Del realismo urbano a la catástrofe imaginada de 1967
En la Caracas de mediados de los años sesenta —una ciudad que se expandía con vértigo, orgullosa de su modernidad y convencida de que el futuro estaba hecho de concreto, vidrio y autopistas— comenzaron a aparecer señales dispersas que, vistas hoy, conforman un mapa de advertencias que nadie quiso leer. Entre 1966 y 1967, tres voces provenientes de espacios culturales distintos coincidieron en un mismo diagnóstico: la capital era sísmicamente vulnerable y el país avanzaba hacia un riesgo que la institucionalidad prefería ignorar.
El 2 de noviembre de 1966, El Universal publicó un artículo del profesor Luis Beltrán Reyes donde citaba a la vidente italiana Marina Marotti. Su predicción era inquietante: Una ciudad sudamericana celebraría muchas fiestas y, en julio de 1967, estaría “llena de polvo, ruinas, muerte y destrucción”.
Caracas, efectivamente, celebraba su Cuatricentenario en julio de 1967, lo que hizo que la profecía adquiriera un carácter inquietante. Aunque su advertencia estaba envuelta en el aura esotérica que caracterizaba su oficio, conectó con un temor subterráneo que acompañaba a la ciudad desde hacía décadas. Caracas crecía hacia arriba sin normas sísmicas claras, sin supervisión técnica rigurosa y con una confianza excesiva en la improvisación constructiva que dominaba buena parte del sector inmobiliario.
Meses después, en enero de 1967, ese temor pasó del terreno de lo intuitivo al de la denuncia periodística. La revista Elite, una de las publicaciones de mayor circulación en la capital, dedicó su portada a un escenario que en aquel momento parecía exagerado, casi apocalíptico: una Caracas devastada por un terremoto, con rascacielos fracturados, humo, grietas y ciudadanos huyendo entre el caos. La ilustración recurría a un imaginario futurista, pero basado en la fotocomposición de las Torres del Centro Simón Bolívar o también conocidas como las Torres de El Silencio, el conjunto de rascacielos más emblemático de la ciudad en ese momento, aparecían reinterpretadas como estructuras colapsadas en medio de la catástrofe. El titular era directo y perturbador: “¿Un terremoto destruirá a Caracas?”.
Dentro de la revista, el periodista Luis Duque desarrollaba la tesis que la portada sintetizaba. Su artículo, firmado con el mismo título, hacía referencia directa a las predicciones de Marotti y advertía sobre la vulnerabilidad sísmica de la ciudad y la precariedad técnica de la construcción en Venezuela. Duque señalaba, sin rodeos, la raíz del problema: “Son empíricos los que dirigen las edificaciones en Venezuela.” No se trataba de sensacionalismo. Elite estaba denunciando un riesgo real, sustentado en la ausencia de normas sísmicas, la falta de planificación urbana y la proliferación de obras levantadas sin criterios de ingeniería moderna. La coincidencia entre el titular de la portada y el del artículo revelaba una estrategia editorial deliberada: la revista quería que el lector entendiera que la amenaza era seria, verificable y urgente.
Así, en menos de un año, Caracas recibió advertencias desde tres frentes distintos: La intuición popular, expresada por Marina Marotti; la investigación periodística, articulada por Luis Duque; y la denuncia editorial, plasmada en la portada de Elite. Tres lenguajes distintos —lo místico, lo técnico y lo gráfico— convergieron en un mismo mensaje: la ciudad era vulnerable y nadie estaba escuchando.
El 29 de julio de 1967, a las 8:05 de la noche, el terremoto confirmó lo que Marotti había predicho, Duque había denunciado y Elite había ilustrado. Más de doscientas personas murieron, edificios emblemáticos colapsaron y la modernidad caraqueña mostró sus grietas más profundas. La tragedia reveló que aquellas advertencias no habían sido exageraciones, sino diagnósticos tempranos de un problema estructural que el país había preferido minimizar.
Hoy, estos tres testimonios forman parte de la memoria sísmica venezolana. La predicción de Marotti, el artículo de Duque y la portada de Elite no son piezas aisladas: son fragmentos de una misma historia, la de una ciudad que fue advertida y que, sin embargo, caminó hacia el desastre. En un país donde la prevención sigue siendo débil y la improvisación persiste, las advertencias de 1966 y 1967 vuelven a interpelarnos. No solo preguntaban si un terremoto destruiría a Caracas: cuestionaban quiénes serían responsables si eso ocurría.
Esa pregunta, incómoda y vigente, sigue esperando respuesta.