jueves, junio 30, 2011

Fidel Castro a la cabecera de Hugo Chávez

Castro y Chávez no son creaciones de Thomas Mann, y es dudoso que sus intercambios igualen las meditaciones filosóficas e históricas de la imaginación del novelista alemán. Pero lo que es casi tan extraordinario es la idea de dos hombres fuertes -uno de ellos un dictador brutal, el otro un aspirante a autócrata- incapacitados por la vejez o la mala salud en el único lugar donde la naturaleza de sus padecimientos puede ser mantenida en secreto.

La incertidumbre sobre la salud de Chávez

Por Jorge G. Castañeda
La foto de la noticia es evocativa: el anciano Fidel Castro al lado de un debilitado Hugo Chávez, presidente de Venezuela, quien actualmente convalesce en una prolongada y misteriosa estancia en un hospital de La Habana. Quizá estén discutiendo los agravios del imperialismo y las perennes virtudes de Simón Bolívar y José Martí.

En cualquier caso, la escena hace pensar en La montaña mágica de Thomas Mann, probablemente la novela más importante del siglo XX. La obra, que se desarrolla en la aldea alpina suiza de Davos en vísperas de la Primera Guerra Mundial, gira en torno a la enfermedad, recuperación o muerte de más o menos una docena de enfermos de tuberculosis, todos aislados en un sanatorio en las laderas de la Montaña mágica.

Personajes memorables habitan la novela. Madame Chauchat; la angustiada mujer mexicana conocida como Tous-les-Deux; y por supuesto el protagonista, Hans Castorp. Pero el núcleo de la obra son las interminables conversaciones entre dos pacientes, Lodovico Settembrini y Leo Naphta, respectivamente un idealista italiano y un jesuita cínico, acerca de la guerra, la moralidad, la vida, la muerte y la salvación del alma de Castorp.

Admito que hay una gran diferencia entre Castorp y Castro. Castro y Chávez no son creaciones de Thomas Mann, y es dudoso que sus intercambios igualen las meditaciones filosóficas e históricas de la imaginación del novelista alemán. Pero lo que es casi tan extraordinario es la idea de dos hombres fuertes -uno de ellos un dictador brutal, el otro un aspirante a autócrata- incapacitados por la vejez o la mala salud en el único lugar donde la naturaleza de sus padecimientos puede ser mantenida en secreto.

Ahí, Castro y Chávez pueden tratar de enfrentar las consecuencias de su propia desaparición, dada su absoluta dependencia mutua. En el caso de Castro, cuando menos, sabemos que ha estado enfermo durante cerca de cinco años, aunque se ha recuperado en gran parte; que tiene casi 85 años de edad y está lúcido sólo intermitentemente (según personas que han estado con él recientemente); y que no maneja ya Cuba en el día a día.

No sabemos cuál puede ser su prognosis o cuánta influencia tiene sobre su hermano "menor" Raúl, de 80 años. En principio, Raúl está comprometido con un cambio significativo en la desvencijada economía de la isla - conservando al mismo tiempo el poder total que tienen ambos hermanos.

Sabemos mucho menos acerca de Chávez, que es el punto principal de la convalecencia en La Habana, Independientemente de qué otra cosa sea cierta, la aseveración del caudillo venezolano de que pasará varias semanas en Cuba debido a una operación de emergencia por un absceso pélvico simplemente no es creíble.

Cuba no es respetada por su capacidad médica de alto nivel y alta tecnología. Podremos evaluar mejor la medicina social cubana o sus médicos descalzos cuando sea posible efectuar comparaciones internacionales.

Sea lo que Chávez padece -desde cáncer de próstata hasta una infección menor- sigue siendo un misterio. Así que la explicación más probable para que Chávez se someta a tratamiento en otro país es la necesidad de conservar el secreto. El único otro país del mundo donde la salud de un presidente se mantiene como secreto de estado es Corea del Norte, que está un poco lejos de Venezuela.

Si nada está seriamente mal con la salud de Chávez (quizá aparte de un padecimiento que podría causarle cierto embarazo personal, desde una mirada de "macho"), la atención médica sin publicidad en La Habana le permitirá mantener todo bajo control y regresar triunfante a casa, cuando los criterios médicos y políticos coincidan.

Por el contrario, si Chávez padece una enfermedad terminal, su conexión cubana le permitirá a él y a los hermanos Castro trazar una ruta para el futuro que idealmente -para el trío, cuando menos, si no para los pueblos de sus dos naciones- aseguraría la continuidad de la política y las alianzas.

Son muchas las apuestas que se han perdido en el medio siglo pasado en torno a aseveraciones de que Cuba no puede sobrevivir sin una u otra ayuda. Sin duda, Cuba depende de un masivo subsidio venezolano -divisas duras y petróleo barato a cambio de médicos, entrenadores atléticos y personal de seguridad cubanos. La pérdida de ese subsidio quizá podría ser un desafío insuperable para la supervivencia del régimen de Castro.

En forma similar, la idea misma del chavismo sin Chávez quizá sea quimérica. No tiene un sucesor viable, y todos los agentes de inteligencia y de seguridad cubanos estacionados en Caracas casi seguramente no serían capaces de volver a construir a Humpty Dumpty en la forma del hermano mayor de Chávez, Adán; o de su ex vicepresidente, Diosdado Caballero; o su ex ministro de Gabinete y principal matón, Jesse Chacón.

Si ése es el caso, La Habana y Caracas tienen un problema. Chávez llegó al poder hace 12 años. Con excepción de los Castro, es el jefe de Estado actual que más tiempo ha permanecido en el poder en América Latina. Las elecciones presidenciales están programadas en Venezuela para diciembre de 2012. Pero la desaparición del teniente coronel podría obligar a elecciones anticipadas o bien se crearía un vacío de poder en el que cualquier cosa podría suceder. Los cubanos tendrían escasa influencia en el resultado, pero su destino quizá dependa de él.

No es de extrañar, entonces, que los cubanos quieran conservar vivo y bajo su protección a Chávez, cuando menos hasta que se recupere, o que formulen un Plan B.

En tanto, nosotros sólo podemos tratar de adivinar lo que le duele a Chávez, y lo que los tropicales Naphta y Settembrini discuten en la "montaña" de una isla que ha dejado de ser mágica.

Jorge G. Castañeda, ex ministro de Relaciones exteriores de México, es Profesor Global Distinguido en la Universidad de Nueva York y autor, más recientemente, de Ex Mex: From Migrants to Immigrants

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