Daniel Ortega ha anunciado que no habrá más elecciones en Nicaragua. Lo ha hecho amparado en una escenografía norcoreana, con miles de militantes sentados en bloques en la plaza, vestidos con la misma camiseta.
Se necesita una declaración así de contundente para que la opinión pública internacional, y algunas cancillerías, recuerden que Nicaragua existe, tan olvidada como está la satrapía que subió al poder en el año 2006, con las intenciones de no apearse más. Desde entonces ha dejado de haber elecciones, sin que medie una declaración tan rotunda y descarada como la que Ortega ha soltado en la plaza.
Para los olvidadizos, hay que recordar que Ortega se ha enquistado en el poder mediante fraudes electorales, y la última vez, encarcelando a todos los candidatos presidenciales y luego mandándolos al exilio y quitándoles la nacionalidad, junto con centenares de nicaragüenses más. Todos los periodistas independientes, además, se hallan en el destierro. En Nicaragua ha dejado de haber elecciones durante veinte años.
Pero hay más. El año pasado la pareja dictatorial consumó una reforma constitucional que les permite compartir la presidencia, y convierte a los poderes del estado en apéndices suyos. Han pasado a ser “órganos” sujetos a su voluntad, incluido el órgano electoral, que está formado por militantes sumisos. Un apéndice inútil ahora que las elecciones pasan a mejor vida, o es que será usado en adelante para regular los concursos de Miss Teen Nicaragua, que organiza su hija.
No pocos gobiernos democráticos parecen haberse cansado de los desmanes estrafalarios de la pareja. Es como si alguien escucha a un borracho escandalizar en la calle, y lo que hace es cerrar la persiana. Una anomalía, una molestia, a la que mejor no hacer caso. ¿En un mundo en crisis, para qué ocuparse de los majaderos?
«La codictadura de Nicaragua es una anomalía profunda, y debería ser inaceptable para los gobiernos democráticos, más allá de las declaraciones de rechazo.»
En 2022 el matrimonio Ortega Murillo rompió relaciones con Países Bajos, acusando a su gobierno de “injerencista, intervencionista y neocolonialista”, y expulsó a la embajadora por “hablarles a los nicaragüenses como si Nicaragua fuera una colonia holandesa”. Al mismo tiempo, expulsó también al embajador de la Unión Europea. La cancillería holandesa “lamentó” la decisión, calificándola como una respuesta “desproporcionada”, y no expulsó, en correspondencia, al embajador de Ortega; le permitió quedarse como agente ante el Tribunal Internacional de Justicia. El borracho sólo había estrellado una botella contra una vidriera.
En 2023, después de que el papa Francisco calificara al régimen orteguista como una “dictadura grosera” y “hitleriana”, sobrevino la ruptura de relaciones con el Vaticano, y el Nuncio Apostólico fue expulsado del país. Antes el régimen había encarcelado y enviado al exilio al menos a cinco obispos y decenas de sacerdotes, y prohibidos las procesiones en las calles. Roma lo que ha hecho es cerrar la persiana ante los gritos del perturbador en la calle.
En este año de 2026, fue el turno de España. El embajador y el ministro consejero, junto con un grupo de cooperantes, fueron expulsados por “extralimitarse en sus funciones”, lo que llevó a adoptar una medida semejante al Gobierno español, y expulsó así al embajador, Maurizio Gelli, hijo del Maestro Venerable de la mafia masónica P-2, Licio Gelli.
Y, por último, Italia. Ortega mantiene desde hace años, bajo su protección, a Alesio Casimirri, miembro de las Brigadas Rojas, acusado de participar en el asesinato de Aldo Moro. El canciller Antonio Tajani lo recordó este mes en una reunión celebrada en Madrid, y señaló como inaceptable que Casimirri viviera tranquilamente en Nicaragua, dedicado a sus negocios. Fue suficiente para que el régimen calificara las declaraciones como “injustificadas, agresivas e irresponsables”, y rompiera relaciones.
Los epítetos contra el presidente Luiz Inácio Lula da Silva no faltaron cuando la dictadura decidió romper relaciones con Brasil en 2024. Ortega lo calificó en un discurso de “arrastrado” y “representante de los yanquis”, solo porque el embajador en Managua no asistió a la celebración del aniversario de la revolución. Y ese mismo año rompió también relaciones con Ecuador.
Panamá y República Dominicana han llamado a sus embajadores tras la andana de insultos con que la codictadura ha respondido a las declaraciones de rechazo a la abolición de las elecciones. Asfura, de Honduras, y Bukele, de El Salvador, ambos trumpistas, callan.
La codictadura de Nicaragua es una anomalía, pero una anomalía profunda, y debería ser inaceptable para los gobiernos democráticos, más allá de las declaraciones de rechazo, ahora que queda claro que Ortega prescinde de las elecciones, y se corona él mismo, un Napoleón tropical, y corona a su esposa.
Ya en 2009 había afirmado en el programa Mesa Redonda de la televisión cubana, que un sistema multipartidista no es nada más que una manera de romper la unidad de una nación, y causar confrontación. Un solo partido, un solo pueblo, como en Corea del Norte, Cuba, o China. Sólo que en esos países hay elecciones rituales dentro del partido único. Ahora el matrimonio Ortega prescinde del rito. No más elecciones.
Y deberíamos poder decir: no más tolerancia. Detrás del absolutismo que se manifests sin tapujos, en desprecio a la democracia, está el sufrimiento de todo un pueblo amordazado.
Nicaragua: No más elecciones
Detrás del absolutismo que se manifiesta sin tapujos, en desprecio a la democracia, está el sufrimiento de todo un pueb...