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RELATOS DEL MEDIODÍA

por José Obswaldo Pérez

EL HASTÍO Y LA SOLEDAD se observaba desde la Bodega Santa Rosa de Lima, cuando el carro Pakard negro cruzó la calle solitaria. Era la una de la tarde y el lugar estaba silencioso. Tres personas descendieron del vehículo, bajo la mirada solemne de dos ancianos que conversaban de sueños, fantasmas y muertos. La ciudad se había esfumado en su otrora imponente, entre macizas paredes de ladrillo y gruesos maderones de acapro. Una arquitectura de señoriales casas atrapadas, entre moho y los escombros, quedaban para la vista de todos como la imagen de su pasado glorioso.

Sin embargo, todo había cambiado.

Y entonces, se oyó el murmullo que venía de la plaza. El sol llanero continúo con su implacable persistencia hendiendo las calles vacías, mientras los habitantes descansaban la siesta. Adentro, detrás del mostrador, sentado en una silla de mimbre, un hombre hablaba. Contaba - en esa hora pesada -, las historias de cada tapia llagosa, de cada uno de los ventanales de viejas casonas pidiendo misericordia. Su conversación se diluía dentro aquel vaho de paredes descascaradas, olorosas a rincones húmedos. Era casa y bodega a la vez. Allí guardaba los recuerdos y las tristezas, tras la última vida de pulpero.

Su casa-bodega estaba ubicaba frente a la Calle Real o Calle Comercio (ahora llamase la avenida Bolívar), donde existió algo poco común a otros lugares de la población: una biblioteca atiborrada de libros, carpetas, álbumes, periódicos viejos y una vieja máquina de escribir, la que utilizaba para el oficio de juez del pueblo. Allí leía hasta el cansancio. Era un sin número de materiales y papeles del pasado, su tesoro de recuerdos. Los tenía, desde muy joven, guardados; y se había nutrido y alimentado autodidácticamente de ellos. Era su única herencia.

Pero, ahora, el hombre en su senitud, languidecía. Detrás de aquel negocio exhibía el ocaso de las últimas estirpes familiares del pueblo, descendientes de los fundadores de la ciudad. Por aquella casa, en cada rincón, aparecía Díos tras esas paredes de memorias, en esos ratos de angustias y rezos en silencio. Allende, estaba ubicado el pequeño altar del Siervo José Gregorio Hernández - que junto a las ánimas benditas- se le tenía toda la devoción y la fe religiosa de la familia. Más allá, recorriendo cuartos y pasando por el zaguán estaba el retrato siempre iluminado de su madre. Una mujer que debió ser hermosa en sus tiempos de mocedad y que, después, llegó a ser la maestra del municipio.

Cruzó las piernas, levantó la cabeza hacia arriba y luego procedió a remendar, poco a poco, los recuerdos del viejo Ortiz. No estaba solo. Estaba su hermano y un amigo de la casa, escuchándolo detenidamente; sumergidos en esas historias encantadoras. Cuentos que nos llevaban a viajar por la ciudad de antaño, casi todas las tardes como un exorcismo ritual. En ese momento, interrumpió su esposa y entró al recinto de conversación con tres tácitas de café con leche. Una costumbre hogareña, una rutina diaria de esa hora de bostezos y cabeceos de sueños.

- Aquí está el café, está caliente- dijo.

Todos saborearon gustosos la nata bordeada a las tazas de café con leche. El hombre siguió hablando. Su vista se volvió hacia un agujero en el techo de la casa, dejando filtrar en aquellos ojos de almíbar sus tristezas y su soledad. Ojos que parecían buscar en ese viaje el pasado ido y la evocación de sus orígenes. Ojos que reflejaban los recuerdos de la infancia, las primeras experiencias de la juventud y los fantasmas de sus historias. Pura nostalgias perdidas por aquellas calles solas en un cómplice silencio y un calor sofocante.

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