jueves, diciembre 26, 2013

Hacia una epistemología de la geomentalidad



Por José Obswaldo Pérez





1.- El espacio como lenguaje y discurso
La relación de la geografía y la historia es inevitable. Desde luego,  la mentalidad como herramienta de análisis e investigación histórica, también. Esta triada de conceptos trata de un conocimiento que comprende la relación entre el ser humano y el espacio físico.  Y el espacio,  como categoría de la geografía, se  puede ver hoy desde una visión interdisciplinaria, bajo distintas concepciones. Me limitaré en situarme a  la  que corresponde al espacio-tiempo, y a partir  de  esta perspectiva intentaré de abordar su conceptualidad, entre su naturaleza material y su construcción mental[1].

Digamos  que, desde la perspectiva del discurso historiográfico, el espacio, como  estructura, es un producto histórico y, al mismo  tiempo, un producto social,  “mutable, transformable e indisolublemente ligado a objetos y asociaciones”, como sostiene Abella Millán (S/F: 174).  Pero, el  espacio,  en  relación con la sociedad,  no es  solamente un  producto-productor (Santos,  1990) sino que, también, en él influyen las representaciones simbólicas de los  seres humanos, es decir la  superestructuras cognitivas. Como sostuvieron Henri Levfre y David Harvey, desarrolladores del concepto de espacio como  producto social,

Además, compartimos con Jean Dominique Leccia, desde ese llamado paradigma de la psico-historiografía,  que el espacio es un lenguaje, un código espacial, que nos revela nuestra modos de pensar, actuar y pensar. De modo que el lenguaje es un código simbólico por antonomasia. Construye y da a conocer las percepciones de una determinada cultura. Dicho de otro modo, el lenguaje está constituido por signos que son interpretados por los hablantes. En realidad "toda cultura es construcción de sentido por medio de símbolos y signos; los hechos dados son la expresión a través de la cual podemos acceder a las estructuras de significación que lo hombres producen sin saberlo"(Ulloa, 2006).

Interpretar el lenguaje de un lugar o su espacio es contribuir a descifrar los procesos identitarios de una población y las representaciones sociales que construyen sus individuos. De modo que los espacios son portadores de signos  y símbolos que son interpretados por quienes los observan. De allí que  Marc Augé conceptualiza el lugar como espacios relacionados e históricos trabajados y simbolizados por el hombre, de los que se extrae la identidad individual y colectiva.

2.- El hombre construye sus espacios


De manera que la construcción (psicosocial) de los lugares no es producto teórico de una ciencia particular, como la psicología social o ambiental. Desde otras disciplinas y paradigmas conceptuales se  desarrolla esta temática que pretende dar relación entre los grupos humanos y sus espacios. Por ejemplo,  en nuestros estudios toponímicos, un referente fundamental  ha sido la  obra del geógrafo chino-americano Yi-Fu Tuan Topophilia: a study of enviromental perception, attitudes, and values (1974) y Space and Place: the Perspective of Experience (1977).

Tuam examinó, de modo sistemático, el  devenir del  espacio a lugar,  considerando ambos como componentes básicos del  medio, a partir de la experiencia  propia y ajena de los  habitantes.  Para ello, el autor parte de una  perspectiva experiencial, es decir, desde los diferentes modos de comprender y elaborar una realidad.  Modos que van, desde los sentidos más pasivos: olfato, gusto y tacto, hasta los más activos como la  visión y la capacidad de simbolizar. De este modo, Tuan demuestra cómo se reconstruye el aprendizaje del espacio y su  transformación en  lugar, apoyándose muy directamente en la teoría de Piaget. Recordemos que este psicólogo social estudio el  desarrollo del conocimiento espacial en niños, especialmente reflexionados en su obra titulada La geometría espontánea en los niños (1947)

Estos aportes demuestran claramente cómo la capacidad espacial en  el hombre es anterior al conocimiento simbólico o cartográfico del  mismo.

De este modo podemos decir que los espacios son realidades cognoscitivas del sujeto. Laborda  (1997) lo define como soporte-extensión de la memoria, es decir, como un “canon de realidad, que otorga sentido a lo que se percibe, pues integra la ideología, es decir, lo que sigue la lógica propia de las ideas de la  comunidad: su conciencia, sus creencias y mitos, sus valores y objetivos[2]

También, desde la sociolingüística, el espacio y el  lugar son objeto de estudio. De modo que los espacios mentales (Mental Spaces) son construcciones sociolingüísticas, cuyos referentes son los lugares físicos o geográficos que incluyen significados de diverso orden. Compartiendo con Caravedo (2012), estos significados son construcciones colectivas y no individuales, que se transmiten de generación en generación y que condicionan el modo de vida y la percepción que tienen los pobladores de su hábitat.

Aunque si bien los lugares que habitamos son un locus material, también son objetos de carácter subjetivo. Son significados o símbolos que unos y otros lugareños le asignan. Entonces, el espacio como como realidad material y sentido sociolingüístico " no tienen el mismo valor ni las misma características para todos los seres humanos". (Caravedo, 2012: 7).

Como sostiene Caravedo, el espacio geográfico o material es la "base para la construcción mental de sus pobladores (y de los que no lo son), que se comunica de generación en generación y que queda fijada con variaciones como parte del sistema cognitivo de los protagonista". 

Es decir,  como explica Vidal Moronta (2005), las personas  o  los grupos humanos, a través de la  acción sobre el entono, transforman el espacio y dejan sus huellas como marcas simbólicas. Es decir, el proceso de apropiación del espacio, como proceso dinámico de interacción de la persona con el medio dentro de un contexto sociocultural e histórico, se desarrolla a través de dos vías complementarias (Vidal Moronta et. al., 2005): La acción – transformación y la identificación simbólica.

El  primero, corresponde al comportamiento de los grupos humanos sobre el entorno, que remite a la transformación y personalización de los escenarios de vida, conformando una red de espacios significativos para la persona que le confieren familiaridad con el espacio, para poder orientarse. “Las personas, los grupos y las comunidades transforman el espacio, dejando su impronta e incorporándolo en los procesos cognitivos y afectivos de manera activa y actualizada y dotan al espacio de significado individual y social a través de los procesos de interacción”.

Mientras, el  segundo  punto atañe al proceso de identificación con un espacio previamente transformado por la propia acción, constituyéndose en un referente para la identidad tanto individual como social, deviniéndose en lugar (Pol, 1996). Este componente comprende procesos simbólicos, cognitivos, afectivos e interactivos.

Milton Santos  define claramente el espacio como “una instancia de la sociedad, al mismo nivel que la instancia económica y la cultural-ideológica”. Es decir, es algo unitario y dinámico que reúne materialidad y acción humana. El espacio sería – según  este autor- el conjunto indisociable de sistemas de objetos naturales o fabricados y sistemas de acciones, deliberadas o  no. En cada época, se añaden nuevos objetos y nuevas acciones a las anteriores, y modifican el todo tanto formal como sustancialmente.

También, para Santos (2002: 23), el espacio social se distingue de las formas  vacías por el propio hecho de su complicidad con la estructura social. Esto es,  porque, con el desarrollo de las fuerzas productivas y la extensión de la división  del trabajo, el espacio es manipulado para profundizar las diferencias de clases.  Este mismo cambio acarrea un movimiento aparentemente dialéctico: el espacio  que une y separa a los hombres. Este nuevo discurso privilegia la dimensión social del espacio, donde las relaciones espaciales se definen como manifestaciones de las relaciones sociales de clase en el espacio geográfico producido y reproducido por el modo de producción.

Al  mismo tiempo esta posición excluye el concepto de espacio como contenedor de objetos y lo traslada hacia un sistema abstracto de elementos, movimientos y formas espaciales, y adopta un concepto del mismo como la construcción social de los agentes y las sociedades entre sí y las relaciones de estos agentes con la naturaleza tanto natural como antrópica.


También, Galván (1996) destaca la importancia del  espacio en  la  construcción del conocimiento histórico.

Le Goff explica que en el espacio existe un campo de fuerzas. Algunas son positivas, otras negativas. La derecha es positiva, buena, en cambio la izquierda es negativa, mala. Otro espacio es arriba y abajo. Lo que está arriba es positivo, es bueno, ya lo que está cerca del cielo, en cambio lo que está abajo es negativo, es malo, ya que está cerca al infierno. Este sistema también se encuentra en el cuerpo del hombre, La risa proviene del vientre, de la parte baja del cuerpo, por lo tanto es mala.....ª Habría que preguntarse en qué momento, por ejemplo, en una escuela se permite que un niño ría o no. Hay que recordar que, de hecho, se prohíbe reír en clase y solo se permite durante el recreo (p. 2).

En este sentido,  el espacio es una categoría que se comprende en  dos aspectos conceptuales: a) como regionalización/ sectorización o territorización y b) como  una dimensión ontológica relacionadas con  los sujetos y  su  manera de concebir la realidad. En el  primer aspecto, el  espacio delimita lo local, lo regional, lo nacional, lo general, lo urbano y lo rural. Aquí el espacio se refiere al  lugar donde se desarrolla el  discurso, sea este desde la  capital o  la  provincia: “se trataba de cambiar el lugar desde el cual se construía el discurso, de variar la trama geo-político-cultural en la cual se constituía el investigador” (CUCUZZA ,1994:6).

En el  segundo aspecto, el espacio es entendido como  una construcción social. El espacio nunca será neutral, sino un símbolo y  una marca de las condiciones y de las relaciones de sus habitantes.

El espacio físico es, para el ser humano, espacio apropiado - territorio - y espacio dispuesto y habitado - lugar - . En este sentido, el espacio es una construcción social y  el  espacio escolar una de las modalidades de su conversión en el territorio y lugar. De ahí que el espacio no sea jamás neutro sino signo, símbolo y huella de la condición y relaciones de quienes lo habitan. El espacio dice y comunica; por lo tanto, educa. Muestra, a quien sabe leer, el empleo que el ser humano hace del mismo. Un empleo que varía en cada cultura; que es un producto cultural específico que atañe no sólo al yo social, a  las relaciones interpersonales -  distancias, territorio personal, comunicación, contactos, conflictos,-, sino también a  la  liturgia y  ritos sociales, a la simbología de las disposiciones de los cuerpos, ubicación y posturas - y de los objetos, a su jerarquía y relaciones (VIÑAO, 1994: 8).

De manera que al  referirnos a las estructuras económicas y sociales,  en el tránsito de la sociedad colonial a la sociedad moderna venezolana, en  el tiempo histórico de  los  siglos XVIII y XIX, no  se  puede dejar de lado los cambios en  los patrones de mentalidad colectiva. 

En  nuestro contexto, la categoría del  espacio mental se  entiende como el “lugar” donde se aprende y se enseña[3].  En  este sentido,  aquellos lugares se conjugan las relaciones ente  los sujetos, por  ejemplo, aquellos sitios en donde los individuos se agrupan o simplemente se cruzan. En esos lugares pues, los mandatos, los saberes esenciales para el desenvolvimiento social, se hacen presentes (CERCÓS, 1998: 10). Y de allí surge el término geomentalidad y el  adjetivo geomental como una  forma de explicar las representaciones mentales de una sociedad. Sus inferencias lexicales nos  llevan a un nuevo  abordaje (o  modos de hacer historia) del espacio geográfico o de las formaciones espaciales, donde “se pone en  juego  no sólo el mundo de las estructuras sino también el mundo de las superestructuras[4]. Ambos léxicos nos conducen a nuevas categorías cognoscitivas que buscan abordar aspectos subalternos de realidades locales que permiten ahondar en la dinámica de dichos espacios geográficos y humanos, en sus cambios e intercambios socioeconómicos y políticos, en sus tradiciones y heterogeneidad cultural tanto en su presente como en su pasado histórico.

Corresponde empezar por aclarar, por analogía, el término geomental/geomentalidad. Ambos vocablos surgen en el recorrido de nuestro discurso. Entendemos, un tanto para hacer genealogía,  la geomentalidad como  un  concepto introducido, por primera  vez, por el geógrafo de origen coreano, Hong-key Yoon, quien estableció su significación  empírica  en su libro, Maori mind, Maori land: Essays on the cultural geography of the Maori people from an outsider's perspective (1996) y en dos artículos, Sobre la geomentalidad (On  Geomentality) e Identidad Maori y Geomentalidad Maori (Maori Identidity and Maori Geomentality).

Yoon (1986: 45) define la geomentalidad como "una estructura establecida y duradera (del estado) de la mente en relación con el medio ambiente"[5]. Según el investigador, la geomentalidad se “traduce necesariamente en un patrón de comportamiento geográfico que se refleja en una representación del paisaje cultural”. En términos simples, "la geomentalidad es una actitud de cómo las  personas se interrelacionan con el medio ambiente geográfico" y sus principales efectos son su apropiación simbólica.

Se trata dicho termino, dice el referido autor de “una forma establecida (de mentalidad) o forma que se da por sentado del cognoscente al entorno que condiciona las relaciones de la humanidad en la naturaleza: a saber, la mentalidad con respecto al entorno geográfico que está en manos de un grupo de personas o de un individuo. La geomentalidad se expresa en el comportamiento humano a través de la forma cómo la información geográfica se organiza y se clasifica, por ejemplo, en la elaboración de mapas, nombres de lugares, y la conceptualización de los paisajes”(Yoon :1986)

Asimismo, el profesor Yoon argumenta que "la determinación de la geomentalidad es la clave definitiva para explicar los patrones de fondo del comportamiento de los paisajes culturales."  Fijase que  el autor  maneja dos categorías discursivas: patrón de comportamiento geográfico y paisaje cultural. El primero se infiere, dentro de nuestra postura investigativa, como los mapas de representación de la naturaleza y de los elementos creados por el hombre mediante precepciones generadas por la realidad: poblaciones, vías de comunicación, cultivos, entre otros. El término se ubica dentro de  otras ciencias geográficas como la  geografía cultural y humana contemporánea y, por  ende,  la  segunda categoría se refiere al  resultado de la  transformación ordenada y  meditada del  hombre sobre el  medio ambiente[6].

Por  otra parte, el profesor Yoon considera el estudio de la geomentalidad "como un intento de identificar los tipos de mentes e imágenes que son responsables de los patrones de paisaje cultural".  De modo que el  concepto de geomentalidad  propuesto aquí es  una categoría útil para la construcción de un discurso contemporáneo en relación con los espacios geográficos y su interrelación con el Hombre. Es decir, la relación entre el objeto y sujeto como un modo de producción de conocimiento  (Hegel; Foulcault, 1999:13). En pocas palabras se trata de un  nuevo abordaje de la  realidad, en  el que se incluyen- en este campo de investigación- las percepciones geomentales que tienen las personas sobre los espacios: las sensaciones, los recuerdos, la conciencia regional y local, el condicionamiento cultural y el carácter distintivo del lugar en sí (ver Gráfico 1).


Gráfico 1. La  percepción de la realidad del espacio geomental.
Elaborado por el Autor

También, otros autores han usado el término desde varios puntos de vista del  conocimiento. Deborah Bird Rose – una ecologista australiana- lo  menciona varias veces en un complejo artículo[7] sobre la relación entre el espacio físico, y la sacralidad y la ética o moralidad que lo envuelve en el campo de la religión indígena. Otro autor, George Tinker – un teólogo indígena norteamericano- igualmente ha usado este concepto en la interrelación entre el ecologismo y la cosmología, con el argumento de que” necesitamos historias comunes que pueden generar teologías "funcionales", o, mejor aún,  mitologías funcionales, que sustentan la vida de la comunidad (die vida de las comunidades) en formas nuevas y vibrantes. La crisis contemporánea exige imaginar nuevas historias que pueden generar la vida y no la conquista - ya sean culturales, militares, económicas o intelectuales” (Tinker, 1997: 173).

En Venezuela, el  doctor J. Pascual Mora García usa el término geomental, que introduce -por primera vez en el  país- en su tesis doctoral (2001): Historia Social de las Mentalidades y de la Educación en Vicaría Foránea de La Grita, durante el Tiempo Histórico de la Diócesis de Mérida de Maracaibo. (1776-1899). Mora García formuló su concepto a partir de la evolución histórica de los términos mentalidad colectiva, memoria colectiva o utillaje mental y sobre la base de  esta  reflexión blocheriana de que " la forma de pensar es para el historiador de la estructura social, un punto de partida” " (Bloch, 1994:98).

Mora García explica  que el espacio geomental es  una categoría epistémica que nos provee la Escuela de los Annales (1920), de cuya revisión  genealógica se extrae la  historia del concepto y su sentido polisémico en varios significados: utillaje mental, memoria, prácticas cotidianas, imaginarios y representaciones colectivas. Entre las características de este enfoque está su  dimensión  multidisciplinaria,  la cual se apoya de la psicología social y  se concreta al  estudio del espacio, tiempo y mentalidad. Otro aspecto importante es que la geomentalidad se focaliza más en el sujeto y su entorno, mientras el enfoque geohistórico se ha dedicado  más al espacio.

Agrega el autor citado que lo geomental es vinculación que va más allá de la cercanía geográfica y física; fundamentalmente porque se construye sobre la base de las mentalidades, imaginarios y representaciones colectivas; sobre los símbolos, emblemas e íconos que identifican a un colectivo histórico.


CARACTERÍSTICAS DEL ENFOQUE GEOMENTAL
1. Objeto Central: Las Estructuras Mentales.
2. Enfoque Disciplinar Central: La Interdisciplinariedad.
3. Reconocimiento de los individuos comunes de la Historia.
4. Una Historia de la Cotidianidad.
5. Tiempo Etnológico. Tiempo de larga duración. Tiempo Estructural.
6. Una Historia de los temas más deprimidos de la Historia.
7. Una Historia que hurga en Psicología Colectiva.
8. Concentra el análisis en la superestructura.

Fuente: MORA-GARCÍA, P. (2004). La dama, el cura y el maestro en el siglo XIX. Mérida, Venezuela: ULA/ Consejo de Publicaciones.

El espacio geomental designa un sector de la búsqueda histórica que apunta a reconstruir la concepción del mundo y la sensibilidad colectiva propia de una cultura, adecuadas a un momento histórico dado. El concepto es amplio para su compresión;  no solamente designa a las estructuras cognitivas sino también los hábitos psicológicos y morales, las esencias profundas, la visión del mundo, así como el dominio afectivo de los  habitantes. Este giro lingüístico[8] del  término plantea un nuevo enfoque historiográfico que permite descubrir y precisar, en un periodo histórico determinado,  las relaciones económicas, políticas, religiosas e ideológicas internas y externas de una comunidad, lo cual constituye el análisis y la síntesis de la organización y estructura del espacio social,  producto de la apropiación del hombre.

Desde el enfoque geomental, el  espacio es concebido como creación de los seres humanos, quienes se organizan en sociedad y están regidos a condiciones históricas concretas.



[1] ABELLA MILLAN, PACIFICO (S/F). Elementos para una delimitación del concepto de mentalidad espacial en Geografía. Revista Entorno Geográfico. No. 4. Colombia: Universidad del Valle.
[2] LABORDA, XAVIER (1997) “Hermenéutica de los lugares. Nueve principios y un epilogo”. Homenaje al profesor A. Roldán. España: Universidad de Murcia, pp. 753-765.
[3] VIÑAO FRAGO, Antonio (1996). Espacio y Tiempo. Educación e Historia, Cuadernos del IMCED N°11, México, p.83
[4]Mora García, J. PASCUAL (2005).- "Nación, Representaciones colectivas y Cultura tachirense." En: Mendoza, C.  (Coordinadora) (2005) Imaginarios, Educación y Nación, hacia la reinvención de nuestra América.
[5] Yoon, H.K. (1986). Maori mind, Maori land: Essays on the cultural geogra,phy of the Maori people from an outsider's perspective. Berne, Switz.: P. Lang.
[6] RODRÍGUEZ, JOSÉ ANGEL (2000). El hombre en  el  espacio. En: Visiones del  Oficio. Historiadores del  siglo XIX. Caracas:
[7] BIRD ROSE, DEBORAH (2002).Sacred site, ancestral clearing, and enviroment ethics, En: Readings in Indigenous Religions, pp- 319-42.
[8] En nuestro concepto, la definición de giro epistemológico se basa en  el  trabajo de investigación realizado en textos y la realidad que analiza es accesible únicamente por medio del lenguaje. De  modo que el historiador aprehende solamente la representación discursiva de esa realidad textual.