El amor es un puñal en la oscuridad

La misma pregunta y la misma respuesta. El es Juan Ramón Rondón. Los pelos se le ponen de punta. Reflexiona. Desvía su camino. Eso le salvó...

La misma pregunta y la misma respuesta. El es Juan Ramón Rondón. Los pelos se le ponen de punta. Reflexiona. Desvía su camino. Eso le salvó. Detrás de la Casa Los Chaguaramos, un puñal lo esperaba.

POR JOSÉ OBSWALDO PÉREZ
JUAN RAMÓN Rondón Montes fue un personaje real en el Ortiz del siglo XIX. Con el tiempo se convirtió en leyenda y el novelista Miguel Otero Silva lo recogió en su magistral novela Casas Muertas. Había nacido en aquella localidad en 1836. Fue hijo de don Saturno Rondón y doña Juana Francisca Montes. Casó con doña María de los Reyes Espejo Villanueva, en el mes de Noviembre de 1857, dejando descendencia.

En el capitulo II de la novela Casas Muertas, titulado La rosa de los Llanos, encontramos este dialogo entre Carmen Rosa y el señor Cartaya:

—Cuénteme la historia de Juan Ramón Rondón —le pedía Carmen Rosa Villegas a Cartaya.
—Juan Ramón Rondón era un muchacho de Ortiz, buen jinete y buen gallero, que llevaba amores clandestinos con la esposa del hacendado Pedro Loreto...

»Cuando el marido ensillaba la mula y tomaba la trocha que conducía a la hacienda, Rondón la esperaba en la otra orilla del río, a la sombra de un bosque que la estación de lluvias salpicaba de pascuas moradas.

»Hasta que una vecina —contaba Cartaya—, extrañada por aquellos paseos de la señora, le fue con el cuento a Loreto. Y el marido, ya en sospechas, anunció un viaje largo de cinco días, se despidió de su mujer con el más tierno abrazo y, en la mula bien provista de bastimento, salió por el camino real que iba a La Villa.

»Los amantes decidieron encontrarse esa noche en la casa de ella. Era justamente su más hondo deseo, besarse entre cuatro paredes y no en el monte, no hostigados por las espinas de los cardones, no con la mitad del corazón puesta en el beso y la otra mitad encogida por el temor de que alguien, un cazador, un niño vagabundo, un caminante extraviado, los sorprendiese.

»Aquella misma noche —continuaba Cartaya— esperó Juan Ramón Rondón que se apagaran las luces de Ortiz, que se cerraran las puertas del billar, que se retiraran los conversadores de las esquinas, antes de tomar el camino de la casa de Pedro Loreto.

»Pasada la plaza de Las Mercedes, ya apagado a su espalda el rumor del Paya, Juan Ramón vio venir en sentido contrario una hamaca que cargaban dos hombres de larga sombra. Al principio supuso que traían un enfermo, pero luego, al observar el lado azul de la cobija hacia arriba, a la luz del farol que un tercer hombre llevaba, comprendió que se trataba de un cadáver.

»Ya se cruzaba con ellos. Se descubrió Juan Ramón y formuló sin detener el paso la pregunta ritual:

»— ¿Quién es el difunto?
»Y el del farol, flaco bejuco embozado, respondió con voz ronca que se tornaba prolongado calderón en el arrastrar de las oes:

»— ¡Juan Ramón Rondón!
»Su propio nombre. Se estremeció y preguntó luego, como si ya estuviera enterado de la forma en que había muerto aquel desventurado homónimo suyo:

»— ¿Quién lo mató?

»— ¡Pedro Loreto! —le respondió la espesa voz del hombre del farol.

»Y se alejaron en tanto que Juan Ramón Rondón proseguía su camino sin entusiasmo. Aquel muerto que tuvo su mismo nombre, asesinado por un hombre cuyo nombre era igual al del marido de su amante, lo había puesto caviloso y desazonado. En ese trance se hallaba cuando, al doblar un recodo, divisó un segundo farol que avanzaba a su encuentro.

»Era una hamaca idéntica a la primera, una cobija con el lado azul hacia arriba, un cadáver de iguales dimensiones. No así los cargadores, esta vez dos ancianos desharrapados, de franelas mugrientas: ni el farolero, esta vez un enano de hinchada, monstruosa cabeza.

»— ¿Quién es el difunto? —volvió a decir impensadamente Juan Ramón, como movido por una voluntad ajena a la suya.

»Y el enano, con voz más ronca que la del primer farolero, aún más sostenido el calderón de las oes:
»— ¡Juan Ramón Rondón!
»— ¿Quién lo mató?
»Conocía de antemano la respuesta que se le venía encima:
»— ¡Pedro Loreto!
»Otra vez su nombre y otra vez el del marido a quien burlaba. Los dedos fríos del miedo se cerraban en la garganta de Juan Ramón, le paralizaron el correr de la sangre, le espantaron el amor y el deseo. Conteniendo el aliento desanduvo lo andado y regresó a su casa.

»Cien pasos más allá de la segunda hamaca —concluía Cartaya— pasó Pedro Loreto toda la noche, con una lanza apureña en la mano, esperando a un hombre para clavársela en el costado.

También, el padre Ricardo Pinter Revert –cura párroco de Ortiz- recogió la historia de este personaje en un artículo publicado en el año 1965, en la Revista Orientación bajo el titulo “La Casa de los Chaguaramos”.

“Aquí esperaba la muerte a Juan Ramón Rondón. Es una leyenda. Iba de picos pardos; en una esquina, se encuentra con una comitiva que lleva un muerto en una hamaca. Preguntó nuestro personaje; ¿Quién es el muerto? Le contestan: Juan Ramón Rondón. No cae en el aviso. Sigue caminando y en otra esquina encuentra la misma comitiva. La misma pregunta y la misma respuesta. El es Juan Ramón Rondón. Los pelos se le ponen de punta. Reflexiona. Desvía su camino. Eso le salvó. Detrás de la Casa Los Chaguaramos, un puñal lo esperaba”.

Pinter Revert describe la vieja casona:

“Fue un gran mansión colonial; grandes ventanales en su fachada, que hace equilibrios para mantenerse en pié. Una pared medio derruida; un gran hueco, abierto a los vientos; maderas desniveladas cansadas de sostener por tantos siglos el peso del techo.

“Esta casa, hizo las veces de templo, mientras se construía el actual. El culto religioso se realizaba en los amplios corredores de esta casona. Luego quedó habitada por una familia prestante.

Una quinta alegre y con flores, moderniza la calle, la completa el anuncio de un estudio fotográfico. Es el Ortiz de los contrastes. El de las leyendas, el Ortiz turístico”, finaliza.

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