Soy un gato

A partir de los ladridos del escritor Élmer Mendoza al recibir un homenaje en México, Luis García Montero reflexiona sobre la condición del gato doméstico que prefiere el sigilo, la penumbra del hogar y la observación atenta frente al ruido exterior y las amenazas que acechan desde el cielo y la tierra.
Un gato descansa junto a una estantería llena de libros. Janusz Lukomski-Prajzner (Getty Images)

Por Luis García Montero | 18 OCT 2026

Guau, guau, guau. Élmer Mendoza, el magnífico novelista de Sinaloa, acaba de recibir el premio Letras de la Humanidad en la Cámara de Diputados de México. Cuando intervino para dar las gracias, antes de defender el valor de la educación y la cultura en el difícil mundo que nos envuelve, se puso a ladrar como un perro. Guau, guau, en distintos tonos. Recordó que acababa de visitar un colegio y que había contado a los alumnos el cuento de un perro ladrador.

Me sumé al auditorio de diputados, escritores y periodistas para aplaudir y reír, pero mientras ladraba sentí que en realidad yo soy un gato. Hace tiempo que me muevo con sigilo por los pasillos de la casa, voy sin hacer ruido de la biblioteca al dormitorio, de la butaca a la cama, y no necesito que nadie me saque a la calle para hacer mis necesidades. Entre muebles y sombras, me conformo con la arena de una palangana situada en un rincón.

Cuando necesito pasear, aprovecho cualquier ventana abierta para subir hasta el tejado de la casa. Espero que se calme el perro de los vecinos, que ladra para llamar la atención, dispuesto a convertir la vida en un horizonte de gritos, y observo los silencios de la ciudad, las calles y los edificios que se despliegan sobre la tierra como las sábanas tendidas bajo el sol de las terrazas. Todo parece estar por un momento en su sitio.

Cuando las palomas desaparecen, es que va a llegar un buitre o cualquier ave de rapiña en busca de sus víctimas. Hay que tener cuidado con sus picos y sus garras afiladas dispuestas a destrozar los cuerpos que no hayan podido esconderse. Y yo me escondo en las escaleras, no porque me interese mucho defender mi vida solitaria de gato, sino porque quiero volver a mi casa, defenderla de los ratones y las ratas que cumplen en el suelo las órdenes de violencia firmadas por las alas abiertas de las águilas. Los gatos conocen bien lo que se da entre la tierra y el cielo.