Nunca fue fácil, pero los lugares para amar escasean entre la crisis de la vivienda, las apps y un urbanismo que ha olvidado la intimidad: el deseo se refugia en coches, portales y baños públicos

Una pareja se besa en una ciudad
Una pareja se besa en una ciudad. Dmytro Betsenko (Getty Images)
Por Sergio C. Fanjul

Uno ha intimado con personas en parques, portales, probadores, aparcamientos, escaleras y, por supuesto, baños; los baños de un garito de punk rock, los baños de un Parador Nacional, los baños de un after hours periférico en una mañana lejana y borrosa. El amor —y lo que surge— brota inevitablemente en la ciudad, pero más a pesar de ella que gracias a ella. Levantan nuevas promociones de pisos de extrarradio, traen conciertos mastodónticos de estrellas musicales y a veces hablan de poner una gran noria… pero nadie se preocupa del amor.

El poeta Ángel González escribió el poema Inventario de lugares propicios al amor en plena dictadura franquista; ahí exploraba esos sitios en los que los enamorados trataban de esconderse del opresivo mirar nacionalcatólico.

—Son pocos —comenzaba.

Y luego enumeraba los “quicios de puertas orientadas al norte”, las “orillas de los ríos”, los “bancos públicos” o “los contrafuertes exteriores de las viejas iglesias”. Al final, ante las dificultades materiales y la fuerte vigilancia social, más valía andar solo, “en este tiempo hostil, propicio al odio”.

Hoy los lugares propicios al amor siguen siendo pocos y el tiempo sigue siendo especialmente hostil, propicio al odio. No hay donde amar bien en las ciudades. Esta escasez de territorio amoroso, afecta, sobre todo, y como siempre, a los jóvenes. Mi madre, recuerdo, fue comprensiva con esto: me regaló mis primeros preservativos (marca Prime) y, con espíritu cómplice, me avisaba con antelación de sus excursiones dominicales para que yo invitara a casa a mi pareja y el amor tomara cuerpo. Nunca hablamos de ello abiertamente; supongo que quería evitar que anduviésemos furtivos por los bancos públicos y los contrafuertes exteriores de las viejas iglesias. Porque nada detiene al amor cuando se empeña.

Hace unos años, cuando internet era un sitio divertido al que te asomabas por las tardes, alguien publicó un plano de los mejores lugares públicos para follar en Madrid: el mejor era un baño del museo Reina Sofía, porque la performance contemporánea es también esa que se da entre los amantes sudorosos. La web Mispicaderos.com recogía hasta 11.268 sitios donde dar rienda suelta al deseo: cines, túneles y hasta cementerios, donde, entre lápidas, se juntan el Eros y el Tánatos. Cuando la ciudad no ofrece intimidad, los amantes acaban inventándosela.

Y cuando el deseo traspasa el one-on-one tradicional, hay clubes liberales: estos liberales más que pensar en la religión extrema del libre mercado, prefieren el laissez faire entre los cuerpos. Y hay grupos, los más audaces, que practican el cancaneo en grupo en parkings y descampados, como quien va a una feria filatelica, y ahí no se sabe dónde acaba una persona y empieza otra.

La arquitecta Izaskun Chinchilla se ha preocupado por el “cortejo” en la ciudad, y a eso dedica un capítulo de su reciente ensayo Los barrios del buen vivir (Catarata). Todo lo que supone el cortejo se ha trasladado a las aplicaciones de móvil, por eso muchos jóvenes han dejado de frecuentar los bares de copas donde, con el desparpajo noctámbulo, era más fácil encontrar pareja.

Chinchilla reivindica un urbanismo que promueva la formación y el mantenimiento de las relaciones personales, tanto las de amistad como, por supuesto, las amorosas. Recuerda la ciudad inglesa de Bath, en el siglo XVIII, cuando, pensada como un “salón urbano”, facilitaba los encuentros interpersonales, haciendo así fácil encontrar pareja. E imagina una ciudad propicia al amor, donde la ciudadanía disfrute de rosaledas, luces tenues, cercanía acuática y espacios para el baile.

Practicar el amor cada vez resulta más difícil en la urbe, porque, víctima de la furia inmobiliaria y el cosmopaletismo, cada vez resulta más difícil practicar cualquier cosa. Si los jóvenes de todas las generaciones han tenido problemas para encontrar lugares propicios al amor —excepto si tuvieron una madre que cedía el espacio los domingos—, ahora lo tienen aún peor, porque no pueden emanciparse hasta rozar la tercera edad, cuando el amor carnal ya no parece tan urgente.

Desde lo público deberían proveerse los lugares para amar, un Centro Nacional de las Artes Amatorias —o algo así—, y que no ande la gente amando tras los setos, con el culo al aire. La ciudad ya no sirve para nada. Ni para querernos.


Texto originalmente publicado en El País, martes 28 de julio de 2026

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