martes, noviembre 30, 2010

Un festín de secretos

Los documentos de Wikileaks muestran lo graves que son las amenazas y el escaso control que tiene Occidente. Pero queda por responder una pregunta: ¿Cómo ejercer la labor diplomática en estas condiciones?


Un festín de secretos- Enrique Flores
por TIMOTHY GARTON ASH
Es el sueño del historiador. Es la pesadilla del diplomático. Aquí están, al alcance de todo el mundo, las confidencias de amigos, aliados y rivales, aderezadas con las opiniones francas, a veces brillantes, de diplomáticos estadounidenses. Durante las dos próximas semanas, los lectores de periódicos de todo el mundo van a disfrutar de un banquete con numerosos platos sacados de la historia del presente.

Lo normal es que el historiador tenga que esperar 20 o 30 años para encontrar esos tesoros. En este caso, los cables más recientes tienen poco más de 30 semanas de antigüedad. Y en conjunto forman un auténtico tesoro. Son más de 250.000 documentos. La mayoría de los que he visto, en mis incursiones en una base de datos que ha creado The Guardian para buscarlos, tienen más de 1.000 palabras de extensión. Si esa muestra es representativa, debe de haber un total de al menos 250 millones de palabras, tal vez hasta 500 millones. Como saben bien los acostumbrados a investigar en archivos, cuando se tiene acceso a un gran volumen de documentos -ya sean cartas de un novelista, papeles de un ministerio o cables diplomáticos, aunque gran parte de ese material sea rutinario e incluso, en parte, por eso-, es más fácil comprender a fondo al sujeto de nuestra investigación. Con una inmersión prolongada, uno se hace una idea bastante clara de sus prioridades, su carácter y sus pautas de pensamiento.

Este material consiste, en su mayor parte, en informes políticos de nivel medio y alto enviados desde todo el mundo, además de las instrucciones de Washington. Es importante recordar que no figuran secretos de las máximas categorías: NODIS (acceso exclusivo para el presidente, secretario de Estado, jefe de misión), ROGER, EXDIS, DOCKLAMP (mensajes secretos entre los consejeros de Defensa y el Servicio de Inteligencia de la Defensa). Aun así, lo que tenemos es un verdadero festín.

No es extraño que el Departamento de Estado haya puesto el grito en el cielo. Sin embargo, por lo que he visto, los profesionales del servicio exterior de Estados Unidos tienen pocas cosas de las que avergonzarse. Es verdad que se perciben ciertos tejemanejes marginales, sobre todo en los años de Bush y la "guerra contra el terror". Necesitamos preguntas y respuestas concretas. Ahora bien, en su mayor parte, lo que nos encontramos aquí es a unos diplomáticos que hacen el trabajo que les corresponde: averiguar qué está ocurriendo en los lugares en los que están destinados y trabajar para promover los intereses de su país y las políticas de su Gobierno.

Es más, mi opinión del Departamento de Estado ha mejorado bastante. En los últimos años, he tenido la impresión de que el servicio exterior estadounidense dejaba bastante que desear, me parecía casposo y decepcionante, en especial al compararlo con otras ramas de la Administración más sólidas como el Pentágono y el Tesoro. Pero lo que tenemos ahora ante nosotros es un trabajo de primera categoría.

El hombre que en la actualidad ocupa el máximo puesto de la carrera diplomática estadounidense, William Burns, aportó desde Rusia un relato de lo más entretenido -casi digno de Evelyn Waugh- sobre una enloquecida boda daguestaní a la que asistió el mafioso presidente de Chechenia, que bailó en ella "con su pistola automática chapada en oro metida en la parte posterior de sus vaqueros".

Los análisis de Burns sobre la política rusa son perspicaces. Como lo son los informes de sus colegas en Berlín, París y Londres. En un cable enviado en 2008 desde Berlín, se compara el Gobierno de la gran coalición de democristianos y socialdemócratas con "la típica pareja que se odia pero permanece casada por los hijos". Desde París se envía una divertidísima descripción de los numeritos de Nicolas (y Carla) Sarkozy. Y a los británicos nos vendría bien examinar nuestra obsesión neurótica por la llamada "relación especial" con Washington con la misma frialdad y la misma falta de sentimentalismo que se advierten en los cables confidenciales de la Embajada de Estados Unidos en Londres.

Por suerte, también encontramos indicios ocasionales de que el Foreign Office (Ministerio de Exteriores británico) defiende nuestros valores. Según un informe de 2008, un alto diplomático británico, Mariot Leslie, "dijo con gran franqueza que HMG [el Gobierno de su Majestad] se oponía a algunas de las cosas que hace el USG [el Gobierno de Estados Unidos] (por ejemplo, las rendiciones) y que, por consiguiente, tiene algunos límites".

Es muy preocupante encontrar cables con la firma de Hillary Clinton que parecen indicar que se pide a los diplomáticos normales y corrientes que hagan cosas que parecen más propias de espías de base, como rebuscar hasta descubrir los datos biométricos y de tarjetas de crédito de altos funcionarios de la ONU. Es urgente que Foggy Bottom (la sede del Departamento de Estado) aclare exactamente quién recibía instrucciones de hacer qué de acuerdo con estas Directivas sobre espionaje personal.

Más en general, lo que se observa en este tráfico de mensajes diplomáticos es hasta qué punto la seguridad y la lucha antiterrorista han penetrado en todos los aspectos de la política exterior estadounidense en los últimos 10 años. Pero también se ve lo graves que son las amenazas y el escaso control que tiene Occidente. Hay informaciones demoledoras sobre el programa nuclear iraní y el grado de miedo que provoca, no solo en Israel, sino sobre todo entre los árabes ("Cortad la cabeza de la serpiente", instó el rey saudí a los estadounidenses, según un embajador suyo); la vulnerabilidad del arsenal nuclear paquistaní frente a islamistas descontrolados; la inmensidad de la anarquía y la corrupción en Afganistán (un dirigente afgano saca millones de dólares del país en efectivo); Al Qaeda en Yemen; e historias reales del poder de las mafias rusas junto a las que la última novela de John Le Carré parece casi tímida.

Existe un genuino interés del público por conocer estas cosas. The Guardian, The New York Times, EL PAÍS y otros medios de comunicación responsables se han esforzado al máximo para intentar garantizar que los datos que publiquen no supongan un riesgo para nadie. Deberíamos exigir a Wikileaks que haga lo mismo.

Sin embargo, queda por responder una pregunta. ¿Cómo es posible ejercer la labor diplomática en estas condiciones? No cabe duda de que tiene razón el portavoz del Departamento de Estado al decir que las revelaciones "van a crear tensión en las relaciones entre nuestros diplomáticos y nuestros amigos de todo el mundo". El temor a las filtraciones ya está haciendo que sea más difícil gobernar. Un profesor amigo mío que trabajó en el Departamento de Estado durante el mandato de Bush me ha contado que en una ocasión sugirió escribir una nota en la que hacía preguntas fundamentales sobre la política de Estados Unidos en Irak. "Ni se te ocurra", le advirtieron, porque seguro que aparecía en The New York Times del día siguiente.

La gente está interesada en comprender cómo funciona el mundo y qué cosas se hacen en nuestro nombre. La gente está interesada por los manejos confidenciales de la política exterior. Y los dos intereses se contraponen.

De una cosa estoy seguro: el Gobierno de Estados Unidos debe de estar lamentando y revisando con urgencia su extraña decisión de colocar todo ese volumen de correspondencia diplomática reciente en un sistema de ordenadores militares tan seguro que un chico de 22 años podría descargarlo y pasarlo a un CD de Lady Gaga. ¿No les parece gagá?


Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Fuente: El País.com
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Por su propia seguridad, no se callen

Vivimos un espejismo que engaña nuestro discernimiento. Los medios dan cuenta de vez en cuando de este festival de la transparencia que llega, entre otras cosas, gracias a las nuevas tecnologías, a través de Internet, de las redes sociales y los teléfonos inteligentes. Todo ciudadano, vienen a decirnos, es un reportero en potencia. Se acabó el monopolio de los periodistas.


Viñeta de El Roto publicada en EL PAÍS,
 el 26 de enero de 2010-
por GABRIELA CAÑAS
Distintos acontecimientos han demostrado este año que contar la verdad y ejercer el periodismo independiente son actividades de alto riesgo. La reciente crisis del Sáhara, por ejemplo, ha puesto de manifiesto una cosa que ya sabíamos -la alergia que le produce a la clase dirigente marroquí la prensa libre- y otra que quizá no esperábamos: la complacencia de Gobiernos y organismos democráticos con un régimen que evita testigos incómodos cuando decide desmantelar un campamento en la antigua colonia española aunque esta no esté legalmente bajo su protección y/o administración.

Corren malos tiempos para la información veraz y contrastada y sus enemigos, lamentablemente, no se limitan a ocupar altos cargos en el Magreb. Bradley Manning es un soldado estadounidense que lleva seis meses encarcelado acusado por el Pentágono de enviar documentos y un vídeo escalofriante a Wikileaks. En dicho vídeo, un grupo de militares estadounidenses ametralla desde un helicóptero a un grupo de personas desarmadas que caminaban por una calle de Bagdad en 2007. Los militares no solo mataron a 12 individuos e hirieron a otros tantos, (entre ellos dos niños), sino que festejaron la heroicidad con gritos de entusiasmo que herían casi tanto como sus balas.

El Pentágono, que nunca ha dado cuenta de algunas de sus acciones más polémicas ni tampoco de aquella matanza filmada en la que había, por cierto, un par de periodistas de Reuters, acusa a Manning de la filtración ilegal y de poner en riesgo la seguridad del Estado.

La seguridad es la coartada ideal para frenar la verdad. Marruecos, además de contar con aliados poderosos (Estados Unidos, Francia y España) también se ha aprendido la lección y ya está sacando a pasear el fantasma del terrorismo para seguir controlando el Sáhara. A favor de la seguridad, los ciudadanos soportan largas colas para ser cacheados y registrados como presuntos terroristas en cualquier aeropuerto del mundo y en nombre de la seguridad el Pentágono clama contra la publicación de los documentos confidenciales que Wikileaks ha ido liberando sobre la invasión de Irak y la guerra enAfganistán. Las alarmas han vuelto a sonar a raíz de la nueva filtración, esta vez de 250.000 documentos del Departamento de Estado; la más grande de la historia, de la que EL PAÍS está dando cuenta.

Es verdad que algunos datos pueden poner en riesgo la vida de muchas personas. De ahí que las cinco cabeceras implicadas hayan seleccionado profesional y cuidadosamente los datos. Teniendo en cuenta los antecedentes y leyendo las primeras entregas, es, sin embargo, imposible evitar la sospecha. ¿No será que los Gobiernos temen en realidad que sus cuestionables prácticas puedan ser descubiertas? ¿No será que han abusado de la confianza que les otorgaron los ciudadanos y contribuyentes y se extralimitan en sus funciones? ¿En nombre de qué y quiénes pide Washington a sus diplomáticos los números de las tarjetas de crédito de funcionarios de la ONU? ¿En bien de la seguridad de quién presionan a jueces y fiscales españoles (y estos colaboran) relacionados con casos como las torturas de Guantánamo o la muerte del cámara José Couso? ¿Qué tiene que ver la diplomacia y la seguridad con esa orden quizá legal pero insultante de indagar en la salud mental de la presidenta de Argentina?

Vivimos un espejismo que engaña nuestro discernimiento. Los medios dan cuenta de vez en cuando de este festival de la transparencia que llega, entre otras cosas, gracias a las nuevas tecnologías, a través de Internet, de las redes sociales y los teléfonos inteligentes. Todo ciudadano, vienen a decirnos, es un reportero en potencia. Se acabó el monopolio de los periodistas. Imposible ocultar una algarada estudiantil o una manifestación contra un Gobierno que se adjudica torticeramente unas elecciones, como en Irán.

La realidad es bien distinta. Y aterradora. Los Gobiernos más poderosos, como el chino, nos están demostrando que en Internet también hay fronteras y que la información es más controlable que nunca. Google, que creyó poder convivir con la censura china, ha tenido que tirar la toalla y ahora se plantea denunciar a China en la OMC en nombre de la libertad de movimientos de mercancías, dado que, probablemente, en nombre de la libertad de expresión tendría menos opciones de ganar la batalla.

La realidad es que Julian Assange , el fundador de Wikileaks, vive en la clandestinidad, perseguido por el Gobierno de EE UU y por unas denuncias de acoso sexual y violación que se destaparon justo cuando buscó refugio en Suecia para su organización en defensa de la transparencia. La realidad es que las airadas y amenazantes reacciones oficiales a la última filtración prometen dificultar enormemente el ejercicio de la libertad de prensa. Y la realidad es que mandatarios de medio mundo suspiran por un mundo sin periodismo independiente, como han demostrado este año China, Argentina, Venezuela, Brasil y Marruecos, entre otros.
"Por su propia seguridad, permanezcan asustados", advertía la megafonía de un aeropuerto en una viñeta de El Roto publicada por EL PAÍS a principios de año. Parafraseando a este gran opinador, cabría advertir por el contrario: "Por su propia seguridad, no se mantengan callados".

Fuente: El País.com
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domingo, noviembre 28, 2010

Breve discurso sobre la cultura

En su edición de septiembre, LECTURAS publicó el reciente ensayo de Mario Vargas Llosa 'Breve discurso sobre la cultura'.La educación en el humanismo, en este ensayo que el maestro peruano cedió a LECTURAS, publicado en la revista mexicana 'Letras Libres' en su edición de julio.También Fuego Cotidiano se une en publicarlo.

Mario Vargas Llosas, Premio Nobel de Literatura
por Mario Vargas Llosas
A lo largo de la historia, la noción de cultura ha tenido distintos significados y matices. Durante muchos siglos fue un concepto inseparable de la religión y del conocimiento teológico; en Grecia estuvo marcado por la filosofía y en Roma por el derecho, en tanto que en el Renacimiento lo impregnaban sobre todo la literatura y las artes.
En épocas más recientes como la Ilustración fueron la ciencia y los grandes descubrimientos científicos los que dieron el sesgo principal a la idea de cultura. Pero, a pesar de esas variantes y hasta nuestra época, cultura siempre significó una suma de factores y disciplinas que, según amplio consenso social, la constituían y ella implicaba: la reivindicación de un patrimonio de ideas, valores y obras de arte, de unos conocimientos históricos, religiosos, filosóficos y científicos en constante evolución y el fomento de la exploración de nuevas formas artísticas y literarias y de la investigación en todos los campos del saber.

La cultura estableció siempre unos rangos sociales entre quienes la cultivaban, la enriquecían con aportes diversos, la hacían progresar y quienes se desentendían de ella, la despreciaban o ignoraban, o eran excluidos de ella por razones sociales y económicas. En todas las épocas históricas, hasta la nuestra, en una sociedad había personas cultas e incultas, y, entre ambos extremos, personas más o menos cultas o más o menos incultas, y esta clasificación resultaba bastante clara para el mundo entero porque para todos regía un mismo sistema de valores, criterios culturales y maneras de pensar, juzgar y comportarse.

En nuestro tiempo todo aquello ha cambiado. La noción de cultura se extendió tanto que, aunque nadie se atrevería a reconocerlo de manera explícita, se ha esfumado. Se volvió un fantasma inaprensible, multitudinario y traslaticio. Porque ya nadie es culto si todos creen serlo o si el contenido de lo que llamamos cultura ha sido depravado de tal modo que todos puedan justificadamente creer que lo son.

La más remota señal de este progresivo empastelamiento y confusión de lo que representa una cultura la dieron los antropólogos, inspirados, con la mejor buena fe del mundo, en una voluntad de respeto y comprensión de las sociedades más primitivas que estudiaban. Ellos establecieron que cultura era la suma de creencias, conocimientos, lenguajes, costumbres, atuendos, usos, sistemas de parentesco y, en resumen, todo aquello que un pueblo dice, hace, teme o adora. Esta definición no se limitaba a establecer un método para explorar la especificidad de un conglomerado humano en relación con los demás. Quería también, de entrada, abjurar del etnocentrismo prejuicioso y racista del que Occidente nunca se ha cansado de acusarse.

El propósito no podía ser más generoso, pero ya sabemos por el famoso dicho que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Porque una cosa es creer que todas las culturas merecen consideración, ya que, sin duda, en todas hay aportes positivos a la civilización humana, y otra, muy distinta, creer que todas ellas, por el mero hecho de existir, se equivalen. Y es esto último lo que asombrosamente ha llegado a ocurrir en razón de un prejuicio monumental suscitado por el deseo bienhechor de abolir de una vez y para siempre todos los prejuicios en materia de cultura. La corrección política ha terminado por convencernos de que es arrogante, dogmático, colonialista y hasta racista hablar de culturas superiores e inferiores y hasta de culturas modernas y primitivas. Según esta arcangélica concepción, todas las culturas, a su modo y en su circunstancia, son iguales, expresiones equivalentes de la maravillosa diversidad humana.

Si etnólogos y antropólogos establecieron esta igualación horizontal de las culturas, diluyendo hasta la invisibilidad la acepción clásica del vocablo, los sociólogos por su parte -o, mejor dicho, los sociólogos empeñados en hacer crítica literaria- han llevado a cabo una revolución semántica parecida, incorporando a la idea de cultura, como parte integral de ella, a la incultura, disfrazada con el nombre de cultura popular, una forma de cultura menos refinada, artificiosa y pretenciosa que la otra, pero mucho más libre, genuina, crítica, representativa y audaz. Diré inmediatamente que en este proceso de socavamiento de la idea tradicional de cultura han surgido libros tan sugestivos y brillantes como el que Mijaíl Bajtín dedicó a La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento / El contexto de François Rabelais, en el que contrasta, con sutiles razonamientos y sabrosos ejemplos, lo que llama "cultura popular", que, según el crítico ruso, es una suerte de contrapunto a la cultura oficial y aristocrática, la que se conserva y brota en los salones, palacios, conventos y bibliotecas, en tanto que la popular nace y vive en la calle, la taberna, la fiesta, el carnaval y en la que aquella es satirizada con réplicas que, por ejemplo, desnudan y exageran lo que la cultura oficial oculta y censura como el "abajo humano", es decir, el sexo, las funciones excrementales, la grosería y oponen el rijoso "mal gusto" al supuesto "buen gusto" de las clases dominantes.

No hay que confundir la clasificación hecha por Bajtín y otros críticos literarios de estirpe sociológica -cultura oficial y cultura popular- con aquella división que desde hace mucho existe en el mundo anglosajón, entre la high brow culture y la low brow culture: la cultura de la ceja levantada y la de la ceja alicaída. Pues en este último caso estamos siempre dentro de la acepción clásica de la cultura y lo que distingue a una de otra es el grado de facilidad o dificultad que ofrece al lector, oyente, espectador y simple cultor el hecho cultural. Un poeta como T.S. Eliot y un novelista como James Joyce pertenecen a la cultura de la ceja levantada en tanto que los cuentos y novelas de Ernest Hemingway o los poemas de Walt Whitman a la de la ceja alicaída pues resultan accesibles a los lectores comunes y corrientes. En ambos casos estamos siempre dentro del dominio de la literatura a secas, sin adjetivos. Bajtín y sus seguidores (conscientes o inconscientes) hicieron algo mucho más radical: abolieron las fronteras entre cultura e incultura y dieron a lo inculto una dignidad relevante, asegurando que lo que podía haber en este discriminado ámbito de impericia, chabacanería y dejadez estaba compensado largamente por su vitalidad, humorismo, y la manera desenfadada y auténtica con que representaba las experiencias humanas más compartidas.
De este modo han ido desapareciendo de nuestro vocabulario, ahuyentados por el miedo a incurrir en la incorrección política, los límites que mantenían separadas a la cultura de la incultura, a los seres cultos de los incultos. Hoy ya nadie es inculto o, mejor dicho, todos somos cultos. Basta abrir un periódico o una revista para encontrar, en los artículos de comentaristas y gacetilleros, innumerables referencias a la miríada de manifestaciones de esa cultura universal de la que somos todos poseedores, como por ejemplo "la cultura de la pedofilia", "la cultura de la mariguana", "la cultura punqui", "la cultura de la estética nazi" y cosas por el estilo. Ahora todos somos cultos de alguna manera, aunque no hayamos leído nunca un libro, ni visitado una exposición de pintura, escuchado un concierto, ni aprendido algunas nociones básicas de los conocimientos humanísticos, científicos y tecnológicos del mundo en que vivimos.

Queríamos acabar con las élites, que nos repugnaban moralmente por el retintín privilegiado, despectivo y discriminatorio con que su solo nombre resonaba ante nuestros ideales igualitaristas y, a lo largo del tiempo, desde distintas trincheras, fuimos impugnando y deshaciendo a ese cuerpo exclusivo de pedantes que se creían superiores y se jactaban de monopolizar el saber, los valores morales, la elegancia espiritual y el buen gusto. Pero lo que hemos conseguido es una victoria pírrica, un remedio que resultó peor que la enfermedad: vivir en la confusión de un mundo en el que, paradójicamente, como ya no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es.

Sin embargo, se me objetará, nunca en la historia ha habido un cúmulo tan grande de descubrimientos científicos, realizaciones tecnológicas, ni se han editado tantos libros, abierto tantos museos ni pagado precios tan vertiginosos por las obras de artistas antiguos y modernos. ¿Cómo se puede hablar de un mundo sin cultura en una época en que las naves espaciales construidas por el hombre han llegado a las estrellas y el porcentaje de analfabetos es el más bajo de todo el acontecer humano? Sí, todo ese progreso es cierto, pero no es obra de mujeres y hombres cultos sino de especialistas. Y entre la cultura y la especialización hay tanta distancia como entre el hombre de Cromagnon y los sibaritas neurasténicos de Marcel Proust. De otro lado, aunque haya hoy muchos más alfabetizados que en el pasado, este es un asunto cuantitativo y la cultura no tiene mucho que ver con la cantidad, sólo con la cualidad. Es decir, hablamos de cosas distintas. A la extraordinaria especialización a que han llegado las ciencias se debe, sin la menor duda, que hayamos conseguido reunir en el mundo de hoy un arsenal de armas de destrucción masiva con el que podríamos desaparecer varias veces el planeta en que vivimos y contaminar de muerte los espacios adyacentes. Se trata de una hazaña científica y tecnológica, sin lugar a dudas y, al mismo tiempo, una manifestación flagrante de barbarie, es decir, un hecho eminentemente anticultural si la cultura es, como creía T.S. Eliot, "todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido".

La cultura es -o era, cuando existía- un denominador común, algo que mantenía viva la comunicación entre gentes muy diversas a las que el avance de los conocimientos obligaba a especializarse, es decir, a irse distanciando e incomunicando entre sí. Era, así mismo, una brújula, una guía que permitía a los seres humanos orientarse en la espesa maraña de los conocimientos sin perder la dirección y teniendo más o menos claro, en su incesante trayectoria, las prelaciones, lo que es importante de lo que no lo es, el camino principal y las desviaciones inútiles. Nadie puede saber todo de todo -ni antes ni ahora fue posible-, pero al hombre culto la cultura le servía por lo menos para establecer jerarquías y preferencias en el campo del saber y de los valores estéticos. En la era de la especialización y el derrumbe de la cultura las jerarquías han desaparecido en una amorfa mezcolanza en la que, según el embrollo que iguala las innumerables formas de vida bautizadas como culturas, todas las ciencias y las técnicas se justifican y equivalen, y no hay modo alguno de discernir con un mínimo de objetividad qué es bello en el arte y qué no lo es. Incluso hablar de este modo resulta ya obsoleto pues la noción misma de belleza está tan desacreditada como la clásica idea de cultura.

El especialista ve y va lejos en su dominio particular pero no sabe lo que ocurre a sus costados y no se distrae en averiguar los estropicios que podría causar con sus logros en otros ámbitos de la existencia, ajenos al suyo. Ese ser unidimensional, como lo llamó Marcuse, puede ser, a la vez, un gran especialista y un inculto porque sus conocimientos, en vez de conectarlo con los demás, lo aíslan en una especialidad que es apenas una diminuta celda del vasto dominio del saber.

La especialización, que existió desde los albores de la civilización, fue aumentando con el avance de los conocimientos, y lo que mantenía la comunicación social, esos denominadores comunes que son los pegamentos de la urdimbre social, eran las élites, las minorías cultas, que además de tender puentes e intercambios entre las diferentes provincias del saber -las ciencias, las letras, las artes y las técnicas- ejercían una influencia, religiosa o laica, pero siempre cargada de contenido moral, de modo que aquel progreso intelectual y artístico no se apartara demasiado de una cierta finalidad humana, es decir que, a la vez que garantizara mejores oportunidades y condiciones materiales de vida, significara un enriquecimiento moral para la sociedad, con la disminución de la violencia, de la injusticia, la explotación, el hambre, la enfermedad y la ignorancia.
En su célebre ensayo "Notas para la definición de la cultura", T.S. Eliot sostuvo que no debe identificarse a esta con el conocimiento -parecía estar hablando para nuestra época más que para la suya porque hace medio siglo el problema no tenía la gravedad que ahora- porque cultura es algo que antecede y sostiene al conocimiento, una actitud espiritual y una cierta sensibilidad que lo orienta y le imprime una funcionalidad precisa, algo así como un designio moral.

Como creyente, Eliot encontraba en los valores de la religión cristiana aquel asidero del saber y la conducta humana que llamaba la cultura. Pero no creo que la fe religiosa sea el único sustento posible para que el conocimiento no se vuelva errático y autodestructivo como el que multiplica los polvorines atómicos o contamina de venenos el aire, el suelo y las aguas que nos permiten vivir. Una moral y una filosofía laicas cumplieron, desde los siglos xviii y xix, esta función para un amplio sector del mundo occidental.

Aunque, es cierto que, para un número tanto o más grande de los seres humanos, resulta evidente que la trascendencia es una necesidad o urgencia vital de la que no pueden desprenderse sin caer en la anomia o la desesperación.

Jerarquías en el amplio espectro de los saberes que forman el conocimiento, una moral todo lo comprensiva que requiere la libertad y que permita expresarse a la gran diversidad de lo humano pero firme en su rechazo de todo lo que envilece y degrada la noción básica de humanidad y amenaza la supervivencia de la especie, una élite conformada no por la razón de nacimiento ni el poder económico o político sino por el esfuerzo, el talento y la obra realizada y con autoridad moral para establecer, de manera flexible y renovable, un orden de importancia de los valores tanto en el espacio propio de las artes como en las ciencias y técnicas: eso fue la cultura en las circunstancias y sociedades más cultas que ha conocido la historia y lo que debería volver a ser si no queremos progresar sin rumbo, a ciegas, como autómatas, hacia nuestra desintegración. Sólo de este modo la vida iría siendo cada día más vivible para el mayor número en pos del siempre inalcanzable anhelo de un mundo feliz.

Sería equivocado atribuir en este proceso funciones idénticas a las ciencias y a las letras y a las artes. Precisamente por haber olvidado distinguirlas ha surgido la confusión que prevalece en nuestro tiempo en el campo de la cultura. Las ciencias progresan, como las técnicas, aniquilando lo viejo, anticuado y obsoleto, para ellas el pasado es un cementerio, un mundo de cosas muertas y superadas por los nuevos descubrimientos e invenciones. Las letras y las artes se renuevan pero no progresan, ellas no aniquilan su pasado, construyen sobre él, se alimentan de él y a la vez lo alimentan, de modo que a pesar de ser tan distintos y distantes un Velázquez está tan vivo como Picasso y Cervantes sigue siendo tan actual como Borges o Faulkner.

Las ideas de especialización y progreso, inseparables de la ciencia, son írritas a las letras y a las artes, lo que no quiere decir, desde luego, que la literatura, la pintura y la música no cambien y evolucionen. Pero no se puede decir de ellas, como de la química y la alquimia, que aquella abole a esta y la supera. La obra literaria y artística que alcanza cierto grado de excelencia no muere con el paso del tiempo: sigue viviendo y enriqueciendo a las nuevas generaciones y evolucionando con estas. Por eso, las letras y las artes constituyeron hasta ahora el denominador común de la cultura, el espacio en el que era posible la comunicación entre seres humanos pese a la diferencia de lenguas, tradiciones, creencias y épocas, pues quienes se emocionan con Shakespeare, se ríen con Moliére y se deslumbran con Rembrandt y Mozart se acercan a, y dialogan con, quienes en el tiempo en que aquellos escribieron, pintaron o compusieron, los leyeron, oyeron y admiraron.

Ese espacio común, que nunca se especializó, que ha estado siempre al alcance de todos, ha experimentado periodos de extrema complejidad, abstracción y hermetismo, lo que constreñía la comprensión de ciertas obras a una élite. Pero esas obras experimentales o de vanguardia, si de veras expresaban zonas inéditas de la realidad humana y creaban formas de belleza perdurable, terminaban siempre por educar a sus lectores, espectadores y oyentes integrándose de este modo al espacio común de la cultura. Esta puede y debe ser, también, experimento, desde luego, a condición de que las nuevas técnicas y formas que introduzca la obra así concebida amplíen el horizonte de la experiencia de la vida, revelando sus secretos más ocultos, o exponiéndonos a valores estéticos inéditos que revolucionan nuestra sensibilidad y nos dan una visión más sutil y novedosa de ese abismo sin fondo que es la condición humana.

Hace ya algunos años vi en París, en la televisión francesa, un documental que se me quedó grabado en la memoria y cuyas imágenes, de tanto en tanto, los sucesos cotidianos actualizan con restallante vigencia, sobre todo cuando se habla del problema mayor de nuestro tiempo: la educación.
El documental describía la problemática de un liceo en las afueras de París, uno de esos barrios donde familias francesas empobrecidas se codean con inmigrantes de origen subsahariano, latinoamericano y árabes del Magreb. Este colegio secundario público, cuyos alumnos, de ambos sexos, constituían un arcoíris de razas, lenguas, costumbres y religiones, había sido escenario de violencias: golpizas a profesores, violaciones en los baños o corredores, enfrentamientos entre pandillas a navajazos y palazos y, si mal no recuerdo, hasta tiroteos. No sé si de todo ello había resultado algún muerto, pero sí muchos heridos, y en los registros al local la policía había incautado armas, drogas y alcohol.

El documental no quería ser alarmista, sino tranquilizador, mostrar que lo peor había ya pasado y que, con la buena voluntad de autoridades, profesores, padres de familia y alumnos, las aguas se estaban sosegando. Por ejemplo, con inocultable satisfacción, el director señalaba que gracias al detector de metales recién instalado, por el cual debían pasar ahora los estudiantes al ingresar al colegio, se decomisaban las manoplas, cuchillos y otras armas punzocortantes. Así, los hechos de sangre se habían reducido de manera drástica.

Se habían dictado disposiciones de que ni profesores ni alumnos circularan nunca solos, ni siquiera para ir a los baños, siempre al menos en grupos de dos. De este modo se evitaban asaltos y emboscadas. Y, ahora, el colegio tenía dos psicólogos permanentes para dar consejo a los alumnos y alumnas -casi siempre huérfanos, semihuérfanos, y de familias fracturadas por la desocupación, la promiscuidad, la delincuencia y la violencia de género- inadaptables o pendencieros recalcitrantes.
Lo que más me impresionó en el documental fue la entrevista a una profesora que afirmaba, con naturalidad, algo así como: "Tout va bien, maintenant, mais il faut se débrouiller" ("Ahora todo anda bien, pero hay que saber arreglárselas"). Explicaba que, a fin de evitar los asaltos y palizas de antaño, ella y un grupo de profesores se habían puesto de acuerdo para encontrarse a una hora justa en la boca del metro más cercana y caminar juntos hasta el colegio.
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En busca de Bolívar

La bibliografía sobre el prócer venezolano es ingente, a la medida de la importancia de su obra política y libertadora. Ospina no desdeña las fuentes clásicas y más ambiciosas.

por J. ERNESTO AYALA-DIP 
A la espera de la publicación de La serpiente sin ojos, con la que el escritor colombiano William Ospina cerrará una trilogía comenzada con Ursúa (2006) y continuada con El País de la Canela (Premio Rómulo Gallego, 2009), está ya en las librerías En busca de Bolívar, un libro en la línea ensayística que caracteriza una parte considerable de su obra. La bibliografía sobre el prócer venezolano es ingente, a la medida de la importancia de su obra política y libertadora. Ospina no desdeña las fuentes clásicas y más ambiciosas. Pero su Bolívar escapa a lo que se entiende generalmente por biografía. ¿Es, entonces, una novela disfrazada de biografía o viceversa? En el terreno de la ficción se tiene El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez, novela que comprende la etapa final del libertador. (Se sabe, por cierto, que Álvaro Mutis estaba escribiendo una novela sobre Bolívar titulada El último rostro. Tal novela no la terminó pero llegó a manos del autor de Cien años de soledad. Después de leerla, García Márquez le pidió permiso a Mutis para acometer la empresa que éste no había finalizado). No sé si a William Ospina también le pasó por su cabeza la idea de una novela. Lo que sí es cierto es que en En busca de Bolívar hay como un interrogante, como el lúcido dibujo de un personaje que no se deja atrapar fácilmente, como si Ospina quisiera resguardarlo de la tentación de la hagiografía o de la torticera instrumentación ideológica de su pensamiento político. Decía García Márquez que ya estaba cansado del marmóreo endiosamiento del que había sido víctima Bolívar. Por ello acometió su novelización, su humanización. William Ospina escapa al patrón de biografista clásico. Quien escribe es como si fuera a la vez quien narra. El que escribe está en el presente de su biografiado, en su gloria libertadora, pero a la vez en el futuro de su doloroso fracaso político. Bolívar, el que vio en persona a Napoleón, el paradigma de guerrero visionario que admiró Byron, o el personaje histórico que desdeñó Karl Marx. Ellas son las facetas de un mismo y a veces insondable personaje legendario, tan en las Antípodas de su competidor en gestas libertadoras San Martín. No hay en el libro de Ospina ni una sola fecha. Una clara e inteligente transgresión del género. Las decepciones del alma del héroe incomprendido no tienen día y mes. Y apenas las tienen las victorias, sobre todo cuando éstas no conducen a la América sin fronteras que soñó Bolívar.

Fuente: El País de España
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jueves, noviembre 25, 2010

Cuando el lenguaje nos traiciona

Los titulares enmarcan el enfoque de las noticias y provocan quejas cuando no se ajustan al texto. No es lo mismo confiscar que gravar con una tasa.

por MILAGROS PÉREZ OLIVA | Elpais.com
El reto del periodismo riguroso es mostrar de la forma más fidedigna posible una realidad siempre compleja y que a menudo aparece distorsionada por la controversia ideológica. En situaciones altamente polarizadas por la pugna política, ofrecer al lector una visión lo más objetiva posible exige un ejercicio de distanciamiento que no siempre somos capaces de hacer. Y quedamos atrapados en el lenguaje. Unas veces porque no utilizamos las palabras adecuadas y acabamos diciendo lo que no queríamos decir; otras, porque, con la elección de determinadas palabras, no mostramos tanto la realidad objetiva como nuestra particular visión de esa realidad.

El periódico se expone cada día en las palabras que elige. Como explica George Lakoff, especialista en lingüística cognitiva, todas las palabras se definen en relación a determinados marcos conceptuales que conforman una manera de ver el mundo. En un diario, las palabras más determinantes se encuentran en el titular. Son las que constituyen el marco de referencia, el encuadre por el que mostramos la realidad. Muchas de las quejas que recibo tienen que ver con problemas de encuadre.

Les expondré algunos ejemplos de los últimos días. Un lector de Granada, Federico M. Maldonado Bolívar, me escribe para quejarse por el muy diferente trato que reciben dos noticias publicadas juntas en la portada de Elpais.com y en la misma página de la edición impresa el pasado día 13. La primera se titulaba Venezuela confiscará el 5% de los beneficios de la banca y en ella se informa sobre la nueva Ley de Instituciones Bancarias, aprobada por el Parlamento venezolano en primera discusión. Lo que da lugar al titular son unas declaraciones de Hugo Chávez por las que, según la autora, Maye Primera, una vez que sea promulgada la ley, cada banco deberá destinar el 5% de su beneficio bruto, antes de impuestos, al "cumplimiento de la responsabilidad social, que financiará proyectos de Consejos Comunales u otras formas de organización social de las previstas en el marco jurídico vigente". Con los beneficios de 2009, la medida reportaría 53,5 millones de euros a las arcas públicas.

La segunda, firmada por Juan Gómez desde Berlín, se titula Merkel eleva la carga fiscal para cubrir el déficit de la Sanidad, y explica que el Gobierno alemán ha aprobado una reforma por la que se incrementa la aportación de los ciudadanos al seguro médico. La misma reforma reduce los ingresos de la industria farmacéutica por la vía de limitar el precio de los medicamentos, una medida con la que el Gobierno alemán espera obtener 2.000 millones de euros, algo que nadie califica de confiscación. El lector de Granada pregunta por qué en un caso se habla de "tasa" y en el otro de "confiscación", y recurre a la ironía para ilustrar la carga semántica que se deriva del muy diferente tratamiento dado a ambas noticias."Presentan una foto de Hugo Chávez con el titular que afirma que Venezuela 'confiscará' el 5% de los beneficios de la banca. En la misma portada se dice que Merkel 'elevará la carga fiscal' en Alemania. Qué fina Merkel, que parece que suba los impuestos con una taza de té en las manos y unas pastitas en la mesa. Muy distinta al grosero Hugo, confiscando sudoroso todo lo que se pone por delante. Con independencia de la opinión que nos merezca un gobernante, no creo que una tasa del 5% sobre los beneficios se pueda considerar confiscatoria". Para este lector, "aunque el Gobierno de Chávez haya realizado políticas confiscatorias (y cosas peores), es injustificable esta composición ideológica de la portada".

Luis Prados de la Escosura, redactor jefe de la sección de Internacional, expone a la Defensora el contexto de pugna política en el que se aprueba la ley y la trayectoria intervencionista del Gobierno de Hugo Chávez, pero con respecto a la queja de Federico M. Maldonado, admite que "el lector tiene razón". La palabra "confiscar" significa "penar con privación de bienes, que son asumidos por el fisco" y es sinónimo de decomisar. Gravar los beneficios es algo que hacen muchos Gobiernos y nadie habla de confiscar. El propio presidente de la Asociación Bancaria de Venezuela, Juan Carlos Escotet, salió al paso de esta interpretación, como pueden ver en su página web, y si están interesados en una visión crítica de la ley, pueden consultar la del economista venezolano César Aristimuño.

Las políticas de Hugo Chávez son controvertidas y el diario las ha criticado en sus editoriales y en numerosos artículos. Pero una cosa es la opinión y otra la información. Esta debe ser rigurosa y ponderada. Hemos de ser muy cuidadosos en la elección de las palabras. No es lo mismo confiscar que gravar con una tasa, como no es lo mismo, en el contexto de una negociación política, buscar un acuerdo que "poner precio", como señaló el lector Antoni Jiménez Massana a propósito de una noticia titulada: CiU y PNV mantienen vivo al Gobierno, pero elevan su precio.

"Si cualquier partido político defiende los intereses de sus electores, cuando negocia, lo hace desde el criterio de lo que ese partido cree justo y susceptible de ser negociado", argumenta. Utilizar la expresión "elevar el precio" introduce "una idea de cierta ilicitud", afirma, que se aplica únicamente a los partidos nacionalistas. Tiene razón. La utilización de esta expresión contribuye, en mi opinión, a crear un marco conceptual adverso a estos partidos, en el que se reduce lo que son legítimas aspiraciones avaladas por los votos a un puro mercado, cuando no chantaje, del que se deriva una idea de ilegitimidad.

Querido papá, voy a aplastar Irak era el titular con el que se presentó la noticia de las memorias de George W. Bush. Juan Sánchez Cuenca, de Madrid, protesta porque ese titular induce a creer que se trata de una frase textual de la carta que el ex presidente envió a su padre con motivo de la invasión de Irak. "Me encanta ver cómo se vitupera a tan execrable presidente de Estados Unidos", escribe el lector, pero "no al precio de ver cómo el diario al que soy fiel por su mayor objetividad cae en la deriva de la prensa mediocre".

Augusto Klappenbach, de Pinto (Madrid), también ha escrito a la Defensora por considerar "falso" el titular El Gobierno reprocha a Marruecos la violencia ejercida en el Sáhara, aparecido en la portada del pasado sábado. La información que abría la sección de Internacional dejaba claro que el Gobierno se había limitado a lamentar lo ocurrido y había eludido expresamente reprochar o condenar la actitud del Gobierno marroquí.

A veces las palabras nos traicionan por descuido. Queremos decir algo y acabamos diciendo algo distinto. Es lo que ocurrió con el reportaje de la sección Vida y Artes del pasado jueves Esta grosería la paga usted. Se explicaba que un colaborador de Telemadrid había hecho comentarios soeces en presencia de niños de varios colegios, entre ellos los de un centro de Marruecos sobre los que hizo también alusiones despectivas. El reportaje calificaba de "burla" esos comentarios, "máxime cuando la mayoría de los estudiantes del Colegio Español de Rabat son cultos y pertenecen a clases acomodadas (entre ellos había hijos de ministros, intelectuales y mandos militares)". Esta frase movió a Miguel Mauricio Iglesias a escribir a la Defensora: "¿Quieren decir que si los estudiantes viniesen de un barrio humilde de Rabat o de Ouarzazate, la descalificación sería menos grave?". Tanto la subdirectora Berna González Harbour como la autora del texto, Joaquina Prades, deploran lo ocurrido y piden disculpas. Este lector, comprensivo donde los haya, señala otras "traiciones" del lenguaje en este mismo texto, que ustedes pueden consultar en la página de la Defensora.

Como han visto, son ejemplos muy variados y muy recientes. Podría componer un artículo como este cada poco tiempo con otros tantos ejemplos, lo que demuestra la importancia que tiene la elección de las palabras. Con ellas no solo hablamos del mundo sino de nosotros mismos. Con las palabras que elegimos demostramos cada día lo objetivos que queremos ser.


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