Los muertos vivos


La muerte había llegado nuevamente a Ortiz. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a poco, convirtiéndola en una aldea de fantasmas, cuyos rostros exhibían aflicción y tristezas.


Por José Obswaldo Pérez.

Cuando era niño, Arturo Rodríguez se colocaba en las barandas de la Casa Atravesada— una vieja casona ubicada en el camino del Llano—, para contar los muertos que iban desfilando hacia el cementerio. Eso ocurría a tempranas horas de la mañana hasta casi tarde de la noche, hora en que los espíritus y las almas en pena salían a retozar con la vacada en el silencio de la soledad..

—Yo me ponía a contar a los muertos, desde por la mañana hasta las nueve o diez de la noche, cuando todavía seguía la procesión y mi me mamá llamaba adentro—, decía don Arturo, en una vivencia que se quedaba entre amigos perdida en el tiempo..

La muerte había llegado nuevamente a Ortiz. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a poco, convirtiéndola en una aldea de fantasmas, cuyos rostros exhibían aflicción y tristezas. El aguijón del aedes había cobrado sus víctimas sin respetar edades y clases sociales. Sin que valieran las medicinas, los rezos ni los más variados menjunjes para espantar aquella diabólica peste..

El pueblo estaba casi deshabitado. Todos habían emigrado. Y eran tantos los moribundos que los muertos los enterraban vivos. Llegaban a la sepultura sin la conformidad de la Ley de Dios. No había tiempo para los sacramentos respectivos. No había el toque de las campanas ni cuanto menos para preparar el difunto..

Eran días del éxodo, decía Doña Evarista, moviéndose en la mecedora. La vieja dama era la abuela de Nicanor y Arturo. Y con ese hablar característico de ella, tan locuaz, iba dibujando un cuadro desalentador que colmaba la historia del pueblo en un relato necrológico de drama, muerte, miseria y ruina..

—La peste vino y dio en toda Venezuela. Pero, aquí fue más terrible porque encontró el terreno abonado. Un pueblo palúdico, con hambre, y en el último estado de abandono como estaba en esa época — señalaba Arturo Rodríguez, bajo la sombra de una mata de mango en el solar de su casa..

—Acabo con lo que quedaba — sentenció..

La mayoría de los pobres eran llevados al cementerio en chinchorro o en la Urna de la Caridad. Esta última era un ataúd negro, fabricado para uso público del Concejo Municipal, con el cual prestaba sus servicios gratuitamente a las desamparadas víctimas del paludismo, la hematuria, el vómito negro y, últimamente, a los de la peste española..

.

—A mí me dio dos veces. Y, gracias a Dios, la pase — cuenta Arturo —. En esa época vivíamos en la Casa Crespera, ubicada en la Calle del Ganado, a la que ahora llaman la avenida Doctor Roberto Vargas. Esta casa fue propiedad del general Joaquín Crespo Torres y, por allí, al frente, pasaban los muertos hacia el cementerio..

.

Esa noche de 1910, una dama anciana contaba —entre solloza —, en la sala servida de velatorio que la niña Columba Paúl, hija de unos de los generales Paúl, había fallecido postrada por siete días en cama de calentura o de fiebre alta, con el consuelo desconcertante de la muerte.

— Aquí no entierran otro muerto más- dijo el Jefe Civil —. El cementerio está clausurado.

El cuerpo de Columba estaba frío e inerte. El olor a mortina se hacía sentir en el salón apesadumbrado; pero, finamente decorado con flores frescas de los jardines de la casa. Aunque el cadáver de Columba no podía descansar religiosamente junto con las almas del antiguo camposanto, el de los antepasados familiares, el cual llamaban los pobladores el Cementerio de Los Españoles.

Sin embargo, Columba no la enterraron sino a los tres días después. Porque el Jefe Civil del municipio, Ismael Capote, no autorizaba aquel entierro. O porque los familiares de la difunta se empecinaron en que aquella alma de Dios debía ser sepultada en el camposanto viejo de Ortiz.

— El cementerio está clausurada por mandato del general Gimón y no voy a desobedecer sus órdenes y permitir allí otro entierro— sentenció tajantemente Capote, el gernamen del pueblo.

Así fue.

La pobre Columba fue enterrada en el recién inaugurado Cementerio Nuevo o en el " Pate' vacal", como lo llamaba la gente. De nada valieron los reclamos de la familia. Ni las protestas. Todo fue en vano. Todo quedó con el remedio de sepultarla allí.

— La pobre se distraía jugando con las mariposas de colores en el jardín— decía la dama anciana entre solloza, rezos y murmullos de lapida.

Al otro día, al amanecer, todo continúo igual. Colmenares, el sepulturero de las almas de la peste y el conocedor de todas las penurias del pueblo, mantenía su rutina diaria. Era un hombre corpulento, color negro. Y según, quienes lo conocieron, había venido al pueblo proveniente del oriente con una buena estrella, porque no le había caído ni “coquito”. Pues, nunca se enfermó.

Era un hombre saludable para aquel trabajo, poco recomendado y deseado en una ciudad de Apocalipsis. Una noche se le oyó hablar, metido en un chinchorro que los muertos salían en la media noche a deambular y retumbar en el silencio con el torpe paso de las reses.

El enterrador de muertos — y casi muertos—estaba preso por matar a su esposa. La había lapidado en el camposanto. Se llamaba Ángela Escobar, tía de Felipe Ramón Escobar, el último de los Huncal de Ortiz. La trajeron en un chinchorro quejándose de la muerte. Sin embargo, en esos días como no había nadie quien lo sustituyera del oficio, el jefe civil coronel Ignacio Carreño España resolvió anular la pena y soltarlo.

— Es mejor morir, Ángela, que mal estar sufriendo. No te voy a llevar a casa; sé que eres mi esposa, pero tendré que hacerlo, no valdrán tus quejidos; todos los muertos de este pueblo se quejan cuando están cerca del hoyo. Pero, es mejor morir Ángela, que mal estar sufriendo — dijo el negro Colmenares, antes de sentenciarle la muerta a su mujer.

— ¿Qué cuarto es éste? — preguntó Ángela, en su delirio.

Colmenares le hecho la tierra encima y Ángela ese día no volvió a ver la luz. Se marchó esa tarde, dentro de su agonía, olorosa a guarapo de papelón.

Los muertos vivos


La muerte había llegado nuevamente a Ortiz. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a poco, convirtiéndola en una aldea de fantasmas, cuyos rostros exhibían aflicción y tristezas.


Por José Obswaldo Pérez.

Cuando era niño, Arturo Rodríguez se colocaba en las barandas de la Casa Atravesada— una vieja casona ubicada en el camino del Llano—, para contar los muertos que iban desfilando hacia el cementerio. Eso ocurría a tempranas horas de la mañana hasta casi tarde de la noche, hora en que los espíritus y las almas en pena salían a retozar con la vacada en el silencio de la soledad..

—Yo me ponía a contar a los muertos, desde por la mañana hasta las nueve o diez de la noche, cuando todavía seguía la procesión y mi me mamá llamaba adentro—, decía don Arturo, en una vivencia que se quedaba entre amigos perdida en el tiempo..

La muerte había llegado nuevamente a Ortiz. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a poco, convirtiéndola en una aldea de fantasmas, cuyos rostros exhibían aflicción y tristezas. El aguijón del aedes había cobrado sus víctimas sin respetar edades y clases sociales. Sin que valieran las medicinas, los rezos ni los más variados menjunjes para espantar aquella diabólica peste..

El pueblo estaba casi deshabitado. Todos habían emigrado. Y eran tantos los moribundos que los muertos los enterraban vivos. Llegaban a la sepultura sin la conformidad de la Ley de Dios. No había tiempo para los sacramentos respectivos. No había el toque de las campanas ni cuanto menos para preparar el difunto..

Eran días del éxodo, decía Doña Evarista, moviéndose en la mecedora. La vieja dama era la abuela de Nicanor y Arturo. Y con ese hablar característico de ella, tan locuaz, iba dibujando un cuadro desalentador que colmaba la historia del pueblo en un relato necrológico de drama, muerte, miseria y ruina..

—La peste vino y dio en toda Venezuela. Pero, aquí fue más terrible porque encontró el terreno abonado. Un pueblo palúdico, con hambre, y en el último estado de abandono como estaba en esa época — señalaba Arturo Rodríguez, bajo la sombra de una mata de mango en el solar de su casa..

—Acabo con lo que quedaba — sentenció..

La mayoría de los pobres eran llevados al cementerio en chinchorro o en la Urna de la Caridad. Esta última era un ataúd negro, fabricado para uso público del Concejo Municipal, con el cual prestaba sus servicios gratuitamente a las desamparadas víctimas del paludismo, la hematuria, el vómito negro y, últimamente, a los de la peste española..

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—A mí me dio dos veces. Y, gracias a Dios, la pase — cuenta Arturo —. En esa época vivíamos en la Casa Crespera, ubicada en la Calle del Ganado, a la que ahora llaman la avenida Doctor Roberto Vargas. Esta casa fue propiedad del general Joaquín Crespo Torres y, por allí, al frente, pasaban los muertos hacia el cementerio..

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Esa noche de 1910, una dama anciana contaba —entre solloza —, en la sala servida de velatorio que la niña Columba Paúl, hija de unos de los generales Paúl, había fallecido postrada por siete días en cama de calentura o de fiebre alta, con el consuelo desconcertante de la muerte.

— Aquí no entierran otro muerto más- dijo el Jefe Civil —. El cementerio está clausurado.

El cuerpo de Columba estaba frío e inerte. El olor a mortina se hacía sentir en el salón apesadumbrado; pero, finamente decorado con flores frescas de los jardines de la casa. Aunque el cadáver de Columba no podía descansar religiosamente junto con las almas del antiguo camposanto, el de los antepasados familiares, el cual llamaban los pobladores el Cementerio de Los Españoles.

Sin embargo, Columba no la enterraron sino a los tres días después. Porque el Jefe Civil del municipio, Ismael Capote, no autorizaba aquel entierro. O porque los familiares de la difunta se empecinaron en que aquella alma de Dios debía ser sepultada en el camposanto viejo de Ortiz.

— El cementerio está clausurada por mandato del general Gimón y no voy a desobedecer sus órdenes y permitir allí otro entierro— sentenció tajantemente Capote, el gernamen del pueblo.

Así fue.

La pobre Columba fue enterrada en el recién inaugurado Cementerio Nuevo o en el " Pate' vacal", como lo llamaba la gente. De nada valieron los reclamos de la familia. Ni las protestas. Todo fue en vano. Todo quedó con el remedio de sepultarla allí.

— La pobre se distraía jugando con las mariposas de colores en el jardín— decía la dama anciana entre solloza, rezos y murmullos de lapida.

Al otro día, al amanecer, todo continúo igual. Colmenares, el sepulturero de las almas de la peste y el conocedor de todas las penurias del pueblo, mantenía su rutina diaria. Era un hombre corpulento, color negro. Y según, quienes lo conocieron, había venido al pueblo proveniente del oriente con una buena estrella, porque no le había caído ni “coquito”. Pues, nunca se enfermó.

Era un hombre saludable para aquel trabajo, poco recomendado y deseado en una ciudad de Apocalipsis. Una noche se le oyó hablar, metido en un chinchorro que los muertos salían en la media noche a deambular y retumbar en el silencio con el torpe paso de las reses.

El enterrador de muertos — y casi muertos—estaba preso por matar a su esposa. La había lapidado en el camposanto. Se llamaba Ángela Escobar, tía de Felipe Ramón Escobar, el último de los Huncal de Ortiz. La trajeron en un chinchorro quejándose de la muerte. Sin embargo, en esos días como no había nadie quien lo sustituyera del oficio, el jefe civil coronel Ignacio Carreño España resolvió anular la pena y soltarlo.

— Es mejor morir, Ángela, que mal estar sufriendo. No te voy a llevar a casa; sé que eres mi esposa, pero tendré que hacerlo, no valdrán tus quejidos; todos los muertos de este pueblo se quejan cuando están cerca del hoyo. Pero, es mejor morir Ángela, que mal estar sufriendo — dijo el negro Colmenares, antes de sentenciarle la muerta a su mujer.

— ¿Qué cuarto es éste? — preguntó Ángela, en su delirio.

Colmenares le hecho la tierra encima y Ángela ese día no volvió a ver la luz. Se marchó esa tarde, dentro de su agonía, olorosa a guarapo de papelón.

Los muertos vivos

La muerte había llegado nuevamente a Ortiz. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a ...


La muerte había llegado nuevamente a Ortiz. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a poco, convirtiéndola en una aldea de fantasmas, cuyos rostros exhibían aflicción y tristezas.


Por José Obswaldo Pérez.

Cuando era niño, Arturo Rodríguez se colocaba en las barandas de la Casa Atravesada— una vieja casona ubicada en el camino del Llano—, para contar los muertos que iban desfilando hacia el cementerio. Eso ocurría a tempranas horas de la mañana hasta casi tarde de la noche, hora en que los espíritus y las almas en pena salían a retozar con la vacada en el silencio de la soledad..

—Yo me ponía a contar a los muertos, desde por la mañana hasta las nueve o diez de la noche, cuando todavía seguía la procesión y mi me mamá llamaba adentro—, decía don Arturo, en una vivencia que se quedaba entre amigos perdida en el tiempo..

La muerte había llegado nuevamente a Ortiz. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a poco, convirtiéndola en una aldea de fantasmas, cuyos rostros exhibían aflicción y tristezas. El aguijón del aedes había cobrado sus víctimas sin respetar edades y clases sociales. Sin que valieran las medicinas, los rezos ni los más variados menjunjes para espantar aquella diabólica peste..

El pueblo estaba casi deshabitado. Todos habían emigrado. Y eran tantos los moribundos que los muertos los enterraban vivos. Llegaban a la sepultura sin la conformidad de la Ley de Dios. No había tiempo para los sacramentos respectivos. No había el toque de las campanas ni cuanto menos para preparar el difunto..

Eran días del éxodo, decía Doña Evarista, moviéndose en la mecedora. La vieja dama era la abuela de Nicanor y Arturo. Y con ese hablar característico de ella, tan locuaz, iba dibujando un cuadro desalentador que colmaba la historia del pueblo en un relato necrológico de drama, muerte, miseria y ruina..

—La peste vino y dio en toda Venezuela. Pero, aquí fue más terrible porque encontró el terreno abonado. Un pueblo palúdico, con hambre, y en el último estado de abandono como estaba en esa época — señalaba Arturo Rodríguez, bajo la sombra de una mata de mango en el solar de su casa..

—Acabo con lo que quedaba — sentenció..

La mayoría de los pobres eran llevados al cementerio en chinchorro o en la Urna de la Caridad. Esta última era un ataúd negro, fabricado para uso público del Concejo Municipal, con el cual prestaba sus servicios gratuitamente a las desamparadas víctimas del paludismo, la hematuria, el vómito negro y, últimamente, a los de la peste española..

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—A mí me dio dos veces. Y, gracias a Dios, la pase — cuenta Arturo —. En esa época vivíamos en la Casa Crespera, ubicada en la Calle del Ganado, a la que ahora llaman la avenida Doctor Roberto Vargas. Esta casa fue propiedad del general Joaquín Crespo Torres y, por allí, al frente, pasaban los muertos hacia el cementerio..

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Esa noche de 1910, una dama anciana contaba —entre solloza —, en la sala servida de velatorio que la niña Columba Paúl, hija de unos de los generales Paúl, había fallecido postrada por siete días en cama de calentura o de fiebre alta, con el consuelo desconcertante de la muerte.

— Aquí no entierran otro muerto más- dijo el Jefe Civil —. El cementerio está clausurado.

El cuerpo de Columba estaba frío e inerte. El olor a mortina se hacía sentir en el salón apesadumbrado; pero, finamente decorado con flores frescas de los jardines de la casa. Aunque el cadáver de Columba no podía descansar religiosamente junto con las almas del antiguo camposanto, el de los antepasados familiares, el cual llamaban los pobladores el Cementerio de Los Españoles.

Sin embargo, Columba no la enterraron sino a los tres días después. Porque el Jefe Civil del municipio, Ismael Capote, no autorizaba aquel entierro. O porque los familiares de la difunta se empecinaron en que aquella alma de Dios debía ser sepultada en el camposanto viejo de Ortiz.

— El cementerio está clausurada por mandato del general Gimón y no voy a desobedecer sus órdenes y permitir allí otro entierro— sentenció tajantemente Capote, el gernamen del pueblo.

Así fue.

La pobre Columba fue enterrada en el recién inaugurado Cementerio Nuevo o en el " Pate' vacal", como lo llamaba la gente. De nada valieron los reclamos de la familia. Ni las protestas. Todo fue en vano. Todo quedó con el remedio de sepultarla allí.

— La pobre se distraía jugando con las mariposas de colores en el jardín— decía la dama anciana entre solloza, rezos y murmullos de lapida.

Al otro día, al amanecer, todo continúo igual. Colmenares, el sepulturero de las almas de la peste y el conocedor de todas las penurias del pueblo, mantenía su rutina diaria. Era un hombre corpulento, color negro. Y según, quienes lo conocieron, había venido al pueblo proveniente del oriente con una buena estrella, porque no le había caído ni “coquito”. Pues, nunca se enfermó.

Era un hombre saludable para aquel trabajo, poco recomendado y deseado en una ciudad de Apocalipsis. Una noche se le oyó hablar, metido en un chinchorro que los muertos salían en la media noche a deambular y retumbar en el silencio con el torpe paso de las reses.

El enterrador de muertos — y casi muertos—estaba preso por matar a su esposa. La había lapidado en el camposanto. Se llamaba Ángela Escobar, tía de Felipe Ramón Escobar, el último de los Huncal de Ortiz. La trajeron en un chinchorro quejándose de la muerte. Sin embargo, en esos días como no había nadie quien lo sustituyera del oficio, el jefe civil coronel Ignacio Carreño España resolvió anular la pena y soltarlo.

— Es mejor morir, Ángela, que mal estar sufriendo. No te voy a llevar a casa; sé que eres mi esposa, pero tendré que hacerlo, no valdrán tus quejidos; todos los muertos de este pueblo se quejan cuando están cerca del hoyo. Pero, es mejor morir Ángela, que mal estar sufriendo — dijo el negro Colmenares, antes de sentenciarle la muerta a su mujer.

— ¿Qué cuarto es éste? — preguntó Ángela, en su delirio.

Colmenares le hecho la tierra encima y Ángela ese día no volvió a ver la luz. Se marchó esa tarde, dentro de su agonía, olorosa a guarapo de papelón.

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ENSAYO / HISTORIA REGIONAL

La historia del petróleo en Guárico

El petróleo tiene su historia en Guárico. En este ensayo escrito por el fallecido profesor Darío Laguna se aborda ese hecho reciente y cómo volvió a replantearse en la entidad bajo la premisa "agropetrolera", como una oferta tentadora ante los anuncios de explotación de la Faja del Orinoco.

Por DARÍO LAGUNA │ El Nacionalista (1993)
Exploración e infraestructura petrolera en Guárico
Memoria petrolera: Trabajos e instalaciones exploratorias en la zona central de Guárico a mediados del siglo XX.
Nombre

0pinión,1,Acción Democrática,1,Actualidad,31,Adolfo Rodríguez,34,Adrián José Monasterios,1,Africanía,3,Alberto Barrera Tyzka,1,Alberto Pérez Larrarte,1,Alexis García Muñoz,1,Alí Almeida,1,Alicia Ponte-Sucre,1,Alirio Acosta,1,ALONZO MOLEIRO,1,Analisis,15,Análisis,12,Andres Oppenheimer,1,Andrés Rojas Jiménez,1,Ángel Lombardi Boscán,5,Angel Rafael Lombardi Boscán,1,Ángel Rafael Lombardi Boscán,2,Angelo Donnarumma,1,Anibal Romero,1,Antonio Mosquera Aguilar,1,Antropocultura,3,Arcadio Arocha,5,Argenis Ranuarez,4,Armando Chaguaceda,1,Armando González Segovia,1,Arte,1,Arte y Cultura,39,Artículo,1,Arturo Álvarez D´ Armas,12,Arturo Alvarez D´Armas,11,Ascensión Reyes R,1,Aura Marina Betancourt,2,Autores,1,Boris Muñoz,1,Bret Stephens,1,Carlos Alberto Montaner,2,Carlos Belisario,1,Carlos Malamud,2,Carlos Maldonado-Bourgoin,1,Carlos Raúl Hernández,2,Carolina Restrepo Cañavera,1,Christopher Hitchens,1,Ciencia,1,Ciencia y tecnologia,10,Consuelo Sáizar de la Fuente,1,Contacto,1,Cristina Bulacio,1,Crítica,10,Crónica,114,Crónicas e historias,79,Dani Rodrik,1,Daniel Gascon,1,Daniel R Scott,29,Darío Laguna,1,David Brooks,2,DAVID TRUEBA,1,Derecho,1,Diego Márquez Castro,1,Diógenes Díaz,1,Domingo Silo Rodríguez Trujillo,3,Edda Armas,1,Eddie Ramírez,1,Edgardo Malaspina,6,Edgardo Rafael Malaspina Guerra,8,Eduardo Galeano,1,Eduardo Girón,1,Eduardo López Sandoval,15,Educación,5,Eleonora Gosman,1,Elias Pino Iturrieta,1,ELÍAS PINO ITURRIETA,5,ELÍAS PINO ITURRIETA |,1,ELÍAS PINO ITURRRIETA,1,Elvin Barreto,1,En portada,3,Enrique Alpañés,1,Ensayo,7,Entrevista,6,Erick E.Algarin F,1,Ernesto Andrés Fuenmayor,1,Ernesto Ochoa Moreno,1,Esteban Emilio Mosonyi,1,Farid Kahhat,1,Fausto Masó,1,Felipe Hernández,22,Felipe Hernández G,30,Felipe Hernández G.,26,Felipe Hernández.,1,Félix Celis Lugo,1,Fernando Henrique Cardoso,2,Fernando Mires,2,FERNANDO NAVARRO,2,Fernando Rodríguez Mirabal,1,Fidel Castro.NINOSKA PÉREZ CASTELLÓN,1,Foto,12,Fotos y videos,5,FRANCESCO MANETTO,1,Francis Fukuyama,1,Francisco Olivares,1,Franklin Santaella Isaac,1,Fritz Thomas,1,Gabriel Tortella,1,Geopolítica,1,Gisela Kozak Rovero,2,Gloria M. Bastidas,1,Gustavo Valle,1,Harrys Salswach.-,1,HÉCTOR ACOSTA PRIETO,1,Henri Tincq,1,Historia,55,Historiografía,24,Hugo José Contin Espinoza,1,Ibsen Martínez,4,Ignacio Fariza,1,Immanuel Wallerstein,1,Isaac López,1,Jacques Attali,1,Jacques Benillouche,1,Javier Díaz Aguilera,1,Javier González,8,Jean-Paul Brighelli,1,Jeroh Juan Montilla,2,Jerónimo Carrera,1,Jesús Cepeda Villavicencio,26,Jesús Piñero,1,JESÚS SANCHO,1,Jon Lee Anderson,1,Jorge Dioni,1,Jorge G. Castañeda,1,José Alfredo Paniagua,1,José Aquino,40,José Camejo,1,José Francisco Jabano,2,José Luis Centeno,1,José Luis Farias,1,José Manuel Aquino,8,José Obswaldo Pérez,110,José Obswaldo Pérez,93,Juan Flores Zapata,2,Juan José Hoyos,2,Julio Londoño Paredes,1,Karelbys Meneses,1,La Revista,1,Laura Camón,1,Laura Weffer Cifuentes,1,Laureano Márquez,1,Leonardo Rodríguez,1,Libro,9,Libros,15,Literatura,7,Lucía Santa Cruz,1,Luciano Canhanga,1,Luis Almagro,1,Luis Eduardo Viso,3,Luis Fernando Andrade Falla,1,Luis Pedro España N,1,Luis Vicente León,7,Macarena Vidal Liy,1,Manuel Camero,1,Manuel Esteban Díaz,1,Manuel Paredes,1,Manuel Soto Arbeláez,1,Manuel Vicente Soto Arbeláez,4,Manuel Vicente Soto Arbeláez.,1,Margaryta Yakovenko,1,María José Solano,1,Marinela Araque,1,Mario Antonio Sandoval,1,MARTA PEIRANO,1,Martín Guevara,2,Martín Yeza,1,Mary Roach,1,Massimo Pigliucci,1,Matilde Sánchez,1,Máximo Blanco,1,Michael Dobbs,1,Michelle Roche Rodriguez,1,Microbiografía,8,Microbiografías,4,Milagros Socorro,1,MIRLA ALCIBÍADES,2,Misael Flores,3,Misael Flores.,1,Mundo,2,Nancy El Darjani,1,Nelson Rivera,1,Obituario,1,Oldman Botello,11,Opinión,35,Opinión y politica,51,Opinón,1,Opinòn,1,Orlando Araujo,1,Orlando Medina Bencomo,1,Óscar Henao Mejía,1,osé Obswaldo Pérez,1,Pablo L. Crespo Vargas,1,Pablo Pérez,1,Pablo R,1,Pedro Benítez,4,Pedro García Cuartango,1,Pedro Salmerón,1,Pedro Sivira,1,Pensar Educativo,1,Pérez Aragort,1,Perfil,2,Periodismo,14,Personajes,7,Pierre Buhler,1,Por Daniel R Scott,1,Portada,35,Publicaciones,1,Rafael Arráiz Lucca,4,Rafael Gallegos,1,Ramón Cota Meza,1,Rebeca Chaya,2,Reinaldo Bolívar,1,Reinaldo Rojas,1,Relato,2,Revista Fuego Cotidiano,12,Robert J. Shiller,1,Rogelio Núñez,3,Roger Herrera Rivas,1,Sadio Garavini di Turno,3,Sara Barquinero,1,Sergio C. Fanjul,1,Sergio Ramírez,2,Simón Alberto Consalvi,1,Simon Romero,1,Sociedad,1,Tomás Straka,1,Toni Roldán-Monés,1,Topnimia,4,Toponimia,3,Trino Márquez,1,Ubaldo Ruiz,4,Uta Thofern,1,V. Loreto,1,Valentina Martínez,1,Valle de la Pascua,1,Video,2,Walter Molina,2,Wilfredo Bolívar,1,William Neuman,1,William Ospina,1,Xavi Ayén,1,Xavier Padilla,13,Yegor Firsov,1,Yoani Sánchez,7,Yuriria Sierra,1,
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Revista Fuego Cotidiano: Los muertos vivos
Los muertos vivos
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