La España que no cabe en los mapas: una identidad desaprendida


El autor sostiene que la hispanidad, entendida como una continuidad histórica que trasciende fronteras actuales, sigue operando como sustrato común de las naciones hispánicas, pese a dos siglos de fragmentación y narrativas externas que han diluido esa identidad compartida.


Por Xavier Padilla

No hablamos de un país actual, ni de un gobierno, ni de una bandera administrativa cuando decimos «España». Nombramos una forma de estar en el mundo que nos precede, una arquitectura histórica en la que nacimos como continuidad, como forma viva.

España va por dentro y atraviesa las cartografías jurídicas que hoy delimitan nuestras naciones. Permanece más allá de lo visible y de los relatos que han pretendido fijarla. Se sostiene como sustancia compartida, como herencia operante, más allá de los mapas que la reducen.

Eso que nombramos apunta a algo más hondo que el término mismo. Lo que sí es España se reconoce mejor como hispanidad, su esencia. Y esa esencia tiene forma concreta: un orden. Un orden articulado en torno a un Eje, una razón trascendente que orienta y mide la vida común.

El Imperio español se comprendía desde ese principio y se ordenaba a él. Sin ese Eje, su obra resulta impensable. La América hispánica adquirió forma provincial porque se constituyó como extensión orgánica de ese orden, integrada en su continuidad jurídica y política, partícipe de su misma arquitectura.

Ese Eje no fue una idea abstracta ni un recurso retórico. Fue un principio de orientación real. Desde él se comprendió el orden de la vida común. Cada cosa encontró su lugar y su sentido en relación con ese centro.

La autoridad adquirió su legitimidad en el servicio al bien común. La propiedad se entendió como responsabilidad que obligaba. El trabajo se inscribió en una finalidad que lo trascendía. La riqueza se ordenó a sostener la vida compartida. La sobriedad se reconoció como forma de libertad frente a la dependencia material.

El derecho apareció como razón encarnada en instituciones. La ciudad se fundó como espacio de convivencia real. La expansión integró, dio forma, prolongó ese orden.

Ese Eje dio dirección y medida, sostuvo la diversidad sin disolverla. Hizo posible una unidad viva que reconoció diferencias y conservó coherencia.

Hablamos de una comunidad que se extendía sin romperse, que organizaba territorios diversos bajo un mismo pulso jurídico, espiritual y civilizatorio. Virreinatos, capitanías, ciudades fundadas como núcleos vivos, no como enclaves extractivos. Un orden que, con sus tensiones y límites, produjo algo irrepetible: una unidad en la diferencia que aún nos atraviesa, aunque hayamos aprendido a negarla.

Nadie sensato propone volver atrás. Restauraciones imposibles y nostalgias mal dirigidas sólo añaden ruido. Lo que está en juego es la memoria de lo que fuimos capaces de articular juntos y la posibilidad de pensarlo de nuevo sin caricaturas.

Dos siglos de dispersión han dejado un mapa de naciones que se miran con recelo, que negocian en soledad, que repiten discursos ajenos. Nos habituamos a relatos prestados sobre nosotros mismos, a categorías que no nacen de nuestra experiencia, a adoptar el rótulo de «latinos», introducido por estrategias geopolíticas extranjeras que buscaban diluir nuestra raíz hispánica. La repetición se vuelve identidad; la identidad, cuando es ajena, termina por vaciarnos.

Sin embargo, la materia sigue ahí. Lengua compartida, tradición jurídica, sensibilidad cultural, una historia entrelazada que no se borra con decretos ni con consignas. Una continuidad que se afirma al ser nombrada.

Imaginar alianzas, mercados coordinados, defensa de intereses convergentes, presencia internacional con voz propia, forma un horizonte posible. La identidad de cada país se afirma en relación, gana espesor, abandona el aislamiento.

Hubo un tiempo en que esa comunidad operó como una totalidad con peso real en el mundo. Hoy aparece disgregada, a menudo insegura de sí misma, inclinada a definirse desde la negación.

La tarea consiste en comprender ese pasado con lucidez y extraer de él una posibilidad. De ahí surge una continuidad viva, una proyección queprolonga lo que en ese orden tenía sentido y lo sitúa en el presente.

  

Nombrar esa herencia sin complejos, reconocer su densidad y pensar desde ahí una forma contemporánea de articulación constituye ya un gesto político en el sentido más alto: devolverle dirección a una historia que permanece abierta.


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