Mostrando las entradas con la etiqueta Opinión y politica. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Opinión y politica. Mostrar todas las entradas

martes, febrero 10, 2026

No hit no run electoral

Nicolás Maduro Guerra candidato
Nicolás Maduro Guerra podría convertirse en el candidato del chavismo. ARCHIVO

La creciente probabilidad de que Nicolás Maduro Guerra sea el candidato del chavismo en 2026, las razones internas que explican esa jugada, y la magnitud de la derrota que enfrentaría en un escenario competitivo, son analizadas por el historiador Javier González.


Por Javier González

Todo apunta a que Nicolás Maduro Guerra podría convertirse en el candidato del chavismo en las próximas elecciones presidenciales, que eventualmente se celebrarían en diciembre de 2026. Esta hipótesis se sustenta en una serie de señales políticas que se han venido acumulando en los últimos tiempos, entre ellas su creciente visibilidad dentro del oficialismo, su posicionamiento en espacios de poder y su rol como figura de continuidad generacional del proyecto chavista. Así como el afinado olfato político de Delcy y Jorge Rodríguez, quienes comprenden perfectamente que exponerse a una confrontación electoral directa, en condiciones mínimamente competitivas, equivaldría a firmar su acta de defunción política.

En un contexto marcado por la necesidad de preservar la cohesión interna del movimiento y garantizar la lealtad de sus bases, su eventual postulación podría interpretarse como una apuesta estratégica por la sucesión controlada y la permanencia del legado político iniciado por Hugo Chávez y consolidado por Nicolás Maduro. No obstante, este escenario dependerá de múltiples factores aún en desarrollo, como la evolución de la situación económica y social del país, las dinámicas internas del Partido Socialista Unido de Venezuela, las presiones internacionales y el nivel de reorganización de la oposición. Por ello, más que una certeza, esta proyección debe entenderse como una lectura anticipada de las tendencias actuales del poder político venezolano, sujeta a cambios conforme se acerque el calendario electoral.

En un escenario de elecciones presidenciales competitivas, Nicolás Maduro Guerra sería derrotado de manera contundente por María Corina Machado, en una proporción que podría rondar un abrumador 90 a 10. Se trataría de una paliza electoral difícil de maquillar, de un verdadero NO HIT NO RUN.


Javier González es historiador venezolano residenciado en España.

Compártalo:

viernes, febrero 06, 2026

El último amanecer posible

|



Por Xavier Padilla

Veinticinco años en un país sin alternancia. La infancia sucede a la luz de una vela. La casa huele a querosén, la nevera se apaga como un animal cansado, los juguetes se alumbran con linternas de pilas que se gastan rápido. El techo suena a gota cuando arrecia la lluvia y no hay planta eléctrica que encienda la casa. La electricidad se convierte en promesa incumplida. El barrio aprende a escuchar el timbre del transformador cuando estalla y el silencio posterior se acepta con resignación. La gente celebra con murmullos el regreso de la luz, aunque sepa que será breve.

El agua sube por las tuberías a horas inhumanas. La familia despierta a las tres de la mañana, los tobos se alinean como soldados, los niños se turnan para sostener botellas bajo el chorro débil. En algunos edificios se organizan silbatos para avisar a los vecinos. Quien se queda dormido amanece sin agua en toda la semana. El sonido del goteo establece la cadencia de la casa. La madre riega una sábila con un vasito medidor y repite que cura. El desvelo se acepta con disciplina y un dejo de resignación.

La vida ocurre en colas. Pan al alba, gasolina que serpentea por kilómetros, gas por cilindros con listas escritas a mano, cajas de alimentos que llegan con retraso. La gente aprende a leer la paciencia en los hombros ajenos. En la estación, un guardia reparte números con solemnidad de sorteo. La fila se vuelve paisaje. Algunos venden café, otros juegan dominó sobre cajones vacíos, alguien reza, alguien repite que hoy sí.

El «Carnet de la Patria» reposa en la cartera como un salvoconducto obligatorio. Se muestra sin orgullo. La luz del lector da permiso o niega. Un muchacho recibe la bolsa con dos latas y harina, con la mirada clavada en el piso. La bolsa llega con retraso, vigilada por funcionarios que toman fotos de la fila. En la cocina, la mesa se convierte en mesa de inventario. El arroz se cuenta como si fuese oro. La comida huele a trámite.

Las paredes hablan con pintura. Rostros repetidos de Chávez, afiches de Maduro con consignas trazadas a brochazos, vallas que prometen victorias sin fecha. El poste de luz sostiene cables y slogans. Cada pared parece boleta electoral nunca firmada. La propaganda funciona como clima. El espacio público permanece secuestrado por un solo lenguaje.

En el barrio, el rugido de motos negras administra el miedo. Colectivos que giran en doble fila, cascos cerrados, miradas que no necesitan palabras. El sonido vacía una calle en segundos. Una mujer recoge la ropa del tendal sin levantar la vista. Un viejo baja la santamaría con gesto preciso. Las ventanas aprenden a parecer deshabitadas. El silencio se vuelve norma.

La represión tiene rituales nocturnos. Una camioneta sin placas se detiene frente a un edificio, cuatro encapuchados tocan una puerta, dos hombres salen esposados. La escalera queda con olor a caucho caliente. Los vecinos cuentan los peldaños en susurros. La familia inicia una ronda por comisarías y cuarteles. En un mostrador de fórmica reciben respuestas vagas, papeles sin firma. La palabra paradero se vuelve hueco. A veces hay regreso con un cuerpo flaco y mirada metida hacia adentro. A veces hay ausencia que se instala como mueble.

En la ciudad corren historias de casas discretas. Fachadas comunes, cortinas corridas, vecinos que saludan con prudencia. Quien entra allí pasa días sin reloj. Quien sale cuenta la bolsa plástica apretada sobre la cara, la asfixia en oleadas, el perro ladrando a centímetros de la piel, la silla metálica, los insultos repetidos hasta volverse clima, la desnudez como humillación, la amenaza contra la familia como herramienta de quebranto. La memoria guarda esos relatos con respeto áspero. Las cárceles oficiales reciben con golpes de bienvenida.

Celdas húmedas, olores viejos, pasillos sin ventilación. Hombres amarrados a sillas durante días. Mujeres obligadas a favores sexuales para comer. Adolescentes con morados en las costillas. Paredes con marcas de uñas y sangre. Las noches se interrumpen con gritos. La madrugada trae interrogatorios con la cabeza pesada y un vaso de agua que arde en la garganta. Algunos no sobreviven. Otros salen con cuerpos destruidos que no aguantan mucho.

Las audiencias suceden sin público. Un cuarto cerrado, un funcionario que lee cargos de terrorismo o de odio, un abogado impuesto que asiente con el mentón, un papel que se firma sin posibilidad de corrección. Algunos ven una cámara encendida en un teléfono a medianoche y entienden que la justicia cambió de hora y de forma. Una madre pregunta por qué y recibe una fotocopia con sellos. La fotocopia no contiene respuestas.

Los muertos bajo custodia aparecen en notas breves. «Complicación», «paro», «desvanecimiento». La familia pide el cuerpo y recibe condiciones: nada de prensa, nada de velorio público, nada de discursos. El dolor se administra con reglamento. En la sala de una casa un ataúd se rodea de ocho sillas. Un sacerdote pronuncia «descanso» con un hilo de voz. La palabra justicia se ahoga antes de salir.

Las protestas traen su propia contabilidad. Siete cuerpos tendidos en San Jacinto, testigos que señalan disparos desde instalaciones militares. Más al norte, dos muchachos caen en El Valle frente a una cámara mientras un arma corta asoma detrás de un escudo. Los nombres circulan en chats, acompañados de fotos de carnet. La memoria popular los pronuncia en voz baja, como si aún doliera decirlos en volumen completo.

Entre los caídos hay adolescentes. Quince, diecisiete años. La casa de uno guarda la franela con olor a muchacho. La madre de otro plancha una camisa que nunca se puso. Las abuelas imprimen rostros en camisetas blancas. Las velas convierten las aceras en capillas. En la esquina se reparten botellas de agua con vinagre para los ojos. La juventud aprende que crecer significa atreverse a salir y soportar que la noche no traiga a todos de vuelta.

En los pasillos de los tribunales, los familiares intentan designar abogados de confianza. Un funcionario recomienda aceptar defensa pública. La carpeta pesa como un ladrillo húmedo. Nadie lee todo. Se firman hojas por cansancio. Un defensor promete llamar y no llama. El tiempo de la justicia se escurre hacia la tarde. La tarde huele a café recalentado.

El hostigamiento alcanza a terceros. La puerta de una madre se toca a medianoche. Un hermano queda retenido mientras el buscado cruza una trocha. La trocha se pisa con barro hasta la rodilla. La culata golpea a cualquiera. Algunos regresan con fiebres, otros siguen con la esperanza puesta en un pariente que envía remesas. En la frontera, un funcionario pide un dinero que no aparece en ninguna ley. La palabra vacuna se usa para todo.

La vida cotidiana ocurre sin adjetivos heroicos. En un hospital, una sala de neonatología recibe luz de celulares cuando falla la planta. Una enfermera calienta suero con las manos. Una madre agradece sin solemnidad. En otro piso, un paciente de diálisis mide la oportunidad con los dedos. La máquina arranca tarde y se apaga antes del tiempo. En oncología faltan fármacos. Un señor con gorra camina hacia el ascensor con pasos muy cortos. La enfermedad avanza al ritmo de la burocracia.

En una escuela, la maestra llega con un bolso que pesa menos que un almuerzo. El salario desapareció detrás de tres reconversiones. Los niños llevan cuadernos usados en ambos lados. Un pizarrón con grietas recibe la palabra «historia» y el polvo del borrador la borra con facilidad. La maestra insiste en que la historia importa. La clase lo cree a medias. Afuera un perro duerme bajo una camioneta vieja.

El mercado mezcla dólares, bolívares y silencio. El datáfono está caído. El pago móvil no entra. El billete local se percibe como papel de colores. Un bodegón con luces frías exhibe marcas importadas que no existen en el barrio. Entrar allí genera vértigo. Salir produce vergüenza. Afuera un vendedor ofrece empanadas con pinza oxidada y sonrisa de siempre. El desayuno barato sostiene biografías enteras.

En el banco, una fila de jubilados ocupa la acera. Algunos llevan silla. Otros un frasco de pastillas. La caja paga en efectivo mínimo. Un abuelo guarda los billetes en la media y camina con pasos cortos. Una moto lo sigue. Un muchacho con gorra le susurra que la esquina es peligrosa. El señor apresura el paso. El miedo se pega a la piel como sudor.
Dentro de las casas se comenta la suerte de un extranjero detenido. Nadie conoce detalles. Se escuchan versiones de canjes, semanas de incomunicación. La palabra mercenario se usa como etiqueta. Algunos entienden que la vida puede convertirse en ficha de intercambio.
Quien vuelve de prisión trae el cuerpo distinto. La piel cuelga en otra dirección, los hombros parecen cargar secretos. Cuenta poco, calla mucho, duerme a ratos. Tres conocidos no resistieron el deterioro. La muerte tardía también es efecto de una detención. El duelo se reparte en cuotas. Hay pudor en preguntar y pudor en responder.
En la azotea, una antena casera busca captar una emisora que todavía transmite. La voz llega como si cruzara un río. El periodista habla con frases cortas, mide cada palabra, sabe que al otro lado hay oídos que muerden. Una radio regional dejó de existir la semana pasada. Su número en el dial ahora guarda silencio. Las emisoras se apagan como luciérnagas.
El pasaporte se convierte en objeto mítico. La oficina abre a horas caprichosas. Un guardia gira la muñeca y mira el sol. La cola reparte rumores. La página pide citas que nunca se otorgan. Algunos logran la prórroga gracias a un intermediario que cobra en dólares. La palabra derecho suena lejana. Un muchacho ríe cuando oye «libre tránsito». La risa dura poco.
En la autopista, una alcabala pide papeles y algo más. Los bolsillos responden. El viaje se resume en pagos pequeños. A veces el camión con verduras no llega al mercado. La cosecha pierde peso y precio. Un productor mira sus manos y dice que sembrará menos. La tierra acusa la ausencia como un animal al que dejaron de alimentar.
En el sur, la fiebre corre con la velocidad del mercurio que cae al río. Campamentos de minería ilegal rugen con generadores. Disparos se escuchan al atardecer. Los mineros viven entre malaria, explotación y miedo. Quienes intentan salir vuelven con piel amarilla y ojos hundidos. La selva guarda secretos que no se nombran.
Las universidades se despueblan. Profesores emigran, pupitres vacíos, pizarras agrietadas. Los estudiantes sobreviven con cuadernos usados en ambos lados. El campus se convierte en ruina lenta. Las bibliotecas cierran salas enteras. La propaganda oficial ocupa el lugar de carteles culturales. La juventud estudia entre ruinas.
La diáspora multiplica la orfandad. Hijos en Chile, padres en España, hermanos en Perú, abuelos en Venezuela.
Las videollamadas se cortan justo en la palabra «te extraño». Los aeropuertos son salas de despedida con abrazos apretados. La migración se convierte en rito de paso.
El país se resume en catálogo de agravios. Cortes de luz, agua racionada, gasolina escasa, gas intermitente, medicinas ausentes, alimentos insuficientes, justicia cooptada, cárceles como centros de tortura, desapariciones sin respuesta, ejecuciones en protestas, velorios vigilados, hostigamiento a familiares, persecución de periodistas, clausura de radios, allanamiento de ONG, universidades desmanteladas, fronteras dominadas por mafias, selvas devastadas por minería ilegal, barrios controlados por colectivos, migración forzada, impunidad absoluta. Todo vivido, todo sabido, todo padecido.
La esperanza se reduce a una palabra pronunciada en voz baja. Flota. No designa sólo barcos. Designa la posibilidad de que el país recupere su nombre. Cada chisporroteo de radio parece un aviso. Cada rumor en la calle se convierte en posibilidad. El aire mismo vibra con la tensión de lo que puede llegar.
En la azotea de las casas, algunos miran el cielo en busca de un ruido distinto. La respiración se detiene unos segundos, como si el aire mismo aguardara un anuncio. Cada madrugada se vive como ensayo de lo que aún no llega.
El día que se parezca a un desenlace no llegará con trompetas. Llegará con la naturalidad de un cambio de viento. La radio encontrará una emisora extranjera que describa movimientos en idioma sobrio. La señal caerá y volverá. La antena casera captará más de lo habitual. El rumor correrá por los edificios como un animal pequeño. Una señora subirá dos sillas a la azotea. Un niño preguntará si hoy hay fiesta. La madre responderá con sonrisa corta.
La calle aprenderá otra vez a juntar gente sin miedo. Un vecino desenrollará una bandera que olía a armario. El color parecerá más vivo que antes. Otro bajará una caja de velas, por si acaso. Un señor afinará una guitarra olvidada. Habrá mezcla de vigilia y de domingo.
Nadie pronunciará la palabra indebida. Se protegerá con silencio aquello que importa. La emoción caminará por pasillos con calcetines. Los teléfonos vibrarán con mensajes cortos. «Atentos». «Escuchen». «Miren hacia el norte». La gente mirará hacia el norte. El norte aún no responderá.
Un brillo aparecerá cerca del horizonte. Podrá ser reflejo o deseo. El deseo se alimentará con disciplina. La radio dejará de chisporrotear por un instante. Una voz entrará limpia, dirá algo que sonará a orden nueva. El barrio, por un segundo, quedará en blanco. El blanco producirá un latido. El latido producirá una lágrima que no se luce ni se niega. La lágrima caerá y secará. La contención mandará.

Si lo que se espera sucede, el país volverá a pronunciar su nombre sin miedo. Las paredes perderán poder. Las colas quedarán como anécdota de resistencia. El carnet de plástico quedará como testigo de un método en desuso. Las casas con cortinas corridas se abrirán a la luz. Las audiencias volverán a tener público. Las vetas de sangre en un muro serán prueba y no costumbre. Las sirenas volverán a significar ambulancia y no amenaza. Las motos volverán a significar transporte y no control.

Si lo esperado se dispersa, décadas de silencio tomarán asiento. Los niños memorizarán consignas como poemas. Los jóvenes aprenderán a no esperar. Los viejos acomodarán la historia para que duela menos. Las libretas con nombres se guardarán en cajas. Las cajas se apilarán en armarios. El armario olerá a naftalina y renuncia.

En esa encrucijada se vive. Con hechos, con inventario, con memoria exacta. Con la respiración entrenada para el anuncio. Con la vista fija en el horizonte porque el horizonte, por fin, podría responder. Con la convicción de que lo que llega, si llega, es el último amanecer posible en Venezuela.

Compártalo:

martes, febrero 03, 2026

El negocio de nuestra democracia

IMAGEN |


Si algo caracteriza a Delcy Rodríguez y a su hermano, es una notable capacidad de mimetización. Saben leer el entorno, ajustar el discurso, cambiar el disfraz para sobrevivir.


Por Walter Molina

Delcy Rodríguez no es una Adolfo Suárez ni, mucho menos, una Frederik de Klerk. No lo es en términos históricos, políticos ni morales. Y la insistencia en forzar esa analogía, además de incorrecta, es peligrosa, porque confunde adaptación con convicción y supervivencia con liderazgo transformador.

Si algo caracteriza a Delcy Rodríguez y a su hermano, es una notable capacidad de mimetización. Saben leer el entorno, ajustar el discurso, cambiar el disfraz para sobrevivir. El chavismo residual ha quedado reducido exactamente a eso: a administrar un poder que no le pertenece, intentando durar “un día más” mientras el edificio que construyeron se derrumba desde adentro. Y es que el chavismo ya no existe como movimiento político, y ni siquiera como “idea”. Perdió la hegemonía social, la legitimidad electoral y la capacidad de ofrecer un horizonte simbólico. Lo que subsiste es una estructura de control, sostenida por coerción, corrupción y miedo.

Los Rodríguez son lo que siempre fueron: delincuentes, corruptos, represores, aliados de tiranías y de organizaciones criminales transnacionales. Comunistas de verdad y, sobre todo, unos sujetos que odian profundamente a los venezolanos. Acomplejados. Vengativos, como ella misma ha admitido. No hay en su trayectoria ni un solo indicio de conversión democrática, ni de arrepentimiento político, ni de comprensión del daño causado.

Por eso, nada de lo que han hecho en este último mes responde a una vocación democrática, ni a un impulso personal de “tender puentes” entre la tiranía que representan y una democracia futura. Lo hacen porque no les queda alternativa. Porque Estados Unidos les marcó la cancha, los tiempos, las etapas y la agenda. Porque el 28 de julio de 2024 los dejó políticamente sacudidos y el 3 de enero de 2026 los terminó de quebrar.

Lo hacen porque la única forma de permanecer —aunque sea transitoriamente— fue entregar a Nicolás Maduro (ah, es que son traidores, también) y aceptar el papel que les fue asignado: desmantelar, bajo tutela externa, el sistema criminal que ellos mismos ayudaron a construir.

Pero no confiamos en ellos. No confiamos los venezolanos, que conocemos demasiado bien su historial de incumplimientos, traiciones y simulaciones. Y tampoco confía el mundo económico. Las empresas internacionales, los inversores serios y los actores financieros no se mueven por discursos coyunturales ni por promesas hechas bajo presión. Esperan algo mucho más concreto: Estado de Derecho efectivo, reglas claras, instituciones legítimas, no administradores transitorios del caos.

Por eso la transición hacia la libertad no es algo que “ocurra” por inercia. Es una tarea que debemos asumir activamente, sabiendo que enfrentamos a bárbaros que solo entienden la lógica del costo y del castigo, no la del compromiso democrático. De allí también la cautela, perfectamente racional, de quienes ven en Venezuela una enorme oportunidad económica, pero no invertirán mientras la legalidad no sea una constante.

Las transiciones exitosas se consolidan cuando la democracia deja de ser una concesión y pasa a ser el marco estructural. Y eso exige legitimidad electoral real, división de poderes, justicia independiente y liderazgo democrático reconocido. Todos sabemos, dentro y fuera del país, quién encarna hoy esa legitimidad.

El mejor negocio para casi todos es la democracia. Para que los ciudadanos venezolanos recuperen sus derechos, libertades y dignidad, pero también para quienes buscan estabilidad, previsibilidad y crecimiento. Cada día que pasa, eso queda más claro, de Caracas a Washington.

El chavismo residual puede administrar una retirada. Puede ser funcional, por un tiempo corto, a un proceso tutelado. Pero no puede fundar nada nuevo. La democracia, en cambio, sí. Y es ahí donde está la verdadera disputa histórica que se está jugando.

Walter Molina es politólogo y analista venezolano

Compártalo:

domingo, febrero 01, 2026

Un alivio más hacia la alegría

IMAGEN |


Qué crueldad tanta impunidad y tanta impotencia. Claro que el anuncio de una amnistía general y saber que pronto estarán en sus casas todos los que ayer gritaban de dolor en el Helicoide es una buena noticia.


por Valentina Martínez

Tengo que reconocer que todas las noticias que llegan de Venezuela desde el 3 de enero las recibo siempre con un regusto amargo. Ese que deja la comida a punto de estar buena, cuando tiene todo el sabor y le falta sal. Sentí algo más cercano al alivio que a la alegría al conocer que Delcy Rodríguez anunciaba una amnistía general para todos los presos políticos. Me acordé de tantos de ellos y de tantas familias que han vivido con tanta angustia estas sádicas semanas de ir cuentagoteando la suerte de tu vida. ¿Seré yo el siguiente? ¿Cuándo me tocará a mí? ¿Será hoy que le toque al mío? Porque si algo es profundamente injusto es no saber cuáles son las razones por las que estás pagando una pena de cárcel. Pero es aún peor no saber cuáles son las razones por las que te pueden liberar.

En este caso, como en casi todos los de las dictaduras y regímenes totalitarios donde no existe nada parecido al mínimo límite del poder, la razón era simple: el capricho arbitrario de los que abusan de ese poder. Maduro, Delcy, su hermano Jorge, Padrino o el terrible Diosdado iban marcando, señalando y decidiendo a los que había que sacar de la circulación por ser demasiado valientes, o demasiado populares, o demasiado libres. A veces primero los hostigaban, entraban en sus casas en mitad de la noche como hicieron con el Alcalde Ledesma, para advertirles de todo lo que podían ser capaces de hacer. Otras veces iban directo, como hicieron con el yerno de Edmundo González al que se llevaron por la fuerza delante de sus hijas pequeñas cuando las dejaba en la puerta del colegio. Algunos sufrían terribles torturas dentro, como Lorent Saleh, otros directamente no las superaban y morían destrozados por las palizas como Jesús Manuel Martinez, Alexander Gómez Pérez, Jesús Rafael Álvarez o el ex gobernador Alfredo Díaz. La razón, ninguna. Puro capricho. Tú sí, tú no, para acabar siendo un todos sí. Después de las elecciones de julio del 24, todos los que no pudieron salir del país acabaron muertos, en la cárcel o viviendo sin vivir, como María Corina Machado, en completa clandestinidad.

Por eso es imposible no sentir alivio al escuchar que se cierra esa casa de los horrores que es el Helicoide, un nombre que solo al pronunciarlo produce escalofríos. Yo lo había escuchado muchas veces y creía entender lo que contaban algunos de los que milagrosamente sobrevivían. No era así. Me di cuenta cuando me sometí, en la agradable protección de mi despacho parlamentario y frente dos venezolanos amigos, a “Realidad Helicoide”, una película de realidad virtual que te transportaba durante 15 minutos a lo que ellos vivían durante meses e incluso años. Durante ese rato me interné con pánico en una celda gris, húmeda y sin ventanas, acompañada de cucarachas y de los gritos de fondo de un interno al que torturan. Y ahí entendí el pavor de sentir ¿seré yo el siguiente? ¿Cuándo me tocará a mí? Y la pregunta de los que esperan fuera, ¿será hoy que le toque al mío?

Qué crueldad tanta impunidad y tanta impotencia. Claro que el anuncio de una amnistía general y saber que pronto estarán en sus casas todos los que ayer gritaban de dolor en el Helicoide es una buena noticia. Sobre todo, es un paso necesario, en absoluto suficiente, para avanzar en el camino de una transición a la democracia en Venezuela. “Quiero anunciar que hemos decidido impulsar una ley de amnistía general que cubra todo el periodo de violencia política desde 1999”, dijo Delcy. Como lo leen, el periodo de violencia política se ha extendido durante veintisiete años. Desde Chávez a Maduro, 27 años de violencia-non-stop. No lo digo yo, lo dice Delcy. Este es un dato muy importante para todos aquellos que se han negado a condenar la dictadura venezolana porque no había dictadura ni represión en Venezuela hasta (el robo de) las elecciones de julio de 2024. ¿Les suena?

A partir de aquí también quedan muchas preguntas, ¿qué va a pasar con todos aquellos que han excarcelado —que no liberado— estas semanas, pero a los que han mantenido con cargos y medidas cautelares impidiéndoles hablar con la prensa o salir al extranjero? ¿Qué contendrá esta ley de amnistía para restaurar “las heridas de la confrontación política, de la violencia y el extremismo” como ha prometido? ¿Habrá medidas para que puedan salir de la clandestinidad los que están escondidos por amenazas? Y sobre todo, ¿asumirá alguna responsabilidad el dos veces Ministro de las Relaciones Interiores, Diosdado Cabello, al ser directamente responsable de tantísimas detenciones arbitrarias, torturas e incluso asesinatos?

Me queda, además, una última duda, ¿a qué se va a dedicar ahora Zapatero?

Valentina Martínez es politóloga y consultora política.Articulo publicado originalmente en Articulo14.es


Compártalo:

viernes, enero 30, 2026

Miguel Ángel Martínez Meucci: "Una transición sin el pueblo no es factible"

Miguel Ángel Martínez Meucci. | ÁNGEL NAVARRETE


El intelectual exiliado en España es una de las voces más respetadas y escuchadas por el liderazgo democrático del país. Apunta que "una transición a la rusa no sería la transición que Venezuela espera"


Por: Redacción Fuego Cotidiano

MADRID. – En el complejo tablero del exilio venezolano en España, la voz de Miguel Ángel Martínez Meucci resuena con una autoridad forjada entre la academia y el análisis estratégico. El politólogo, consultado frecuentemente por el liderazgo democrático, ha lanzado una advertencia clara en una reciente entrevista concedida al diario El Mundo: cualquier intento de cambio político que ignore la voluntad popular está condenado al fracaso.

Para Martínez Meucci, la legitimidad de origen y el respaldo social no son accesorios, sino el motor indispensable de un cambio real. "Una transición sin el pueblo no es factible", sentenció, subrayando que la presión interna es el contrapeso necesario frente a un sistema que busca perpetuarse.

El riesgo del "Modelo Ruso"

Uno de los puntos más agudos de su intervención fue la comparación con procesos históricos de apertura fallida o controlada por las élites. El intelectual fue enfático al señalar que los venezolanos no buscan un cambio cosmético que mantenga las estructuras de poder intactas bajo un nuevo rostro.

"Una transición a la rusa no sería la transición que Venezuela espera", afirmó el politólogo.

Con esto, Meucci advierte sobre el peligro de una "liberalización autocrática" o un reparto de cuotas entre cúpulas (políticas y económicas) que deje de lado la reinstitucionalización democrática y la justicia.

Las claves del análisis

Según el análisis de Martínez Meucci, el escenario venezolano actual se debate entre tres tensiones fundamentales:

  • La legitimidad democrática: El reconocimiento internacional y la fuerza del voto ciudadano.
  • El control fáctico: La resistencia del aparato estatal y militar a ceder espacios.
  • El factor social: La capacidad de movilización de una población consciente de su rol histórico.

El académico sostiene que el liderazgo debe ser capaz de amalgamar estos factores sin ceder a la tentación de acuerdos a puerta cerrada que sacrifiquen la esencia del mandato popular expresado en las urnas.

Perfil del entrevistado

Miguel Ángel Martínez Meucci es doctor en Conflicto Político y Paz. Se ha consolidado como uno de los teóricos más lúcidos sobre la crisis venezolana, actuando desde el exilio como un puente intelectual para los actores que buscan una hoja de ruta hacia la redemocratización.

Compártalo:

miércoles, enero 28, 2026

Marco Rubio y la arquitectura de la transición venezolana

Crucial intervención de Marco Rubio frente al Senado de Estados Unidos sobre Venezuela | Jonathan Ernst (REUTERS)


El esquema es nítido: trabajar con lo que queda del chavismo en el poder formal (Delcy y Jorge Rodríguez, fundamentalmente), pero no bajo ninguna lógica de alianza ni de co-gobierno. Se trata de cooperación bajo tutela. Una relación vertical, no horizontal.


Por Walter Molina @WalterVMG

A estas alturas, no parece exagerado afirmar que no existe, dentro de la administración estadounidense (y probablemente en buena parte del sistema político internacional), un dirigente con mayor claridad conceptual, histórica y estratégica sobre lo que ocurre en Venezuela que el secretario de Estado Marco Rubio. No se trata solo de conocimiento técnico o de acumulación de información: Rubio entiende la naturaleza del chavismo. Entiende su lógica de poder, su condición criminal, su entramado internacional y, sobre todo, el tipo de respuestas que una tiranía como la chavista exige para ser efectivamente desmontada.

Rubio sabe lo que es la barbarie chavista. Sabe cuál ha sido el tamaño de su destrucción institucional, económica y moral. Sabe de sus alianzas con autocracias extrahemisféricas, con redes de narcotráfico y con organizaciones terroristas. Y sabe, también, que ponerle fin no es el resultado de un gesto único ni de una solución mágica, sino de una secuencia de acciones, de etapas claramente diferenciadas y de un tiempo prudencial que combine presión, control y conducción política. Pero sabe algo aún más importante: que no hay salida posible que no implique el fin definitivo de la tiranía.

Ese punto, central e innegociable, ya fue decidido por los venezolanos. En las urnas, cuando derrotaron a Nicolás Maduro en julio de 2024. Pero también, y quizá con mayor profundidad, en la vida cotidiana, en las conversaciones familiares, en el exilio forzado, en el miedo acumulado y en el rechazo masivo a un régimen que convirtió al país en una plataforma criminal. Rubio parte de ese dato: el chavismo no gobierna por consenso ni por hegemonía ideológica, sino por coerción, miedo y corrupción.

No es casual, entonces, que en su comparecencia ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado haya sido tan explícito al describir al régimen: un Estado capturado por un narcotraficante acusado, convertido en base de operaciones de Irán, socio estratégico de Rusia, proveedor de petróleo barato para China y articulador regional de grupos como las FARC y el ELN. No en un rincón remoto del mundo, sino en pleno hemisferio occidental. Lo que presentó, en esencia, fue una hoja de ruta. Todavía incompleta (han pasado apenas 25 días desde la captura y extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores), pero suficientemente clara como para entender la arquitectura general del proceso en marcha.

El esquema es nítido: trabajar con lo que queda del chavismo en el poder formal (Delcy y Jorge Rodríguez, fundamentalmente), pero no bajo ninguna lógica de alianza ni de co-gobierno. Se trata de cooperación bajo tutela. Una relación vertical, no horizontal. No hay negociación entre pares, sino exigencias concretas que deben cumplirse. Desde la política energética y el desmontaje del marco socialista heredado de Chávez, hasta la liberación total de los presos políticos, que el propio Rubio estima en alrededor de dos mil personas.

Aquí hay un punto clave: el chavismo residual es obligado a administrarse a sí mismo en su propia demolición. Debe desmantelar su entramado criminal, romper con sus alianzas internacionales tóxicas, colaborar en la neutralización de grupos narcoterroristas —propios y extranjeros— y, al mismo tiempo, desmontar el aparato de terror interno que sostuvo al régimen durante años. Todo ello bajo supervisión externa y con evaluación permanente basada en hechos, no en discursos.

La llamada fase de “estabilización” no es solo humanitaria. Es también, y sobre todo, una fase de seguridad. Por eso Rubio insiste en la necesidad de presencia estadounidense en el terreno: reapertura de la embajada, despliegue diplomático y cooperación directa con agencias de inteligencia y seguridad. No como ocupación, sino como garantía de control del proceso. Nada de esto es improvisado. Nada de esto es simbólico.

En paralelo, se establece un mecanismo financiero transitorio que busca evitar la repetición del saqueo sistemático de la renta petrolera. Los ingresos no quedan a discreción de la cleptocracia chavista, sino que pasan por cuentas controladas, primero en Qatar y luego en el Departamento del Tesoro estadounidense. El uso de esos fondos está estrictamente condicionado a gastos previamente aprobados: salud, insumos, equipos, atención básica. Es un esquema de corto plazo que apunta a cubrir urgencias sin financiar corrupción.

No se trata de un “Plan Marshall” para Venezuela. No hace falta. El dinero existe. Los recursos están ahí. El problema histórico no fue la falta de riqueza, sino su administración criminal. Esta vez, el control es externo, la rendición de cuentas es obligatoria y la discrecionalidad quedó atrás.

Todo este proceso tiene un horizonte claro: la transición democrática. No hay, todavía, una fecha cerrada. Y es lógico que no la haya. Las transición, para que sea realmente democrática, requieren condiciones mínimas: liberación total de presos políticos, apertura del espacio público, garantías para la oposición, seguridad jurídica y presencia institucional efectiva. Rubio fue claro: hoy no hay condiciones para elecciones. Pero el objetivo final es ese.

Y aquí aparece otro elemento central de su lectura: el liderazgo. Rubio sabe, porque lo ha visto durante años, que existe una líder indiscutible del proceso democrático venezolano: María Corina Machado. No solo la conoce; la ha respaldado de manera explícita, al punto de haberla postulado al Premio Nobel de la Paz, que ganó. Sabe que representa algo más profundo que una candidatura: representa una ruptura ética, una coherencia política y una conexión real con la sociedad.

Sabe, también, que la oposición venezolana es diversa. Que incluye a antiguos chavistas desencantados, a demócratas de larga data y a una diáspora que debe ser parte del proceso. De ahí su insistencia en una reconciliación nacional auténtica, no impuesta, donde todos los sectores estén representados. Pero también sabe distinguir lo accesorio de lo indispensable: Delcy puede ser funcional por un tiempo corto; María Corina es estructural.

Hay, además, un mensaje que Rubio repite y que conviene subrayar: la reconstrucción de Venezuela es, en última instancia, tarea de los venezolanos. Estados Unidos ayuda (y ayuda porque le conviene geopolíticamente), pero no reemplaza a la sociedad venezolana ni a su liderazgo democrático.

Mientras escribía este texto, María Corina Machado está reunida con Marco Rubio. Probablemente hablando del plan de reconstrucción, pero también —y quizás sobre todo— del regreso al país, del acompañamiento a los familiares de los presos políticos y del rol que le toca jugar al frente del mayor movimiento social de liberación que haya conocido Venezuela. Ella es la garantía. Lo saben. Por eso la protegen, aunque para algunos propagandistas se trata de otra cosa (ya saben, esos que antes decían que todo era “humo”).

Porque a esta altura ya es evidente para todos los actores relevantes: Rubio lo sabe, Trump lo sabe, y el mundo lo empieza a asumir. El chavismo residual puede ser útil durante una transición controlada. Pero la Venezuela libre, próspera y democrática que viene solo es imaginable con María Corina Machado al frente.

Walter Molina es politólogo y analista venezolano

Compártalo:

martes, enero 20, 2026

El debate sobre Dios no es religión vs ciencia: es ontología vs ideología

El núcleo del problema no enfrenta fe contra ciencia. Enfrenta concepciones del ser. Ontologías. |


Antes de hablar de religiones, credos o tradiciones, surge una pregunta anterior: por qué existe algo en lugar de nada, por qué el ser aparece como real y no como pura posibilidad, por qué el mundo manifiesta causalidad, orden y dependencia ontológica.


Por Xavier Padilla

El desacuerdo profundo entre ateos, teístas y agnósticos no enfrenta religión contra ciencia. Enfrenta visiones ontológicas del ser. Pero en la sociedad también entra en juego otra cosa: hay un ateísmo heredado, emocional, cultural o político que funciona como postura identitaria más que como conclusión filosófica. Quienes se declaran ateos, ¿están tan seguros de que su no creencia nace principalmente de la razón y no de motivaciones emocionales y psicológicas propias de la modernidad? Muchos ateos reivindican el racionalismo, pero en su postura intervienen con fuerza elementos ligados al sentimiento de dignidad social, a la imagen de autonomía individual, al deseo de presentarse como adultos libres, independientes de toda autoridad religiosa, protegidos contra el ridículo cultural asociado a las creencias invisibles en la era científica. El ateísmo opera entonces como condición simbólica de respetabilidad pública, como signo de independencia intelectual, como distinción frente al rebaño, como marca de distancia respecto al fanatismo, al oscurantismo y a la sumisión.

Estas motivaciones sostienen un ideal moderno de libertad y dignidad personal y funcionan como valor psicológico y social. Es decir, una serie de pudores culturales y mecanismos defensivos. Demás está decir, pues, que no constituyen todavía un abordaje racional del problema ontológico. Y es que la razón no depende de prestigio cultural, ni de identidad generacional, ni de comodidad emocional. Opera como instancia impersonal que excede al individuo y a sus luchas simbólicas.

Sí, pensar con rigor exige una libertad más profunda: libertad respecto de los propios reflejos identitarios, libertad respecto de la necesidad de afirmarse frente a otros, libertad incluso respecto del propio ego. Sólo desde esa distancia interior resulta posible examinar una cuestión que no gira alrededor del ombligo humano, sino alrededor del ser mismo.

Aquí aparece la dimensión filosófica del problema. Antes de hablar de religiones, credos o tradiciones, surge una pregunta anterior: por qué existe algo en lugar de nada, por qué el ser aparece como real y no como pura posibilidad, por qué el mundo manifiesta causalidad, orden y dependencia ontológica. Esta pregunta no nace en el templo ni en el ateneo cultural. Nace en la razón que observa la realidad y busca su fundamento.

En este punto entra Tomás de Aquino con sus cinco vías, casi desconocidas para el público general. Estas vías no son fórmulas devocionales ni apelaciones a la revelación. Son demostraciones metafísicas construidas a partir de experiencia sensible y principios racionales: movimiento, causalidad, contingencia, grados de perfección y orden final. Su objetivo consiste en mostrar que la estructura misma de lo real remite a un fundamento trascendente, no contingente y ontológicamente primero. Aceptarlas o rechazarlas exige trabajo conceptual. No es un asunto de adhesión identitaria.

En la cultura contemporánea se produce con frecuencia un desplazamiento del problema. Se responde con argumentos científicos a una cuestión ontológica. El Big Bang describe un estado inicial del universo físico observable. No responde por qué existe ese estado ni por qué existe algo capaz de expandirse. Por su parte, la indeterminación cuántica suele ser extrapolada indebidamente hacia posiciones relativistas, aunque en sentido estricto introduce límites de predicción, no eliminación de causalidad ontológica. Afirmar que el universo se explica por sí mismo implica adoptar una tesis metafísica sobre su autosuficiencia. El problema ontológico del fundamento permanece, pues, activo.

Existe también un ateísmo filosófico riguroso, menos frecuente, que asume la tarea de revisar los pilares del pensamiento clásico: acto y potencia, causalidad metafísica, distinción entre ser y esencia, finalidad, dependencia ontológica. Este recorrido exige construir otra arquitectura metafísica completa. Allí el desacuerdo adquiere densidad intelectual porque se sitúa en el nivel estructural del pensamiento y no en el plano identitario.

De todo esto surge una exigencia mínima de honestidad intelectual. Es posible declararse ateo sin conocer las cinco vías. Pero hacerlo conociéndolas implica refutarlas en su propio terreno: el racional. El rechazo debe apoyarse en una revisión real de la estructura ontológica y no en reflejos culturales o emocionales. Cuando ese trabajo falta, el debate se desplaza hacia caricaturas.

Volviendo al comienzo, el núcleo del problema no enfrenta fe contra ciencia. Enfrenta concepciones del ser. Ontologías. Rechazar el tomismo exige algo más que consignas científicas, gestos identitarios o ideologías. Exige otra metafísica completa. En ese nivel se decide la capacidad de cada postura para mirarse a sí misma sin refugiarse en la comodidad psicológica ni en la pertenencia cultural. En otras palabras, para identificarse con el grupo cultural de la racionalidad y adquirir la etiqueta protectora contra el ridículo social no basta con declararse ateo, agnóstico o materialista, hay que ser realmente racional, y esto es un poco más difícil.

X. P.

Compártalo: