Mostrando las entradas con la etiqueta FERNANDO NAVARRO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta FERNANDO NAVARRO. Mostrar todas las entradas

domingo, noviembre 16, 2025

El paludismo en ‘Casas muertas’

[feature]

Cuentan que, para poder describir de manera realista y creíble el cuadro sintomático de un episodio palúdico, Otero Silva acudió a un curso completo de paludología


Por Fernando Navarro

Casas Muertas (1955), la segunda novela del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985), es una denuncia de los estragos que el falso progreso y la modernización desintegradora causaron en muchas zonas de Hispanoamérica. En sus páginas, el autor narra la decadencia de un pueblo venezolano llamado Ortiz, devastado por el paludismo, el abandono institucional, la violencia política y la emigración de sus habitantes hacia las grandes ciudades y las zonas petrolíferas del país, con la consiguiente despoblación y deterioro de sus edificaciones y tradiciones en los llanos centrales de una Venezuela vaciada.

Cuentan que, para poder describir de manera realista y creíble el cuadro sintomático de un episodio palúdico, Otero Silva acudió a un curso completo de paludología. Con aprovechamiento, añadiría yo, a juzgar por el siguiente pasaje que reproduzco del capítulo 30 de la novela:

Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, se sintió invadido en pleno trabajo por pastosas oleadas de pereza, de lasitud, de abandono, sacudido por breves latigazos de frío.

―Tengo el cuerpo cortado ―dijo, y caminó hacia la sombra.

Pero Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, sabía que ya venía a su encuentro el ramalazo de un acceso palúdico y se dispuso a recibirlo. Acurrucado sobre los hilos del chinchorro sintió llegar a su piel, a la pulpa de su carne, a la raíz de sus cabellos, a la masa blanca de sus huesos, un frío que iba creciendo como un caño y haciéndose más hondo como una puñalada. Se estremeció el chinchorro bajo el temblor de sus miembros y el entrechocar de sus dientes. Arrebujado en la cobija, en la sábana, en el mantel, en lo que topó a mano para cubrirse, Celestino era un espectro pálido, sacudido por trémulos furiosos de hielo y angustia.

El frío se extinguió al rato. En su lugar surgieron aletazos de calor cada vez más intensos, cada vez más frecuentes, cada vez más febriles. Celestino se despojó de la cobija, de la sábana, de los trapos todos que lo cubrían y comenzó a arder como una lámpara, encendido el rostro como la flor de la cayena, de arcilla los labios resecos, de espejo brillante las pupilas dilatadas. Breves globitos de sudor, que se hicieron poco a poco más amplios hasta unirse los unos y los otros en un solo sudor total, cubrieron la frente, las manos, el cuerpo entero de Celestino. Era un sudor a raudales que traspasaba las ropas, diseñaba manchones en el tejido del chinchorro y goteaba en el suelo como el rocío.

Después descendió la fiebre y Celestino experimentó una extraña, inesperada sensación de ternura, un injustificado bienestar de sentirse liviano y con vida, no obstante que le dolían los músculos de la espalda, las coyunturas de los brazos, los huesos de la cabeza.

También, lentamente, desaparecieron los dolores. Y Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, se alzó del chinchorro y, caminando en silencio, con la frente baja y los ojos cansados, volvió al trabajo que había dejado abandonado cuatro horas antes.


Fernando Navarro es médico y traductor de origen espanol. Articulo originalmente publicado en Diario Médico

Compártalo:

martes, mayo 31, 2011

La homosexualidad y lo étnico

“El color de la piel en EE UU será marrón para 2030,” dice el escritor estadounidense Richard Rodríguez

Rodríguez: "No me gusta la palabra gay
porque se asocia a feliz".- C. ÁLVAREZ
por FERNANDO NAVARRO
Richard Rodríguez (San Francisco, 1944) bebe con gesto lento de su copa de vino antes de decirlo sin tapujos, aunque con tono grave: "Yo no quería ser mi padre, quería ser una persona nueva". Hijo de inmigrantes mexicanos, sin apenas recursos económicos, a este escritor estadounidense le cuesta todavía hablar de cómo tuvo que romper con su pasado para formar parte del sueño americano. "Mi madre me decía que no leyera a los gringos, que éramos una familia. Pero yo quería ser americano, quería tener un futuro", cuenta el escritor, que ha sido invitado por el Instituto B. Franklin para dar una conferencia en la Universidad de Alcalá de Henares.

El ruido le acompaña desde hace tiempo. Muchos hispanos le acusan de "traidor" y no le perdonan su tesis: está en contra del bilingüismo en Estados Unidos. Cree que el español como lenguaje privado limita a los hispanos para competir en igualdad de condiciones en la exigente sociedad norteamericana. "Me preocupa que los hispanos de hoy en California, por ejemplo, no sepan hablar ni español ni inglés bien. Están en un limbo lingüístico y eso no es bueno".

Rodríguez se detiene en el menú y pregunta en qué consiste el salmorejo. Pero, finalmente, se decanta por la ensalada césar que, dicho sea de paso, pronuncia en un magnífico inglés.

En pleno debate de la inmigración en EE UU y Europa, su historia adquiere de nuevo resonancia. En 1981 publicó su primer libro, Hunger of memory: the education of Richard Rodríguez, un testimonio que rompió un tabú en la comunidad hispana: los valores familiares. En este relato personal cuenta cómo abandonó su hogar y el rol de mexicano que no pierde sus costumbres y su lengua en Sacramento para acceder, como cualquier estadounidense, a la Universidad -Columbia y Berkeley- e intentar ser un cosmopolita no limitado por su condición y entorno. "Era como una especie de diario, donde me confesaba al resto del mundo porque no se lo podía decir a mis padres. "Pero me sentí muy solo y un traidor con México, con mi familia y conmigo mismo".
A pesar de caer en desgracia en buena parte de la comunidad latina, Rodríguez se ha convertido en uno de los escritores de origen hispano mejor valorados por la crítica literaria estadounidense. Comparado con Albert Camus o James Baldwin, sus ensayos sobre la identidad cultural y racial, centrados en la herencia india norteamericana y las raíces hispanas, no son políticamente correctos. "No creo en la diversidad cuando te cierra puertas", explica. "Y la lengua es poder y el poder es una oportunidad más grande", añade.

El escritor descarta la fruta y el helado y pide tarta de quesos con arándanos para rematar la conversación: "América es una cultura de magnates. Y la diversidad no es un valor si no es justa". Y hace su pronóstico: "El color de la piel en EE UU será marrón para 2030. Una mezcla de todas las razas". Rodríguez también ha tenido que defender su homosexualidad. "No me gusta la palabra gay porque se asocia a algo feliz". "He sufrido el sida. Perdí a un amigo hace 20 años. Lo he visto en San Francisco durante mucho tiempo", explica.
Rodríguez, que prepara un ensayo sobre religiones, se despide, a modo de coda con una sonrisa: "Soy muy melancólico. Conservo esa tristeza especial mexicana. En el fondo, me siento mexicano".

Fuente: El Pais.
Compártalo: