Mientras los desarrolladores advierten sobre riesgos existenciales y catástrofes globales antes de fin de década, millones de usuarios prefieren usar la inteligencia artificial para imaginarse con hombreras en 1984.
La Casandra de esta historia se llama Jacob Coxon. La semana pasada anunció su dimisión de Anthropic, alertando de que “quienes están construyendo la inteligencia artificial creen que podría matarnos a todos antes de que acabe la década”. Nadie dejó jamás un trabajo de una forma tan dramática. En lugar de rebajar la épica de sus vaticinios, los dirigentes de las empresas más importantes del campo pidieron desacelerar la carrera tecnológica alegando que, si no lo hacemos, podríamos perder el control. Los medios empezaron a dibujar escenarios apocalípticos, hablando de desinformación masiva, sustitución de empleos y enjambres de IAs rebeldes. Mientras tanto, millones de personas se lanzaron a ChatGPT con una pregunta quemando en los dedos: “¿Cómo me vería yo en los años ochenta?”.
En las últimas semanas, los feeds de Instagram, Facebook y X se han llenado de cardados, hombreras y colores flúor. El trend de “cómo me vería en los años ochenta según ChatGPT” se ha propagado con la virulencia de una gripe en la guardería. También lo han compartido personas que realmente vivieron en los años ochenta, lo cual resulta, cuanto menos, sorprendente: para muchos es más fácil reconstruir un pasado que nunca existió que acudir a los vestigios reales del mismo.
Mientras los ingenieros discuten sobre riesgos existenciales y futuros distópicos, nosotros subimos selfies artificiales emulando una foto de graduación de 1984. El contraste es llamativo, pero tiene su lógica. Después de la ecoansiedad y el eterno comeback del fascismo, ahora se empieza a alertar de un nuevo apocalipsis y la gente, quizá para desconectar, ha decidido echar la vista al pasado. Pero en lugar de hacerlo por sí misma, ha echado mano de su potencial verdugo. Es un poco como si Sarah Connor le pidiera a Terminator que la sacara a cenar por ahí para olvidarse de todo este rollo de la revolución de las máquinas.
El trend de los ochenta es nuevo, pero remite a otros similares que surgen periódicamente en las redes con la IA como motor. Sucedió con las ilustraciones estilo Ghibli. Con la estética de Pixar. O con los vídeos que superponen nuestra cara en escenas de películas o en escenarios improbables (un subgénero de la vergüenza ajena del que Donald Trump es el mejor representante).
La IA es una herramienta capaz de condensar el conocimiento humano; podría ofrecer una ventana al mundo, pero muchos la usan como un espejo mágico. Es una sofisticada forma de onanismo del ego que sirve para proyectarnos en otras dimensiones. La única constante es que en todas ellas salimos ligeramente más guapos y sexis que en la nuestra.
Más allá de las frases catastrofistas, no hay una teoría sólida sobre cómo Claude o Copilot podrían llegar a someter a la raza humana. Igual empiezan a sacarnos feos en las fotos de “cómo me vería en los años noventa”. Los fabricantes aluden a conceptos técnicos como “automejora recursiva”, que nos hacen pensar en Ex Machina o en 2001: Una odisea en el espacio. Pero algunos analistas critican esta visión hollywoodiense de la IA. Su argumento es que el verdadero peligro no es una superinteligencia que nos extermine, sino sistemas que deterioren nuestra empatía y nos vuelvan más pasivos, egocéntricos y estúpidos. No es que las máquinas se vayan a hacer demasiado listas, es que nos van a hacer demasiado tontos. El último informe de PISA parece apuntar en esa dirección. Igual el futuro se parece menos a la rebelión de las máquinas de Skynet y más a la pasividad catódica pronosticada en La broma infinita.