domingo, enero 22, 2017

Ezequiel Zamora: Miticidad y populismo





Por Adolfo Rodríguez

DELIBERACIÓN E INCONSCIENCIA EN LA FORJA DE UN CAUDILLO

La ausencia de una conciencia política por parte de Ezequiel Zamora, y por lo tanto, la imposibilidad, de algún modo, de generar una producción escrita que diese cuenta de las motivaciones que lo guiaban, participan de esa facilidad con que sus adoradores se esmeran en fabricarle presuntas coordenadas en función de los proyectos de dominación que se suceden luego de su muerte y triunfo de quienes lo acompañaban en sus luchas.

EL CAUDILLISMO VENEZOLANO ENTRE EL ATAVISMO Y LA MODERNIDAD

EL PRIMER CAUDILLISMO REPUBLICANO

El proceso independentista venezolano puede explicarse como una doble ruptura, tanto con el estatus colonial como con el régimen monárquico. Un proyecto de transformación político-administrativa que representó un esfuerzo de concientización por parte de la clase emergente de productores y exportadores de capital agrícola y pecuario que dominaba la economía del país. A cuyo efecto segrega, a través de la universidad, tertulias, viajes y viajeros, una intelectualidad apta para legitimar sus expectativas.

Es como se forja una dirigencia ganada por el modelo nacional republicano, que experimenta difíciles retos para responder a la reacción realista, pero que finalmente logra sus propósitos a través de una figura centralizadora –Simón Bolívar, cuya excepcionalidad se explica por una patética consustanciación con el objetivo trazado, como por su formación cultural de vanguardia (La Ilustración) aunada a una flexibilidad en el aprovechamiento de los acontecimientos vividas. Inteligencia, conocimientos y vigilia que habrían de permitirle acceder a las matrices societarias y logísticas decisivas para vencer las resistencias al fin propuesto:

1) Tendencias inter-étnicas, que aglutina el estilo patriarcal del general Pedro Zaraza.
2) Tendencias interclasistas, que habría de centralizar la experiencia hatera de José Antonio Páez.

Realidad étnico-social, a lo cual se expone el proyecto republicano, absorbiendo su abigarrada dispersión. Un coctel que sirve ocasionalmente a los fines de la guerra, pero se descompone ante el modelaje administrativo, a la manera de supraestados, de acuerdo con el estilo imperial que se combatía.

Un tira y encoje que devino en la declinación del liderazgo de Bolívar y su propuesta de Gran Colombia y la emergencia de una alternativa nacional que origina en Venezuela una especie de etno-estado, que el principal jefe político-militar de la provincia –José Antonio Páez- instituye de acuerdo con el exitoso manejo de los asuntos laborales, culturales y sociales en los hatos llaneros.

Y fue el modo en que pudo subvenir a la fase fundacional de la República de Venezuela, como un ejercicio de mayordomía, con todas sus implicaciones socioétnicas. Sin que se descarte las tendencias centrífugas expresadas en rebeldías, inconformidades, disidencias varias, que la primera república enfrenta, entre otras estrategias, con represión militar. Aunque también con criterios modernizadores en todos los órdenes, derivados de diversas asesorías, que se esmeran en acercarlo al orden internacional de entonces, fundamentalmente representado por UK, USA, Francia, Chile y otros países.

LA DIRIGENCIA ILUSTRADA EN LA PRIMERA REPÚBLICA

Circunstancia en que emerge una intelectualidad fuertemente crítica y avanzada, que se esmera en captar enseñanzas tanto universales como propias. Unos advertidos de las conveniencia de avances bajo el esquema contemporizador de Páez, en tanto que otros ansiosos de cambios más o menos drásticos, a partir de una crisis económica que enfrenta sociedades agrícolas y mercantiles de la zona centro-norte-costera del país, con la economía tradicional ganadera. Reto que capitaliza el periódico “El Venezolano” de Antonio Leocadio Guzmán e subsiguientemente el Partido Liberal, como alternativa aglutinadora de ese espíritu crítico modernizador.

Alternativa renovadora, que no revierte, fácilmente, traumatismos étnico-sociales sufridos bajo la gesta independentista marcada fuertemente por los nombres de Boves y Páez. Ambos con actuación en los Llanos, que prosiguen llamando la atención de gobernantes y opositores.

Ezequiel Zamora, quien ejerce comercio en sitio cercano a la región, afiliado al Partido Liberal, por nexos familiares, es de esa juventud que admira en Páez, quizá la inteligencia con que, con gran economía de esfuerzos, se desenvuelve ante los desafíos inimaginables de esa territorialidad y su cultura.

Una de esas interrogantes que, probablemente, ocupan el interés de las instituciones educativas, que el mismo Páez como Presidente de la República, auspicia. A saber: el Colegio de Independencia, fundado y dirigido por el historiador ex realista Feliciano Montenegro y Colón, donde cursan futuros oficiales anti-conservadores. Y la Academia de Matemáticas, donde se forman agrimensores y habría cursado Zamora, en compañía de Blas Bruzual, Olegario Meneses y José Ignacio Chaquert, intelectuales éstos últimos que participarían, en bandos contrarios, en la famosa y magistral batalla de Santa Inés..

Intelectualidad embrionaria aún en 1846, como para verse sorprendida e incapaz de enfrentar con opciones revolucionarias nuevas la represión desatada por el paecismo para contener la diversidad de manifestaciones que clamaban por una reconducción de los asuntos públicos del país.

Un profesor de matemáticas de la Universidad de Caracas, Manuel María Echeandía es quien recomienda a Zamora, la lucha armada, ante el eventual cierre de la vía electoral. Encallejonándolo, así, en un alzamiento, para el cual no está preparado y opta por esa prestigiosa ruta de los llanos, aunque con soldados reclutados entre agricultores de la sierra que se forma entre los actuales estados de Carabobo, Aragua y Guárico y Cojedes.

Mientras que el gobierno lo contiene con veteranos de la guerra de independencia, conocedores de la guerra de los llanos, precisamente en pleno piedemonte, cuando se proponen entrar al a la región prestigiada por la fábula.

Aquella intelectualidad que loa aúpa, de alguna manera, en los numerosos matices que la conformaban, debieron influir en el presidente electo José Tadeo Monagas, para que inclinara sus preferencias hacia los liberales. Gesto en el que pudo influir algún resabio de quien, efectivamente, había sido hatero y descendiente de hateros, contra quien tal vez juzgaba un advenedizo en las jerarquías de la propiedad pecuaria. Amén de resentimientos por territorialidades dentro del Llano y cuentas pendientes debido a que Monagas se había manifestado grancolombiano.

Razones que conducen a un nuevo modelo de gobernante que podemos caracterizar como personalista articulado con un fuerte nepotismo, por el cual durante casi diez años, se alterna José Tadeo con su hermano José Gregorio en la Presidencia. Y que generará un distanciamiento con los ideólogos liberales, pero no con Zamora, salvado de las persecuciones del gobierno anterior, protegido y ascendido hasta general de brigada por Monagas. Hasta el extremo de manifestar que se hundiría con él una vez que es derrocado.

LA GRAN REVANCHA COMO PROYECTO DELIBERADO

Que constituyo la gran oportunidad de aquella intelectualidad para completar la forja del caudillo ahora para relanzarlo, reaprovecharlo, por todas las características impetuosas, resueltas, carismáticas, que le habían descubierto en él, En instantes en que sueña más bien con regresar a sus provincias, esta vez con la esplendorosa mujer que entonces era su esposa.

Y fue como al rencor personal se sumó al rencor de aquella intelectualidad frustrada en función de un proyecto que se esmeraron en sustraer del personalismo monaguero reemplazado ahora por el de una figura, con una imagen de hombre justo, rescatado de las garras de quienes quisieron sacrificarlo, con el aura de haber asumido la guerra subversiva, desde abajo, como en la independencia. Ese toque de atavismo al cual le sería impregnado una palabra mágica, un nuevo lenguaje y apoyos bien calculados, tanto logísticos como estratégicos, con asesores pocas veces identificados, pero que lo le faltarán a la hora de las proclamas, los normativas, las alianzas, deslindes, las decisiones en materia administrativa o militar, que fueron patentizándose en aquellos inusitados laboratorios de estados federales, que apuntalaban un nuevo orden frente al instituido.

Forja de innumerables manos que concurrieron al amasamiento de aquella materia prima del atavismo hasta convertirlo en símbolo, que igual serviría en vida como después de muerto.

Pudiendo decirse que, ante los cambios en ciernes, que Zamora tal vez no entreveía con nitidez, Venezuela tuvo en él, quizá el último caudillo de raigambre, antes de que el país fuese agrícola y pecuario fuese barrido por una impronta de modernidad que impediría brotes similares.

Ese heroísmo fraguado por un ethos fundamental mítico, de la misma manera como la modernidad barre tradiciones y creencias.

Quedando sus estatuas, anécdotas, égida, para revestir cualquier modalidad de régimen de los que comenzaron a surgir a raíz de la instauración de los hombres que habían contribuido a su forjamiento como mascarón de proa de una maquinaria de poder que se manifiesta en diversas variables a lo largo del resto del siglo XIX y buena parte de los siglos XX y XXI.

Muerto el héroe mítico, viene este héroe acartonado que multiplicará de manera masiva el cine, las historietas, las novelas, los medios de comunicación de masa.

Muerta la autoridad adquirida o espontánea, surgen estos jefes recortados a la medida de sus ambiciones o a la medida de los proyectos hegemónicos de grupos minoritarios, mafias o banderías. Esos restos de una impostura detrás de la que se esconden inconsistencias de uno y otra ideología, advertidos de una historia que, reiteradamente, les pide retiro para que el intelectual a la medida de Vargas o Gallegos, administre en función de una modernidad irreversible que desaloje para siempre los pretextos hipnóticos de que se han servido

DEL PERSONALISMO AL POPULISMO

Hay un simbolismo trágico en la Revolución de las Reformas ocurrido en Venezuela en 1835: el primer golpe de estado contra un régimen constitucional se ejerce contra el primer presidente, no solamente civil, si no con la formación más idónea para modernizar el país. Conato que, sin embargo obliga a que esta posibilidad de un nuevo orden nacional frague, por renuncia del doctor Vargas a ese cargo y reingreso del país a un militarismo, medianamente democrático como anhelaba el paecismo, en el poder.

El primer golpe de estado exitoso también tiene su simbolismo, ya que lo cumple Julián Castro con el avenimiento de las principales tendencias civiles que hacían vida en Venezuela, con una expectativa nacional, que incluye hasta partidarios del monaguismo derrocado, aunque con el detalle, hasta ahora insuperable, de la historia venezolana, de no lograrse una verdadera entente en función de un destino nacional, por encima de intereses personales o grupales.

En Venezuela ha prendido ya la mala yerga del personalismo, exacerbado con Monagas y su régimen nepótico, estimulado en la pobre personalidad de Julián Castro, pervirtiendo una coyuntura que pudo haber sido decisiva para enrumbar el desarrollo nacional. Y que repunta bajo Guzmán Blanco, siempre con el recurso del golpismo, pero de una manera remozada con el refuerzo de la modernización pospuesta. Reorientación que se cumple bajo una exacerbación del culto a Simón Bolívar, que, entre otras falacias, es identificado, familísticamente con Guzmán. Cuya égida es sucedida por nuevas insurrecciones y golpes que tendrán un largo receso, bajo el régimen de Juan Vicente Gómez, a medias entre un pintoresco ruralismo y el repunte petrolero, siempre bajo el ropaje bolivariano, que reflota bajo sus sucesores, medianamente intelectuales y democráticos, aunque militares, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, abrigados bajo el lema partidista de las Cívicas Bolivarianas.

El golpe que los sustituye tiene ribetes parecidos al de 1858, aunque, predominantemente civilista y con la presencia fundamental de un partido de corte socialista, impregnado de ideas radicalmente modernizadoras, signados bajo el cognomento de Revolución de Octubre y una vasta gama de manifestaciones que parecían conducir hacia un proyecto efectivamente de nación. Que contará, sin embargo, con reservas de otras tendencias militares y civiles, que depondrán al presidente de más relumbre intelectual en toda la historia nacional, electo con una abrumadora mayoría en un proceso de gran amplitud democrática.

El nuevo golpe de estado, ejecutado por militares surgidos de las principales academias más reconocidas en el continente, al parecer, con el apoyo y auspicio del gran supervisor de los asuntos políticos, económicos y militares de la región – EE. UU- se mantendrá casi diez años, con un absoluto control, cumpliendo labores de transformación física, casi todas de concreto armado, con obras de importancia para el transporte automovilístico, al parecer ajustados a ciertos intereses mercantiles.

Régimen unicolor que es depuesto, como el de 1858, por una de las más grandes convergencias partidistas de la historia nacional, hasta el punto de lograrse así su mantenimiento, durante casi 60 años, con las siguientes variantes, derivadas de la influencia exterior

El triunfo guerrillero de Fidel Castro en 1959, con indudable apoyo extranjero, incide determinantemente en la policía venezolana y genera fricciones que rompen la unidad nacional surgida en 1958 y desatan una serie de golpes, siempre frustrados, hasta que dos nuevos fenómenos en el escenario internacional, reorientan los asuntos políticos tanto venezolanos como continentales:

El fin de la guerra fría, con la caída del muro de Berlín, permite un repunte del capitalismo, liderizado por los Estados Unidos. Pero, al mismo tiempo, se renueva el personalismo a través de un laboratorio de ubicación indeterminada, pero de indudable, origen en el desarrollo de la cultura de masas y los medios de comunicación: el populismo, como fenómeno político, de uso por diferentes tendencias políticas y dispuestas a reemplazar el papel del pueblo como determinante en los procesos de democratización nacional. Un verdadero laboratorio que incide en la renovación de antiguos y nuevos plataformas, como el peronismo, el aprismo, Acción Democrática, y personajes como Carlos Andrés Pérez y Fidel.

Una modalidad de liderazgo que, por igual se cumple a través de la elección popular (caso CaP) como a través de una apariencia de régimen popular como en el caso de Fidel. Alternativa ésta que se nos ocurre denominar más bien neogolpismo, en virtud del manejo de un fuerte poder centralizado (militar y económicamente) para sucesivos golpes de auto-renovación, siempre en nombre del pueblo y en contra de reales o imaginarios enemigos, siempre necesarios para legitimar la función heroica inherente a personalismo implicado siempre en esta alternativa contemporánea de populismo y golpismo.

Chávez, quien insurge en 1992 con un golpe tradicional contra un gobierno electo democráticamente, investido de ropajes prestigiosos como el de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora, pronto se servirá, quizá por asesoramientos de ese laboratorio o sus ramificaciones internacionales, en función del mencionado neogolpismo imbricado de populismo y personalismo.

Son tales los alcances del neogolpismo del siglo XXI y su probable procedencia de un laboratorio internacional, que algunos de los caudillismos contemporáneos (Putin, Trump, etc.) son asociados con fenómenos ya experimentados en nuestros países.

Progresivamente, debido a la caída de los precios del petróleo cuyo aporte ha sido fundamental para el teatro en cuestión, irá reforzando, de tal manera, como en el caso de Monagas, el factor militar, que el mismo nombre de Simón Rodríguez, un intelectual poco estudiado y comprendido, quien nunca fue factor de violencia, poderes ni riquezas ni manipulaciones, hasta el punto que, actualmente luce más bien excluido, por la creciente militarización del régimen.

En tanto que de Bolívar y Zamora sólo cuenta el elemento apoteósico, desmereciéndose la posibilidad de estudios críticos que los ubiquen debidamente en su tiempo y circunstancias.

Su doble simbología, hazañosa y martirológica, triunfal y holocáustica, al mismo tiempo, se presta tanto para la exaltación como para el moldeado de los copiadores de heroísmos.

DEL CAUDILLISMO DE LOS SIGLOS XIX Y XX VENEZOLANOS

Estos caudillos del siglo XXI quieren aparentar todos los rasgos de los que montaban corceles en el siglo XIX.

Rasgos psíquicos ya que hoy cuentan con los servicios más sofisticados para la misma tarea de imponerse en función de si mismos más que de la causa o el país del que se sirven a manera de trampolín.

Una modalidad contemporánea que se denomina populismo. Peculiarizado por un régimen que gobierno generando expectativas casi siempre incumplibles y que por ello, dan lugar a una carrera indeterminada de más expectativas en una especie de círculo vicioso que lo envira todo hasta manifestarse como única y absoluta normalidad.

Un adefesio piramidal, cuya punta se rige como imprescindible en la medida en que su base es empleada como soporte.

Pirámide a la manera de un inmenso tonel de basura ideológica signada por la necesidad de legitimar, cada hora, cada día, una imagen a la medida.

La ideología del populismo es un andamiaje a base de efectismos, basamentados en un condicionamiento cultural centrado en las necesidades más elementales: pan y circo.

Una sociedad amurallada por gigantescos murales que impiden ver más allá de los dispositivos propuestos para la adoración.

Aquí cualquier desarrollo científico tecnológico, educativa o comunicacional, está en función de ese acorazamiento.

La libertad vedada y tolerancia sólo en cuanto pueda ser revertido en beneficio de esa consagración de la punta imperante.

Lo cual logra a través de terminologías cuya carga significativa ha sido redimensionada para tal usufructo.

Hecho que se advierte, como una plaga o virus difundido por algún gran laboratorio ideologizador, en diversidad de países como si se tratara de atavismo nacional, rémora cultural o necesidades imaginarias.

Este caudillismo va de una miticidad con una alta dosis de inconciencia colectiva, por encima, muchas veces, de la voluntad de quienes lo padecen o disfrutan, a esta mitogogía contemporánea, en la cual, cierta manipulación de los hechos, genera una monumental fábrica de alternativas al gusto de cada país.

La producción de heroicidades deviene así en una de las principales inversiones de la cultura de masas a los efectos del consumismo de vastas consecuencias manipuladoras.

El modo en que tal cultura se da la mano con el fenómeno político-administrativo del populismo, muy del agrado de ideologemas que se manifiestan contrarias a esa cultura.