El cuatro quería ser Bolívar

El cuatro quería ser Bolívar
El cuatro quería ser Bolívar

Un análisis sobre cómo la urgencia contemporánea por demostrar la versatilidad de un instrumento popular roza la pérdida de su propia esencia rítmica y cultural.

Cuatro venezolano en primer plano
El cuatro venezolano ha experimentado una transición acelerada desde el acompañamiento tradicional hacia escenarios internacionales de virtuosismo solos.

Algo extraño está ocurriendo con el cuatro venezolano. Un instrumento que durante generaciones supo perfectamente qué hacer parece empeñado desde hace algunos años en demostrar todo lo que es capaz de hacer. Toca jazz, rock, música clásica, fusión. Hace solos vertiginosos, percusión sobre la caja, bajos, acordes imposibles, efectos, armónicos, tapping. A veces uno tiene la impresión de que cuatro cuerdas y una caja pequeña cargan con una misión nacional: demostrarle al mundo que no hay nada que un cuatro no pueda hacer.

El virtuosismo tiene su lugar, igual que la exploración de otros lenguajes. Los instrumentos viajan, se transforman, adquieren técnicas y repertorios que nadie imaginó para ellos. Pero en cierta exploración contemporánea del cuatro uno escucha menos una necesidad musical que una necesidad de probar algo.

En música existe un principio elemental que los grandes músicos terminan aprendiendo: poder hacer algo no significa que haya que hacerlo. Un percusionista puede ejecutar un redoble espectacular y decidir callarse. Un pianista puede conocer todas las sustituciones armónicas posibles y dejar el acorde donde está. Un bajista puede tocar veinte notas y escoger tres. Renunciar a las otras diecisiete también forma parte de saber tocar.

El adorno necesita una superficie relativamente estable para existir como adorno. Si todo es variación, ya no hay variación. Si todo es acento, nada es acento. Si todo sorprende, nada sorprende. Si todo es intensidad, desaparece la intensidad. Y si todo quiere estar adelante, ya no queda nada atrás que le dé profundidad.

Algo de eso encuentro en cierta escuela contemporánea del cuatro venezolano. Una especie de virtuosismo desbocado que parece sentir horror ante el espacio vacío. Rasgueos, golpes, efectos, escalas, armónicos, percusión sobre la caja. Todo junto y, a ser posible, todo el tiempo. Todo impecablemente ejecutado y, sin embargo, a veces uno quisiera pedirle al músico algo dificilísimo: que toque cuatro.

El cuatro ya poseía una enorme riqueza sin necesidad de demostrarla. Su función rítmica, la variedad de sus golpes, la relación entre rasgueo y síncopa, su manera de sostener una canción o empujar un joropo contienen una sofisticación que no necesita disfrazarse de otra cosa para adquirir dignidad.

¿Por qué entonces esa necesidad de demostrar?

Hace tiempo que la respuesta me ronda y quizá suene excesiva formulada así: el cuatro venezolano parece haberse convertido en un instrumento con complejo de inferioridad. Como si su condición de pequeña guitarra popular no bastara y hubiera que probar constantemente que también puede sentarse en la mesa de los instrumentos «grandes». Puede tocar jazz. Puede tocar Bach. Puede tocar rock. Puede tocar con una sinfónica. Puede hacer lo que hace una guitarra y algunas cosas que la guitarra no puede hacer. Hay en todo eso una insistencia que termina despertando una pregunta incómoda: ¿a quién estamos tratando de convencer?

Quizá la pregunta ya no sea exclusivamente musical.

El cuatro es pequeño. Hasta su apariencia invita al diminutivo. Frente al piano de cola, el contrabajo, la batería o la solemnidad del violín, llega con sus cuatro cuerdas y su caja modesta. Jamás necesitó pedir permiso: pertenecía a una cultura que sabía para qué lo quería. Pero convertido en emblema nacional y colocado ahora frente al mundo, pareciera cargar con una ansiedad nueva: «No crean que soy una guitarrita. Miren todo lo que puedo hacer».

Y ahí comienza a resultarme sospechosamente venezolano.

Venezuela también lleva dos siglos explicando que es mucho más grande de lo que parece. No somos simplemente un país del norte de Suramérica. Somos la patria del Libertador. No participamos simplemente en una guerra continental: libertamos cinco naciones. No tenemos un personaje histórico importante: tenemos al hombre más grande de América. La desmesura forma parte del relato que nos define.


Xavier Padilla es músico y escritor venezolano.