Por José Obswaldo Pérez
A cuarenta años del egreso de la primera promoción de Ingenieros Agrónomos de la UNERG, el país se encuentra ante una oportunidad singular: mirar de frente el legado de quienes inauguraron una forma de entender la tierra y, al mismo tiempo, preguntarse si hemos estado a la altura de ese legado. La conmemoración prevista en San Juan de los Morros no es un simple acto ceremonial; es un llamado a revisar el sentido de la agronomía en un país que aún lucha por garantizar su soberanía alimentaria.
Los pioneros de 1986 —Nancy Margarita Díaz Pozzo, Luis Vicente Amengual Hernández, Vilma Aranda Barrios, Miguel Antonio Coronado, Ike Arístides Matos Segura, Ernesto José Utrera Cabrera y los demás integrantes de aquella cohorte fundacional, un total de 33 ingenieros— representan mucho más que una lista de nombres. Son la evidencia de que la educación pública venezolana, cuando se lo propone, puede producir profesionales capaces de transformar regiones enteras. Ellos lo hicieron: desde los Llanos Centrales hasta zonas agrícolas que hoy dependen de su experiencia acumulada, su trabajo dejó huellas que no se borran con el tiempo.
Pero la pregunta incómoda —la que todo artículo de opinión debe atreverse a formular— es si el país ha sabido acompañar ese esfuerzo. Celebrar cuarenta años de agronomía unergista implica reconocer que la agricultura venezolana ha enfrentado crisis profundas: pérdida de infraestructura, migración de talento, retrocesos tecnológicos y un modelo productivo que no siempre ha entendido la importancia de la ciencia aplicada al campo. En ese contexto, el aniversario no puede convertirse en un ejercicio de nostalgia. Debe ser un punto de inflexión.
La generación de 1986 salió a los campos con una mezcla de rigor académico y esperanza. Hoy, las nuevas generaciones enfrentan un escenario distinto, donde la innovación, la biotecnología y la sostenibilidad no son aspiraciones, sino exigencias. La UNERG, como institución, tiene la responsabilidad de garantizar que la formación agronómica no se quede atrapada en la repetición de modelos del pasado. Honrar a los pioneros significa actualizar la mirada, fortalecer la investigación, vincular la academia con las comunidades y asumir que la agricultura del siglo XXI requiere una visión integral del territorio.
El lema de la conmemoración —“Mirando al horizonte y transitando caminos”— es pertinente, pero solo tendrá sentido si se convierte en acción. Mirar el horizonte implica reconocer que Venezuela necesita reconstruir su capacidad productiva con ciencia, tecnología y sensibilidad social. Transitar caminos implica asumir que la agronomía no es solo una profesión, sino una responsabilidad ética con la tierra y con la gente que la trabaja.
Los primeros egresados regresarán al campus para reencontrarse con su historia. Nosotros, como país, deberíamos aprovechar ese gesto para reencontrarnos con la nuestra. La agricultura sigue siendo una de las claves para la recuperación nacional. La UNERG tiene en sus manos la posibilidad de formar a quienes liderarán ese proceso. Y los pioneros de 1986, con su ejemplo silencioso pero persistente, nos recuerdan que la tierra siempre recompensa a quienes la entienden y la respetan.
Celebrar cuarenta años no es mirar atrás: es decidir cómo queremos sembrar los próximos cuarenta.
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