Para comprender las dinámicas del poder político contemporáneo, la ciencia política tradicional suele quedarse corta si no recurre a los postulados de la etología. El comportamiento de las naciones y de los grandes imperios responde, en el fondo, a las mismas leyes primarias que rigen a las comunidades de mamíferos superiores: la demarcación del territorio, la capacidad de coacción y la figura dominante del macho alfa.
En la antigüedad, la distancia geográfica y la lentitud en las comunicaciones permitían la existencia simultánea de diversos "machos alfa" en sus respectivos feudos. El Imperio Romano, el Bizantino, el Español o el Británico ejercían el dominio absoluto en sus zonas de alcance sin la necesidad de colisionar de manera permanente.
Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad intentó un experimento institucional inédito: socializar la jefatura global. Se estableció en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) una cúpula jerárquica repartida entre cinco potencias con derecho a veto. Durante ocho décadas, este pacto oligárquico de contención mutua logró mantener un equilibrio de disuasión y evitar un nuevo conflicto de escala planetaria.
Sin embargo, las leyes de la biología del poder señalan que las jefaturas compartidas son estados de equilibrio frágil. En la historia reciente, este arreglo de la cúpula de cinco llegó a su fin.
El afianzamiento de los Estados Unidos como el macho alfa único y absoluto se hizo evidente de forma progresiva con las demostraciones de fuerza en el Golfo Pérsico y las acciones directas en Irán, pero se consagró definitivamente con la acción unilateral sobre Venezuela el pasado 3 de enero. Al actuar de manera directa, sin buscar consensos ni someterse al arbitraje multilateral de los otros cuatro miembros de la cúpula, solo se presume que estaban enterados, se rompió la lógica del equilibrio diplomático.
A partir de este punto de quiebre, el orden internacional ha dejado de regirse por el derecho de los tratados para retornar a la norma del mamífero superior: la imposición del dominante directo frente a una manada reconfigurada.