Sucesos de 1926 en la novela “Cantaclaro” de Rómulo Gallegos

Un análisis del historiador y ensayista Adolfo Rodríguez revela cómo la célebre novela Cantaclaro, de Rómulo Gallegos, utiliza el marco histórico de 1926 para retratar el choque entre el afán civilizador y la resistencia mítica del Llano venezolano.
Portada de la novela Cantaclaro de Rómulo Gallegos
Cantaclaro. Portada de la edición de la novela de Rómulo Gallegos contextualizada en los sucesos pecuarios y políticos de 1926.
Por Adolfo Rodríguez

Plena de realismo mágico y miticidad llanera, esta novela, según lo observado, se desarrolla casi, en su totalidad, en el año 1926. Época en que el agrimensor y general Roberto Vargas se encuentra dedicado a sus labores pecuarias, tras andanzas guerrilleras y acogerse a una amnistía del gobierno de Gómez.

Su propiedad se llamaba “Corocito” y estaba en el distrito Arismendi del Estado Barinas, pero el novelista la ubica en la región de Cunaviche del Estado Apure bajo el nombre de Hato Nuevo, próximo al Hato Viejo. En tanto que el personaje se denomina Juan Crisóstomo Payara, cuya presencia ocupa gran parte del argumento junto a Florentino Coronado, protagonista principal.

La caracterización de Payara coincide bastante con la de que se ha divulgado respecto a Vargas. Hombre rectilíneo, severo, tajante (“hombre fiero (…) contenido y reprimido por una alta idea de justicia” [Gallegos, 1977, p. 103]). Conducta distante del desenfado, condescendencia y libertad con que se desenvuelve Coronado. Se tilda, a Payara, con el apodo del Diablo de Cunaviche, una de esas modalidades demoníacas con las que el cantor llanero debe porfiar.

Florentino rumbeaba hacia Barinas a codearse con uno de ellos, cuando las consejas lo desvían hacia los hatos payareños. Un desplazamiento que lo hace en aquel fiero verano en que se desata La Humasera o la Humareda y atraviesa el Profeta el llano apureño: “Todo ese llano se está poniendo en marcha detrás de él” (p. 179). Fenómenos que sirven a Gallegos para sus simbolismos.

La severidad de Payara se corresponde mucho con la de Santos Luzardo en el afán civilizatorio, reñido con la mitopoiesis llanera que anima a Coronado: el hato payareño está cercado (p. 86) y “la intemperie de los caneyes… raíz de nomadismo… extirpada” (p. 152). En tanto que el profeta representa esa “voz antigua, pero siempre oportuna a cuyo encuentro salía el alma del llanero: la voz de la sabana, el vasto horizonte, invitando al nomadismo… pero quizá también la gran voz que arrebata el visionario”.

Incitación que, a su manera, atenderán Juan Parao como Coronado, asumiéndola como una reacción armada contra “las vagamunderías que todos los días inventa el gobierno para exprimir al trabajador” (p. 269). Pero aguardando un prometido parque, “comenzaron las lluvias” (p. 362). Asigún, transportado “en el bongo del Diablo” (p. 363).

Y el relato concluye con un parecer que, probablemente, adelantaba Gallegos, ante lo que llama “religión de tu raza mesiánica” (p. 364), con este clamor: “basta ya de correr en pos de la sombra siniestra del caudillo muerto” (p. 365). El cantor abandona “el camino de la revuelta armada”, se pierde “en las desiertas lejanías de la sabana” y penetra “en la leyenda” (p. 366).

Bibliografía consultada

  • BOTELLO, Oldman. El Tuerto Vargas: doctor y general. Caracas: Fondo Editorial Ipasme, 1990.
  • GALLEGOS, Rómulo. Cantaclaro. Caracas: Monte Ávila, 1977.
  • RODRÍGUEZ, Adolfo. El daimon de Gallegos: el oído en el Llano. Barinas: Fundación Cultural Barinas, 1984.