El hombre horizontal y sin altura
A raíz de la polémica reacción de Santiago Armesilla frente al Nobel de la Paz de María Corina Machado, el autor analiza el extravío metafísico del marxismo y el liberalismo. Ambas corrientes son retratadas como dos caras de un mismo materialismo horizontal que despojó al ser humano de su trascendencia, planteando que el futuro del mundo hispánico no depende de viejas ideologías, sino de restaurar el "Eje vertical" que ordena el espíritu sobre la materia.
Por Xavier Padilla
Santiago Armesilla (@armesillaconde) reaccionó al Nobel de la Paz concedido a María Corina Machado con una frase que resume su visión del mundo: «El Nobel es el premio del capital a sus lacayos».
Detrás de esa sentencia hay algo más que ideología: hay una pérdida de orientación metafísica. Lo que Armesilla llama crítica al sistema es, en realidad, el reflejo de su propia servidumbre interior. Armesilla no discute hechos, los disuelve en ideología. No combate al capital, lo prolonga en su espejo materialista.
El marxismo que él encarna es la forma tardía del mismo extravío que destruyó el Imperio español. Ambos brotan de una misma fuente: la negación del Eje vertical del mundo.
Cuando el Imperio cayó, no lo derribaron ejércitos superiores, sino una idea inferior. La idea liberal. Esa corriente, nacida en el siglo XVIII bajo apariencia de progreso, sustituyó el orden jerárquico del ser por el equilibrio mecánico de intereses. Donde antes había jerarquía y deber, impuso cálculo y deseo. El liberalismo fue la primera gran rebelión contra el principio vertical del cosmos. Su pecado original fue separar la libertad de la verdad. A partir de ese momento, la historia se escindió. Del tronco liberal surgieron dos ramas que siguen siendo gemelas en su raíz atea: el capitalismo y el socialismo. El primero absolutizó la riqueza; el segundo, la envidia. Uno sacralizó la acumulación individual; el otro, la redistribución colectiva. Ambos negaron la trascendencia y redujeron al hombre a su función material. Ambos proclamaron que la materia podía organizarse sin referencia a Dios.
El Imperio español, en cambio, se había fundado sobre la conciencia opuesta: que la materia sólo adquiere sentido cuando se ordena al espíritu. Era una arquitectura del alma, no de la producción. La propiedad tenía deber, el poder tenía límite, el trabajo tenía vocación. La economía no era el eje del mundo, sino su reflejo. El dinero servía a la justicia, y la justicia servía a la salvación.
Cuando el liberalismo entró en las venas de España, ese orden comenzó a resquebrajarse. La riqueza se emancipó del bien común, el poder se liberó de la liturgia, la ley se separó de la moral. El oro que antes alumbraba los altares empezó a gobernar las conciencias. El Imperio cayó porque adoptó el lenguaje de sus enemigos: el lenguaje horizontal de la materia. Y en ese terreno perdió.
El marxismo no vino a corregir al liberalismo, sino a completarlo. Ambos niegan el Eje. Ambos ignoran que el hombre es un ser vertical, hecho de polvo y de aliento. Ambos pretenden construir justicia sin cielo y libertad sin alma. Por eso el marxismo, incluso cuando habla de igualdad, termina fabricando tiranías. Su promesa de redención se convierte en administración infernal.
Armesilla es hijo de esa confusión. Intenta reconciliar el materialismo histórico con la civilización hispánica, pero la contradicción es insalvable. Quiere restaurar la hispanidad desde la materia. Habla de monarquía católica con categorías de fábrica; de comunidad espiritual con terminología de producción; de redención con gramática de economía. De ahí su hispanismo extraño, construido sobre arena ideológica: admira el edificio, pero niega sus cimientos.
En medio de esa confusión, su reaction al Nobel de María Corina Machado se despliega como ejemplo perfecto de su deriva. Escribió: «Le dieron el Premio Nóbel de Economía a Hayek en 1974, conjuntamente con Gunnar Myrdal, que defendía posiciones totalmente opuestas a las de aquel. Y lo ganó por presiones políticas propias de la Primera Guerra Fría. Se lo dieron en Literatura a Alexandr Solzhenytsin, que mintió sobre la URSS en su Archipiélago GULAG. El de la Paz se lo han dado a Barack Obama por ser mestizo, a Rigoberta Menchú por indigenista, y a Henry Kissinger por ser el fontanero del imperialismo yanqui. El Nobel es el premio del capital a sus lacayos».
En esas líneas late toda una metafísica degradada: la convicción de que nada noble puede surgir del individuo, que toda acción es sospechosa, que toda virtud es propaganda. No hay alma, sólo estructura; no hay sacrificio, sólo intereses. Esa mirada horizontal, incapaz de distinguir la elevación moral de la conveniencia política, es la esencia misma del materialismo.
María Corina Machado representa precisamente lo que su doctrina no puede explicar: la verticalidad del espíritu frente al poder. No pertenece a la dialéctica de clases ni al teatro geopolítico. Su lucha no surge del interés ni del cálculo, sino del alma. Es una mujer desarmada enfrentando un Estado armado, una voz que persiste donde los hombres callan. Y eso, para un marxista, es intolerable, porque pone en evidencia la pobreza de su antropología.
El marxista no puede entender la grandeza individual. En su mundo, toda virtud es sospechosa, toda conciencia es burguesa, todo valor es propaganda. El héroe lo incomoda porque no encaja en su ecuación. El sacrificio lo irrita porque no produce beneficio. El alma lo aterra porque no sabe dónde colocarla en sus tablas de producción.
El antiimperialismo de Armesilla cree desafiar a Washington mientras sirve a Moscú, a Pekín y a Teherán. Llama soberanía a la sumisión, resistencia a la ruina, revolución al saqueo. Su Venezuela imaginaria, cuyo régimen apoya, es un imperio de entelequias y consignas gobernado por el crimen.
Frente a esa confusión horizontal, sólo la doctrina del Eje puede ofrecer salida. El Eje no es metáfora. Es la estructura invisible del ser. Ordena lo alto y lo bajo. El alma y la materia. La autoridad y el servicio. Todo lo que se aparta de él degenera en caos o en tiranía. Toda civilización que lo pierde, se disuelve.
El Eje fue el principio rector del mundo hispánico. Por eso su economía era orgánica, su derecho jerárquico y su cultura sacramental. Por eso su justicia no consistía en repartir, sino en elevar. El Imperio era el reflejo político de una verdad teológica: que el poder pertenece a Dios y el hombre sólo lo administra.
Cuando se sustituyó ese principio por la lógica liberal, el Eje se quebró. Y cuando el marxismo heredó esa ruina, el Eje fue declarado superstición. Ambos mundos, el capitalista y el socialista, giran hoy en torno al mismo vacío. Sus banderas son distintas, pero su centro está deshabitado. Por eso se suceden las crisis, los colapsos y las guerras. El hombre horizontal se ahoga en su propio plano.
El espíritu hispánico, en cambio, supo durante siglos que la riqueza no redime, que la igualdad tampoco salva, que la justicia sin verdad es violencia y que la libertad sin forma es ruina. Esa sabiduría no era ideología: era visión. Y esa visión puede renacer sólo si se restaura el Eje.
Restaurar el Eje significa volver a mirar hacia arriba sin despreciar lo que está abajo. Significa devolverle al trabajo su dignidad, al poder su límite, al arte su sentido. Significa comprender que la economía es función del alma y no su sustituto. Significa, en fin, recordar que el mundo no se sostiene por la producción, sino por la adoración.
El marxismo y el liberalismo son dos fases de una misma enfermedad: la pérdida de la altura. Ambos redujeron el ser a objeto, el alma a dato, la historia a proceso. Por eso el uno desemboca en consumo y el otro en tiranía. Por eso el primero fabrica esclavos y el segundo verdugos. Son los dos brazos del mismo ídolo horizontal.
María Corina Machado, en cambio, representa —y es muy probable que lo sepa— el gesto de una restauración vertical. Su resistencia no es política en el sentido moderno: es ontológica. Es el alma afirmándose frente a la materia degradada. Y eso basta para irritar a quienes sólo conciben la historia como lucha de intereses.
El futuro del mundo hispánico no está en el regreso a las ideologías, sino en la recuperación del Eje. Requiere de una actualización cultural, pero cuando vuelva a erguirse esa línea invisible entre el cielo y la tierra, volverán la justicia, la proporción y la belleza. Mientras tanto, los hombres seguirán discutiendo sobre formas del mismo error.
Armesilla cree que combate al Imperio yanqui, pero lo que combate es su propia sombra. Y mientras lo hace, repite la misma historia que comenzó con el liberalismo y terminó con el marxismo: la historia del hombre que quiso ser su propio eje y terminó girando en el vacío.