Un día de carnaval

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Por José Obswaldo Pérez

Quizás esta fotografía pertenezca a un día de carnaval de 1955. Los niños—hembras y varones—, delatados por sus latas y vasijas rebosantes de agua, exhiben la ropa empapada y esa alegría irrepetible que solo la infancia puede sostener sin esfuerzo. Sus sonrisas, abiertas como puertas al verano, parecen iluminar más que el propio sol de la tarde.

La calle, con su casa envejecida al fondo, muestra las huellas del tiempo: paredes que han visto pasar generaciones, techos que han resistido aguaceros y silencios. A un lado, el poste de luz eléctrica —moderno para la época— se yergue como símbolo de un progreso que llegaba a cuentagotas. Era alimentado por una planta que encendía sus motores a las seis de la tarde, extendiendo su resplandor hasta el amanecer, como si velara los sueños del pueblo.

El testimonio visual es obra de un testigo silencioso, el reconocido fotógrafo valenciano Alfredo Colina, quien capturó esta escena en 1955. Pero la imagen es más que un registro técnico: es una ventana abierta a un instante crucial en la historia de nuestro pueblo de Ortiz. En ella conviven la inocencia, la tradición y el lento despertar de la modernidad. Es un fragmento de memoria colectiva que, al mirarlo, nos recuerda quiénes fuimos y cómo comenzó a transformarse nuestro mundo.


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