La foto

Hay verdades que parecen mentiras y mentiras que parecen verdades

Por Laureano Márquez | 1 sep
Imagen creada por ChatGPT para Laceiba.

Se cumplen este año dos siglos de la realización de la primera fotografía.

En 1826, el francés Nicéphore Niépce consiguió realizar la primera fotografía permanente conocida. La llamó «Vista desde la ventana en Le Gras» (Point de vue du Gras). Niépce utilizó una placa de estaño (1826) recubierta de betún de Judea, una verdadera proeza teniendo en cuenta que Judea queda a unos 2.300 kilómetros de Saint-Loup-de-Varennes, donde tenía su finca el fotógrafo, y todavía no se habían inventado los aviones.

Desde aquel legendario momento hasta nuestros días, el avance de la fotografía ha sido impresionante. En 1839, un tipo llamado Louis Daguerre desarrolló el daguerrotipo. Durante la segunda mitad del siglo XIX, los avances permitieron que la fotografía fuese cada vez más rápida, económica y accesible. Es por ello que tenemos fotografías incuestionables de José Antonio Páez y de Guzmán Blanco, los primeros presidentes venezolanos que pudieron ser fotografiados.

En el siglo XX la fotografía experimentó una transformación total. Las cámaras se hicieron accesibles y se simplificó enormemente su uso. Ya no había que esconderse detrás de un trapo ni esperar una eternidad para que la placa captara la imagen. Llegó también la fotografía en color, la fotografía instantánea y, finalmente, la fotografía digital.

Durante mucho tiempo, la fotografía tuvo algo que hoy hemos perdido: autoridad. Una fotografía era una prueba. Si un detective investigaba una infidelidad y aparecía con una fotografía del marido entrando en un hotel acompañado de una rubia, aquello era prácticamente una sentencia. El marido podía decir cualquier cosa, pero la fotografía estaba allí, mirándonos con esa autoridad que tienen las cosas que parecen decir: «Yo estuve presente».

Pero llegó la digitalización de la imagen y se acabó la inocencia. Hoy, ante cualquier fotografía comprometedora, uno puede argumentar que, como dice la canción, «si no me acuerdo, no pasó». Y si la imagen demuestra lo contrario, siempre queda la posibilidad de decir que es un montaje.

Ya no hace falta encontrarse con un famoso para retratarse con él, ni tener que estar en el lugar que muestra la fotografía. Uno puede estar simultáneamente en Caracas, en Washington y en una playa de Margarita, siempre que encuentre a alguien con suficiente talento para manejar un programa de edición.

Y ahora tenemos la inteligencia artificial. No hace falta siquiera modificar una fotografía existente. Podemos fabricar una realidad fotográfica completa. Una persona puede aparecer en un lugar donde jamás estuvo, abrazada a alguien que nunca conoció, haciendo algo que nunca hizo. La fotografía ya no tiene necesariamente que registrar la realidad: puede fabricarla.

Y aquí es donde Kant, que murió mucho antes de que existiera la fotografía, parece haberse adelantado peligrosamente a nuestro tiempo. Kant decía, en esencia, que nosotros no conocemos la realidad tal como es en sí misma, sino tal como nuestra mente la organiza. El entendimiento constituye su objeto.

Pues bien: con la inteligencia artificial hemos dado un paso más. Ahora hay imágenes de una realidad que no ha organizado nuestra mente, sino una máquina. Antes teníamos una fotografía y creíamos que la realidad había dejado allí su huella.

Ahora tenemos una fotografía y tenemos que preguntarnos si la realidad dejó la huella o si alguien se la dibujó encima. Por eso vivimos una situación curiosa: necesitamos imágenes para creer que algo ocurrió, pero cuando aparece la imagen tampoco podemos estar seguros de que ocurrió.

Hay verdades que parecen mentiras y mentiras que parecen verdades. Eso que nuestros antepasados llamaban credibilidad se nos está poniendo cada vez más caro. Todo esto viene a cuento de una fotografía que circula estos días y de la que todo el mundo hace conjeturas.

Después de dos siglos de evolución fotográfica, hemos llegado a un punto maravilloso: ya ni siquiera necesitamos preguntar quién tomó la foto. Ahora tenemos que preguntar quién tomó la realidad.

Por eso, ante la susodicha fotografía, la reacción más sensata no es creérsela ni negarla, sino simplemente decirle al fotógrafo:

—Muéstreme el negativo.

Claro que él podría responder:

—¡Ah pues!... Te lo estoy mostrando.

Artículo originalmente publicado en La Ceiba, martes 1 de septiembre de 2026

Laureano Márquez P.

@laureanomar

Nacido en 1963, Humorista de nacimiento y politólogo de profesión.