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Si mi tío los viese…

No puedo mirar de frente el hecho sin más y, como si se tratase de la constatación de una terrible sospecha, siento que descubro repentinamente un execrable acto de que fui objeto en el pasado, como si me enterase de súbito que fui un niño abandonado y adoptado

Ernesto Che Guevara
Por Martín Guevara
Si mi tío, el guerrillero heroico, se levantase de su tumba y me viese, se volvería a meter en ella. Eso afirmaban algunos en Cuba, durante la época en que viví allí.

Las maestras, los profesores, las directoras de institutos, la policía, los representantes del Partido, del Consejo de Estado, los CDR, las milicias y algún que otro pariente parecían verse en el derecho de comunicármelo. Casi se tomaban este asunto como una tarea.

El motivo era, al parecer, que me percibían como un ser inadaptado a ese modelo de sociedad.

A la luz de hoy, esos recuerdos no me resultan especialmente gratos, pero admito que, dentro de la molestia permanente en que me creía sumido, me causaba cierta satisfacción, una suerte de gozo solapado, el esfuerzo por incomodar. La búsqueda de la más imbécil rebeldía juvenil me mantuvo al borde del idiota clínicamente diagnosticado y terminó estirándose hasta más allá de lo recomendable.

Estuve tanto tiempo enredado en mi propia riña con mis enemigos imaginarios que, ni siquiera hoy, estoy seguro de haber alcanzado la edad adulta. Me resulta extraño, cuando no tengo más remedio que entender que cuento con los años que tengo, y cuando estoy obligado a compararme con mis contemporáneos. No puedo mirar de frente el hecho sin más y, como si se tratase de la constatación de una terrible sospecha, siento que descubro repentinamente un execrable acto de que fui objeto en el pasado, como si me enterase de súbito que fui un niño abandonado y adoptado. Como si me dijesen que soy el hijo de la criada. Y que me dejaron de garantía por cinco gramos de cocaína, hasta que regresasen a pagarla y jamás se hubiesen dignado volver.

Rebelión juvenil, caprichosa sí, absurda quizás, que no obstante me ayudó a correr una cortina para no divisar el final del camino, me ayudó a echar una alfombra sobre la sangre húmeda y cenizas con serrín sobre los casquillos del campo de batalla.

Hubo quienes gritaron tanto, que ensordecieron todo alrededor.

Mayte se ahorcó, colgándose de un framboyán, algunos años después de dejar aquel puesto de dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas en la secundaria, en el cual se desempeñaba a la manera de un Torquemada del estalinismo, señalando, delatando y destruyendo la vida de compañeros de aula, marcada por la urgencia del ascenso en aquel crimen generalizado. O bien por el miedo a ser tomada por alguien con desafección al sistema. O quizás sólo tuviese pavor a que se hiciese público su latente lesbianismo. Mayte sólo abandonó el cargo de delatora habitual cuando encarcelaron a Benjamín por la venta de unos pantalones vaqueros, de los que ella misma había comprado unos para regalarle a Amalia, la niña de sus ojos inyectados en remolacha. Sin embargo, cuando en prisión apuñalaron a Benja, Mayte quedó tocada y al poco se hundió, colocando un banquito al pie de la rama más fuerte del árbol florido, para quedar suspendida eternamente, como en el vuelo de un cernícalo o de un colibrí, detenida en un único punto en el aire, por siempre.

Pedrín no paró de comprar periódicos para revenderlos al grito de ¡Rebelde!, ¡Rebelde!, unos años después de haber participado en varios pelotones de fusilamiento, cosa de la cual, según me confesó entonces, no estaba del todo avergonzado, ya que ningún soldado sabía si llevaba la bala definitiva en su fusil.

Pedrín no se ahorcó, gracias a que no estaba seguro de si había liquidado a alguna de aquellas personas, pero también , a merced de la misma razón, se vio invitado a abandonar la cordura.

Nilda, el chivatón de cuarto, Cuca y su marido, tan perfectos y chismosos ellos, igualmente enloquecieron o se dedicaron a recoger colillas de tabaco por el Vedado o, como Fefa, la del núcleo del Partido, terminaron haciendo felaciones en los chupa chupa de la rotonda de Alamar, casi sin dientes y con una halitosis que armonizaba con su labor. Los que se salvaron de terminar en el infierno terrenal dentro de la isla compraron su salvación con el desgarro del destierro y mantienen pulcra discreción acerca de sus anteriores prácticas.

Pero los que ahora están empezando a salir de sus madrigueras, los que hoy harían lo imposible por borrar todo vestigio de nexo con el poder absoluto, toda pista que los relacionase con medio siglo de obsecuencia incondicional, de prácticas vejatorias para con sus víctimas, éstos no son venidos de las asustadas viviendas pobres, de las aulas de construcción Girón de las escuelas al campo, ni tan siquiera de las aulas vocacionales de la ciudad-escuela Lenin.

Son los distribuidores del pan. Los que administraban el hierro y el miedo. Los que estudiaron en escuelas militares para familiares de dirigentes, los que hicieron carrera en el MININT (ministerio del Interior), los que dirigieron a Mayte a Pedrín y a Nilda, como instrumentos del odio entre todos los ciudadanos, odio que permanecerá por mucho más tiempo como sedimento, de consecuencias lapidarias, que el ya impresentable y obsceno medio siglo en que violentaron a diestra y siniestra todo material sensible de ser humillado.

Estos dirigentes, generales, conductores del despropósito personalista en que se convirtió la revolución muy al poco de haberse declarado, hoy se acomodan en sus puestos de poder de cara a un futuro muy alejado de las teorías de igualdad social.

Pero lo que más me habría costado suponer, y de hecho nunca imaginé, es que los mismos lideres del gran complot contra las libertades, los propios silenciadores de toda discrepancia, estarían hoy renegando del enorme cúmulo de advenedizos engaños, de instrumentalización de las mentes, de métodos violentos que no dudaron en utilizar, para llevar a cabo el objetivo de permanecer todo el tiempo que fuese posible asidos al bastón de mando. Ver a estos gerontes manifestar abiertamente la fe en el Vaticano, en el libre mercado, en la diferencia de clases, aunque no debería resultarme incongruente, sí que me asombra, al igual que su ausencia total de vergüenza, de honor, e incluso admito cierta admiración por la desfachatez con que se mueven. Resultan muy modernos.

La URSS, Mongolia, China o Vietnam echaron por tierra todas sus promesas iniciales, como está haciendo Cuba, pero al menos los líderes reformistas no fueron Lenin, Ulan Bator, Mao o Ho Chi Min. Cierto decoro o reparo en la desfachatez los dejó al margen de liderar la transformación en capitalismo salvaje. En Cuba estamos viendo a los que decían capitanear la superioridad moral capitulando de todos y cada uno de los postulados iniciales, que en su mayoría ni siquiera fueron ideas suyas.

Hoy miro a la cara de toda esa escoria y les digo, sin hacer uso de la voz, algo parecido a lo que me solían decir, pero con alguna diferencia en el contenido.

Si aquel tío mío, se levantase de su tumba y viese lo que están haciendo y han hecho, más les valdría haber conservado algunas fuerzas para correr o pelear, porque él no iría jamás a regresar a su tumba, sin antes poner orden en ciertos asuntos de carácter doméstico.


  • Martín Guevara es argentino, pero se crió en Cuba, donde su familia se refugió huyendo de la dictadura de Videla (1976-1983). Desilusionado por el castrismo que dejó un país arrasado, hoy vive en España. Está escribiendo un libro sobre la situación en la isla y sobre su célebre tío, Ernesto Che Guevara


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