Una cosa interesante de los virus es que no están exactamente vivos. Por sí mismo, un virus no es más que un trozo de material genético empaquetado en proteína. No tiene metabolismo propio, por lo que no produce su propia energía y tampoco se puede reproducir. Sin embargo, tampoco podemos decir que está exactamente muerto porque, cuando consiguen infectar una célula, entonces son capaces de poner a su disposición todos los recursos de su anfitrión para reproducirse y propagarse con la virulencia que su propio nombre indica y consecuencias que conocemos bien.

Desde ese punto de vista, la creación del primer virus generado con modelos de Inteligencia Artificial no tendría por qué ser preocupante. Laboratorios de todo el mundo secuencian virus nuevos constantemente para estudiar cómo funcionan y desarrollar tratamientos y vacunas. Hay empresas biotecnológicas modificando virus para desarrollar terapias de nueva generación. Los virus tienen un gran potencial terapéutico, especialmente los bacteriófagos, porque son capaces de atacar la clase de bacterias resistentes a antibióticos que la OMS considera uno de los principales peligros existenciales de la humanidad. El primer virus sintético es precisamente esa clase de virus, pero para conseguirlo han hecho algo que en teoría no se puede hacer. Si fuese una película, aquí entrarían los violines tocando muy agudo.

El Arc Institute es la organización de Palo Alto que anunció el miércoles pasado el nacimiento de dieciséis nuevos bacteriófagos generados con IA. Según el paper académico que han publicado en la revista Science, sus modelos han sido entrenados con bases de datos de genomas de todos los dominios de la vida. Eso significa que han aprendido de todas las relaciones evolutivas entre todos los seres vivos y los virus conocidos a lo largo de millones de años, lo que tiene todo el sentido porque es lo que buscan reproducir. Pero los modelos se han saltado una norma fundamental de la vida: no puedes heredar genes de familias que no son la tuya. Y hay al menos un fago que utiliza una proteína de empaquetamiento de ADN que pertenece a una rama evolutiva totalmente distinta de la suya y además muy alejada del fago original. No hace falta saberse de memoria El jovencito Frankenstein para intuir que una pequeña alteración del orden natural de las cosas puede tener consecuencias imprevistas.

De momento, los resultados son positivos. Un cóctel de fagos sometió a cepas resistentes de E.coli, demostrando “una potente capacidad para neutralizar bacterias resistentes a los medicamentos”. Pero esta es la clase de investigación para la que existen comités de bioseguridad, y una molesta pero necesaria burocracia de permisos, registros, inspecciones y auditorías que permiten la viabilidad de experimentos de alto riesgo. Que garantizan que los equipos están diseñados para la contención física del virus; hay protocolos estandarizados de manipulación, almacenamiento, transporte del material. Que la gestión de residuos es apropiada; el personal ha sido expresamente entrenado; hay un registro de trazabilidad.

Pero vivimos en el mundo de Theranos, la empresa que recaudó 9.000 millones de dólares para construir tecnología que no era físicamente posible. Vivimos en la era de Benjamin Netanyahu, Donald Trump y OpenAI. Hay razones para pensar que el próximo que altere el orden natural de las cosas podría no ser tan cuidadoso ni tener buenas intenciones. Es el momento de preparar nuestras infraestructuras sanitarias para la siguiente pandemia, porque sabemos que vendrá una, y podría ser mucho más extraña de lo que podemos anticipar.