domingo, junio 05, 2011

La crisis de Perijá: momento crucial para la resistencia indígena.

Sé que me toca comprobar lo aquí afirmado y no dudo en aceptar el reto. Luego de más de un decenio de gobierno bolivariano estamos encarando la casi desaparición –ojalá no se trate de la extinción total– de otra cultura de raíz karibe, orgullosa de atesorar una espada del libertador Simón Bolívar. Se trata del pueblo mapoyo, víctima no precisamente de una fatalidad sino del abandono total e injustificable por todos los organismos del Estado, tanto a nivel local como regional y nacional.


Representantes indígenas proponen alternativas para la demarcación de tierras

por Esteban Emilio Mosonyi
Ante todo vayan mis saludos a todos los hermanos y hermanas indígenas y aliados de la causa. Como siempre, es un placer para mí compartir esta importante Reunión, pero tengo que agregar que ese júbilo se ve opacado, adquiere un carácter dramático, ante la serie de circunstancias nada favorables que estamos enfrentando. En principio, nos congrega la lectura y primera discusión pública de un Documento elaborado por el grupo de trabajo aquí presente –constituido por indígenas y aliados– con destino al señor Presidente de la República a través del Vicepresidente Ejecutivo Dr. Elías Jaua. Éste nos recibió amablemente en su residencia, prometiendo actuar a manera de portavoz de nuestros planteamientos que, lejos de ser compulsivos o impositivos, sólo pretendían abrir un debate, presentar nuevas alternativas, “destrancar el juego” en relación con lo que sucede en Perijá y sus pueblos indígenas, especialmente el yukpa. El Documento incluye una serie de aspectos referentes a las políticas indígenas vigentes en el país, cuya ejecución y procesamiento parecen distar cada vez más de lo aprobado y configurado en la Constitución Bolivariana y las Leyes de la República. Creímos en ese momento que se nos abría una pequeña vía de acceso al replanteamiento de los derechos y deberes, tanto del Estado como de los pueblos indígenas y de los demás ciudadanos del país, en lo concerniente a nuestro destino histórico como nación multiétnica, pluricultural y plurilingüe, ya desde antes del comienzo del presente milenio.

A partir de esa fecha han pasado varias semanas; lo importante no es cuantificarlas sino asumir que no ha habido respuesta alguna y sabemos que no la habrá por los canales regulares. Esto parece bastante grave, ya que se está perdiendo una excelente oportunidad para discutir y aun para rectificar muchas cosas, ante una situación que es más delicada de lo que aparenta ser a primera vista. Está en juego el futuro de Perijá, mas también el porvenir de todos los pueblos y comunidades indígenas que por fortuna siguen existiendo en el país; junto con el de los respectivos ecosistemas, es decir, la totalidad del ambiente que los sustenta y que a la vez son sustentados por dichas sociedades milenarias, reconocidas en el papel pero no en la práctica. En efecto, el pueblo yukpa –entre tantos otros– corre un serio peligro de ser víctima de un etnocidio largamente anunciado. Aún no se le reconocen las tierras ancestrales –ya perdidas en un 90%– ni la jurisdicción indígena, ni la especificidad de su cultura, ni el uso público de su idioma y –a modo de corolario– tampoco su derecho a una razonable autonomía de su organización sociopolítica. Se le ha encasquetado un conjunto de Consejos Comunales completamente eurocéntricos y centralizados en la Capital de la República, inclusive en el aspecto financiero. Este nuevo “modelo” nada tiene que ver con el avanzado articulado de nuestra Constitución Bolivariana. Tampoco refleja, en modo alguno, los centenares de años de resistencia indígena hecha operativa a partir de mediados del siglo pasado. Desde allí sirvió de trasfondo ideológico fundamental al actual proceso revolucionario bolivariano aunque –como todo lo indígena– hoy esté sumergido en el olvido, frente a una amenaza de regresión al ya inoperante Socialismo Real del Siglo XX. Ahora nuestros pueblos originarios, en lugar de proporcionar insumos novedosos a una inédita realidad sociopolítica, parecen nuevamente sentenciados a recibir más de lo mismo: un enlatado decimonónico dirigido a suprimir de manera definitiva cualquier rasgo de especificidad y originalidad que les quedan a estos pueblos, al cabo de quinientos años de opresión y exterminio.

Sé que me toca comprobar lo aquí afirmado y no dudo en aceptar el reto. Luego de más de un decenio de gobierno bolivariano estamos encarando la casi desaparición –ojalá no se trate de la extinción total– de otra cultura de raíz karibe, orgullosa de atesorar una espada del libertador Simón Bolívar. Se trata del pueblo mapoyo, víctima no precisamente de una fatalidad sino del abandono total e injustificable por todos los organismos del Estado, tanto a nivel local como regional y nacional. Sería cansón recapitular las múltiples diligencias hechas por ellos mismos y algunos buenos aliados y aliadas, que en ningún momento fueron atendidas ni ha habido un interés verdadero en evitar la disolución sociocultural de uno de los pueblos emblemáticos del sur venezolano. Los mapoyo nunca recuperaron sus tierras –por el contrario todavía las siguen perdiendo– se hizo caso omiso de sus solicitudes por una verdadera Educación Intercultural Bilingüe y un plan compartido de recuperación lingüística y cultural. Pero el tiro de gracia que está acabando con su identidad y existencia como pueblo es haberlos obligado a sustituir su organización tradicional y autoridades legítimas por un Consejo Comunal de naturaleza idéntica a cualquiera que hallamos en el resto del país; vale decir, en nuestras ciudades y en el campo criollizado. Se trata de un golpe mortal a nuestra sociodiversidad y la vigencia de las sociedades indígenas que hacen vida en el país; especialmente si nos percatamos que el mismo recetario oficial se viene aplicando a todas y cada una de nuestras comunidades originarias, tal como sucede en Perijá. Hasta se pretende acelerar el proceso al propiciar enfrentamientos en el seno de las mismas, con pueblos indígenas vecinos y con el mundo no indígena, mucho más fuerte y evidentemente privilegiado por las autoridades civiles y militares del país, al igual que en los tiempos pre-revolucionarios.

No es difícil aducir múltiples explicaciones pero en este momento hay una que trasciende a todas las demás: el ansia febril de explotar al máximo los mal llamados recursos madereros y mineros del país y dedicar a diferentes monocultivos las extensiones obtenidas mediante la deforestación, de manera idéntica a lo que ocurre en otros países del Continente y fuera de él. Ante la acumulación atosigante de planes de esta índole desaparece toda posibilidad de alegar la existencia de modelos alternativos verdaderamente sostenibles como son los indígenas, afrodescendientes y campesinos tradicionales. Permítaseme agregar un inciso tomado de la rica cosmovisión yukpa, algunos de cuyos relatos fundantes recoge el profesor de lingüística Raimundo Medina (LUZ), con la colaboración de múltiples hablantes de este idioma karibe en la publicación “Relatos en la lengua yukpa”. El libro abunda en referencias al mundo natural contemplado a través de la conocida espiritualidad indígena con títulos tales como El diluvio, El pájaro carpintero, El sapo y el espíritu, La piedra brava. Me llamó la atención de modo especial el mito La Hija del Agua (Kuna Wüsünü) que comienza con el trozo siguiente:

Hace tiempo, una mujer ya casada y con hijos se enamoró del agua. Cuentan nuestros antepasados que la mujer siempre iba a buscar agua en el caño, y allí conoció al hombre agua, siempre iba al caño, todos los días, para estar con él y para hacer el amor con él. Cada vez que los vecinos, amigos o cualquier mujer del pueblo iban en busca de agua, ella se ofrecía a hacerlo.

Kasenopa Kumarko wooripa sano pena tücharchano etperat yüwüshnu yüpo. Nopapotkana Kuna, kunatka küpap yoman nikitanak satkanak kasüi or wooripa Kunan tisini. Owaya ikmihpia penarat oirano topo sayuwisha or Kuna yütawo kunatnatka ütütannak penarat ortüsurko Kuna sapüipo. Satainak wooripape Kuna isi penarat or chawurkokar imana itap kayishikoprak awür tosia.

Por el lado que la veamos, no puede ponerse en duda la orientación panteísta y participativa en lo telúrico y cósmico de la cultura yukpa. No obstante, todo conspira contra el mundo indígena, negándole la reivindicación y reconocimiento de sus tierras ancestrales o adquiridas. Se coloca en entredicho la factibilidad misma de un Estado sociodiverso, tal como lo establece no solamente la Constitución sino un amplio cuerpo legislativo y normativo. Si este fuese tan solo mediana o parcialmente aplicado, habría fomentado un vigoroso fortalecimiento de esta nueva Venezuela configurada a comienzos de esta década; en la cual no solamente los pueblos indígenas sino numerosos ciudadanos y ciudadanas revolucionarios y progresistas cifraban sus esperanzas, que poco a poco se nos han ido esfumando, quizás para no volver.

Con este diagnóstico de talante no muy optimista surge inmediatamente la pregunta obligada de qué hacer frente a una situación y una coyuntura realmente hostiles, muy preocupantes y contrarias a las más modestas expectativas. Lo fácil y sencillo sería rendirnos, aceptar la derrota como inevitable ante algo que superaría nuestras fuerzas. Sírvanos de alivio que esto no va a ocurrir, comenzando por el hecho de que el mundo indígena, capaz de resistir durante medio milenio, tampoco esta vez se dejará acallar y apabullar sin dar la pelea oportuna y contundente. Nuestras mejores armas serán la Constitución y las Leyes que continúan favoreciéndonos ampliamente. Sin embargo, hace poco salió el anticonstitucional Decreto Nº 7.855 referente a la reestructuración y reorganización de la Comisión Nacional de Demarcación de Hábitat y Tierras Indígenas, superficialmente modificado por el Decreto Nº 5.274. Estos han sido rechazados por la casi totalidad de los movimientos indígenas del país, mediante documentos hechos con una pericia jurídica incuestionable. Sucede que la nueva normativa, además de reducir al mínimo la participación y disminuir la capacidad decisoria de los pueblos indígenas, contiene una serie de previsiones burocráticas que alargarían por varios años la mera posibilidad de hacer las demarcaciones como tales y dificultarían la articulación consensuada entre las partes involucradas. Para todo fin práctico, se nos sitúa ante un aplazamiento ad infinitum de cualquier solución viable y, sobre todo, aceptable para los pueblos indígenas, además de enmarcada en la Constitución Bolivariana. Ahora bien, el rechazo categórico de este instrumento jurídico no es sino un buen comienzo, del cual derivan numerosas y variadas acciones que habrán de emprenderse con visión estratégica y en forma ordenada.

Afortunadamente, en esta oportunidad los pueblos indígenas y sus legítimas organizaciones actúan al unísono y no se encuentran solas. Contamos –lo digo como aliado– con virtualmente todos los movimientos progresistas y revolucionarios de la Patria, con proyección creciente hacia el resto de América y más allá en el mundo. Tendremos a nuestro favor a los demás pueblos indígenas y afrodescendientes; a los obreros, campesinos, estudiantes y profesionales que han seguido de cerca este proceso; a todas las organizaciones verdaderamente comprometidas, hace más de medio siglo, con las justas reivindicaciones de los pueblos originarios y otros sectores oprimidos. La marcha general de la historia en las últimas décadas favorece ampliamente a los pueblos sometidos, mas también a la mega diversidad ambiental, cultural y lingüística: es difícil ir contra esta tendencia arrolladora. Queremos añadir que los pueblos indígenas si han cumplido con el sagrado compromiso histórico de apoyar estas transformaciones y participar en ellas a plenitud. Pero la Revolución Bolivariana está en deuda con ellos, por lo que le toca rectificar con sinceridad, honestidad, humildad y en el menor lapso posible. En los panteones indígenas y africanos los Dioses y Diosas, lejos de ser perfectos, se equivocan a cada rato, echan bromas por doquier, están sujetos a todas las debilidades, cometen errores y horrores de toda laya. Con todo, son respetados y queridos por sus pueblos, porque saben rectificar a tiempo y sostener en equilibrio sus obras y creaciones; al contrario de algunos humanos que se empecinan en sus fallas y terminan precipitándose al abismo. Esta es otra gran lección que los pueblos no occidentales están en capacidad de seguir confiriendo a nuestros procesos transformadores, llenos de buenas intenciones pero lamentablemente a veces frágiles a la hora de concretar su acción e incidencia en la práctica y el vivir cotidianos. Para finalizar este breve exordio imploro y apelo al buen sentido de todos nosotros, a nuestra voluntad de perfeccionar lo realizable, a unirnos a esa espiritualidad trascendente que nos une a todos y todas y en la que juega un rol tan importante la presencia definitiva e imborrable del mundo indígena, dignamente representado en este Encuentro.

Parlamento Latinoamericano
Caracas, 2 de junio de 2011


Esteban Emilio Mosonyi es profesor de Antropología en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales UCV,  asesor de la Coordinación Intercultural de Salud con Pueblos Indígenas (Cispi) del Ministerio de Salud y Desarrollo Social.
Compártalo:

jueves, junio 02, 2011

La isla que se va

"No hay sitios más dinámicos y concurridos en este país que los consulados, ni posesión más preciada que un pariente que alguna vez habló con la zeta," dice Yoani Sánchez

Yoani Sánchez
Por Yoani Sánchez
A Jorge le falta la certificación de nacimiento del abuelo canario para recibir su nueva nacionalidad en la Embajada española de La Habana. Solo a dos puertas de su casa, Evarista lleva tres años con los trámites varados mientras espera el acta matrimonial de sus ancestros maternos. El próximo agosto, Maritza -que vive encima de la bodega- partirá con sus dos hijos menores de 21 años a probar fortuna en Oviedo; abordará el avión con su nuevo pasaporte comunitario logrado a través de la llamada ley de nietos. Por todo el barrio la gente hurga en los cajones, busca las viejas fotos familiares, reconstruye un árbol genealógico que hasta ayer era solo pasatiempo de gente obsesionada con el abolengo. Los cubanos miran cada vez más hacia atrás y hacia afuera, desempolvan sus vínculos con la Península. No hay sitios más dinámicos y concurridos en este país que los consulados, ni posesión más preciada que un pariente que alguna vez habló con la zeta.

Somos una isla que se va, que escapa y ni los cantos de las tímidas reformas económicas logran dejarnos amarrados al mástil nacional. Cuando se cancela un camino de huida, la presión interna empuja para que aparezcan otros. Hace un par de años el derrotero pasaba por Ecuador; en aquel tiempo todavía no era necesario que contáramos con un visado para llegar hasta ese territorio sudamericano. Y allá se marcharon miles de compatriotas, de los cuales una parte logró saltar finalmente hacia suelo norteamericano. Otros siguen -aún hoy- atrapados entre su estatus ilegal en aquellas tierras y la imposibilidad de entrar nuevamente como residentes a su propio país. El sendero de la fuga pasó también a través de Rusia. Amigos y conocidos nos contaban que en breve volarían hacia Moscú, cuando bien sabíamos que no tenían a nadie por aquellos lares, ni real interés de quedarse a vivir en la que una vez también fue nuestra metrópoli. Y entonces apareció la ruta inversa de Cristóbal Colón, el turno de la tercera generación nacida en las tierras de ultramar, que retorna ahora a la patria de sus abuelos. La esquina que hacen las calles Cárcel y Zulueta, donde ondea la bandera rojiamarilla, se ha convertido en un sitio de peregrinación para quienes quieren partir. La fila de espera es inmensa, los custodios revisan todos los papeles antes de dejar pasar, el sol del mediodía caribeño no hace desistir a nadie.

Entre las grandes paradojas que marcan nuestra realidad, se destaca la de un discurso oficial sumamente nacionalista en contraposición con los extendidos sueños de emigrar que acaricia la mayoría de los cubanos. Una verdadera obsesión por partir recorre el país y no distingue edades ni filiación política. Hasta en las filas del Partido Comunista se han tomado medidas para detener la estampida, impidiéndole a sus militantes que comiencen los trámites de la nacionalidad española. El resultado no ha sido el esperado: muchos prefieren renunciar a su carné antes que esconder los papeles de la abuela gallega o del padre andaluz. El fracaso tiene así una forma clara de manifestarse en la emigración. A eso le llamamos "votar con los pies", es la peculiar forma de mostrar la inconformidad que hemos encontrado.

Mientras, el mar sigue siendo una opción. Las embarcaciones ya no son tan improvisadas como las que surcaron las aguas en 1994 durante la crisis de los balseros. Un GPS cuesta alrededor de 300 euros en el mercado informal y es la pieza clave para enrumbar proa hacia La Florida. En algunos parajes intrincados de la costa norte, siguen llegando las lanchas rápidas en las que los exiliados mandan a buscar a su familia. El riesgo es enorme para los tripulantes y los tripulados, pero cuando de irse se trata, pocos valoran el peligro. Se sabe de personas que han sido interceptadas -ya sea por los guardacostas norteamericanos o por los cubanos- al menos una docena de veces y no obstante siguen intentándolo. Es como si un potente imán tirara de ellos hacia fuera o, más acertadamente, como si una fuerza de repulsión los empujara desde adentro.

Quienes tienen hijos pequeños o le temen a los tiburones exploran nuevas sendas. Hacerse con la nacionalidad de otro país es una de ellas. Se les ve recorriendo los juzgados, los archivos, las oficinas que expenden certificaciones de nacimientos o actas matrimoniales. Hacen un periplo para el que deberán llevar buena dosis de constancia a prueba de todo tipo de tropiezos.

Pero no importa. Después, cuando todo el dossier del abuelo esté completado, irán a su cita en el consulado de la calle Zulueta. Callados, atentos, esperarán a las afueras del majestuoso edificio hasta que logren entrar. Son decenas, cientos, miles de solicitantes cada semana. Si se mira desde la acera de enfrente, desde el mismísimo Museo de la Revolución que está a solo unos metros, parece que estamos ante una producción continua. Entran a raudales por una puerta siendo cubanos y salen mostrando el documento que los reconoce ciudadanos de otro lugar. Hasta caminan diferente cuando dejan atrás la amplia verja, parecen más ligeros, menos nerviosos, más españoles.

Fuente: DiarioEl país

Yoani Sánchez, periodista cubana y autora del blog Generación Y, fue galardonada en 2008 con el Premio Ortega y Gasset de Periodismo.
Compártalo:

martes, mayo 31, 2011

La homosexualidad y lo étnico

“El color de la piel en EE UU será marrón para 2030,” dice el escritor estadounidense Richard Rodríguez

Rodríguez: "No me gusta la palabra gay
porque se asocia a feliz".- C. ÁLVAREZ
por FERNANDO NAVARRO
Richard Rodríguez (San Francisco, 1944) bebe con gesto lento de su copa de vino antes de decirlo sin tapujos, aunque con tono grave: "Yo no quería ser mi padre, quería ser una persona nueva". Hijo de inmigrantes mexicanos, sin apenas recursos económicos, a este escritor estadounidense le cuesta todavía hablar de cómo tuvo que romper con su pasado para formar parte del sueño americano. "Mi madre me decía que no leyera a los gringos, que éramos una familia. Pero yo quería ser americano, quería tener un futuro", cuenta el escritor, que ha sido invitado por el Instituto B. Franklin para dar una conferencia en la Universidad de Alcalá de Henares.

El ruido le acompaña desde hace tiempo. Muchos hispanos le acusan de "traidor" y no le perdonan su tesis: está en contra del bilingüismo en Estados Unidos. Cree que el español como lenguaje privado limita a los hispanos para competir en igualdad de condiciones en la exigente sociedad norteamericana. "Me preocupa que los hispanos de hoy en California, por ejemplo, no sepan hablar ni español ni inglés bien. Están en un limbo lingüístico y eso no es bueno".

Rodríguez se detiene en el menú y pregunta en qué consiste el salmorejo. Pero, finalmente, se decanta por la ensalada césar que, dicho sea de paso, pronuncia en un magnífico inglés.

En pleno debate de la inmigración en EE UU y Europa, su historia adquiere de nuevo resonancia. En 1981 publicó su primer libro, Hunger of memory: the education of Richard Rodríguez, un testimonio que rompió un tabú en la comunidad hispana: los valores familiares. En este relato personal cuenta cómo abandonó su hogar y el rol de mexicano que no pierde sus costumbres y su lengua en Sacramento para acceder, como cualquier estadounidense, a la Universidad -Columbia y Berkeley- e intentar ser un cosmopolita no limitado por su condición y entorno. "Era como una especie de diario, donde me confesaba al resto del mundo porque no se lo podía decir a mis padres. "Pero me sentí muy solo y un traidor con México, con mi familia y conmigo mismo".
A pesar de caer en desgracia en buena parte de la comunidad latina, Rodríguez se ha convertido en uno de los escritores de origen hispano mejor valorados por la crítica literaria estadounidense. Comparado con Albert Camus o James Baldwin, sus ensayos sobre la identidad cultural y racial, centrados en la herencia india norteamericana y las raíces hispanas, no son políticamente correctos. "No creo en la diversidad cuando te cierra puertas", explica. "Y la lengua es poder y el poder es una oportunidad más grande", añade.

El escritor descarta la fruta y el helado y pide tarta de quesos con arándanos para rematar la conversación: "América es una cultura de magnates. Y la diversidad no es un valor si no es justa". Y hace su pronóstico: "El color de la piel en EE UU será marrón para 2030. Una mezcla de todas las razas". Rodríguez también ha tenido que defender su homosexualidad. "No me gusta la palabra gay porque se asocia a algo feliz". "He sufrido el sida. Perdí a un amigo hace 20 años. Lo he visto en San Francisco durante mucho tiempo", explica.
Rodríguez, que prepara un ensayo sobre religiones, se despide, a modo de coda con una sonrisa: "Soy muy melancólico. Conservo esa tristeza especial mexicana. En el fondo, me siento mexicano".

Fuente: El Pais.
Compártalo:

Tomás Alcoverro: “El despertar árabe ha sido una sorpresa”

El periodista narra en 'La historia desde mi balcón' los aspectos más desconocidos de la vida en Oriente Medio


El periodista de La Vanguardia Tomás Alcoverrohabla con la voz de la experiencia. Lleva décadas observando desde su privilegiado balcón (y esto no es precisamente una metáfora) la historia reciente de Oriente Medio. Conoce la región palmo a palmo y ha retratado a sus gentes con sus crónicas. Ermitaños, cantantes de moda, poetas o mujeres con hiyabs negros pero ropa interior sugerente. Ahora plasma su experiencia como corresponsal en La historia desde mi balcó (Editorial Destino), un libro en el que trata de reflejar los aspectos menos conocidos de países como Líbano, Egipto, Siria, Irán o Iraq.
¿Se podía prever el despertar democrático que está viviendo el mundo árabe?
De ninguna manera, ha sido una sorpresa que ni los sabios, ni los institutos estratégicos, ni los espías podían predecir.  Recuerdo cuando cubrí las manifestaciones en Irán tras las elecciones de 2008 que todos decían que ese movimiento era imposible en los países árabes.
Entonces, ¿cómo ha podido pasar?
Por muchos factores, algunos muy conocidos, como la represión, pero también hay un  elemento de espontaneidad, de liberación. Creo que se ha exagerado la importancia de las  redes sociales. No olvidemos que la mayoría de la población  de estos países, aunque Túnez podría ser una excepción, viven al margen de la red. Son las clases medias las que acceden. También ha sido sorprendente la reacción de EE.UU., no podemos olvidar su papel, aunque sea relativamente difícil de definir.
¿Ha sido EE.UU. promotor de las revueltas?
EE.UU. tiene un papel evidente en estas primaveras prematuras –las llamo así por que todavía no sabemos cómo acabarán-, están implicados en la ola de manifestaciones. No obstante, la Casa Blanca hace una distinción entre aquellos regimenes que no quiere que caigan y que apoya -los del Golfo, sobretodo en Bahréin y Arabia Saudita- y los que en su momento eran aliados pero les ha dejado caer - los regimenes árabes como Túnez y Egipto-. Podríamos pasar días especulando sobre sus motivos. EE.UU. dejó caer a Mubarak por que cambiaron las relaciones de fuerzas dentro del país, pero los objetivos de la política norteamericana en la región no están todavía muy definidos.
¿Cuál cree que será el futuro de esta prematura primavera árabe?
La situación sigue siendo muy incierta. En Túnez y Egipto los presidentes se fueron, pero todavía no se ha llegado a arreglar nada. En Libia hay una guerra civil con intervención occidental y la gran incógnita es Siria, que es un caso absolutamente distinto. Estratégicamente se trata de un país mucho más importante que Egipto, lo que pueda pasar tendrá mucha influencia en la región. Lo que está claro es que no por que estos movimientos sean de impulso democrático y popular, tienen que acabar desembocando forzosamente con la consolidación de un sistema democrático. No se logrará en medio año, los cambios llegarán poco a poco ya que la sociedad está más anquilosada que la europea.
¿Está el islamismo implicado en este movimiento?
Evidentemente. Hay una perspectiva occidental que niega su influencia y habla únicamente de fuerzas laicas e impulsos populares. Tanto en Egipto, como en Túnez, como en Siria, estas manifestaciones de alguna manera tienen que ver con la Cofradía de los Hermanos Musulmanes o con grupos más radicales, como las salafistas, que sin duda también están implicados en estas manifestaciones. En catalán diríamos “no hi ha un pam de net”.
¿Cuales son los próximos países que cree que se pueden contagiar de la revolución árabe?
Todo dependerá de la situación de Siria. El próximo país que está en la lista de espera es Líbano. Por ahora está aguantando la respiración, todo dependerá de cómo evolucione su vecino. Siria es un país muy influyente en el Líbano, nadie sabe lo que puede pasar este verano. Hay rumores sobre la instalación de campamentos por si hay un éxodo cristiano en la frontera siria. En Siria todas las minorías, empezado por los alauitas, que son chiítas, los cristianos o los drusos, tienen miedo de un cambio de régimen que podría conducir a la pérdida de la estabilidad en la que viven ahora. Esto también afectaría a la situación interna del Líbano.
¿E Israel, contiene también la respiración?
La situación en Siria les puede tocar muy de cerca en el Golan, en las fronteras. Entre ambos países hay una especie de acuerdo sobreentendido por el cual aceptan que una cosa son los discursos públicos y otra es garantizar la seguridad en las fronteras, cosa en la que Israel y Siria están interesados. Desde hacía un par de años Siria había empezado, a través de Turquía, una negociación con Israel para llegar a un acuerdo. Ahora Israel está muy preocupado sobre lo que le pueda pasar al régimen de Asad.
Su libro ha llegado en un momento óptimo. ¿Cuál ha sido su intención?
El libro contiene sobretodo crónicas que no tienen una intención política, aunque las primeras son las últimas que escribí en Egipto y Bahrein. Escribo sobre lo que más me interesa, la vida de la gente: en el libro hablo sobre una cantante de moda, la vida de los homosexuales, la ropa íntima de las mujeres en Teherán, sobre poetas, un ermitaño que conocí en la montaña del Líbano y que creo que es de los últimos del mundo… Trato de reflejar, con voluntad de estilo literario, temas muy poco conocidos sobre estos países.
¿Y el título? ¿Tan buenas vistas tiene su balcón?
El título no es sólo una metáfora, hay una parte de realidad. Yo vivo en un sitio muy céntrico de Beirut, cerca del Hotel Comodor, donde desde hace 30 años han pasado una serie de cosas que yo he podido ver directamente. Los palestinos, los israelíes, los sirios, Israel; todos han pasado, sin exagerar, bajo mi balcón. Por eso he puesto ese título. En periodismo lo que cuenta es vivir las cosas directamente, no a través de las fuentes, no a través de Internet. Eso es lo que, honestamente, he hecho. Lo que hay escrito son cosas que, si no he visto directamente desde mi balcón,  he visto siempre con mis propios ojos.
Compártalo:

lunes, mayo 30, 2011

Exaltación del silencio y el tiempo

La escritora Edda Armas

La poeta Edda Armas presentó recientemente el libro Poética del desatino (aforismos), del poeta, periodista y escritor Alberto Hernández. El acto se realizó en la Librería Kalathos, en la Ciudad de Caracas. Se trata de un texto de desafíos, de un despropósito donde el autor se desnuda y avisa de su incomodidad en el mundo. Un libro para leer de pie, acostado o dormido. Bajo la lluvia o a pleno sol.


                                                                                                                                        


por Edda Arma
Poética del desatino ancla en un espacio de oriunda y frenética libertad. Es corriente del pensar abrumado. Falta de prudencia por la urgencia del decir, lo que en este caso se celebra. Entresueño o entrenubes: orificio del ojo en todo caso, por el que Alberto Hernández pasa la agujilla para armar este nuevo traje, este nuevo libro. La permisibilidad que otorga la acción del desatinar: sea “fallar el tiro o la puntería” es lo que afila descomunalmente la punta de la agujagrafía en esta ocasión, pero paradójica y atinadamente, con el “don del acierto”, ya que la escritura hace un cristalino regalo al lector, al ubicarlo frente a las notas que podríamos llamar “al margen”, en protagonismo real. Memoria. Apunte. Idea para desarrollar. Lo que se duda. Lo que se exalta. Lo que se elige, lo que se reprocha o borra. Por tanto, intuyo, que el deseo que acá hizo realidad el autor, es el compartir lo que ha ido acumulando, reconociéndole un lugar. Acá tomó fuerza el sacar de las sombras y rincones: lo escindido. Lo que el autor llama “la zurrapa”, y que en el devenir de la lectura se aprecia como densa y carnal decantación reflexiva; de lo rumiado hacia dentro por años, en torno, alrededor, por encima y por debajo, en temas de importancia para todos: la estupidez, la muerte, el uso del adjetivo, el silencio, el sentido de las palabras, algunos nombres de la literatura de aquí o de más allá, o el cómo del poema no escrito aún.

Permitirse el humor, tal y como Alberto Hernández se lo permite. Cara directa del desvarío; a sabiendas de que no lo es, es el caso de este libro, una estrategia que coloca la palabra escrita cercana al lector de sus páginas. Ese lector capturado, ya libro en mano, pasará sus ojos por las letras del índice para advertir la densidad del bosque: Vértigos, Ajuste de cuentas, Paradojas, Limitaciones, Promesas, Iluminaciones, Necedades y Demiúrgicas, a manera de gavetas que podrán explorarse de manera aleatoria, sin peligro de perderse de nada, siendo –otra vez- una gran y redonda verdad aquello de “que las partes nos llevan al todo, siendo el todo más que la sumatoria de las partes”. Y es que, en el caso de Alberto, logra en la construcción de Poética del desatino, la sumatoria cómplice del poeta con el crítico (carril en el que se mueve con destreza y generosidad desde hace años, para bien de la crítica literaria en Venezuela) añadiendo entonces de manera precisa y exprofesa la intencionada observancia del periodista atento que lo habita. Es desde ese ojo, desde lo afilado de ese mirar –a la mejor manera del vértice- que estas páginas resumen lo que ha extraído de interminables lecturas, reflexiones, y también trances.

Así es. Y así lo hallarán, despellejadamente libre y personal, escribiendo lo que le dolía y duele, lo que percibía y percibe, lo que sopesa y calibra, lo que pasaba y sigue pasando por su cabeza, tras mirar lo de afuera, pero también aquello que se ha alojado en su corazón de escritor, porque también se permite revelar, marcar, ahondar, sus preferencias o dolientes cercanías con la obra de algunos autores, que de una u otra manera, en lo particular, han sido ejes desu concentrado mapa escritural, cuando de crónica o de críticas literaria se ha tratado, a la mejor manera de una Memoriabilia muy personal. Nombres acotados, como Renato Rodríguez, con su “Al sur del Ecuanil, que bien valió borrar el Ecuador”; Alfredo Armas Alfonso “con sus historias de golpes de estado, historia de la literatura: ficción y realidad en una competencia de heridas y gritos”; Cubagua, la novela de Enrique Bernardo Núñez –la que este año, por cierto, celebra sus 80 años-, recordándonos que “Dentro de su cuerpo, Leiziaga contiene otro cuerpo y la teoría del tiempo”; o Fernando Pessoa “y sus personalidades que obedecían a la frecuencia de las mareas”; o “escribir un recado donde hable Eliseo Diego”, o como “el demonio habita en la mirada inventiva del niño de Cassinelli”, según escribió Franz Kafka en la Muralla china; o el Diccionario del diablo “entre cuyas páginas encontró la agonía perdida su autor Ambrose Bierce, aunque alguien se la robó cuando llegó a la última página”; algunas acotaciones en Iluminaciones.

Gerbasi, Gallegos, Cantaclaro, Meneses, Francisco de Quevedo, Jorge Luis Borges, Diógenes, Contramaestre, Rafael Cadenas, Derrota, Liscano, Ezra Pound, Alfonso Reyes, Pepe Barroeta, Dulce maría Loynaz, Juan Rulfo, Vallejo, Rimbaud, Carlos Augusto León, Georges Bataille, Luis Alberto Crespo, Pierre Reverdy, Escritos para una poética, Juan Calzadilla, Juan Sánchez Peláez, Víctor Valera Mora, Teófilo Tortolero, Eugenio Montejo, Luis Barrios Cruz, Alejo Carpentier, Octavio Armand, Arnaldo Acosta Bello, Mario Briceño Iragorry, Garmendia, Los pequeños seres, Teresa de la Parra, Ifigenia, María Fernanda Palacios, Jaime Sabines, Adán y Eva, Disneyworld: algunas estaciones/ algunos domicilios re-memorados por el autor en Poética del desatino.

Asombros más que desatinos, resultan estos viajes medulares del pensamiento anotado por Alberto Hernández, en diferentes extensiones según el capítulo, pero incluso algunos breves, a la mejor manera del arte del aforismo (1), que ha tentado a escritores y artistas de todos los tiempos. Sea el caso de Los cien aforismos: la segunda visión del pintor Franz Marc (1880-1916), un verdadero testamento filosófico escrito durante su movilización como soldado en la I Guerra Mundial, un año antes de ser abatido por una bomba. O Voces, del maestro Antonio Porchia (1886-1968), un único libro de aforismos, editado la primera vez en 1943, con sucesivas reimpresiones hasta nuestros días, con el que “Porchia restituye al aforismo su exacta dimensión de aforismo, su identidad que no consiste en una mera enunciación abreviada, sino que responde a leyes propias que se fundan en esa necesidad de proveer a la lectura múltiple, que hace del aforismo un género poético irreductible a otras formas del discurso” (2). Y esta precisión nos resulta válida y genuinamente extensible, para los aforismos que llamándolos Dichos (3), viene publicando en nuestro país el maestro Rafael Cadenas, navegando a voz propia el arte reflexivo en brevedad.

Es entonces, en esta tradición con historia, que se apuntala con tino el nombre del poeta Alberto Hernández, con las 86 páginas del libro que hoy queda bautizado entre ustedes; exaltado su silencio y su tiempo detenido en el mirar del afuera desde el adentro, ensañada su palabra cuando escribe: “El silencio es verbal. Ninguna palabra tiene sentido si no obedece a su propio silencio”. Recórranlo pues, sin prisa, ya no la tuvo el autor al escribirlo; y sí temblor y sí dolor al apreciar que es lo que se decanta cuando evocas lo vivido; lo amado; lo que no quieres perder.

(Palabras leídas en la Librería Kalathos. Sábado 28 de mayo 2011).

Notas:

(1)    Aforismo, según el DRAE: Sentencia breve y doctrinal.
(2)    Cerrato, Laura. En: Prefacio a Las Voces abandonadas de Antonio Porchia. Pre-Textos, Valencia, España, 2001.
(3)    Cadenas, Rafael. Dichos. Ediciones la oruga luminosa. Colección El Paso de la Danta. San Felipe. Venezuela, 1992. 
Compártalo: