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lunes, marzo 02, 2026

Los 80 de Óscar

Óscar Prieto Párraga
Óscar Prieto Párraga, referente del beisbol venezolano.

Un hombre que creció entre el olor a diamante y la voz de Pancho Pepe, y que terminó convirtiéndose en uno de los arquitectos más influyentes del beisbol venezolano, cumple hoy 80 años. Óscar Prieto Párraga, heredero de una pasión familiar y protagonista de algunas de las páginas más intensas de nuestra pelota, celebra una vida dedicada por completo a un deporte que también ayudó a transformar.


Por Javier González

A propósito de estar cumpliendo hoy, 2 de marzo, 80 años de vida, no hay mejor ocasión para recordar y celebrar la trayectoria de uno de los hombres que más hondamente marcó el espíritu de nuestro pasatiempo nacional: Óscar Prieto Párraga.

En el universo del beisbol venezolano pocos nombres resuenan con tanta fuerza como el suyo. Hijo, discípulo y continuador de una tradición que encontró en su padre, Óscar “Negro” Prieto Ortiz, empresario y apasionado promotor deportivo, Prieto Párraga fue mucho más que un exitoso gerente y copropietario de los Leones del Caracas: fue un hombre cuya vida se entrelazó con cada victoria, con cada desafío y con el latido mismo de la afición criolla.

Su destino estuvo marcado por el beisbol desde la infancia. Con apenas seis años, comenzó a asistir al recién inaugurado Estadio Universitario, acompañado por la mano del legendario narrador Francisco José Cróquer, “Pancho Pepe”, quien lo llevaba en su inolvidable “Bólido de Plata”.

Graduado como odontólogo en la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 1970, un año que simbolizó su propia “Triple Corona” —por su título profesional, su matrimonio con Myrian Rojas y su incorporación a la directiva de los Leones—, Prieto Párraga supo combinar, el cuidado de sus pequeños pacientes en el Hospital Ortopédico Infantil con la responsabilidad de dirigir una organización beisbolística de enorme peso en la cultura deportiva del país.

Su voz y su visión, forjadas bajo la guía de su padre, lo llevaron a asumir la dirección general del Caracas en noviembre de 1980, tan solo cinco días antes de la renuncia del mánager Jim Leyland. Fue un inicio desafiante, pero también el preludio de una época de gloria constante. Con Prieto Párraga como gerente, el equipo no solo conquistó múltiples títulos en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP), sino que también dejó una huella imborrable en la Serie del Caribe de 1982, bajo la guía de Alfonso “Chico” Carrasquel.

Más allá de números y trofeos, lo que siempre fascinó de Prieto Párraga fue su forma de hacer beisbol: con respeto profundo por la gente, con una visión humana del deporte, y con una entrega que trascendió la simple administración para convertirse en legado. Su gestión al frente de la LVBP entre 2013 y 2017 impulsó programas claves como la formación de árbitros, el control antidopaje, un código de ética y la transmisión televisiva de todos los juegos, acercando la pasión del beisbol a cada hogar venezolano.

En 2023, su trayectoria fue justamente reconocida con la exaltación al Salón de la Fama del Beisbol venezolano, uniéndose, emotivamente, al mismo templo que honra también a su padre, haciendo de esta dupla familiar una de las más emblemáticas de nuestra pelota criolla, y la única en estar entronizada en el templo de los inmortales del Caribe.

En el año 2025, Óscar dio un paso trascendental en su trayectoria personal y profesional al publicar su libro Beisbol se escribe con S, una obra profundamente autobiográfica en la que comparte, con honestidad y sensibilidad, sus vivencias dentro del apasionante mundo del beisbol.

A lo largo de sus páginas, el autor narra sus primeros acercamientos al deporte, los desafíos que enfrentó en su formación, las lecciones aprendidas en el terreno de juego y las experiencias que marcaron su carácter tanto dentro como fuera del diamante. Más que una simple recopilación de anécdotas, el libro se convierte en un testimonio de perseverancia, disciplina y amor por el beisbol, resaltando los valores que este deporte le inculcó a lo largo de los años.

Beisbol se escribe con S no solo está dirigido a aficionados y jugadores, sino también a quienes buscan una historia inspiradora sobre esfuerzo y superación. Con un estilo cercano y reflexivo, Óscar logra transmitir la emoción de cada partido, la intensidad de la competencia y la importancia del trabajo en equipo, dejando claro que el beisbol, más allá de un deporte, es una escuela de vida.

Hoy, al recordar a Óscar Prieto Párraga, celebramos no solo a un amigo, a un ejecutivo exitoso, sino a un hombre que vive el beisbol como pocos: con el corazón en el terreno, con los valores como bandera y con el amor profundo por un deporte que, más que un juego, es parte de nuestra identidad. Su historia es, sin duda, un legado para las generaciones que vienen y una inspiración para todos los que sienten al beisbol como pasión de multitudes.

¡Feliz cumpleaños!, Óscar


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jueves, febrero 19, 2026

Charles Chaplin y el Beisbol Venezolano

¿Qué une al genio del cine mudo con los diamantes de la Caracas de antaño? En mayo de 1918, un año después de que el propio Charles Chaplin subiera al montículo como pitcher abridor en Los Ángeles , su sombra icónica se proyectó sobre el beisbol venezolano. A través de un misterioso premio enviado en una caja sellada para recompensar al primer jugador ponchado en un juego benéfico para la Cruz Roja , el intérprete de "Charlot" selló un vínculo histórico y poco conocido que entrelazó para siempre la parodia del cine de Hollywood con los primeros pasos del deporte rey en Venezuela.


POR JAVIER GONZÁLEZ

La historia del beisbol en Venezuela está marcada de episodios fascinantes, desde sus primeros juegos a finales del siglo XIX hasta su consolidación como el deporte favorito de millones. Entre esos hitos destaca una anécdota singular que une dos mundos aparentemente distantes: el cine mudo de Hollywood y el beisbol criollo.

Charles Chaplin en el montículo

Charles Chaplin como pitcher abridor en el Washington Park, 1917.

La tarde del sábado 31 de marzo de 1917, en Los Ángeles, California, se llevó a cabo un juego de exhibición para la Cruz Roja Internacional. Lo extraordinario fue que reunió a actores divididos en “cómicos” contra los “melodramáticos”. Entre los cómicos destacó un joven Chaplin de 28 años, quien fungió como pitcher abridor, combinando diversión con destreza atlética.

Un año después, el 18 de mayo de 1918, el beisbol venezolano organizó un juego similar en Caracas con el mismo fin benéfico. Fue allí donde surgió una contribución especial: Chaplin envió un premio misterioso en una caja sellada para otorgar al primer bateador que resultara “struck out”, ponchado

Beisbol en Caracas 1918

Encuentro benéfico entre Cruz Roja y Cruz Blanca en Caracas, mayo de 1918.

La nota sobre este premio fue publicada en la prensa venezolana, destacando que el galardón había sido enviado en una caja sellada de aspecto atractivo, aunque su contenido era “misterioso”, generando expectación entre los organizadores y los aficionados.

Chaplin no solo se había convertido en un ícono del cine mundial, sino también en un entusiasta seguidor del beisbol —un deporte que practicaba y admiraba— y su gesto fue interpretado como una curiosa forma de apoyar el desarrollo de este deporte emergente en Venezuela.


Javier González es historiador venezolano residenciado en España.

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martes, febrero 10, 2026

No hit no run electoral

Nicolás Maduro Guerra candidato
Nicolás Maduro Guerra podría convertirse en el candidato del chavismo. ARCHIVO

La creciente probabilidad de que Nicolás Maduro Guerra sea el candidato del chavismo en 2026, las razones internas que explican esa jugada, y la magnitud de la derrota que enfrentaría en un escenario competitivo, son analizadas por el historiador Javier González.


Por Javier González

Todo apunta a que Nicolás Maduro Guerra podría convertirse en el candidato del chavismo en las próximas elecciones presidenciales, que eventualmente se celebrarían en diciembre de 2026. Esta hipótesis se sustenta en una serie de señales políticas que se han venido acumulando en los últimos tiempos, entre ellas su creciente visibilidad dentro del oficialismo, su posicionamiento en espacios de poder y su rol como figura de continuidad generacional del proyecto chavista. Así como el afinado olfato político de Delcy y Jorge Rodríguez, quienes comprenden perfectamente que exponerse a una confrontación electoral directa, en condiciones mínimamente competitivas, equivaldría a firmar su acta de defunción política.

En un contexto marcado por la necesidad de preservar la cohesión interna del movimiento y garantizar la lealtad de sus bases, su eventual postulación podría interpretarse como una apuesta estratégica por la sucesión controlada y la permanencia del legado político iniciado por Hugo Chávez y consolidado por Nicolás Maduro. No obstante, este escenario dependerá de múltiples factores aún en desarrollo, como la evolución de la situación económica y social del país, las dinámicas internas del Partido Socialista Unido de Venezuela, las presiones internacionales y el nivel de reorganización de la oposición. Por ello, más que una certeza, esta proyección debe entenderse como una lectura anticipada de las tendencias actuales del poder político venezolano, sujeta a cambios conforme se acerque el calendario electoral.

En un escenario de elecciones presidenciales competitivas, Nicolás Maduro Guerra sería derrotado de manera contundente por María Corina Machado, en una proporción que podría rondar un abrumador 90 a 10. Se trataría de una paliza electoral difícil de maquillar, de un verdadero NO HIT NO RUN.


Javier González es historiador venezolano residenciado en España.

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jueves, febrero 05, 2026

Magallanes no es Magallanes

Magallanes de los años 40 (Lavaud). | Esta imagen corresponde al Magallanes de la década de 1940, con el uniforme clásico y el equipo posando en formación. Es una de las pocas fotos ampliamente difundidas del período en que Lavaud dirige la franquicia.


Se recomienda despojarse de todo fanatismo para mayor comprensión


Por Javier González

La historia del beisbol venezolano está llena de mitos, continuidades asumidas y verdades que, con el paso del tiempo, han sido simplificadas por la pasión del fanático. Uno de los casos más emblemáticos es el del Magallanes, nombre que evoca gloria, tradición y rivalidades, pero cuya identidad histórica no es tan lineal como muchos creen. En esencia, el Magallanes actual no es el mismo Magallanes original, aunque comparta su nombre y parte de su simbología.

En 1941, un comerciante caraqueño llamado Carlos Lavaud, ferviente aficionado al beisbol, decidió fundar un equipo que participara en el campeonato de primera división de Caracas. Lavaud, junto con su padre, era propietario de un negocio de venta de artefactos eléctricos ubicado entre las esquinas de San Jacinto y Traposo, en pleno corazón de la capital. Como era costumbre en la época, el equipo estaría patrocinado por la empresa familiar, siguiendo el modelo de otros clubes deportivos surgidos a partir de iniciativas privadas.

Lavaud no era un improvisado en el ámbito beisbolero. Había sido directivo del equipo Vargas a mediados de los años 30 y, desde joven, se había declarado seguidor apasionado del Magallanes, aquel conjunto que alcanzó enorme popularidad entre 1927 y 1933, antes de desaparecer del escenario beisbolístico caraqueño. Ese Magallanes, que marcó a toda una generación de aficionados, ya no existía, pero su recuerdo seguía vivo en la memoria colectiva de la ciudad.

Apelando precisamente a esa nostalgia y al arraigo emocional que el nombre aún despertaba, Lavaud decidió bautizar a su nuevo equipo como Magallanes. No se trataba de una continuidad institucional ni jurídica, sino de una evocación consciente de una marca deportiva que había calado profundamente en la afición. El nombre era, ante todo, una estrategia para conectar con el público y dotar de identidad inmediata a un proyecto que apenas nacía.

Para reforzar esa apuesta, Lavaud contrató a Vidal López, uno de los grandes ídolos del beisbol venezolano de la época, cuya sola presencia garantizaba atención y respeto. Como mánager, trajo desde Cuba a Joseíto Rodríguez, reconocido como uno de los estrategas más brillantes del beisbol caribeño. Rodríguez no solo aportó conocimientos tácticos y disciplina profesional, sino que además fue una figura clave en la carrera de Alejandro "Patón" Carrasquel, a quien ayudó a abrirse camino hacia las Grandes Ligas, un logro extraordinario para el beisbol venezolano de aquellos años.

Conviene recordar, además, que antes del Magallanes de Lavaud existieron otros dos equipos con ese nombre. El primero tuvo una vida efímera entre 1917 y 1918, mientras que el segundo fue el ya mencionado club de 1927 a 1933, auténtico fenómeno popular de su tiempo. Ninguno de ellos tuvo continuidad directa con el equipo fundado en 1941, más allá del nombre y del recuerdo sentimental.

Por ello, afirmar que el Magallanes es una sola y misma institución desde sus orígenes es una simplificación histórica. El Magallanes de 1941 fue una creación nueva, inspirada en el pasado, pero distinta en su estructura, sus protagonistas y su contexto. Entender esta diferencia no resta méritos deportivos ni tradición; al contrario, permite apreciar con mayor claridad cómo se ha construido la identidad beisbolera en Venezuela, entre la memoria, la pasión y la reinterpretación constante del pasado.

Despojarse del fanatismo no significa renunciar al amor por un equipo, sino comprender su historia con mayor rigor. Y en esa historia, queda claro que Magallanes no es, estrictamente, Magallanes.

Pero la historia del Magallanes de Carlos Lavaud ha sido, con el paso del tiempo, erróneamente vinculada al Magallanes actual, generando una continuidad histórica que, estrictamente hablando, no existe. Si bien comparten un nombre que despierta emociones y recuerdos, se trata de entidades distintas, separadas por decisiones administrativas, jurídicas y deportivas que rompieron de manera definitiva esa línea histórica.

El equipo fundado por Lavaud tuvo una actuación destacada en la pelota caraqueña y profesional, logrando consolidarse rápidamente como una de las divisas más competitivas del país. Su momento cumbre llegó en el campeonato 1943-1944, cuando conquistó el título, y desarrolló además una férrea y memorable rivalidad con el equipo Cervecería Caracas, una confrontación que ayudó a cimentar la popularidad del beisbol en la capital.

En 1945, el beisbol venezolano dio un paso trascendental con la separación formal entre la pelota amateur y la profesional, lo que dio origen a la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP). Los clubes fundadores de esa nueva era fueron Magallanes, Cervecería Caracas, Vargas y Venezuela, y entre ellos figuró, naturalmente, el Magallanes propiedad de Carlos Lavaud.

Durante su etapa en la LVBP, el Magallanes de Lavaud alcanzó importantes logros deportivos: obtuvo tres campeonatos (1949-1950, 1950-1951 y 1954-1955) y cuatro subcampeonatos (1948-1949, 1951-1952, 1952-1953 y 1953-1954), consolidándose como una de las franquicias más exitosas de la primera década del beisbol profesional venezolano.

Sin embargo, tras la obtención del título en la temporada 1954-1955, Lavaud tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia. Agotado por los problemas financieros y los sinsabores propios del negocio, expresó con franqueza su intención de retirarse: "Estoy cansado de los sinsabores de este negocio y de perder dinero, así que no sigo más en esto". A raíz de esta postura, surgió una propuesta desde la propia Liga para rentar la franquicia, con el fin de garantizar su participación en la siguiente campaña.

Fue así como el empresario vasco Damián Goubecka, vinculado principalmente al espectáculo deportivo y al fútbol, alquiló el equipo a Lavaud por 15 mil bolívares mensuales. De esta manera, el club magallanero participó en la temporada 1955-1956 bajo una directiva integrada por Goubecka, Sebastián Artiles y otros nombres ligados al ambiente beisbolero.

Concluido el torneo 1955-56, Goubecka devolvió el equipo a Lavaud, quien ratificó su decisión de no continuar en el beisbol profesional. Ante la reiterada ausencia de Lavaud a las convocatorias de la LVBP, la directiva del organismo, en cumplimiento del artículo 28 de su normativa interna, procedió a revocar la franquicia, aunque Lavaud se reservó legalmente los derechos del nombre Magallanes.

El 8 de agosto de 1956 se concretó la medida, y con ello el equipo de Lavaud dejó de existir como entidad activa dentro de la Liga, perdiendo así cualquier posibilidad de continuidad histórica. Pocos días después, el 31 de agosto, Magallanes fue desafiliado de la Asociación Nacional de Baseball, recibiendo la devolución del depósito de 1.400 dólares exigido para su afiliación.

Ese mismo mes, la LVBP procedió a subastar una nueva franquicia para ocupar el cupo vacante. Los veteranos de la Segunda Guerra Mundial, de origen latino y publicistas, Johnny Cruz y Joe Novas, adquirieron dicha franquicia y fundaron el Oriente Base Ball Club, equipo que en 1962 pasó a llamarse Orientales, tras ser adquirido por Rafael "Fucho" Tovar y otros socios.

Aunque esta imagen es posterior, conserva elementos visuales del Magallanes previo a la mudanza a Valencia y sirve para ilustrar la transición entre la franquicia de Oriente/Orientales y el renombramiento como Magallanes en 1964. |


Entre 1956 y 1964 hubo varios intentos por revivir el nombre Magallanes dentro del beisbol profesional venezolano. Uno de los más significativos ocurrió en 1958, cuando el doctor Manuel Antonio Malpica, catcher emblemático del Magallanes de 1927-1933 y mánager del equipo venezolano campeón mundial amateur de 1941, intentó constituir una Compañía Anónima para reunir los recursos necesarios con miras a fundar un nuevo club. Para ello contaba con la garantía de que Lavaud le cedería los derechos del nombre Magallanes. El proyecto, sin embargo, no prosperó.

Más adelante, en 1962, el propio Malpica le propuso a José Antonio Casanova, quien se preparaba para fundar un nuevo club en sustitución de Pampero, que utilizara el nombre Magallanes. Casanova rechazó la idea y optó por denominar a su equipo La Guaira Base Ball Club.

Finalmente, en enero de 1964, el empresario radiofónico Antonio José Isturíz, entonces propietario mayoritario de Orientales, convenció a Lavaud de cederle los derechos del nombre Magallanes, con el propósito de rebautizar a su franquicia. Fue así como, en la temporada 1964-1965, Orientales saltó al terreno de juego bajo el nombre de Magallanes, denominación que ha perdurado hasta nuestros días.

Como puede apreciarse, el nombre Magallanes pudo haber sido utilizado por cualquiera de los clubes que para entonces integraban la LVBP. De haber existido la voluntad y el acuerdo correspondiente, incluso el Caracas de "El Negro" Prieto y Pablo Morales habría podido llamarse Magallanes, del mismo modo que pudo hacerlo Industriales de Valencia. Bastaba con la cesión de los derechos del nombre por parte de Lavaud.

Lo cierto es que los orígenes del Magallanes actual se remontan a 1956, cuando la franquicia nació bajo el remoquete de Oriente. A pesar de ello, el imaginario popular ha asumido al Magallanes como un mismo equipo a lo largo del tiempo, sin distinguir entre rupturas legales y administrativas. El nombre Magallanes se convirtió en un símbolo del beisbol venezolano, más allá de la precisión histórica.

Esta realidad explica por qué sostengo que el Magallanes actual posee 11 gallardetes, y no 14, como suelen afirmar algunos medios de comunicación y la propia directiva de la divisa carabobeño. La diferencia no es menor: responde a una lectura rigurosa de la historia y a la comprensión de que nombre, tradición y franquicia no siempre son sinónimos.

Finalmente, vale resaltar que, en 1969, Istúriz vendió la franquicia -equipo incluido- a un grupo de empresarios carabobeños, quienes trasladaron la divisa magallanera a la ciudad de Valencia.

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Javier González es historiador venezolano residenciado en España.

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domingo, enero 25, 2026

El béisbol en la literatura costumbrista venezolana

La crónica “De Visita”, publicada por Jabino en El Cojo Ilustrado en 1895, marca la primera aparición del beisbol en la literatura venezolana, registrando con humor costumbrista la irrupción de este nuevo deporte y de su vocabulario inglés en la vida cotidiana del país.


IMAGEN Portad de la Revista El Cojo Ilustrado |


Por Javier González

Miguel Mármol (1866-1911), reconocido cronista y agudo observador de la vida cotidiana venezolana, publicó bajo su célebre seudónimo Jabino una serie de textos reunidos en sus “Crónicas Ligeras”, donde dejó testimonio de los cambios sociales y culturales que comenzaban a perfilar el tránsito del país hacia la modernidad. Entre esos escritos destaca “De Visita”, texto que reviste especial importancia por marcar la primera aparición del juego de pelota en la literatura venezolana.

Este significativo debut del beisbol en las letras nacionales se produjo en las páginas de El Cojo Ilustrado, específicamente en su edición del 15 de octubre de 1895. No se trata de un dato menor, pues dicha revista fue una de las publicaciones periódicas más influyentes del movimiento modernista en Hispanoamérica, espacio donde convergían literatura, arte y pensamiento, y desde el cual se registraban las transformaciones culturales del continente.

En “De Visita”, Jabino aborda el beisbol desde una perspectiva satírica, poniendo especial énfasis en la irrupción de los nuevos vocablos de origen inglés asociados al juego. Con fino humor costumbrista, el autor ironiza sobre la pronunciación forzada y la adaptación criolla de términos extranjeros, reflejando así el desconcierto y la curiosidad que despertaba este deporte en una sociedad aún poco familiarizada con él.

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Estos vocablos —strike, foul, pitcher, catcher, entre otros— comenzaban entonces a dar sus primeros pasos en el habla venezolana, inicialmente como elementos exóticos y luego como parte integral del lenguaje popular. La crónica de Jabino no solo documenta la llegada del beisbol como práctica deportiva, sino también como fenómeno cultural y lingüístico, anticipando su futura consolidación como uno de los símbolos más representativos de la identidad nacional.

De este modo, la literatura costumbrista venezolana no solo registró hábitos y tradiciones locales, sino que también supo captar, con ironía y sensibilidad, el impacto de las influencias extranjeras en la vida cotidiana del país, siendo el beisbol uno de los ejemplos más elocuentes de esa transformación cultural.


Javier González es historiador venezolano residenciado en España

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domingo, enero 18, 2026

La palabra “ponche” en el beisbol

Es poco conocido el origen del término “ponche” en el beisbol, una palabra ampliamente utilizada en la jerga peloteril latinoamericana


Ilustración de un ponche en el beisbol

Un catcher declara out tras el tercer strike. |


Por Javier González

En el argot beisbolero, ponche significa que el bateador ha sido declarado out tras recibir tres strikes, es decir, que fue “ponchao”. Esta voz proviene del término inglés “punch out”, según recoge The Dickson Baseball Dictionary (1989). En distintos países de América Latina —como Venezuela, México, Puerto Rico, Cuba, República Dominicana y Colombia— el vocablo ha adoptado variantes como ponchón, ponchador y ponchao.

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, era habitual que los cronistas estadounidenses emplearan indistintamente las expresiones “struck out” y “punch out” para referirse al bateador que fallaba el tercer strike. Así lo evidencian crónicas publicadas en The New York Times y en la revista Baseball Digest.

Crónicas de la época ayudaron a difundir el término “punch out”. |


Esta última, de gran circulación en el Caribe, prefería en la década de 1920 el uso del término punch out. En Cuba, donde la revista se leía profusamente, narradores, locutores y cronistas tradujeron dicha expresión como ponche. El término resultó especialmente apropiado, no solo para describir al bateador que quedaba out con la carabina al hombro, sino también para aludir —con humor— a los espectadores que abusaban del popular ponche, bebida espirituosa que se expendía junto con la cerveza en las calurosas tribunas de los estadios.

De esta manera, el vocablo comenzó a popularizarse en el beisboll caribeño y, a comienzos de la década de 1930, ya era de uso común en países como México, Puerto Rico, República Dominicana, Colombia y Venezuela. En este último, periodistas como Juan Antillano Valarino (AVJ) y Luis Hernández Maldonado (Lord) empezaron a emplearlo en la prensa caraqueña.

Para 1932, los cronistas deportivos de Caracas utilizaban con frecuencia la palabra ponche en diarios como El Nuevo Diario, La Esfera y El Heraldo. En esa época, Francisco José Cróquer, conocido como Pancho Pepe, tenía apenas 12 años y corría en pantalones cortos por las empedradas calles de su natal Turmero.

Conviene aclarar este punto porque algunas personas insisten en afirmar que el término ponche en el beisboll fue “inventado” por Pancho Pepe Cróquer. Tal afirmación es incorrecta, como también lo es atribuirle a Venezuela el origen del vocablo. El término nació en Cuba y desde allí se propagó al resto de los países caribeños donde se practicaba el beisboll, incluida la costa colombiana. No obstante, sí fue Pancho Pepe quien popularizó en Venezuela la expresión “ponchao” a través de la radio en la década de 1940, especialmente gracias a la publicidad de Ponche Crema.

IMAGEN El narrador deportivo venezoloano Francisco José Cróquer (Pancho Pepe) no fue el inventor de la palabra ponche en el beisbol |


La célebre cuña radial decía:
“Ahí viene la bola… yyyyyy seee pooooncha, ponche… riiiicoo poooonche. Ponche Crema, el único, el inigualable, el de Eliodoro González P.”

A partir de entonces, la expresión ponchao se difundió ampliamente en el habla popular venezolana, hasta el punto de que, cuando una persona fracasa en su objetivo, se dice que “está ponchao”.

En México, además, la palabra ponche adquirió un significado adicional en el ámbito laboral: marcar la tarjeta de asistencia. De allí la expresión: ¿Ponchaste a tiempo?

Javier González es historiador venezolano residenciado en España

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viernes, enero 09, 2026

Del dolor a la esperanza

El centro de detenciones conocido como el Helicoide, en Caracas (Venezuela), en septiembre de 2022. | Ariana Cubillos (AP)


El Helicoide está fuertemente identificado con violaciones sistemáticas de derechos humanos. Organizaciones internacionales y testimonios de exreclusos han documentado prácticas de tortura física y psicológica, condiciones de detención inhumanas, aislamiento prolongado, incomunicación y ausencia de atención médica adecuada.


Por Javier González

El Helicoide debería desaparecer como centro policial y de torturas y convertirse en el Gran Hospital de Caracas.

El Helicoide es uno de los edificios más emblemáticos y a la vez más controvertidos de Venezuela. Concebido en la década de 1950 como un moderno centro comercial con estacionamientos y accesos en espiral, nunca llegó a cumplir con ese propósito inicial.

A lo largo de las décadas su uso cambió varias veces, hasta convertirse en sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y en un centro de detención y reclusión de presos, especialmente durante la última etapa política del país. Actualmente, El Helicoide está fuertemente identificado con violaciones sistemáticas de derechos humanos.

A lo largo de las décadas su uso cambió varias veces, hasta convertirse en sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y en un centro de detención y reclusión de presos, especialmente durante la última etapa política del país. Actualmente, El Helicoide está fuertemente identificado con violaciones sistemáticas de derechos humanos.

Organizaciones internacionales y testimonios de exreclusos han documentado prácticas de tortura física y psicológica, condiciones de detención inhumanas, aislamiento prolongado, incomunicación y ausencia de atención médica adecuada. El lugar también ha sido señalado como un centro de torturas de alta notoriedad, particularmente para presos políticos, activistas y defensores de derechos civiles.

En este contexto, mantener a El Helicoide como sede de una policía política y como prisión no solo perpetúa el sufrimiento de personas privadas de libertad, sino que lo convierte en un símbolo doloroso de represión y abuso.

Muchos defensores de derechos humanos han insistido en que la comunidad internacional y las autoridades venezolanas deben asegurar el cese inmediato de su función como centro de detención y tortura, permitir inspecciones independientes y respetar el debido proceso y la dignidad humana. Frente a esta realidad, surge una propuesta que transforma un legado de dolor en uno de esperanza: reconvertir El Helicoide en el Gran Hospital de Caracas.

Esta idea no solo rescata el valor arquitectónico y el enorme espacio físico del edificio —una estructura muy notable en el corazón de la capital— sino que responde a una necesidad urgente de infraestructura sanitaria en un país que ha enfrentado crisis en su sistema de salud. Un hospital de alta especialización en una instalación de estas características podría servir para atención médica avanzada, investigación clínica, formación de personal sanitario y atención de especialidades que actualmente carecen de espacio adecuado. Además, esta transformación implicaría un activo simbólico: pasar de un lugar asociado al sufrimiento a uno dedicado a salvar vidas y promover la salud de la población.


Javier González es historiador venezolano, actualmente residenciado en España.

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