| El escritor venezolano Ibsen Martínez |
jueves, febrero 21, 2013
domingo, febrero 17, 2013
El tiempo del historiador
| Germán Carrera Damas |
domingo, febrero 10, 2013
Retorno hacia Briceño-Iragorry
Quizá sirva el pesimismo de ayer para mirarnos en el espejo aterrador de la actualidad...
En Mensaje sin destino, uno de sus textos más conmovedores y retadores, se detiene en la incapacidad de los venezolanos que inician la segunda mitad del siglo XX, para enfrentar los retos de la modernización y la democracia. La gente sin preparación para la arquitectura de un proyecto ciudadano y para evitar el huracán del imperialismo, predomina en sus páginas. La trivialidad de la comarca minera que marcha de espaldas a su historia, es el fardo que más pesa en su pluma. Un agobiante fardo, no en balde asegura que: "no somos pueblo en estricta categoría política, por cuanto carecemos del común denominador histórico que nos dé densidad y continuidad de contenido espiritual, del mismo modo que poseemos continuidad y unidad de contenido en el orden de la horizontalidad geográfica". Afirmación pavorosa, debido a que niega la existencia de nexos con la obra de los antepasados y la consiguiente posesión de elementos comunes para desarrollar una conducta compartida a través de la cual se pueda concretar un proyecto republicano.
Pero, ¿por qué llega a una sentencia tan contundente y negativa? Lo sostiene más adelante: "para que haya país político en su plenitud funcional se necesita que, además del valor conformativo de la estructura de derecho público, erigida sobre un área geográfico-económica... exista una serie de conformaciones morales, espirituales, que arranquen del suelo histórico e integren las normas que uniforman la vida de la colectividad... Se requiere la concepción de un piso interior donde descansen las líneas que dan fisonomía continua y resistencia de tiempo a los valores comunes de la nacionalidad, para que se desarrolle sin mayores riesgos la lucha provocada por los diferentes modos que promueven los idearios de los partidos políticos. Antes que ser monárquico o republicano, conservador o liberal, todo conjunto social debe ser pueblo en sí mismo". Del fragmento se desprende una alarmante conclusión: Venezuela apenas existe como jurisdicción política en términos superfluos, es una configuración en el aire, un edificio sin sillares.
Trabaja el tema en otros aportes esenciales como La hora undécima y Aviso a los navegantes, que llaman la atención de los lectores de su tiempo y los animan a reaccionar contra la tiranía, pero también en cartas que solo conocen sus destinatarios y en cuyos folios se expresa en términos desgarradores. Veamos, por ejemplo, tres fragmentos de misivas remitidas a su amigo el jesuita Pedro Pablo Barnola. El primero: "no puede usted saber cómo me siento por las noticias venezolanas. Mientras más me llegan, más contristado me pongo. El anuncio de tanta porquería me conduce a estados de postración que hacen temer por mi salud". El otro: "con qué entusiasmo he escuchado a gente tenida por honesta, haciendo el panegírico de asesinos y de ladrones públicos. Eso me duele mucho". El tercero: "Venezuela es un caso moral. Lo que hoy reina en nuestro país es una farsa de orden, con cuyo apoyo se relaja la conciencia nacional". La magnitud y la tristeza de la rabia que no manifiesta en sus impresos, la frustración que lo embarga y que no desnuda del todo en los ensayos dirigidos al público, encuentra descarga en un puñado de allegados entre quienes está un sacerdote de su intimidad.
Mario Briceño-Iragorry escribió sobre los horrores de su tiempo y para los venezolanos de entonces, desde luego. La pesadumbre de una época negra lo llevó a producir páginas que en esencia se vinculan a vivencias específicas y que no se pueden considerar en la posteridad como juicios inamovibles, ni como sentencias inapelables. Como todas las plumas, la suya tuvo ataduras temporales. Fue prisionero de su historicidad, como todos los hombres. Sin embargo, como el país insiste en reflejarse en pecados remotos, o que parecen remotos; en situaciones que permiten acudir sin exageración al socorro de las analogías, pese a que habitualmente son arbitrarias; en faltas que no parecen inéditas, sino semejantes a otras anteriores; en aprietos debido a los cuales la referencia hacia llamados a la conciencia hechos ayer con lucidez y valentía se convierte en obligación, no es inoportuna la vuelta hacia las páginas de un pensador que dio la cara sin remilgos cuando lo obligó su rol de hombre público y de autor reconocido. Tal vez sea distinta la sociedad de nuestros días, pero tal vez no tanto. Quizá sirva el pesimismo de ayer para mirarnos en el espejo aterrador de la actualidad, y para después tratar de librarnos de su imagen y de lo que hicimos o dejamos de hacer para formar parte del cuadro. De allí el retorno que el escribidor intenta hacia las lecciones de un gran venezolano.
eliaspinoitu@hotmail.com
sábado, febrero 09, 2013
Fiestas del rey Momo en Espino
Por Felipe Hernández G
Eran días de locura. Los habitantes del apartado pueblito de Espino en los días de carnaval se desataban. Los muchachos de aquel entonces le ponían frenesí a la comparsa. A baldazos de agua, pintura de colores vivos, carbón, carmín, labial, negro hollín y huevos, como en una batalla corrían desaforados por las calles...
El carnaval, tradicional festividad anunciada en el calendario para celebrarse tres días antes de la Cuaresma, daba permiso a todos los espinenses para el descontrol. Era la oportunidad que esperaban especialmente los adolescentes y jóvenes del pueblo para transgredir convenciones...
El carnaval llegó a América con los españoles, que festejaron el juego con agua incluso desde los primeros días del proceso de conquista y colonización...
Siempre había la presión de la iglesia para aguar la fiesta de carnaval, aunque conocimos a algún sacerdote que disimuladamente se escapaba y hasta se atrevía a lanzar alguna palangana de agua.
Salvador Gazzoa Aguilar, Luis Pérez Padrón, Juvenal Ramírez Pérez, Monche Padrón, Manuel Esteban Meza, Rubén, Joel y Gilberto Escalona, Lourdes Padrón, Amelia Pérez, Bertha Gómez, Carlos Infante, Eletis Martínez, y tantos otros cuyos nombres reposan en el subconsciente de la memoria colectiva...
El carnaval con su frenesí irá decayendo con el tiempo y sufriendo transformaciones; hasta llegar al carnaval seco. Aunque prohibido por las autoridades, el juego con agua y bombas, muchas veces congeladas, nunca ha desaparecido de un todo...
No puede desconocerse que la festividad del carnaval ha perdido su fuerza, pasando a ser simples fiestas, generalmente privadas para evitar el vandalismo generado por algún baldazo de agua y garantizar la seguridad ciudadana. Sin embargo, a pesar de todos los cambios y vicisitudes, el agua, limpia, sucia o de dudosa procedencia, escasa, prohibida, pero aun así desparramada, siempre fue, es y será la reina del carnaval en Espino, en otros pueblos del Guárico y de Venezuela.
sábado, febrero 02, 2013
Educación y llaneridad
Desde un enfoque geomental, la llaneridad se entiende como los rasgos históricos y culturales que identifican al hombre de nuestras comunidades llaneras con su paisaje humano, en este caso el guariqueño.
En ambas concepciones filosóficas se trata de una enseñanza convivencial expresada en la práctica de la vida diaria o en actividades familiares centrada en preparar a los más jóvenes para la caza y la recolección o para los haceres cotidianos. Esta escuela de la vida tenía como función impartir educación con un sentido comunitario y funcional. Su “currículum” consistía en transmitir, de manera informal, las costumbres, problemas y posibles soluciones a través de los propios padres o ancianos, mediante el abordaje de la oralidad y la memoria. Por supuesto, ello era posible gracias a la educabilidad humana constitutiva del ser, la posibilidad de transformarse siempre hacia otro máximo potencial en interacción con el mundo y la experiencia de saber y construir la realidad.
