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domingo, febrero 15, 2026

Aficionados de Apure y Guárico podrán participar en el I Concurso de Fotografía Digital “Llano Cotidiano”

La creatividad visual de los habitantes de los estados Apure y Guárico será premiada ARCHIVO


Por José Obswaldo Pérez

La Revista Cultural Fuego Cotidiano, con sede en Ortiz, estado Guárico, anunció la apertura del I Concurso de Fotografía Digital “Llano Cotidiano”, una iniciativa destinada a estimular la creatividad visual de los habitantes de los estados Apure y Guárico. El certamen está dirigido a mayores de 18 años aficionados a la fotografía, quienes podrán participar con imágenes captadas tanto con cámaras digitales como con teléfonos móviles.

Según la convocatoria, se puede participar con entre 1 y 3 fotos por categoría, lo que permite a los concursantes explorar diversas miradas sobre la vida llanera.

Dos categorías para retratar el llano

El concurso contempla dos líneas temáticas. La primera, “Mi paisaje llanero”, abarca imágenes de flora, fauna e interacciones con la naturaleza. La segunda, “Retrato de la vida cotidiana”, invita a capturar escenas de trabajo, comercio, deportes, ocio y dinámicas propias de los pueblos llaneros. Los participantes podrán inscribirse en una o ambas categorías, con un máximo de tres fotografías por cada una.

Los ganadores del primer lugar recibirán 85 dólares, certificados de participación, una Master Class de fotografía digital y la publicación de sus obras en el Instagram @llanocotidiano. La participación es completamente gratuita.

Jurado de reconocidos especialistas

Las obras serán evaluadas por un jurado integrado por figuras vinculadas al quehacer cultural y fotográfico de la región. Por Apure participará el cultor popular Pedro Reina; por Guárico, el docente universitario José David Rondón; y desde Panamá, el reportero gráfico venezolano José Antonio Gil.

Una iniciativa cultural con amplio respaldo

El concurso es organizado por la periodista Mayra Piñate Braca y la profesora Zuleima Amaro, desde la Revista Cultural Fuego Cotidiano. La actividad cuenta con el apoyo de diversas instituciones y empresas, entre ellas el Rotary Club San Juan de los Morros, Selmed, Envíos Express, Papelería Negra Matea, la Asociación Renovadora de Artistas Unidos y Cultores Apureños, Aqua Viva, Óptica Filvilla, Tecnologías Agricolas Sartenejas y la cantante folklórica Nelsys Navas.

Plazo y vías de contacto

El concurso estará abierto hasta el 31 de marzo de 2026. Los interesados pueden obtener más información a través de:

  • Blog: Revista Fuego Cotidiano
  • Instagram: @llanocotidiano
  • Correo: llanocotidiano@gmail.com
  • Facebook: Revista Cultural Fuego Cotidiano
  • WhatsApp: +34 640977881 / 0414 9203201

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miércoles, febrero 11, 2026

Carlos Malamud: “Los militares en Argentina fueron juzgados porque hubo consenso social en que las atrocidades de la dictadura debían ser castigadas”

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Por Fuego Cotidiano

A cincuenta años del golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón y abrió paso a la última dictadura militar argentina, el historiador Carlos Malamud vuelve sobre uno de los episodios más traumáticos del Cono Sur con una mirada que combina rigor académico y sensibilidad histórica. En su nuevo libro, el especialista analiza el clima político, social y cultural que permitió la irrupción del régimen militar en marzo de 1976, así como las huellas que dejó en la memoria colectiva del país.

A cincuenta años del golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón y abrió paso a la última dictadura militar argentina, el historiador Carlos Malamud vuelve sobre uno de los episodios más traumáticos del Cono Sur con una mirada que combina rigor académico y sensibilidad histórica. En su nuevo libro, el especialista analiza el clima político, social y cultural que permitió la irrupción del régimen militar en marzo de 1976, así como las huellas que dejó en la memoria colectiva del país.

Malamud, investigador del Real Instituto Elcano y una de las voces más autorizadas en historia latinoamericana contemporánea, sostiene que el golpe no puede entenderse como un acontecimiento abrupto, sino como el desenlace de un proceso de deterioro institucional que venía gestándose desde años atrás. La violencia política, la crisis económica y la incapacidad del gobierno de Isabel Perón para contener la escalada de conflictividad crearon un escenario en el que la intervención militar parecía, para amplios sectores, inevitable.

Pero el historiador subraya un punto clave: la dictadura argentina fue una de las pocas en la región cuyos responsables enfrentaron juicios en democracia, un hecho que atribuye a un factor decisivo: “hubo consenso social en que las atrocidades de la dictadura debían ser castigadas”. Ese acuerdo, explica, no surgió de manera espontánea, sino que fue el resultado de la presión de organismos de derechos humanos, del trabajo de periodistas e intelectuales y de una sociedad que, tras el retorno democrático, comenzó a reconstruir su memoria sobre los años del terror estatal.

El libro de Malamud también revisa el papel de las Fuerzas Armadas, la estructura represiva del régimen y la manera en que la dictadura buscó legitimarse a través de discursos de orden, modernización y lucha contra la subversión. Sin embargo, el historiador insiste en que la cultura política argentina —marcada por tradiciones democráticas, sindicales y partidistas muy arraigadas— fue determinante para que, a diferencia de otros países del Cono Sur, la transición incluyera un proceso judicial sin precedentes.

A medio siglo del golpe, la obra de Malamud invita a repensar no solo el pasado, sino también las tensiones actuales en torno a la memoria, la justicia y la identidad democrática. En un momento en que los debates sobre el autoritarismo, la violencia política y la responsabilidad del Estado vuelven a ocupar un lugar central en América Latina, su análisis ofrece claves para comprender cómo se construyen —y se disputan— los relatos sobre la historia reciente.

La publicación llega en un contexto de renovado interés por las dictaduras del siglo XX y por los mecanismos sociales que permiten, o impiden, que episodios traumáticos se repitan. Malamud, con su estilo claro y su mirada comparativa, aporta una reflexión necesaria sobre el vínculo entre memoria, justicia y cultura democrática.


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lunes, febrero 09, 2026

Mirtha Rivero reabre el expediente Chávez: el sobreseimiento que cambió la historia

La periodista venezolana Mirtha Rivero (Caracas, 1956) |


La periodista venezolana ha publicado recientemente un libro basado en una investigación de diez años


La periodista y escritora Mirtha Rivero vuelve a colocar una pieza incómoda en el rompecabezas político venezolano: Hugo Chávez no fue indultado por Rafael Caldera en 1994, sino sobreseído, una decisión judicial que borró la existencia del delito y habilitó su carrera electoral. La afirmación, sustentada en documentos y testimonios, forma parte de la conversación que acompaña la reedición de La oscuridad no llegó sola.Crónica de una tragedia venezolana (Ed. Alfa, 2025) , su investigación sobre los años que moldearon el ascenso del chavismo.

Una revisión del origen

Rivero insiste en que el país suele mirar el 4 de febrero de 1992 como un episodio aislado, cuando en realidad fue la expresión de un deterioro institucional profundo. El sobreseimiento —y no un indulto— encaja en ese clima: un Estado debilitado, una clase política en retirada y una sociedad que comenzaba a depositar expectativas en figuras ajenas al sistema de partidos.

El libro como archivo de una época

La oscuridad no llegó sola reconstruye el período 1999–2004 a partir de más de un centenar de entrevistas y un archivo hemerográfico exhaustivo. Rivero revisa el 11 de abril de 2002, el rol de operadores políticos como José Vicente Rangel y Luis Miquilena, y la manera en que el relato épico del chavismo se impuso sobre los hechos. Uno de los hallazgos más comentados es un fragmento audiovisual de apenas segundos que obliga a reinterpretar la secuencia de decisiones en torno a Pedro Carmona.

Memoria frente al ruido

Para Rivero, la tarea urgente es preservar la memoria factual en un país donde la polarización ha distorsionado incluso los episodios más documentados. Su trabajo busca fijar una cronología verificable, rescatar voces desplazadas y desmontar mitologías que han condicionado la lectura del presente.

La reedición de su libro y la discusión sobre el sobreseimiento de Chávez reactivan un debate mayor: cómo se construyó la narrativa que permitió el ascenso de un liderazgo militar a la presidencia, y qué responsabilidades institucionales y sociales hicieron posible ese tránsito.

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viernes, febrero 06, 2026

Yoani Sánchez alerta sobre el deterioro cotidiano en Cuba en medio de apagones y frío inusual

Yoani Sánchez, periodista y directora del medio digital 14ymedio. |


La comunicadora y editora es una de las voces críticas más visibles dentro de la isla, la cual enmarca la situación en un contexto político más amplio.


Por José Obswaldo Pérez

La periodista y directora del medio digital 14ymedio, Yoani Sánchez, describió en la madrugada de este viernes la precariedad que atraviesa La Habana, marcada por el frío, la inestabilidad eléctrica y la sensación de un país que funciona a intervalos. En un mensaje publicado en X, la cronista cubana escribió: “Madrugada en La Habana, hay frío y, milagrosamente, algo de electricidad. Es momento de adelantar todo lo que se pueda porque luego llega el apagón y la vida se paraliza. Los finales de un régimen son duros... pero también esperanzadores”.

El comentario refleja la rutina que millones de cubanos enfrentan ante los prolongados cortes eléctricos, que se han intensificado en los últimos meses por la crisis energética y el deterioro de la infraestructura estatal. La necesidad de “adelantar todo lo que se pueda” antes de un apagón se ha convertido en una práctica extendida en hogares y centros de trabajo, donde la planificación depende más del suministro eléctrico que de la voluntad de las personas.

Sánchez, una de las voces críticas más visibles dentro de la isla, enmarca la situación en un contexto político más amplio. Su referencia a “los finales de un régimen” apunta al desgaste del modelo cubano, que enfrenta crecientes dificultades para sostener servicios básicos y contener el malestar social. Aunque el Gobierno ha atribuido los apagones a fallas técnicas y limitaciones financieras, organizaciones independientes y analistas coinciden en que la crisis energética es también un síntoma del agotamiento estructural del sistema.

El mensaje de la periodista se suma a una serie de denuncias y testimonios que, desde dentro y fuera de Cuba, documentan el impacto de la crisis en la vida diaria: desde la pérdida de alimentos por falta de refrigeración hasta la interrupción de servicios médicos y educativos. En redes sociales, usuarios cubanos han respondido a la publicación con relatos similares y con llamados a visibilizar la situación internacionalmente.

Mientras el país atraviesa uno de los periodos más críticos de las últimas décadas, la madrugada descrita por Sánchez funciona como una metáfora del momento político: un tiempo de oscuridad intermitente, pero también de expectativa ante posibles cambios.


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domingo, febrero 01, 2026

Javier González: “La historia del deporte venezolano aún está por escribirse”

Javier González, historiador venezolano residenciado en España |


El historiador adelanta que trabaja en un libro sobre la rivalidad entre Caracas y Magallanes, un fenómeno que trasciende lo deportivo para convertirse en un espejo de la identidad venezolana.


Por Fuego Cotidiano

El historiador Javier González (1956), autor de más de veinte libros dedicados a la historia de los deportes en Venezuela —varios disponibles en la Biblioteca Digital Banesco—, ha construido una obra que combina investigación hemerográfica, docencia universitaria y una larga trayectoria como bibliotecario. Su trabajo, realizado en conjunto con el periodista deportivo Carlos Figueroa Ruiz, constituye uno de los esfuerzos más sistemáticos por documentar el desarrollo del deporte en el país

González sostiene —en una entrevista realizada por Nelson Rivera para Papel Literario de El Nacional— que uno de los rasgos más problemáticos de la historiografía venezolana es su carácter excluyente, centrado casi exclusivamente en los procesos político‑militares. Esa mirada reducida ha dejado fuera ámbitos esenciales de la vida social, entre ellos el deporte, entendido como fenómeno cultural, identitario y de cohesión colectiva. La bibliografía deportiva nacional, afirma, sigue siendo escasa, fragmentaria y dominada por crónicas aisladas, lo que evidencia la necesidad de ampliar los enfoques históricos.

La prensa como archivo del deporte

La falta de estudios previos obligó a González y a sus colaboradores a sumergirse en el vasto y complejo universo de la prensa. Su experiencia de catorce años en la Hemeroteca Nacional les permitió desarrollar criterios sólidos para trabajar con periódicos y revistas como documentos históricos. Allí han encontrado no solo resultados y competencias, sino también discursos, representaciones sociales y procesos de institucionalización del deporte venezolano.

Las colecciones de la Hemeroteca Nacional, la Academia Nacional de la Historia, archivos públicos y colecciones privadas han sido esenciales para reconstruir la evolución del béisbol, el fútbol, el baloncesto y el ciclismo en el país.

El béisbol y su arraigo nacional

González explica que el béisbol, introducido en el siglo XIX, se expandió rápidamente porque logró trascender las barreras de clase y convertirse en un espacio de encuentro social. Su consolidación como deporte nacional se selló con el triunfo venezolano en la IV Serie Mundial de Béisbol Amateur (La Habana, 1941), un hito que reforzó el orgullo colectivo y fijó al béisbol como símbolo identitario.

Héroes, hitos y medios: la construcción del público

El crecimiento del público deportivo, señala, está estrechamente ligado a los hitos históricos y a las figuras emblemáticas que alimentan la imaginación colectiva. La prensa, la radio, la televisión y hoy las redes sociales han amplificado esos relatos, contribuyendo a la masificación del deporte y a la creación de memorias compartidas.

Víctor Davalillo, una figura historiable

Entre sus obras destaca la biografía Vitico al bate, dedicada a Víctor Davalillo, a quien considera una de las figuras más influyentes del deporte venezolano. Su longevidad, consistencia y prestigio internacional lo convierten, afirma, en un personaje cuya vida merece ser estudiada y preservada.

Violencia y mercantilización del espectáculo

Consultado sobre el auge de la violencia en los eventos deportivos, González advierte que el fanatismo exacerbado y el consumo de alcohol han distorsionado el espíritu del juego, generando riesgos para la convivencia y la seguridad. También reflexiona sobre el encarecimiento global del espectáculo deportivo, impulsado por contratos televisivos y la lógica del mercado, lo que ha convertido la asistencia a ciertos eventos en un privilegio para pocos.

Un proyecto colectivo de dos décadas

González destaca la labor conjunta con Carlos Figueroa Ruiz, con quien ha producido más de veinte libros y concebido proyectos como una Gran Enciclopedia Deportiva Venezolana, aún pendiente de realización. También han colaborado periodistas especializados como Eliezer Pérez Pérez, Williams Brito y Johnny Villarroel, quienes aportaron su experiencia en fútbol, baloncesto y ciclismo.

Próximas publicaciones

El historiador adelanta que trabaja en un libro sobre la rivalidad entre Caracas y Magallanes, un fenómeno que trasciende lo deportivo para convertirse en un espejo de la identidad venezolana. Más que un enfrentamiento entre equipos, afirma, se trata de una historia de tradiciones, emociones y símbolos compartidos por generaciones.


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lunes, enero 26, 2026

Yolanda Segnini: una vida consagrada a la historia cultural y a la comprensión crítica del siglo XX venezolano

IMAGEN Yolanda Segnini, fallecida el 25 de enero, en la ciudad de Madrid, España, |


La muerte de Yolanda Segnini deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado sólido: una obra que seguirá orientando debates, inspirando investigaciones


Por José Obswaldo Pérez

El fallecimiento de Yolanda Segnini, ocurrido el 25 de enero, en la ciudad de Madrid, España, representa una pérdida profunda para la historiografía venezolana y para quienes, desde la investigación, la docencia y la gestión cultural, han encontrado en su obra un punto de referencia indispensable. Segnini dedicó su vida intelectual al estudio de la historia cultural, las transformaciones del Estado venezolano y las dinámicas políticas y sociales que marcaron el tránsito entre el gomecismo, el post-gomecismo y la modernización del país a lo largo del siglo XX.

Su trabajo se distinguió por una combinación poco frecuente: rigurosidad documental, sensibilidad interpretativa y una lectura crítica de los procesos históricos que evitaba tanto la simplificación como la épica. En un campo donde abundan los relatos lineales o excesivamente politizados, Segnini apostó por una mirada que integraba archivos, prensa, memorias institucionales, testimonios y análisis comparado. Esa metodología la convirtió en una autora de consulta obligatoria para quienes buscan comprender no solo los hechos, sino también los imaginarios, las tensiones y las continuidades que definieron la vida pública venezolana durante buena parte del siglo pasado.

Su obra sobre el gomecismo y el post-gomecismo —etapas decisivas para entender la formación del Estado moderno, la consolidación de las élites políticas y la reconfiguración de la esfera pública— se transformó en bibliografía esencial en universidades, centros de investigación y programas de posgrado. Segnini logró iluminar zonas poco exploradas: la cultura política del autoritarismo, las redes de poder que sobrevivieron a la caída de Gómez, las formas de sociabilidad que moldearon la vida cotidiana y la lenta, compleja transición hacia un país que aspiraba a la modernidad sin romper del todo con sus herencias.

Quienes la conocieron destacan su vocación docente, su generosidad con las nuevas generaciones y su convicción de que la historia es un bien público que debe ser compartido, discutido y revisado constantemente. Su labor en aulas, seminarios y espacios de formación dejó una huella profunda en estudiantes que hoy continúan líneas de investigación que ella ayudó a abrir.

La muerte de Yolanda Segnini deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado sólido: una obra que seguirá orientando debates, inspirando investigaciones y recordándonos que la historia cultural es una herramienta poderosa para comprender cómo se construyen —y se disputan— las identidades colectivas.

Descanse en paz. Que su labor intelectual persista en quienes leen, enseñan y continúan su trabajo.


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lunes, diciembre 15, 2025

La literatura venezolana del siglo XXI: un mapa mínimo según Karina Sainz Borgo

Rafael Cadenas, primer venezolano en recibir el premio Cervantes | Diario ABC, España

Sainz Borgo ofrecer una cartografía mínima que permita comprender la sensibilidad literaria de un país marcado por la crisis, pero también por una sorprendente vitalidad creativa


Por Revista Fuego Cotidiano

La escritora y periodista venezolana Karina Sainz Borgo, reconocida por su trabajo en el diario ABC y por novelas traducidas a más de treinta idiomas, publicó recientemente un recorrido sintético por la literatura venezolana contemporánea. Su propuesta, presentada como una “biblioteca venezolana”, traza un mapa de las voces que han marcado el tránsito del país hacia el siglo XXI, tanto dentro del territorio como en la diáspora.

El texto destaca cómo la crisis política, económica y social que atraviesa Venezuela desde hace más de dos décadas no ha frenado la producción literaria. Por el contrario, ha impulsado una diversificación de géneros, estilos y miradas, con autores que han ganado premios internacionales y han consolidado una presencia creciente en editoriales europeas y latinoamericanas.

Narrativa: del país convulso a la proyección internacional

Sainz Borgo subraya la importancia de obras publicadas desde el año 2000, entre ellas novelas de Israel Centeno, Ana Teresa Torres, Victoria de Stefano y Juan Carlos Méndez Guédez. También recuerda hitos como el Premio Herralde obtenido por Alberto Barrera Tyszka en 2006 y el Premio Tusquets en 2015, así como la presencia de Boris Izaguirre como finalista del Premio Planeta.

En la última década, nombres como Rodrigo Blanco Calderón, Michelle Roche Rodríguez, Eduardo Sánchez Rugeles y María Elena Morán han ampliado el espectro narrativo, abordando temas como la violencia, la memoria, la migración y la identidad.

Narrativa: del país convulso a la proyección internacional

El ensayo venezolano mantiene una presencia sólida gracias a autores como Gustavo Guerrero, ganador del Premio Anagrama, y figuras como Moisés Naím, Luis Enrique Pérez-Oramas y Gisela Kozak. La autora destaca que, pese a la dispersión geográfica de muchos intelectuales, la reflexión crítica sobre el país continúa siendo un eje central.

Poesía: un puente con España

La poesía venezolana ha encontrado especial resonancia en España, donde voces como Yolanda Pantin, Igor Barreto y Leonardo Padrón han consolidado lectores y premios. Pantin, por ejemplo, obtuvo el Premio García Lorca en 2020, mientras que Rafael Cadenas alcanzó el Premio Cervantes, el máximo reconocimiento de las letras en español.

Una biblioteca para entender un país fracturado

Para Sainz Borgo, esta selección no pretende ser exhaustiva, sino ofrecer una cartografía mínima que permita comprender la sensibilidad literaria de un país marcado por la crisis, pero también por una sorprendente vitalidad creativa. La autora, parte de la llamada “literatura de la diáspora venezolana”, reivindica así la continuidad de una tradición que se rehace desde múltiples geografías.


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viernes, noviembre 28, 2025

“Donde Nació el Llanero”, de Eduardo López Sandoval

El libro combina la precisión historiográfica con la fuerza poética. Las citas de Humboldt y de cronistas locales se entrelazan con imágenes literarias: la sal como moneda de la vida, la lanza como varita mágica que mide la sabana, el caballo como hermano de sangre.


Por José Obswaldo Pérez

En tiempos donde la memoria histórica suele quedar atrapada entre archivos polvorientos y caminos olvidados, Eduardo López Sandoval entrega una novela que es, al mismo tiempo, investigación, testimonio y metáfora. Donde Nació el Llanero se presenta como un viaje narrativo hacia el origen de una identidad que ha marcado la vida política, social y cultural de Venezuela y Colombia: el llanero.

La obra se abre con un recurso literario poderoso: el abuelo Alejandro Jesús y sus nietos, figuras que encarnan la transmisión oral de la tradición, se convierten en protagonistas de un diálogo intergeneracional. A través de ellos, el lector recorre caminos de polvo, extravíos históricos y encuentros con cronistas y sabios como Humboldt, Martí y Bolívar. El escenario central, el mítico Hato El Caimán, se erige como símbolo de nacimiento y extravío, un punto de referencia que la novela convierte en mito fundacional.

El libro combina la precisión historiográfica con la fuerza poética. Las citas de Humboldt y de cronistas locales se entrelazan con imágenes literarias: la sal como moneda de la vida, la lanza como varita mágica que mide la sabana, el caballo como hermano de sangre. López Sandoval logra que la historia se lea como una epopeya íntima, donde la geografía se convierte en destino cultural.

Más allá de la reconstrucción histórica, la novela introduce un elemento contemporáneo: la digitalización de la memoria. Blogs, correos electrónicos y redes virtuales se convierten en nuevos caminos para rescatar la identidad llanera. El “cable y el caballo” aparecen como metáfora de continuidad: tradición y modernidad cabalgando juntas.

En definitiva, Donde Nació el Llanero no es sólo una novela histórica. Es un manifiesto cultural que reivindica al llanero como neoetnia y como símbolo de resistencia. Su lectura interpela tanto a investigadores como a lectores comunes, porque recuerda que la identidad no se hereda únicamente: se busca, se confirma y se celebra.


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domingo, noviembre 23, 2025

Atrapado en Caracas

Pedro Plaza
Pedro Plaza Salvati (Caracas), escritor venezolano-costarricense.

Un retrato vibrante de la Venezuela contemporánea desde la mirada personal de Pedro Plaza Salvati.


Por Xavi Ayén

Pedro Plaza Salvati es un tipo con mala suerte. Él vive en Barcelona, pero, de todos los lugares posibles donde le pudo pillar la parte más dura de la pandemia de coronavirus (aquellos terribles momentos iniciales), le tocó nada menos que Caracas, donde terminó atrapado trece meses. Lejos de amilanarse, intentó convertirse en una suerte de Robert Walser, paseando por un escenario doblemente distópico (sanitaria y socialmente), observando mucho, anotándolo todo y sintiéndose como un personaje apocalíptico de Cormac McCarthy. Su libro La vida interrumpida, recién publicado por Catarata, es una crónica clásica donde su protagonista narrador deambula por un mundo que parece haberse detenido, viendo las cosas de un modo único. Conversa, como Peter Handke, con los locos de la calle y extrae sabiduría de ellos. Es fumigado, a su llegada, en el avión, como si fuera un peligroso ser radiactivo. Vive en un lugar donde se suceden los incendios (la gente tiene la peligrosa costumbre de almacenar bidones de gasolina en casa) y, para no ser víctima de la violencia callejera-en la ciudad con más homicidios por habitante del mundo-, se viste con tejanos rotos y nunca lleva reloj. Y extrae fuerzas de no sabemos dónde para narrarnos el asesinato de su hermano.

Es un cronista tranquilo y minucioso, que ve a gente leyendo en la calle novelas de García Márquez en voz alta. Nos habla de estrambóticos personajes que creen a la vez en los extraterrestres y en Nicolás Maduro. Frecuenta el gimnasio y las librerías. Pasea con un teléfono sin línea, que solo le sirve para hacer fotos. Recibe libros por delivery y se encuentra cajas llenas de ellos por la calle. Cataloga ejemplos de picaresca mientras admira la proliferación de colibríes, garzas y churines. Ve las tanquetas antidisturbios como una magdalena proustiana que le retrotrae a su juventud: “Recuerdo cuánto gas lacrimógeno tragamos en esta avenida...”.

Sí, Plaza Salvati tuvo mala suerte de quedar atrapado en la Caracas de pandemia. Pero sus lectores nos sentimos afortunados..


[Tomado del Diario La Vanguardia de España, domingo 23 de noviembre de 2025]

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domingo, noviembre 16, 2025

El paludismo en ‘Casas muertas’

[feature]

Cuentan que, para poder describir de manera realista y creíble el cuadro sintomático de un episodio palúdico, Otero Silva acudió a un curso completo de paludología


Por Fernando Navarro

Casas Muertas (1955), la segunda novela del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985), es una denuncia de los estragos que el falso progreso y la modernización desintegradora causaron en muchas zonas de Hispanoamérica. En sus páginas, el autor narra la decadencia de un pueblo venezolano llamado Ortiz, devastado por el paludismo, el abandono institucional, la violencia política y la emigración de sus habitantes hacia las grandes ciudades y las zonas petrolíferas del país, con la consiguiente despoblación y deterioro de sus edificaciones y tradiciones en los llanos centrales de una Venezuela vaciada.

Cuentan que, para poder describir de manera realista y creíble el cuadro sintomático de un episodio palúdico, Otero Silva acudió a un curso completo de paludología. Con aprovechamiento, añadiría yo, a juzgar por el siguiente pasaje que reproduzco del capítulo 30 de la novela:

Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, se sintió invadido en pleno trabajo por pastosas oleadas de pereza, de lasitud, de abandono, sacudido por breves latigazos de frío.

―Tengo el cuerpo cortado ―dijo, y caminó hacia la sombra.

Pero Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, sabía que ya venía a su encuentro el ramalazo de un acceso palúdico y se dispuso a recibirlo. Acurrucado sobre los hilos del chinchorro sintió llegar a su piel, a la pulpa de su carne, a la raíz de sus cabellos, a la masa blanca de sus huesos, un frío que iba creciendo como un caño y haciéndose más hondo como una puñalada. Se estremeció el chinchorro bajo el temblor de sus miembros y el entrechocar de sus dientes. Arrebujado en la cobija, en la sábana, en el mantel, en lo que topó a mano para cubrirse, Celestino era un espectro pálido, sacudido por trémulos furiosos de hielo y angustia.

El frío se extinguió al rato. En su lugar surgieron aletazos de calor cada vez más intensos, cada vez más frecuentes, cada vez más febriles. Celestino se despojó de la cobija, de la sábana, de los trapos todos que lo cubrían y comenzó a arder como una lámpara, encendido el rostro como la flor de la cayena, de arcilla los labios resecos, de espejo brillante las pupilas dilatadas. Breves globitos de sudor, que se hicieron poco a poco más amplios hasta unirse los unos y los otros en un solo sudor total, cubrieron la frente, las manos, el cuerpo entero de Celestino. Era un sudor a raudales que traspasaba las ropas, diseñaba manchones en el tejido del chinchorro y goteaba en el suelo como el rocío.

Después descendió la fiebre y Celestino experimentó una extraña, inesperada sensación de ternura, un injustificado bienestar de sentirse liviano y con vida, no obstante que le dolían los músculos de la espalda, las coyunturas de los brazos, los huesos de la cabeza.

También, lentamente, desaparecieron los dolores. Y Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, se alzó del chinchorro y, caminando en silencio, con la frente baja y los ojos cansados, volvió al trabajo que había dejado abandonado cuatro horas antes.


Fernando Navarro es médico y traductor de origen espanol. Articulo originalmente publicado en Diario Médico

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martes, noviembre 11, 2025

El sabor de Circe: Jeroh Montilla publica una odisea poética sobre el ánima, el exilio y la transformación

Editado por La Diosa Blanca y con ilustración de Tibisay Vargas, el libro propone un viaje lírico hacia lo femenino inconsciente


Por José Obswaldo Pérez


El sabor de Circe” de Jeroh Montilla es una obra poética que entrelaza mito y paisaje para explorar la existencia desde la llanura venezolana.

En los márgenes del llano y del mito, el poeta Jeroh Juan Montilla acaba de volver a publicar El sabor de Circe, una obra que entrelaza la Odisea homérica, la psicología junguiana y la experiencia del exilio interior. Editado por el sello independiente La Diosa Blanca, con ilustraciones de la artista Tibisay Vargas, el libro se presenta como una travesía simbólica donde el héroe-poeta se enfrenta a su sombra, su animalidad y su ánima.


El sabor de Circe” de Jeroh Montilla es una obra poética que entrelaza mito y paisaje para explorar la existencia desde la llanura venezolana. Con prólogo de Edgar Vidaurre, este texto destaca la figura de Circe como arquetipo femenino que transforma, seduce y guía: “El sabor de Circe en la boca le recordará siempre su dominio sobre la naturaleza, el poder transformador y creativo del ánima, pero también su potencial destructivo si no se integra adecuadamente”, señala.


Una edición que honra lo simbólico


La Diosa Blanca, editorial que toma su nombre del ensayo mitológico de Robert Graves, apuesta por libros que dialogan con lo ancestral, lo femenino y lo poético. El sabor de Circe se inscribe en esa línea, con una cuidada edición que incluye una ilustración de Tibisay Vargas, también poetisa y esposa de Jeroh, quien incursiona como artista visual por su trabajo en torno a lo onírico y lo ritual.


Montilla propone una lectura del nostos —el retorno mítico— como proceso de individuación. El protagonista atraviesa los llanos como desierto iniciático, se animaliza, se enfrenta a sus pulsiones y a la figura de Circe, que encarna el ánima reprimida. El texto, que combina ensayo, poesía y mito, se apoya en citas de Homero, Cesare Pavese, Jung y Graves, y construye una narrativa que es a la vez íntima y universal.


Montilla propone una lectura del nostos —el retorno mítico— como proceso de individuación. El protagonista atraviesa los llanos como desierto iniciático, se animaliza, se enfrenta a sus pulsiones y a la figura de Circe, que encarna el ánima reprimida. El texto, que combina ensayo, poesía y mito, se apoya en citas de Homero, Cesare Pavese, Jung y Graves, y construye una narrativa que es a la vez íntima y universal.


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jueves, noviembre 06, 2025

Vivo en Avalón: la voz femenina que canta desde la isla sagrada

Tibisay Vargas Rojas se inscribe como una moderna trobairitz, que canta desde Avalón para devolverle al amor su dimensión espiritual, simbólica y femenina.


La escritora y poetisa Tibisay Vargas nos invita a cruzar el umbral de lo mítico y lo íntimo en su nuevo poemario

Por José Obswaldo Pérez

En Vivo en Avalón, Tibisay Vargas Rojas nos invita a cruzar el umbral de lo mítico y lo íntimo, para encontrarnos con una voz femenina que no solo canta, sino que revela, transforma y redime. Publicado por Editorial Diosa Blanca en 2025, este libro es mucho más que una colección de poemas: es una travesía simbólica donde la mujer se convierte en Sophia, en Grial, en isla, en espera activa y en centro espiritual del deseo.

Desde el prólogo de Edgar Vidaurre —un ensayo místico que vincula la saga artúrica con la Trinidad cristiana y la cuaternidad jungiana— hasta los versos que evocan a Ginebra, Morgana, Parsifal y el tejido ritual del amor cortés, la obra se despliega como un canto trovadoresco contemporáneo. Vargas Rojas se inscribe en la tradición de las trobairitz, aquellas mujeres medievales que cantaban el amor desde la complejidad, la resistencia y la gestación simbólica.


Cada poema es una isla. Cada imagen —la aguja, el cabello, la torre, el ciprés truncado— es un símbolo que borda el tiempo femenino. La autora reinterpreta el amor cortés como una forma de espera fértil, donde la mujer no es objeto de deseo sino matriz del sentido. Avalón, la isla mítica, se convierte en metáfora del alma femenina que resiste la periferia y se afirma como centro revelador.

Vivo en Avalón es un libro para ser leído en voz alta, como lo sugiere su prólogo. Es un canto que convoca lo ancestral y lo encarnado, lo sagrado y lo cotidiano. Una obra que dignifica lo femenino en su dimensión espiritual, poética y política.


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lunes, octubre 13, 2025

Habermas alerta sobre la erosión simbólica del cristianismo en Europa


La advertencia de Habermas se produce en un contexto de creciente polarización, donde los consensos éticos parecen fragmentarse ante el avance de discursos relativistas y la desafección institucional.


Por José Obswaldo Pérez

En una crónica publicada por ABC, la corresponsal en Berlín Rosalía Sánchez recoge una advertencia del filósofo alemán Jürgen Habermas sobre la creciente relativización de las creencias cristianas en Europa. Según el pensador, este fenómeno podría debilitar los fundamentos éticos compartidos en las democracias occidentales.

Habermas, reconocido por su defensa del diálogo entre razón secular y tradiciones religiosas, señaló que la secularización y el pluralismo religioso han generado una “erosión de los vínculos simbólicos” que antes ofrecía el cristianismo como matriz cultural. Aunque no aboga por un retorno dogmático, sí insta a preservar el legado normativo que esta tradición ha aportado a la vida pública europea.

“La modernidad ha traído avances en derechos y libertades, pero también una pérdida de sentido compartido”, expresó el filósofo, subrayando la necesidad de un nuevo pacto simbólico que no excluya las raíces espirituales de la cultura democrática.

La advertencia de Habermas se produce en un contexto de creciente polarización, donde los consensos éticos parecen fragmentarse ante el avance de discursos relativistas y la desafección institucional. Su llamado no es nostálgico, sino profundamente cívico: recuperar el diálogo entre fe y razón como base para una convivencia plural y esperanzada.

La advertencia de Habermas se produce en un contexto de creciente polarización, donde los consensos éticos parecen fragmentarse ante el avance de discursos relativistas y la desafección institucional. Su llamado no es nostálgico, sino profundamente cívico: recuperar el diálogo entre fe y razón como base para una convivencia plural y esperanzada.

La advertencia de Habermas se produce en un contexto de creciente polarización, donde los consensos éticos parecen fragmentarse ante el avance de discursos relativistas y la desafección institucional. Su llamado no es nostálgico, sino profundamente cívico: recuperar el diálogo entre fe y razón como base para una convivencia plural y esperanzada.


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martes, agosto 26, 2025

Afrodescendientes en los llanos: la historia que el relato oficial marginó

En los llanos, los afrodescendientes eran mucho más que mano de obra. Fueron constructores de paisaje, cultura y economía. Sin embargo, la historiografía tradicional los ha reducido a figuras subordinadas o folclóricas desconociendo su aporte al mestizaje nacional como base fundamental en la construcción y configuración de nuestro país.


Por José Obswaldo Pérez

Portada del libro

En Venezuela, la historia oficial ha sido contada desde los balcones del poder. Caudillos, batallas y pactos republicanos han ocupado el centro del relato, mientras las voces de los pueblos llaneros, afrodescendientes e indígenas han sido relegadas al margen (aunque formen parte de contexto nacional) sin considerar las apreciaciones particulares de cada región.

En este aspecto, la obra de los autores, Armando González Segovia y Rosa Mujica Verasmendi, representa una ruptura necesaria. Su ensayo sobre Afrodescendientes en los llanos de Venezuela (Presencia, desagravio y reparaciones), con prólogo del doctor José Marcial Ramos Guedez y publicado recientemente por la editorial estatal El Perro y la Rana, no sólo recupera una memoria silenciada, sino que cuestiona los cimientos mismos de la narrativa nacional. Es el primer libro que aborda globalmente el tema sobre la afrollaneridad como un intento de “reparación epistémica”, como indican los autores.

González Segovia y Mújica Verasmendi parten de tres premisas fundamentales: 1) con la llegada de los colonizadores europeos, ya se registraba la presencia de africanos esclavizados desde el siglo XVI, especialmente mineros. Esto desmonta la idea de un poblamiento tardío y confirma que las africanías estuvieron presentes desde los inicios del proceso colonizador en los llanos; 2) Que aunque los índices de esclavitud oscilan entre 5 y 10 %, al incluir zambos, mulatos y pardos, se estima que más del 50 % de la población tenía raíces africanas. Esta cifra desmiente la creencia de que dichas culturas tuvieron poca incidencia en la región, y 3) que las comunidades afro-llaneras han sido históricamente invisibilizadas, desconociéndose que sus huellas están en la música, la religiosidad, la oralidad y las prácticas comunitarias. Reconocerlas es un acto de justicia y memoria.

De tal modo, en los llanos, los afrodescendientes eran mucho más que mano de obra. Fueron constructores de paisaje, cultura y economía. Sin embargo, la historiografía tradicional los ha reducido a figuras subordinadas o folclóricas desconociendo su aporte al mestizaje nacional como base fundamental en la construcción y configuración de nuestro país. González Segovia y Mújica Verasmendi desmonta esa visión y los coloca en el centro del proceso histórico, con una metodología que combina archivos locales, memoria oral y análisis crítico del discurso. Su enfoque se inscribe en el pensamiento decolonial y en una historiografía comprometida con la verdad histórica.

Pero su exhaustiva propuesta va más allá de la academia. Tiene implicaciones directas para la educación, la ciudadanía y la reconstrucción del tejido social. En tiempos de polarización y crisis de sentido, recuperar las historias de quienes han sido sistemáticamente excluidos es también una forma de sanar colectivamente. La historia no debe ser un museo de estatuas, sino un espacio vivo de reflexión y transformación.

Hoy, cuando el país busca nuevas formas de entenderse y narrarse, obras como la de González Segovia y su esposa nos recuerdan que no hay futuro sin memoria histórica. Y que esa memoria debe incluir, con dignidad y claridad, a quienes han sido históricamente invisibilizados.


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domingo, julio 06, 2025

Jon Lee Anderson: “Hoy ser de centroizquierda es un privilegio de la clase media alta”


Testigo de conflictos armados y experto en América Latina, el gran periodista de la revista The New Yorker rebobina la cultura política de izquierda en la región.Jon Lee Anderson lanza opiniones contundentes sobre por qué los partidos de centro se quedan sin votantes en todo el mundo. Sostiene que el factor decisivo que trajo una nueva dinámica a América Latina es el narcotráfico.Cree que otro gran motor de los cambios políticos y sociales hoy es el flujo de migrantes del sur hacia el hemisferio norte.


Por Matilde Sánchez

Conoce América Latina como pocos, en su geografía y política, con detalle local. Jon Lee Anderson acaba de publicar Aventuras de un joven vagabundo por los muelles, memorias en las que reconstruye su bautismo como viajero y testigo en África, en su adolescencia. Nacido en California y con una infancia global, corresponsal de la revista The New Yorker y autor de una biografía exhaustiva del Che Guevara, se especializa en conflictos armados y se ha implicado siempre en la cultura política de izquierda, conservando la capacidad crítica aun dentro del acuerdo ideológico.

“¿El centro se sostiene?”: eso fuimos a preguntarle casi recitándonos la poesía del irlandés William B. Yeats, con un siglo de interpretaciones pesimistas a su espalda. También, teniendo en cuenta que en la última década se consolidaron en América Latina dos dictaduras fuera de debate –en Venezuela y Nicaragua–, mientras algunos liderazgos de ultraderecha llegaron al poder mediante comicios.

En las últimas semanas, Anderson lanzó opiniones contundentes. Los nuevos revolucionarios son de extrema derecha (en alusión a los presidentes Nayib Bukele, presidente de El Salvador, y Javier Milei). La narcocultura acabó con el idealismo utópico. La nueva Latinoamérica está en las villas, resolviendo sus necesidades a través de la narcoeconomía. Sobre estos temas y sobre la cultura woke conversamos por zoom.

–En términos de generación, te formaste al calor del concepto de tercer mundo.” Ahora lo reemplazás con el de Sur Global. ¿Cuán precisa y fértil es esta categoría?

–Sí. Es que estoy replicando cosas que oigo todo el tiempo porque lo que vemos es que se ha abierto una como nueva era política, con categorías que deben ser repensadas.

–Algunos analistas, no solo sus adeptos, observan que no se trata de una mera coyuntura, motivada por resultados eleccionarios, sino de un bloque expandido de tiempo; ¿tendremos un período largo con la ultra derecha? Definir el Sur Global parece acuciante.

–Es la categoría que hoy emplean instituciones como la ONU, sus analistas de demografía y malnutrición, entre otros. Hablar de Sur Global es políticamente más correcto; estamos en la era de de la ideologización de la semántica. Cierto que llamarlo Sur Global es tan abarcador y está lleno de variantes... Pero claramente hay un Sur y un Norte. El Norte es pequeño, en verdad: incluye a los Estados Unidos, Canadá, parte de Europa occidental y quizás Australia y Nueva Zelanda. También comprende a algunos países asiáticos, como el gigante indio, y eventualmente a los países del Golfo, que son una suerte de espejismo. El mundo es más variopinto de lo que fue hace 50 años, muy marcado por el flujo de migración del Sur hacia el Norte. Ese es un factor que determina en buena medida los cambios sociales de la época.

–¿Creés que es el principal?

–Uno de los principales, sí; la migración del sur de las Américas hacia los Estados Unidos, conviviendo al mismo tiempo con el flujo de poblaciones de África, Medio Oriente y Asia Central hacia Europa. El Norte se siente asediado y, en consecuencia, rebrota lo que siempre estuvo ahí, aunque más enquistado: la xenofobia y el nativismo, los ultranacionalismos y hasta el fascismo rancio de hace un siglo. Pero va adquiriendo nuevas formas y apoderándose de una cuota del poder político. El mundo será distinto,pero sus viejos problemas de siempre siguen en pie.


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sábado, julio 05, 2025

Reseña de Etnotrascendencia Llanera: La Utopía que Cabalga entre Colombia y Venezuela de Adolfo Rodríguez


Uno de los grandes aportes del libro es su análisis sobre el trabajo del Llano, entendido como un hecho cultural total, que no sólo define el modo de producción de la región, sino que también funciona como un mecanismo de perpetuación de valores comunitarios, de sobriedad, riesgo y festividad.


Por José Obswaldo Pérez

El profesor Adolfo Rodríguez nos entrega una obra de revisión sobre el estudio de la identidad llanera, planteando una visión profunda y multidimensional sobre la etnicidad, la historia y la cultura del Llano colombo-venezolano. Este libro que fue publicado en una primera versión en 2012, con el título Los Llaneros: La utopía que cabalga entre Venezuela y Colombia, bajo el patrocinio de Fondo Editorial Ipasme, es una exploración meticulosa de los factores que han conformado el imaginario llanero, desde su relación con el entorno hasta su impacto en la historia política y social.

Sin embargo, en esta nueva revisión, Rodríguez introduce el concepto de etnotrascendencia, entendiendo la etnicidad llanera como una expresión cultural que ha trascendido a través del tiempo a nivel territorial e histórico, marcando profundamente la configuración sociopolítica de Venezuela y Colombia. Mediante una metodología multidisciplinaria, analiza la formación de la neoetnia llanera, producto de la interacción entre las poblaciones indígenas provinciales y cimarronas en el proceso de adaptación al ecosistema del Llano.

El autor estructura su obra en distintos apartados claves, abordando elementos como la influencia del iluminismo en América, la cosmovisión llanera, la percepción del propio llanero y del forastero (autoimagen y heteroimagen), y el papel de figuras históricas como Simón Bolívar en la consolidación de la identidad llanera como un símbolo de independencia y resistencia.

Uno de los grandes aportes del libro es su análisis sobre el trabajo del Llano, entendido como un hecho cultural total, que no sólo define el modo de producción de la región, sino que también funciona como un mecanismo de perpetuación de valores comunitarios, de sobriedad, riesgo y festividad. Asimismo, el texto se adentra en el concepto de la etnonooesfera, destacando cómo las ideas, creencias y prácticas transmitidas entre generaciones han configurado la percepción de los llaneros sobre sí mismos y su entorno.

Rodríguez también explora la etnotoponimia, mostrando cómo los nombres de lugares en el Llano reflejan la memoria colectiva y la tradición oral de sus habitantes. Este enfoque no sólo refuerza el valor histórico de la región, sino que también permite entender la evolución del espacio como un ente vivo, en constante redefinición.

Más que un estudio etnográfico, Etnotrascendencia Llanera es un manifiesto de la identidad llanera, planteando la necesidad de reconocer y preservar su legado ante la amenaza de la globalización y los cambios sociopolíticos que afectan la región hispanoamericana. El libro dialoga con disciplinas como la historia, la geografía, la lingüística y la antropología, convirtiéndose en una referencia esencial para quienes investigan la cultura llanera desde una perspectiva académica o simplemente para quienes buscan comprenderla más a fondo.

Con una prosa clara pero rica en contenido, Rodríguez ofrece una obra que no sólo documenta la esencia del Llano, sino que también invita a una reflexión sobre la trascendencia cultural en Hispanoamérica.


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martes, marzo 25, 2025

El petróleo en Casas Muertas

Detrás de estas palabras no sólo se hallaban la felicidad y la ilusión; también se entrelazaban la avaricia y la lujuria, sentimientos que la riqueza del oro negro desenterraba como una maldición. La imagen nostálgica de la “Rosa de los Llanos”, evocada a través de las reminiscencias de doña Hermelinda y el señor Cartaya, simboliza la Venezuela rural y floreciente de finales del siglo XIX.



Por José Obswaldo Pérez

En 1920, la noción del petróleo era solamente una idea abstracta y la expresión de una esperanza profunda. Su significado abarcaba sentimientos encontrados, desde la incertidumbre respecto al futuro hasta las certezas que traería consigo. Este contexto tensa las palabras que describen el desenlace de uno de los capítulos de Casas Muertas, novela que fue publicada por primera vez por la Editorial Losada, en el año 1955 y que catapultó al escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985).

Detrás de estas palabras no sólo se hallaban la felicidad y la ilusión; también se entrelazaban la avaricia y la lujuria, sentimientos que la riqueza del oro negro desenterraba como una maldición. La imagen nostálgica de la “Rosa de los Llanos”, evocada a través de las reminiscencias de doña Hermelinda y el señor Cartaya, simboliza la Venezuela rural y floreciente de finales del siglo XIX. Este esplendor, que reflejaba una nación próspera, exportadora de café y cacao, se desvaneció con el tiempo, ahogado por múltiples factores, incluida la negligencia del gobierno central. Mientras el país se sumergía en el caos, alimentado por la incipiente fiebre del petróleo, sus repercusiones ya se vislumbraban en las páginas finales de la referida novela. Así, la gloriosa historia de Ortiz nos llega a través de la memoria de estos dos personajes narrativos de esos días dorados; pero, al mismo tiempo es el eje de un proceso de cambio hacia la modernidad. Hermelinda, ama de llaves de la casa parroquial, y el librepensador masónico Cartaya ofrecen perspectivas contrastantes sobre el pasado que han vivido y las incógnitas de un futuro que está por llegar.

Al culminar Casas Muertas, comienza a despuntar la “otra” Venezuela, la de las “casas malnacidas” que se define por el aroma del petróleo, un tema que Otero Silva explora en su obra posterior, Oficina No 1. La joven Carmen Rosa Villenas comparte con Olegario ciertos rumores de ese futuro: “Dicen que hay petróleo en Oriente, que al lado del petróleo nacen caseríos” y que “en otros lugares están fundando pueblos". Estas nuevas localizaciones utópicas parecen situarse en un espacio remoto y difícil de definir: “Más allá de Valle de la Pascua, más allá de Tucupido, más allá de Zaraza. En Anzoátegui, en Monagas, qué sé yo...”.

En las últimas páginas de la novela, Carmen Rosa, doña Carmelita y Olegario comienzan su viaje hacia lo desconocido, deteniéndose —ya en Oficina No 1— en el punto donde un distintivo olor a petróleo entrelaza la vida con la “fabulación sobre lo fabuloso”. Para Carmen Rosa, ese trayecto hacia el oriente venezolano se convierte en una lucha entre la esperanza y la necesidad. Ya en el corazón de la sabana petrolera, se da cuenta de que esa vida es “miserable y oscura”, pero prefiere enfrentarse a ella en lugar de sufrir “la mansa espera de la muerte entre los caserones derrumbados de un pueblo palúdico”. Así, se enfrenta valientemente a la creación de un nuevo lugar para la utopía de la vida.
—¿Queda muy lejos el petróleo, Olegario? —preguntó Carmen Rosa Villenas.
—Yo no sé, niña. Es más allá de Valle de la Pascua, más allá de Tucupido, más allá de Zaraza. En Anzoátegui, en Monagas, qué sé yo…

En este diálogo inicial de Carmen Rosa, la protagonista principal de *Casas Muertas*, nos ofrece una clave para explorar la novelística del petróleo. Su historia y la de Ortiz se sitúan en un contexto temporal marcado por el final de la dictadura de Juan Vicente Gómez. En este período político, el pueblo llanero vive diversas formas de represión y justicia injusta, encarnadas en la figura del coronel Cubillos, el jefe civil de la localidad. Además, Otero Silva incluye referencias históricas, como el paso de los estudiantes rebeldes de 1928 hacia los campos de concentración de Palenque y El Coco durante la dictadura de Gómez.

Sin embargo, para los “llagosos” y enfermizos orticeños, la conciencia sobre estos cambios políticos, económicos y sociales que afectaban al país era prácticamente inexistente. Se vivía el derrumbe de la Venezuela rural y tradicional, al mismo tiempo que se gestaba el surgimiento de la Venezuela moderna, urbana y petrolera. Entre las décadas de 1920 y 1940, la explotación y consolidación de la industria petrolera coincidió con la muerte del general Gómez, lo que dio paso a una gradual apertura política durante los gobiernos de López Contreras y Medina Angarita. Todo este proceso de transición del siglo XX queda plasmado en el vínculo narrativo de Casas Muertas y Oficina No 1. La primera obra narra la etapa inicial del proceso transformador; es el relato del ocaso, la decadencia y la agonía de un período significativo de la sociedad venezolana.

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jueves, febrero 20, 2025

Arturo, o el bayu que llevamos por dentro

Su vasto conocimiento sobre diversos temas es fascinante; es un lector ávido, que habitualmente recorta y archiva todo lo que le interesa.


Por José Obswaldo Perez

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Durante muchos años, he sentido una deuda con Arturo Álvarez D' Armas, una conexión que se remonta a finales de la década de los ochenta del siglo veinte. Desde entonces, hemos compartido la amistad y un compromiso por la palabra militante, a pesar de nuestras posturas y nuestras diferencias ideológicas. Recuerdo el día en que lo conocí en la Biblioteca Nacional de Caracas, mientras yo iniciaba mis estudios de Comunicación Social en la UCV, tras haber realizado una pasantía de un año en la Universidad Rómulo Gallegos, como estudiante de agronomía. Desde ese momento, fuí descubriendo sus artículos en la prensa, donde abordaba temas que abarcan la rica cultura afroamericana y otras áreas del conocimiento.

Natural de La Pastora, Caracas, Arturo Álvarez se ha establecido como uno de los pocos investigadores dedicados al estudio de la cultura africana, una pasión que brota de sus propias raíces mestizas. Su vasto conocimiento sobre diversos temas es fascinante; es un lector ávido, que habitualmente recorta y archiva todo lo que le interesa. Este impulso por la lectura nace de su infancia, donde se sumergía en los cómics y artículos de revistas y publicaciones de editoriales mexicanas, materiales que moldearon más tarde su identidad intelectual.

Ese primer contacto con la palabra lo llevó a abrazar el periodismo cultural, convirtiéndose en la esencia de su lucha y su ser. A través de publicaciones como Bongo en el Diario La Prensa en San Juan de los Morros, y Cumbe y Tambor en la Prensa del Tuy; así como en El Suplemento Cultural de Últimas Noticias, El Nacional, la Revista Elite y El Nacionalista, su trabajo ha buscado llenar vacíos y abrir espacios para la reflexión escrita. Posteriormente, su actividad investigativa se consolidó con obras como Apuntes sobre el Estudio de la Toponimia Africana en Venezuela, Bibliografía del Folklore Afroamericano, y Medicina Tradicional y Plantas Medicinales: África y Afroamérica, entre otras publicaciones que mantienen inéditas.

Sin embargo, a lo largo de su vida, Arturo ha transformado su esencia y hoy es un poeta consumado. Sus últimas obras, Plantado en Tierra Llana y Yo pecador, así como Poemas de Lesbos y Vástago de Lesbos, publicados bajo el sello propio de Ediciones Cumbe y Tambor, son un testimonio de su maestría en el lenguaje, las imágenes y los símbolos poéticos. Con estos textos, el amigo Arturo se introduce en un género considerado “duro”, aportando a la poesía un papel que comprende como fundamental para la comprensión del mundo.

En sus poemas, se entrelazan el erotismo y vívidas imágenes sensoriales, que coexisten con la poderosa influencia de los dioses griegos y africanos. La experiencia del amor, el autoconocimiento y el encuentro consigo mismo hacen de la poética de Arturo Álvarez D'Armas una representación del bayu, una palabra americana que resume, en poco léxico, esa energía creativa que todos llevamos por dentro: una explosión de alegría, una fiesta del alma.

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lunes, agosto 14, 2023

Casas Muertas, en un largometraje

Hortencia Rodríguez, directora del film Casas Muertas, el pueblo que se negó a morir (2023)

La obra fue dirigida por la escritora orticeña y profesora Hortensia Rodríguez, directora de la Compañía de Teatro Municipal de Ortiz (Cumunteatro Ortiz). Y, la misma, es un proyecto que venía desarrollándose desde hace mucho tiempo: explorando distintos géneros desde el teatro hasta los videos cortos.


Por José Obswaldo Pérez


Casas Muertas, la novela de Miguel Otero Silva (1908-1985), ha servido de inspiración para una nueva adaptación de su obra, esta vez, en un largometraje. La película, una especie homefilm, lleva el nombre de Casas Muertas, el pueblo que se negó a morir (2023), la cual se estrenará el próximo 28 de agosto, en el marco de las festividades patronales de Santa Rosa de Lima de Ortiz.
La obra fue dirigida por la escritora orticeña y profesora Hortensia Rodríguez, directora de la Compañía de Teatro Municipal de Ortiz (Cumunteatro Ortiz). Y, la misma, es un proyecto que venía desarrollándose desde hace mucho tiempo: explorando distintos géneros desde el teatro hasta los videos cortos. Su único objetivo es promover unas de la obras literarias más importantes de la literatura mundial que identifica el pueblo de Ortiz, el cual algunos de sus habitantes todavía desconocen.
Este trabajo arduo de Hortensia tiene sus antecedentes: El ave fénix, Los Pregoneros y ¿quién es el muerto? por decir, los titulos que más recuerdo en este momento. Pero la idea principal de Hortensia es haber llevado al movimiento cinético los doce capítulos de la novela escrita. Más de dos horas de duración. Cosa nada fácil cuando se trata de adaptar una obra literaria al cine, quizá la tarea más compleja sea honrar el original. Desde luego, cada secuencia es un retrato narrativo fiel a la obra. Locaciones de los escenarios descriptivos, vestuario, música, lenguaje y, desde luego, el papel histriónico de los actores, juegan un papel importante a la hora de evaluar la producción. No basta, por su puesto, un buen guión. El ritmo de cada secuencia es, al final del día, responsabilidad casi exclusiva del director.
Por otra parte, quizás, el mensaje que esconde Casas Muertas, el pueblo que se negó a morir no sea el ego de hacer un film casero ―con las uñas y los pies-para recrear un momento histórico de la Venezuela gomecista (1908-1936). La virtud subyace en ese esfuerzo humano y colectivo que ha creado Hortensia Rodríguez, por más de treinta años de vida cultural, dedicada a su Ortiz y a su gente: la existencia como pueblo. Una honradez que nos estimula a “sí, podemos” y que “aquí hay mujeres y hombres que tenemos talento”. Una aliento para el futuro. Una esperanza por salir del olvido.
Finalmente, Hortencia honra  al escritor Miguel Otero Silva al cumplir con la intensión inicial del autor: la de hacer una película (esa fue su idea que, finalmente, terminó en una gran novela). Porque no hay, en la historia del cine nacional, un proyecto como lo planteado por la directora de Casas Muertas, el pueblo que se negó a morir. Vale felicitar al talentoso grupo de actores (todos orticeños) que, con el mejor histrionismo, lograron representar los personajes de la obra.
De igual manera hay que reconocer el aporte Daniel Alejandro Polini, un joven fotógrafo coterráneo que ha estado a la altura a contribuir con su trabajo a los mejores focus de la película mediante técnicas fotográficas. A lo mejor hay otros como Polini que, entre telones, jugaron un papel importante en la filmación de la cinta. Cosa que sabremos más adelante. Mientras tanto busquemos la butaca y preparémonos para acompañar a Hortensia en esta puesta en escena. Suerte.

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