendrar un heredero varón (y preferiblemente otro varón "de repuesto") y mantener el espectáculo en movimiento. Mediante otra aplicación de la notoria "magia" ahora es el doble o el triple de importante que cumpla bien con este encargo, porque sólo su supuesto carisma puede salvar al país de lo que temen los monarquistas, y que los republicanos debían desear: el rey Carlos III. (La monarquía, sabe usted, es una enfermedad hereditaria que sólo puede ser curada mediante brotes nuevos de ella.) En general se desea una vida aún más larga para la actual reina: si eso no llega a realizarse, se recurrirá a una maniobra palaciega que se salte una generación y salve a los británicos de un hombre que -como la fruta del vendedor- se pudrió antes de madurar.

Como republicano convencido que soy, y enemigo del príncipe que platica con las plantas y desea ser visto como el defensor de todos los credos además de la Iglesia de Inglaterra, me encuentro sacudido por una punzada de simpatía. ¿No es una gran vida, verdad, hacerse viejo y secarse sin tener un trabajo verdadero, salvo esperar la noticia de la muerte de Mami? Algunos británicos aseguran que "aman" a su bastante poco brillante casa reinante. Esto toma la forma macabra de exigir un sacrificio humano periódico en el cual personas nada excepcionales son condenadas a tener una existencia artificial y tensa, y luego a ser castigadas cuando se derrumban.

Las últimas semanas trajeron consigo noticias de los últimos grotescos que involucran al príncipe Andrés, el hermano de Carlos. Si no he olvidado nada, apenas se había recuperado de revelaciones acerca de sus relaciones cordiales con el clan Khadafi cuando se descubrió que su ex esposa había obtenido un préstamo de un adinerado amigo estadounidense cuyo historial, lamentablemente, estaba manchado por una condena relacionada con una chica menor de edad. La verdad, todo esto es tan doloroso y absolutamente vulgar. Y entre los muchos hijos y nietos de la reina, no reina precisamente el buen comportamiento...

Es por esto que reí tan ruidosamente cuando la vieja guardia empezó a murmurar acerca del pedigrí de la joven señorita Middleton. Sus padres, al parecer, no eran precisamente de los más altos niveles de la sociedad. La madre había sido azafata o algo así en una aerolínea nada prestigiosa, y la familia fue escuchada empleando expresiones letalmente equivocadas, como serviette por servilleta, setee por sofá y -casi no puedo soportar escribir las abominables letras- toilet. Ah, ¡eso, entonces, es lo que constituye la vulgaridad! Gente que nunca se atrevería a pronunciar una crítica pública de la familia real, incluso en su encarnación de telenovela diurna, prefieren vengarse subrepticiamente de una joven mujer de antecedentes modestos. Qué vergüenza.

En cuanto a mí, le deseo lo mejor y también quisiera poderle murmurar: si realmente lo quieres, niña, sácalo de aquí, y sal tú también. Muchos de nosotros no necesitamos ni queremos otro cordero para el sacrificio destinado a humedecer los secos huesos y venas de un sistema disecado. Hazte un favor y salva lo que puedas: deja el trono para el próximo deplorable heredero que haya decretado el principio hereditario.

Christopher Hitchens es un periodista y ensayista británico-estadounidense. Es columnista de Vanity Fair y de Slate Magazine. La Institución Hoover en Stanford, California, le otorgó la beca en Medios Roger S. Mertz

(Traducción de Andrés Shelley)

© 2011 WPNI Slate

Distribuido por The New York Times Syndicate

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