El núcleo del problema no enfrenta fe contra ciencia. Enfrenta concepciones del ser. Ontologías. |
Antes de hablar de religiones, credos o tradiciones, surge una pregunta anterior: por qué existe algo en lugar de nada, por qué el ser aparece como real y no como pura posibilidad, por qué el mundo manifiesta causalidad, orden y dependencia ontológica.
Por Xavier Padilla
El desacuerdo profundo entre ateos, teístas y agnósticos no enfrenta religión contra ciencia. Enfrenta visiones ontológicas del ser. Pero en la sociedad también entra en juego otra cosa: hay un ateísmo heredado, emocional, cultural o político que funciona como postura identitaria más que como conclusión filosófica. Quienes se declaran ateos, ¿están tan seguros de que su no creencia nace principalmente de la razón y no de motivaciones emocionales y psicológicas propias de la modernidad? Muchos ateos reivindican el racionalismo, pero en su postura intervienen con fuerza elementos ligados al sentimiento de dignidad social, a la imagen de autonomía individual, al deseo de presentarse como adultos libres, independientes de toda autoridad religiosa, protegidos contra el ridículo cultural asociado a las creencias invisibles en la era científica. El ateísmo opera entonces como condición simbólica de respetabilidad pública, como signo de independencia intelectual, como distinción frente al rebaño, como marca de distancia respecto al fanatismo, al oscurantismo y a la sumisión.
Estas motivaciones sostienen un ideal moderno de libertad y dignidad personal y funcionan como valor psicológico y social. Es decir, una serie de pudores culturales y mecanismos defensivos. Demás está decir, pues, que no constituyen todavía un abordaje racional del problema ontológico. Y es que la razón no depende de prestigio cultural, ni de identidad generacional, ni de comodidad emocional. Opera como instancia impersonal que excede al individuo y a sus luchas simbólicas.
Sí, pensar con rigor exige una libertad más profunda: libertad respecto de los propios reflejos identitarios, libertad respecto de la necesidad de afirmarse frente a otros, libertad incluso respecto del propio ego. Sólo desde esa distancia interior resulta posible examinar una cuestión que no gira alrededor del ombligo humano, sino alrededor del ser mismo.
Aquí aparece la dimensión filosófica del problema. Antes de hablar de religiones, credos o tradiciones, surge una pregunta anterior: por qué existe algo en lugar de nada, por qué el ser aparece como real y no como pura posibilidad, por qué el mundo manifiesta causalidad, orden y dependencia ontológica. Esta pregunta no nace en el templo ni en el ateneo cultural. Nace en la razón que observa la realidad y busca su fundamento.
En este punto entra Tomás de Aquino con sus cinco vías, casi desconocidas para el público general. Estas vías no son fórmulas devocionales ni apelaciones a la revelación. Son demostraciones metafísicas construidas a partir de experiencia sensible y principios racionales: movimiento, causalidad, contingencia, grados de perfección y orden final. Su objetivo consiste en mostrar que la estructura misma de lo real remite a un fundamento trascendente, no contingente y ontológicamente primero. Aceptarlas o rechazarlas exige trabajo conceptual. No es un asunto de adhesión identitaria.
En la cultura contemporánea se produce con frecuencia un desplazamiento del problema. Se responde con argumentos científicos a una cuestión ontológica. El Big Bang describe un estado inicial del universo físico observable. No responde por qué existe ese estado ni por qué existe algo capaz de expandirse. Por su parte, la indeterminación cuántica suele ser extrapolada indebidamente hacia posiciones relativistas, aunque en sentido estricto introduce límites de predicción, no eliminación de causalidad ontológica. Afirmar que el universo se explica por sí mismo implica adoptar una tesis metafísica sobre su autosuficiencia. El problema ontológico del fundamento permanece, pues, activo.
Existe también un ateísmo filosófico riguroso, menos frecuente, que asume la tarea de revisar los pilares del pensamiento clásico: acto y potencia, causalidad metafísica, distinción entre ser y esencia, finalidad, dependencia ontológica. Este recorrido exige construir otra arquitectura metafísica completa. Allí el desacuerdo adquiere densidad intelectual porque se sitúa en el nivel estructural del pensamiento y no en el plano identitario.
De todo esto surge una exigencia mínima de honestidad intelectual. Es posible declararse ateo sin conocer las cinco vías. Pero hacerlo conociéndolas implica refutarlas en su propio terreno: el racional. El rechazo debe apoyarse en una revisión real de la estructura ontológica y no en reflejos culturales o emocionales. Cuando ese trabajo falta, el debate se desplaza hacia caricaturas.
Volviendo al comienzo, el núcleo del problema no enfrenta fe contra ciencia. Enfrenta concepciones del ser. Ontologías. Rechazar el tomismo exige algo más que consignas científicas, gestos identitarios o ideologías. Exige otra metafísica completa. En ese nivel se decide la capacidad de cada postura para mirarse a sí misma sin refugiarse en la comodidad psicológica ni en la pertenencia cultural. En otras palabras, para identificarse con el grupo cultural de la racionalidad y adquirir la etiqueta protectora contra el ridículo social no basta con declararse ateo, agnóstico o materialista, hay que ser realmente racional, y esto es un poco más difícil.
X. P.
