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Brasil, una sociedad emergente

Hay un nuevo país, cuyos fundamentos -apertura y modernización económica, privatizaciones, Plan Real, políticas sociales universales y fuerte impulso desde el exterior- fueron criticados por quienes hoy se vanaglorian de sus resultados.

Foto AP
Por Fernando Henrique Cardoso


Hace algunos decenios hubo una discusión sobre la "modernización" de Brasil. Las corrientes más dogmáticas de la izquierda denunciaban a los modernizadores como gente que creía en la posibilidad de transformar al país saltando la revolución socialista.

Con el paso del tiempo, casi todos se olvidaron de las viejas polémicas y pasaron a enorgullecerse de las grandes transformaciones ocurridas.

Ahora incluso pertenecemos al grupo BRIC (integrado por Brasil, Rusia, India y China, países de economía emergente) - una marca creada en 2001 por el banco de inversión Goldman Sachs - y que pasó a ser el orgullo de los dirigentes del Partido de los Trabajadores: ¡Finalmente somos una economía emergente!

Pero la verdad es que Brasil es más que una "economía emergente", es una "sociedad emergente" o, para usar el título de un libro que analiza bien lo sucedido en las últimas décadas, somos un nuevo país (ver O Novo Brasil, de Albert Fishlow, director del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Centro para el Estudio de Brasil de la Universidad Columbia en Nueva York; Saint Paul Editora, 2011). Para entender las dificultades políticas que fueron superadas con el fin de acelerar esas transformaciones basta leer la primera parte de un librito que tiene el incendiario título de Memorias de un soldado de milicias, escrito por el economista brasileño Luiz Alfredo Raposo y publicado este año en São Luís do Maranhão.

Pese a que los libros ya empiezan a registrar lo que es este nuevo Brasil - y hay otros, además de los que mencioné - el sentido común, especialmente entre los militantes y representantes de los partidos políticos y sus ideólogos, todavía no se da cuenta por completo de esas transformaciones y de sus consecuencias.

Los fundamentos de este nuevo país empezaron a constituirse a partir de las huelgas laborales de fines de los años '70 y el comienzo in 1983 del movimiento para elecciones presidenciales directas y en consecuencia de la campaña Directas-Ya en 1984, que conducirían a la Constitución de 1988.

Ese fue el marco inicial del nuevo Brasil: derechos asegurados, diseño de un Estado dirigido a aumentar el bienestar del pueblo, sociedad civil más organizada y exigente y, en fin, libertad y compromiso social.

Había en la Constitución, es cierto, obstáculos que vinculaban el desarrollo económico con los monopolios y las injerencias estatales. Las sucesivas enmiendas constitucionales fueron aligerando esas amarras, sin debilitar la acción estatal sino abriendo espacios a la competencia, la regulación y la diversificación del mundo empresarial.

El segundo gran paso hacia la modernización del país se dio con la apertura de la economía. Contrariando el concepto estrecho de que la "globalización" mataría nuestra industria y nos despojaría de nuestras riquezas, hubo una reducción de aranceles y de los obstáculos al flujo de capitales.

Nuevamente, los dogmáticos (lamento decirlo, con el Partido de los Trabajadores y el presidente Luiz Inacio Lula da Silva a la cabeza) previeron una catástrofe que no ocurrió: "achatarramiento" de la industria, desnacionalización de la economía, desempleo en masa y así sucesivamente.

Pasamos la prueba: el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) actuó correctamente para apoyar la modernización de sectores clave de la economía, las privatizaciones no dieron lugar a los monopolios privados y mantuvieron buena parte del sistema productivo bajo control nacional, ya fuera por el sector privado, por el estado o en conjunto. Hubo una expansión de la oferta y la democratización del acceso a los servicios públicos.

El tercer paso fue el Plan Real (una serie de medidas tomadas para estabilizar la economía brasileña en 1994) y la victoria sobre la inflación, no sin enormes dificultades e incomprensiones políticas.

Junto con la reorganización de las finanzas públicas, con el saneamiento del sistema financiero y con la adopción de reglas para el uso del dinero público y el manejo de la política económica, la estabilización permitió el desarrollo de un mercado de capitales dinámico y bien regulado, así como la creación de bases para la expansión del crédito.

Por último, pero no menos importante, se dio una práctica consecuente a las demandas sociales reflejadas en la Constitución. Se activaron las políticas sociales universales (educación, salud y un seguro social para el trabajador), y las focalizadas: la reforma agraria y los mecanismos de transferencia directa de ingresos, entre éstos las "bolsas".

La primera de éstas fue la Bolsa Escolar (programa de transferencia de dinero a las familias de estudiantes pobres), sustituida por la Bolsa Familiar (transferencia directa de ingresos a las familias pobres). Al mismo tiempo, desde 1994 hubo un significativo aumento real del salario mínimo (44 % durante el gobierno del Partido de la Social Democracia Brasileña y de 48 % en el de Lula).

Los resultados se están viendo ahora: aumento en el consumo de las capas populares, enriquecimiento generalizado, multiplicación de las empresas y las oportunidades de inversión, tanto en las áreas tradicionales como en nuevas áreas. Es innegable que recibimos también un impulso "de afuera", con el auge de la economía internacional de los años 2004-2008 y, sobre todo, con la entrada vigorosa de China en el mercado de productos.

Detrás de ese nuevo Brasil está el "espíritu de empresa". La aceptación del riesgo, de la competitividad, del mérito, de la evaluación de resultados. El esfuerzo individual y colectivo, la convicción de que sin estudios no se avanza y de que es preciso tener reglas que regulen la economía y la vida en sociedad. El respeto a la ley, a los contratos, a las libertades individuales y colectivas es parte de este nuevo Brasil.
El "espíritu de empresa" no se resume en el mercado o en la empresa privada. Abarca otros sectores de la vida y la sociedad. Cuando lo posee una empresa estatal, ésta deja de ser una "dependencia pública" en la que el burocratismo y los privilegios políticos, con el clientelismo y la corrupción, frenan su crecimiento.

Una Organización No Gubernamental puede poseer ese mismo espíritu, así como deberían tenerlo también los partidos. Y no se crea que eso los dispensa del sentimiento de cohesión social y solidaridad. El mundo moderno no acepta el "cada quien para sí y Dios para nadie". El mismo espíritu debe regir los programas y acciones sociales del gobierno en la búsqueda de la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Fue eso lo que señalé en mi artículo en la revista brasileña Interesse Nacional, que tanto debate suscitó, a veces a partir de lecturas equivocadas o incluso de mala fe.

Es innegable que hay espacio para que las oposiciones subscriban al pie de este nuevo Brasil. Existe entre los sectores populares y medios que escapan al clientelismo estatal, que tienen independencia para criticar lo que hay de viejo en las bases políticas del gobierno y en muchas de sus prácticas. Prácticas como la injerencia política en la selección de los "campeones de la globalización", los privilegios concedidos a los sectores económicos "amigos", la resistencia a la cooperación con el sector privado en las inversiones de infraestructura. Y, además de la eventual tibieza en el control de la inflación, que puede cortar las aspiraciones de consumo en las clases emergentes.

Para ocupar ese espacio, entre tanto, es preciso también que las oposiciones se embeban del nuevo espíritu y sean capaces de representar a ese nuevo Brasil, tan distante del pequeño y a veces mezquino cotidiano de la política del congreso.

(Traducido por Jorge L. Gutierrez)

© 2011 Agencia O Globo

Distribuido por The New York Times Syndicate


Fernando Henrique Cardoso es sociólogo y escritor, fue presidente de Brasil de 1995 a 2003

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