La poción mágica no se acaba nunca

Se cumplen 100 años del nacimiento del creador de Astérix y Obélix

Por DANIEL GASCÓN

René Goscinny sosteniendo un álbum de Astérix
René Goscinny, cocreador de Astérix y Obélix, durante una presentación.

Pocas personas han producido tanta diversión y felicidad en las últimas siete u ocho décadas como René Goscinny, de cuyo nacimiento se cumplieron 100 años el 14 de agosto. Fue el creador de Astérix y Obélix, que dibujaba Albert Uderzo; del infame Iznogud, que quería ser califa en lugar del califa, y a quien retrataba Jean Tabary; de Lucky Luke, el vaquero que era más rápido que su propia sombra y que dibujaba Morris; o del pequeño Nicolás, ilustrado por Sempé.

Descendiente de judíos ucranios y polacos, nacido en París y criado en Buenos Aires, Goscinny perdió a parte de su familia en el Holocausto, quedó huérfano de padre en la adolescencia y empezó a dibujar en Argentina. Malvivió en Nueva York, regresó a Francia y fundó una revista decisiva del cómic europeo, Pilote, en 1959. Allí debutó Astérix, con un éxito instantáneo.

Es una paradoja frecuente que el creador de un símbolo de un país tenga un vínculo complejo con él: los irreductibles galos, que retomaban un mito nacional, eran el invento de un guionista hijo de inmigrantes judíos del Este y de un dibujante de origen italiano. El personaje ha servido para dar nombre a un síndrome: el de Astérix en Hispania. Leemos publicaciones internacionales y creemos que estamos más o menos informados de lo que pasa en Ghana, Malasia o Estados Unidos. Pero, cuando llegamos a la descripción de lo que ocurre en nuestro país, encontramos fallos. Todas las aventuras de Astérix son divertidas, aunque (ya se sabe) el viaje por Hispania les salió un poco peor.

Sus historias ofrecen varios niveles de lectura. Uno ríe de unas cosas de niño y descubre otros chistes de mayor. Sus juegos de palabras han sido desafío y estímulo de traductores: en Un pez en la higuera David Bellos recogía algunos ejemplos de las soluciones que había adoptado Anthea Bell en las versiones inglesas.

“Solo soy alguien que entretiene; la risa es necesariamente una forma de contestación, pero no creo que pueda convertirse en una plataforma moral o política”, declaró en 1976. Murió un año después, a los 51, de una manera trágica y cómica: un médico lo puso en una bicicleta estática para hacer una prueba de esfuerzo y Goscinny sufrió un infarto. En Francia se publican cinco libros sobre él este otoño: biografías, recopilaciones de entrevistas, testimonios. “Era al cómic lo que la Torre Eiffel es a París, lo que Balzac a la novela francesa; en una palabra, lo que Obélix a Astérix”, escribió Bruno Frappat. Era un genio, como sabe cualquiera que una tarde se ponga a leer esos viejos tebeos en casa de sus padres y confirme que no se acaban nunca.