Don Joaquín Palacio, originario de Lisboa, huyó clandestinamente y sin pasaporte en 1831 de la Guerra de Sucesión portuguesa (1828-1834) con el apoyo de su padre, un brigadier de la Guardia Real de la Marina, para evitar las represalias políticas y el reclutamiento forzoso.
La vida de Palacio se vio fracturada por la cruenta guerra de sucesión portuguesa (1828-1834) —las llamadas Guerras Liberales—, un conflicto fratricida que enfrentó a los partidarios del liberalismo constitucional de Pedro IV contra el absolutismo tradicionalista de Miguel I. En medio de un clima asfixiante de inestabilidad, crisis económica y persecución política, el joven tomó una decisión radical: emigrar a la América Meridional.
Para lograrlo, contó con una complicidad crucial. Joaquín era hijo de don Felipe Palacios, un influyente brigadier de la Guardia Real de la Marina portuguesa, y de doña Emilia Lavoña, una mujer volcada a los rigores del hogar tradicional. Aprovechando su rango y sus contactos navales, el brigadier facilitó que su hijo se embarcara clandestinamente, sin pasaporte. Era una práctica desesperada, pero común en una época de levas forzosas y represalias políticas donde los padres buscaban salvar a sus hijos del frente de guerra. Así, con la disciplina militar paterna y el arraigo familiar a cuestas, Palacio miró por última vez las costas del Tajo.
De la marina portuguesa al ejército venezolano
El destino final de su travesía fue Venezuela, adonde arribó en 1831. El contexto no podía ser más complejo: la joven república apenas daba sus primeros pasos independientes tras la traumática disolución de la Gran Colombia, intentando consolidar sus instituciones en un territorio aún humeante por las guerras de emancipación.
Demostrando una asombrosa capacidad de adaptación, el inmigrante lusitano no tardó en integrarse a la vida castrense local. Se incorporó al ejército venezolano en la Brigada de la ala Izquierda que estaba bajo las órdenes y comandada por el general Francisco Esteban Gómez, el respetado héroe margariteño y veterano de la Independencia. En poco tiempo, Palacio ascendió a capitán de la Sexta Compañía. Esta rápida asimilación no sólo habla de las destrezas previas de Palacio, sino también de la urgencia del Estado venezolano por sumar a sus filas a oficiales extranjeros experimentados y disciplinados para sofocar los constantes levantamientos locales y estabilizar las regiones en la convulsa década de 1830.
Su vida militar lo convirtió en un nómada. Antes de ver los horizontes infinitos de los llanos, Palacio transitó por los principales enclaves del país: el puerto de La Guaira, las estratégicas plazas orientales de Cumaná y Barcelona, el fortín costero de Puerto Cabello, la capitalina Caracas y el nudo comercial de Cagua. Eventualmente, las necesidades de control territorial, resguardo de caminos y pacificación civil llevaron a su compañía a adentrarse en el corazón de la provincia de Guárico, patrullando El Sombrero, Barbacoas, Orituco y Ortiz.
El cirujano empírico del llano
Fue en este ir y venir de tropas donde Joaquín Palacio desveló su otra gran faceta: la medicina. En la Venezuela decimonónica, la escasez de médicos titulados en las zonas rurales era crónica. Esto permitía que militares, boticarios o inmigrantes con conocimientos prácticos adquiridos en Europa asumieran la salud de las comunidades. Palacio personificó este doble perfil militar y sanitario.
Entre 1835 y 1836, Palacio colgó temporalmente el uniforme para vivir exclusivamente de la práctica médica empírica. Aunque la milicia lo reclamó nuevamente entre 1836 y 1837 para cumplir funciones de resguardo en los llanos, la vocación de sanar terminó ganando la partida. A partir de 1837 se dedicó de lleno a la medicina, consolidando una sólida reputación como un "curioso" respetado y aliviando las dolencias de una población rural desasistida.
Su errancia terminó cuando el amor y la tierra lo llamaron al sedentarismo. Siguiendo el patrón de muchos inmigrantes europeos de la época que buscaban integrarse plenamente en las comunidades hispanoamericanas, el lusitano decidió echar raíces definitivas en los llanos centrales. El 7 de enero de 1846, en la Iglesia de Santa Rosa de Lima de Ortiz, contrajo nupcias con la dama llanera Josefa Matute Loreto, hija de Germán Matute Ojeda y Caridad Loreto Páez. La boda fue realizada por el párroco José de Armas y contó cómo testigos presenciales a Juan Ramos y Juana Loreto.
Finalmente, Joaquín Palacio eligió la feligresía de Santa Catalina de Siena de Parapara como su hogar definitivo. Allí, el capitán que huyó de las guerras europeas encontró su paz, transformado en el médico empírico del pueblo y dejando una huella imborrable en la historia social de la geografía guariqueña.
Fuentes documentales
- Archivo diocesano de Calabozo. Matrimonios.
- Archivo del Palacio Arzobispal. Dispensa Matrimonial.
Sobre el Autor
José Obswaldo Pérez es historiador, docente universitario y periodista cultural. Editor de la revista digital Fuego Cotidiano, dedicado a la investigación de la historia social y regional del Guárico.