domingo, febrero 17, 2013

El tiempo del historiador



Germán Carrera Damas
SIMÓN ALBERTO CONSALVI

A fines de febrero será presentada por Los Libros de El Nacional la obra En defensa de la República del historiador Germán Carrera Damas.
A solicitud del editor escribí una breve introducción. Quiero compartir ese texto y una breve posdata, porque se trata de un libro que demanda la atención y la reflexión de los venezolanos. La posdata se explica porque, como es obvio, el historiador envió sus materiales al editor antes del 7 de octubre. Los hechos que se han sucedido desde entonces confirman las aprensiones del intelectual que, al dolerse por el destino de su país, veía venir con claridad la demolición de la República. La introducción dice así:

“En enero de 2005, el historiador Germán Carrera Damas dirigió a todos los venezolanos, pero de manera especial a sus colegas de oficio, el primero de lo que con el tiempo se consagrarían como sus ‘mensajes históricos’. Aquel primer mensaje fue un campanazo y una advertencia, y decía: ‘Lo que inicialmente parecía ser disparate historicista se ha revelado como parte de una estrategia ideológica dirigida a despojarnos del orgullo derivado de haber creado, como pueblo, la porción más sentida y significativa de nuestro pasado inmediato, el régimen sociopolítico democrático, nuestra obra fundamental del siglo XX.

“A partir de entonces, como un cronista antiguo que observaba y anotaba y llevaba la memoria de los días y de sus avatares, el historiador fue registrando los episodios que iban confirmando sus tempranas aprensiones: los asedios sistemáticos a la historia, sus negaciones y deformaciones y, sobre todo, los propósitos de destrucción de lo que con gran propiedad llamó ‘nuestra obra fundamental del siglo XX’, o sea, la democracia pluralista que garantizaba alternabilidad, equilibrio de poderes, rendición de cuentas, derechos humanos, etcétera. Paralelamente, el historiador volvía la mirada a todo lo que se quería o pretendía destruir como ocurrió, por ejemplo, con su tercer mensaje, ‘Recordar la democracia’. Pedagógicamente confrontaba el régimen democrático con el desorden anárquico y personalista que se presentaba como alternativa.

“Los ‘mensajes históricos’ se multiplicaron con los días, al tiempo que los sucesos políticos (o las tácticas) variaban de curso y tomaban otros atajos. En uno de ellos se refirió a ‘La larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia’. En otro, a ‘Lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos’. En el 19° abordó el tema de ‘El vano intento de enterrar el Proyecto Nacional Venezolano’. El 20°, ‘Demoler la República’. El 59° (22 de diciembre de 2011) se tituló de esta manera: ‘Derrotado por la democracia, el militarismo arremete contra la República’. El avance de la llamada ‘revolución bolivariana’ había optado por fórmulas más radicales, ante la resistencia que le oponía o le opuso la sociedad civil.

“Ahora se trataba de demoler la República, erosionar sus bases y destruirla. En este mensaje, el historiador confiesa: ‘Hace algún tiempo que vengo dando, por esta vía, la voz de alerta ante lo que he denominado la demolición de la República, concebida como la manera de abolir el ejercicio de la Soberanía Popular como fuente necesaria de la legalidad y legitimidad del Poder Público’.  Como fracasó en sus intentos de burlar la soberanía popular ‘valiéndose de toda suerte de ventajismos y disposiciones atrabiliarias, contuvo sus afanes antipopulares’.

“Las sociedades –escribe el doctor Carrera Damas– se desenvuelven en el curso del tiempo histórico, y éste no admite la delimitación entre pasado, presente y futuro. Sólo analíticamente,  y para los fines de la comprensión específica y relativa de procesos y acontecimientos, cabe establecer demarcaciones cronológicas aproximadas. Pero teniéndose en cuenta, siempre, que a lo largo del tiempo histórico corre un haz de líneas perdurables que determina el que toda demarcación, por lata y convencional que fuere, debe tener en cuenta la dinámica de continuidad y ruptura que rige la correlación incluso de las etapas históricas revolucionariamente contrapuestas’. Con estos principios como guía y método, el historiador analiza el proceso venezolano desde sus orígenes.

“Al editar estos papeles, conferencias, foros, diálogos, ‘mensajes históricos’, Los Libros de El Nacional contribuye al registro y comprobación de lo que el profesor Carrera Damas llama ‘demolición de la República’. No cabe duda de que se trata de un aporte fundamental y de una toma de posición ejemplar del ciudadano y del historiador”.

Posdata, febrero 2013:
El presidente Chávez Frías resultó vencedor en la tercera reelección el 7 de octubre de 2012, pero llegado el 10 de enero de 2013, día fijado por la Constitución para su juramentación, no pudo hacerlo. Al dirigirse al país la noche del 8 de diciembre, el jefe del Estado contempló la posibilidad de que no podría juramentarse, y señaló lo que constitucionalmente debía hacerse.

Quienes se suponen sus albaceas desconocieron su carta de navegación, por incapacidad o temor, y recurrieron al TSJ que, inexplicablemente, condenó a la nación a una crisis constitucional sin precedentes. En defensa de la República aparece en el momento en que textos como “Derrotado por la democracia, el militarismo arremete contra la República”, parecen confirmarse como una antigua condena.

Fuente: El Nacional
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domingo, febrero 10, 2013

Retorno hacia Briceño-Iragorry


Quizá sirva el pesimismo de ayer para mirarnos en el espejo aterrador de la actualidad...


ELÍAS PINO ITURRIETA |  EL UNIVERSAL

Como se sabe, Mario Briceño-Iragorry fue un destacado historiador y pensador que luchó por la democracia venezolana durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En su batalla contra la autocracia dejó letras fundamentales, en las cuales manifestó profundo pesimismo ante el destino de la colectividad. Pensé que exageraban los sombríos análisis de los hombres de su época, postrados ante la militarada de turno, pero considero que ahora vale la pena volver a esas observaciones que no tocan directamente al gobierno que lo aventó al ostracismo y a experimentar duros padecimientos, sino a la sociedad que hizo poco para evitar los desmanes de una década ominosa. Quizá su comentario sirva para entender muchas de las acciones, pero especialmente las omisiones de la sociedad de nuestros días. 

En Mensaje sin destino, uno de sus textos más conmovedores y retadores, se detiene en la incapacidad de los venezolanos que inician la segunda mitad del siglo XX, para enfrentar los retos de la modernización y la democracia. La gente sin preparación para la arquitectura de un proyecto ciudadano y para evitar el huracán del imperialismo, predomina en sus páginas. La trivialidad de la comarca minera que marcha de espaldas a su historia, es el fardo que más pesa en su pluma. Un agobiante fardo, no en balde asegura que: "no somos pueblo en estricta categoría política, por cuanto carecemos del común denominador histórico que nos dé densidad y continuidad de contenido espiritual, del mismo modo que poseemos continuidad y unidad de contenido en el orden de la horizontalidad geográfica". Afirmación pavorosa, debido a que niega la existencia de nexos con la obra de los antepasados y la consiguiente posesión de elementos comunes para desarrollar una conducta compartida a través de la cual se pueda concretar un proyecto republicano. 

Pero, ¿por qué llega a una sentencia tan contundente y negativa? Lo sostiene más adelante: "para que haya país político en su plenitud funcional se necesita que, además del valor conformativo de la estructura de derecho público, erigida sobre un área geográfico-económica... exista una serie de conformaciones morales, espirituales, que arranquen del suelo histórico e integren las normas que uniforman la vida de la colectividad... Se requiere la concepción de un piso interior donde descansen las líneas que dan fisonomía continua y resistencia de tiempo a los valores comunes de la nacionalidad, para que se desarrolle sin mayores riesgos la lucha provocada por los diferentes modos que promueven los idearios de los partidos políticos. Antes que ser monárquico o republicano, conservador o liberal, todo conjunto social debe ser pueblo en sí mismo". Del fragmento se desprende una alarmante conclusión: Venezuela apenas existe como jurisdicción política en términos superfluos, es una configuración en el aire, un edificio sin sillares. 

Trabaja el tema en otros aportes esenciales como La hora undécima y Aviso a los navegantes, que llaman la atención de los lectores de su tiempo y los animan a reaccionar contra la tiranía, pero también en cartas que solo conocen sus destinatarios y en cuyos folios se expresa en términos desgarradores. Veamos, por ejemplo, tres fragmentos de misivas remitidas a su amigo el jesuita Pedro Pablo Barnola. El primero: "no puede usted saber cómo me siento por las noticias venezolanas. Mientras más me llegan, más contristado me pongo. El anuncio de tanta porquería me conduce a estados de postración que hacen temer por mi salud". El otro: "con qué entusiasmo he escuchado a gente tenida por honesta, haciendo el panegírico de asesinos y de ladrones públicos. Eso me duele mucho". El tercero: "Venezuela es un caso moral. Lo que hoy reina en nuestro país es una farsa de orden, con cuyo apoyo se relaja la conciencia nacional". La magnitud y la tristeza de la rabia que no manifiesta en sus impresos, la frustración que lo embarga y que no desnuda del todo en los ensayos dirigidos al público, encuentra descarga en un puñado de allegados entre quienes está un sacerdote de su intimidad. 

Mario Briceño-Iragorry escribió sobre los horrores de su tiempo y para los venezolanos de entonces, desde luego. La pesadumbre de una época negra lo llevó a producir páginas que en esencia se vinculan a vivencias específicas y que no se pueden considerar en la posteridad como juicios inamovibles, ni como sentencias inapelables. Como todas las plumas, la suya tuvo ataduras temporales. Fue prisionero de su historicidad, como todos los hombres. Sin embargo, como el país insiste en reflejarse en pecados remotos, o que parecen remotos; en situaciones que permiten acudir sin exageración al socorro de las analogías, pese a que habitualmente son arbitrarias; en faltas que no parecen inéditas, sino semejantes a otras anteriores; en aprietos debido a los cuales la referencia hacia llamados a la conciencia hechos ayer con lucidez y valentía se convierte en obligación, no es inoportuna la vuelta hacia las páginas de un pensador que dio la cara sin remilgos cuando lo obligó su rol de hombre público y de autor reconocido. Tal vez sea distinta la sociedad de nuestros días, pero tal vez no tanto. Quizá sirva el pesimismo de ayer para mirarnos en el espejo aterrador de la actualidad, y para después tratar de librarnos de su imagen y de lo que hicimos o dejamos de hacer para formar parte del cuadro. De allí el retorno que el escribidor intenta hacia las lecciones de un gran venezolano. 

eliaspinoitu@hotmail.com
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sábado, febrero 09, 2013

Fiestas del rey Momo en Espino

Por Felipe Hernández G

Eran días de locura. Los habitantes del apartado pueblito de Espino en los días de carnaval se desataban. Los muchachos de aquel entonces le ponían frenesí a la comparsa. A baldazos de agua, pintura de colores vivos, carbón, carmín, labial, negro hollín y huevos, como en una batalla corrían desaforados por las calles...

El carnaval, tradicional festividad anunciada en el calendario para celebrarse tres días antes de la Cuaresma, daba permiso a todos los espinenses para el descontrol. Era la oportunidad que esperaban especialmente los adolescentes y jóvenes del pueblo para transgredir convenciones...

El carnaval llegó a América con los españoles, que festejaron el juego con agua incluso desde los primeros días del proceso de conquista y colonización...

Siempre había la presión de la iglesia para aguar la fiesta de carnaval, aunque conocimos a algún sacerdote que disimuladamente se escapaba y hasta se atrevía a lanzar alguna palangana de agua.

Salvador Gazzoa Aguilar, Luis Pérez Padrón, Juvenal Ramírez Pérez, Monche Padrón, Manuel Esteban Meza, Rubén, Joel y Gilberto Escalona, Lourdes Padrón, Amelia Pérez, Bertha Gómez, Carlos Infante, Eletis Martínez, y tantos otros cuyos nombres reposan en el subconsciente de la memoria colectiva...

El carnaval con su frenesí irá decayendo con el tiempo y sufriendo transformaciones; hasta llegar al carnaval seco. Aunque prohibido por las autoridades, el juego con agua y bombas, muchas veces congeladas, nunca ha desaparecido de un todo...

No puede desconocerse que la festividad del carnaval ha perdido su fuerza, pasando a ser simples fiestas, generalmente privadas para evitar el vandalismo generado por algún baldazo de agua y garantizar la seguridad ciudadana. Sin embargo, a pesar de todos los cambios y vicisitudes, el agua, limpia, sucia o de dudosa procedencia, escasa, prohibida, pero aun así desparramada, siempre fue, es y será la reina del carnaval en Espino, en otros pueblos del Guárico y de Venezuela.

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sábado, febrero 02, 2013

Educación y llaneridad

Desde un enfoque geomental, la llaneridad se entiende como los rasgos históricos y culturales que identifican al hombre de nuestras comunidades llaneras con su paisaje humano, en este caso el guariqueño. 


Por José  Obswaldo Pérez
La  historiografía  venezolana suele comenzar la historia de la educación en Venezuela, a partir de la conquista hispana. Pero, se excluye de mencionar la pedagogía aborigen o negra  definida por algunos autores como la transmisión de prácticas sociales, de manera informal y consuetudinaria, por  parte de  las clases subalternas a su prole en la cotidianidad de sus haceres y saberes; lo que Lanz Rodríguez (2003) da en llamar epistemológicamente como "cimarronismo" e "indigenismo"; o  en palabras de Adolfo Rodríguez, citando  a Cazadilla (1946), “modos de subsistencia” (Rodríguez, 2007:64).


En  ambas  concepciones filosóficas se  trata de una enseñanza convivencial expresada en la práctica de la vida diaria o en actividades familiares centrada en preparar a los más jóvenes para la caza y la recolección o  para los haceres cotidianos. Esta escuela de la  vida tenía como  función impartir educación con un sentido comunitario y funcional. Su “currículum” consistía en transmitir, de manera informal, las costumbres, problemas y posibles soluciones a través de los propios padres o ancianos,  mediante el abordaje de la oralidad y la memoria. Por supuesto, ello era posible gracias a la educabilidad humana constitutiva del ser, la posibilidad de transformarse siempre hacia otro máximo potencial en interacción con el mundo y la experiencia de  saber y  construir la realidad.

Esta escuela convivencial es la escuela de los  valores, donde el  niño a tempana edad aprende sobre conuco, caza, cestería y pesca artesanal de comunidades campesinas y acervos tradicionales que subsistieron de la trata africana o de  la propia cultura natural.  Tiene,  entre sus características,  un  desarrollo educativo informal y su aprendizaje va acompañado con sus cantos y modos de vida[1]. Esta institución correspondería posteriormente a lo que algunos filósofos e investigadores la han llamado como "resistencia contra-cultural", término conceptualizado en  nuestro país por el escritor venezolano Brito García (1986).

La escuela convivencial es abierta y está ligada a  la  transculturización  que se dio a  través del contacto dialógico entre sujetos de conocimientos transnacionales exógenos; y que después conjugaron un solo producto de construcción histórica.  De allí que la  llaneridad es un ejemplo  de  lo  que hablamos, cuyo resultado es una “conjunción histórica de varias culturas”, como señala Mariano Herrera Cerpe[2]. Su significado va más allá de los acontecimientos, es sociológico y biológico; y, al mismo tiempo, implica todo lo que conforma la identificación simbólica de la cultura llanera. El lenguaje, los arquetipos, los valores,  las costumbres, su quehacer, su tipología y cualquier conjunto de elementos culturales como  los mitos,  ritos y  creencias,  constituyen  la estructura mental  de  los hombres  con  competencias en  la  esfera del  hacer.

Desde un enfoque geomental, la llaneridad se entiende como los rasgos históricos y culturales que identifican al hombre de nuestras comunidades llaneras con su paisaje humano, en este caso el guariqueño. Esta noción está, entrañablemente, asociada a la identidad regional. No se trata de otra cosa que el reconocimiento de los “otros” y se distingue de nuestra nacionalidad[3] con una conceptualización de “alteridad sociocultural”[4].

La llaneridad tiene una significación propia y  una dialéctica cotidiana que se hace y se práctica cuando nos identificamos con  los espacios o  hábitat de vida. Su sostenibilidad cultural transciende, en algunas realidades locales, a través de una pedagogía que” se transmitía directamente, de adulto a jóvenes, mediante las múltiples formas del aprendizaje”[5]. Esta enseñanza, que podríamos llamar pedagogía de la  llaneridad[6],  parte de un intercambio de experiencias y habilidades cognitivas que hoy debemos rescatar y aprovechar,  no  sólo para la construcción de conocimientos e investigaciones sobre la cultura llanera,  sino para la construcción de  nuestra  conciencia histórica y, a su  vez, nuestra conciencia regional y  nacional.

Hace un tiempo,  el historiador Eduardo Camps Vega propuso una reflexión sobre el concepto de llaneridad, desde una perspectiva geográfica y espacial: de lo urbano a lo rural; de la civilización a la barbarie, en el mero discurso galleguiano. Camps concluía que este  término era algo así como “una prolongación” de la conquista europea.  Y, quizás, se sustentaba en la premisa conceptual de la evolución ribeireana de las sociedades y grupos sociales, la cual no se reducía a una sola composición étnica entre indígenas y españoles. Había otro componente en esa cosmogonía mestiza, ligada a las ideas libertarias y a la fuerza de trabajo de nuestros afrodecendientes. El proceso de mestizaje se había iniciado  en los hatos ganaderos, en las rochelas y cumbe, donde surge nuestra cultura llanera.

Nuestro mestizaje como  valor educativo se refleja en  la imagen del negro café con leche, el tercer elemento en la construcción de nuestra cultura venezolana que, en la América hispana y en nuestras regiones llaneras, dio el paso a la cimentación de una nueva cultura única o como la llama el doctor Adolfo Rodríguez: una nueva neoétnia. Podemos  usar  esta  categoría epistemológica para definir e identificar, desde la perspectiva histórico antropocultural, al hombre llanero o la llaneridad como producto de ese contacto étnico-cultural. El paisaje y la cultura convivencial, con relación estrecha con el trabajo de las vaquerías, donde la fuerza y la habilidad constituyeron los elementos esenciales de la forja y supervivencia de la identidad llanera.  Pero, sobre todo, los elementos culturales constitutivos del ser criollo, concebidos como "llaneridad" son objeto de estudio y enseñanza de la historia, verbigracia, el pionero en  trabajar de manera cognitiva y su divulgación en Guárico es el propio doctor Adolfo Rodríguez. Entre esos aportes de construcción cultural, los llaneros aprendieron a domesticar animales y practicar la ganadería, actividad que se usó para la edificación del Estado-nacional. Más  aún, junto con el hombre y su naturaleza bravía, aportó su  propio pellejo para el triunfo de la Guerra de la Independencia.

En Venezuela,  aún existe una educación mestiza de larga data no sistematizada,  producto de la conquista española y portuguesa,  culturas que trajeron  consigo una suma de elementos socioculturales, principalmente, su vasallaje interétnico marcado por su acento mediterráneo. Un  proceso que estuvo acompañado también con la sabiduría propia y fuerte de los esclavizados africanos. Las tres culturas  - la castellana, la lusitana y la africana- suplantaron, en algunos casos, las culturas indígenas y, en otras oportunidades, se mezclaron entre sí, produciendo un marcado sincretismo social. 


Si bien el vasallaje africano jugó un papel importante en nuestras colonias hispanoamericanas, este no se puede comparar con la política de estado de España que, a través de los conquistadores y misioneros, se encargaron de inculcarle a los indios creencias católicas para reemplazarles sus dioses y muchas de sus cosmovisiones (creencias, mitos, ceremonias), a veces a punta de sangre y palabra; lo que explica aún la resistencia existente de manifestaciones dramáticas y folclóricas de origen cristiano en la actualidad. No  obstante, el nuevo orden cultural es reflejo de un ente socio-político-religioso que se centra y se cultiva en las manifestaciones del quehacer y el saber de las ideas eurocéntricas,  cuyo esquema y patrón colonial (en lo ideológico y cultural), tiene el mayor peso específico la cultura española[7].





[1] DARDY CLAUDINE (1998). El mestizaje como  valor  educativo: la noción de valor y la sociología de la educación.  Traducción: José J. Andrade. Colombia: Universidad del  Norte. Revista Investigación & Desarrollo, No 9, pp 1-8
[2] HERRERA CERPE, MARIANO (1985) Reflexiones acerca de un grupo cultural popular: los llaneros de Venezuela. Barcelona: Revista Boletín americanista. No. 35
[3] RAGO A, VÍCTOR (1999, Enero). Llano y llanero: contribución al estudio del forjamiento de una imagen. Boletín Antropológico del Centro de Investigaciones Etnológicas. Vol.45, p.27-47. Mérida: Universidad de los Andes.
[4] RODRÍGUEZ, ADOLFO (2008). La llaneridad venezolana en el siglo XXI entre etnocidios y etnogénesis. En Historiografías. historiografias.blogspot.com/2008/09/la-llaneridad-venezolana-en-el-siglo.html.
[5] IZARD, MIGUEL (1988) Orejanos, Cimarrones y arrochelados: Los llaneros del Apure. Barcelona Sendai Ediciones., p.28
[6]PEREZ, JOSÉ O (2002). Pedagogía de la Llaneridad. En: Fuego Cotidiano. http://fuegocotidiano.blogspot.com/2009/02/por-jose-obswaldo-perez-la-llaneridad.html
[7] CARVAJAL,  L. (1983): La Educación en el Proceso Histórico Venezolano. Caracas: Cooperativa Laboratorio Educativo, p.58.
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viernes, enero 11, 2013

El alfabetismo en el estado Guárico (Apropósito del Día del Maestro)


FELIPE HERNÁNDEZ G.

El alfabetismo es la capacidad de las personas para leer y
escribir un párrafo sencillo en un idioma cualquiera
El próximo 15 de enero del año en curso, se cumplen 68 años de la promulgación del decreto mediante el cual el Presidente de la República, General Isaías Medina Angarita decretó la celebración del Día del Maestro, el 15 de Enero de cada año, como un homenaje permanente a los educadores venezolanos.

Si se considera que desde el punto de vista social y pedagógico, el alfabetismo es la capacidad de las personas para leer y escribir un párrafo sencillo en un idioma cualquiera; concepción que concuerda con el enfoque del investigador Alan Farstrup, quien sostiene que: "...la alfabetización es una interacción con el mundo donde se lee y se escribe...", puede afirmarse que en el estado Guárico el papel cumplido por sus maestros en el proceso de alfabetización, educación y formación ciudadana es digno de encomio, reconocimiento y valoración.

En ese sentido, ya están circulando los resultados del Censo de Población 2011, y a la luz de los mismos, se puede apreciar que el alfabetismo en el estado Guárico se ha incrementado en forma considerable. En el Cuadro que se presenta a continuación se pueden visualizar los resultados de los últimos cincuenta años, pudiéndose percibir un balance positivo e in crescendo.  


ESTADO GUÁRICO
TASAS DE ALFABETISMO EN LA POBLACIÓN DE 10 AÑOS
Y MÁS, SEGÚN GRUPO DE EDAD
CENSOS 1961 - 2011
EDAD
1961
1971
1981
1991
2001
2011
10-24 Años
61.1
74.8
89.4
93.4
95.4
96.6
25-54 Años
44.3
54.8
76.2
86.3
91.5
93.9
54 y más años
31.2
33.0
42.8
55.0
65.0
78.1
                               Fuente: INE. Censo 2011.


Puesto que el papel de la alfabetización es la capacitación y el ejercicio de la ciudadanía y el desarrollo, la UNESCO recomienda estudiar el alfabetismo en la población a partir de los 10 años y más. A este respecto, según el último Censo, la población de 10 años y más en la entidad fue de 609.757 personas y la tasa de alfabetismo de dicha población se ubicó en 92,5% cuando en 1961 su valor era de 51,8%. Así lo demuestra el Cuadro, donde se indica la tendencia de las tasas de alfabetismo según grupo de edad del estado Guárico, en el período comprendido entre los censos 1961 y 2011.

Por su parte, la evolución de las tasas de alfabetismo según grupo de edad, también permite constatar la disminución progresiva de las brechas existentes entre las tasas de alfabetismo, las cuales denotan un incremento continuo a través del tiempo, es decir, cada vez hay un mayor número de personas que abandonan la condición de analfabetas.

Las tasas de alfabetismo son más altas en los grupos más jóvenes, pues son éstos los que progresivamente han sido más beneficiados por las mejoras y el progreso educativo ocurrido en el país en los últimos 50 años.

Cabe destacar que en el período estudiado la proporción de personas alfabetos con edades comprendidas entre 10 y 24 años, se incrementó alrededor de 35,5 puntos porcentuales. Para el grupo de personas de 55 años y más el incremento fue del orden de 46,9 puntos porcentuales, mientras el grupo de 25 a 54 años, presenta 49,6 puntos porcentuales de aumento en el lapso 1961-2011 siendo este último el que mayor variación obtuvo.

En ese orden de ideas, y si se considera que la actividad sustantiva para la cual se forman los maestros y profesores es la enseñanza, entendida como una intervención social e intencional que redunda en la formación ciudadana y garantiza el cumplimiento efectivo del derecho a la educación a los niños y adolescentes, en el Guárico, mucho le debemos a quienes han encausado su vida y su vocación a la tarea de educar, ya que es una tarea enorme y no fácil de cumplir. 

Por lo expuesto, nuestros parabienes a los maestros guariqueños y venezolanos en su día.

*UNESR/Cronista de Valle de la Pascua
felipehernandez457@yahoo.com


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