Los misterios y la gracia de la tía Rosalía Rodríguez Rodríguez. «La ía»
El relato de Luis Eduardo Viso narra la historia familiar y el misterio que rodeaba a Rosalía Rodríguez, conocida cariñosamente por sus sobrinos como «La ía». Nacida en 1864, Rosalía era hija de Gabriel Rodríguez Vargas y Juana Abelarda Rodríguez Rodríguez, una pareja con profundas raíces y tradiciones en el Sitio de Santa Rosa de Lima de Ortiz. Rosalía destacaba no solo por su profunda capacidad de amar y su dedicación familiar, sino también por una belleza serena y esbelta que cautivaba a quienes la veían.
Por Luis Eduardo Viso
Bajo el amparo de la fe y las tradiciones del Sitio de Santa Rosa de Lima, la familia Rodríguez Vargas sembró allí sus raíces firmes. La belleza, el sentimiento y la dedicación de sus mujeres todavía se recuerdan, porque de esas no quedan muchas. Gabriel Rodríguez Vargas y su prima de cuatro vínculos, Juana Abelarda Rodríguez Rodríguez, unieron sus vidas un lunes 20 de julio de 1857 en la Iglesia Santa Rosa de Lima de Ortiz. De esa unión, bien arraigada en la historia de esa tierra que justamente se divisa entre el llano y el piedemonte, nació una descendencia que marcaría la memoria familiar. En 1864, el matrimonio fue bendecido con el nacimiento de su hija Rosalía Rodríguez, a quien sus sobrinos llamarían cariñosamente «La ía».
Rosalía era una mujer amorosa como ella sola, y llamaba la atención de todo el que la miraba: una piel muy blanca, su cuerpo delgado, esbelto, y una hermosura serena que dejaba callado al más hablador. Cuando su única hermana, Abelarda Antonia Rodríguez, se casó el 10 de septiembre de 1884 con Luis María Viso Hurtado (mis bisabuelos), todo iba bien, sobre ruedas. Pero la muerte sorprendió a don Gabriel en 1888. Juana Abelarda, viuda; Rosalía, huérfana. Tenían la necesidad del calor de la familia, este no se hizo esperar: en los tiempos duros, la compañía y el apoyo moral son los únicos que nos sostienen. Así que las dos se fueron a vivir a Calabozo en casa de Abelarda Antonia, su esposo y los tres hijos nacidos del matrimonio: José Rafael, Luis José y Mercedes. Se instalaron cómodamente en Calabozo, compartiendo a diario con sus seres queridos.
Y ahí fue justamente donde comenzó la historia, donde se inició el misterio.
En las esquinas del pueblo se corrían rumores, muchos rumores, pero había un mito que alimentaba el chisme cotidiano. Los vecinos hacían conjeturas sobre conjeturas, suposiciones, vivían asombrados por un secreto a voces que no tenía explicación alrededor de la vida de Rosalía. «La ía», aquella mujer buena, sensible, cariñosa, amorosa, tenía la gracia celestial de estar en dos sitios al mismo tiempo. En dos caminos. En dos lugares a la vez. Para el vecindario era un enigma difícil de entender, muy difícil; muchos no lo entendían ni nunca lo entendieron: ¿cómo, si se sabía que estaba en su casa cuidando a los sobrinos, la veían en la calle? Otros juraban haberla visto en ese mismo instante en la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes. Allí, arraigada en una penumbra mística y un silencio sepulcral, la hermosa silueta de «La ía» aparecía arrodillada ante el Santo Cristo de las Cinco Llagas. Su oración era tan profunda, tan entregada a Dios padre, que parecía que el tiempo se detenía.
Mientras afuera todo era chisme, murmullo, cuento, asombro, adentro de la casa de Abelarda reinaba una armonía perfecta. Su única hermana veía esos prodigios con una serenidad asombrosa, sin miedo ni recelos, queriéndola con un cariño limpio, sincero y eterno. Ella sabía que esa energía espiritual inmensa, capaz de desdoblarse sin cansarla ni dañar a ningún cristiano, era la misma fuerza que alimentaba el amor incondicional hacia ella y hacia toda su familia.
Pero lo más trágico era esto: al regresar del templo, con el fuego vivo de la plegaria ante las Cinco Llagas todavía latiéndole en las manos, cualquier gesto de ternura de «La ía» hacia una criatura frágil se volvía fatal. Si intentaba agarrar un pajarito de la calle con esas manos blancas, el pobre animalito se quedaba tieso, el corazón se le detenía, porque no aguantaba la vibración de un alma que caminaba entre los vivos y el cielo. Así de sencillo.
Al final de sus días, después de una vida consagrada al cuidado familiar, al celibato. y a esa condición paranormal que sí que es un milagro, pues no cualquier alma la puede sobrellevarla toda la la vida. Un dos de febrero de 1932 «La ía» se despidió de este mundo, tal como vino, tal como vivió: Así dió su último aliento de paz. Dejó su legado colgado en el tiempo. Esas manos que contuvieron el latido trágico de los pájaros y el fuego eterno de la devoción descansaron por fin en paz. El excelentísimo Señor Obispo Diocesano, Monseñor Arturo Celestino Álvarez, antes de sú último suspiro le suministró los Sacramentos de Penitencia, Extremaunción y Eucaristía. Así lo Certificó Monseñor Enrique Rodríguez Álvarez, Cura párroco de la Iglesia Nuestra Señora de Las Mercedes de Calabozo. Así murió «La ía» en paz, sin deudas con el Redentor.
Ninguna conjetura pudo jamás tapar su memoria. Porque su vida no fue una contradicción de la carne, sino el triunfo más absoluto del espíritu. El recuerdo de Rosalía Rodríguez «La ía» sigue siendo un eco sagrado en los pasillos de Las Mercedes y en el corazón de su familia. El testimonio de un ser tan inmenso y tan sensible que el cielo le permitió romper las cadenas del espacio para estar, al mismo tiempo, en la tierra y en la eternidad.
El murmullo, los chismes y todas las conjeturas de las esquinas de Calabozo siguieron, como siguen siempre, hasta que el olvido, por arte de magia, les cerró la boca. Pero esta historia que yo de niño recibí de primera mano, se conserva aún viva en el arcón de mi memoria. Y hoy no puedo más que recordar a «La ía», la que un 9 de febrero de 1925 bautizó, junto al doctor Pedro del Corral Lima. Por la frágil salud de su abuela doña Abelarda Antonia que no le permitió viajar a Altagracia de Orituco al bautizo de su nieto Luis María, mi padre, pero allí estuvo en su lugar ella. Allí estuvo «La ía», de cuerpo presente en su representación, y junto a ese meritorio médico guariqueño sostuvieron en sus brazos a Luisote, mientras el Presbítero Rauseo lo bendecía con las sagradas aguas del bautismo.
Médicos, Curas y curiosos de la época investigaron el caso de «La ía», y no pudieron explicar su tan extraño comportamiento paranormal.
Y el que no lo crea, que se asome al silencio de una iglesia vacía, que ahí donde el eco se queda, todavía se oye el susurro de quien supo estar en dos lugares para no fallarle a nadie.
Nota: La bilocación es el fenómeno sobrenatural, místico o paranormal en el cual una misma persona u objeto se encuentra en dos lugares diferentes al mismo tiempo.
Luis Eduardo Viso es ingeniero mecanico e historiador venezolano