El tiempo se ha convertido en el verdadero campo de batalla, con Washington pidiendo paciencia, el chavismo utilizándola para reconfigurarse y la sociedad midiendo ese tiempo como esperanza o como engaño.
Por Xavier Padilla
Los venezolanos no necesitamos pedir permiso para alcanzar el hartazgo. Quisiéramos saber sobre la base de qué cartillas de transición —que no sabemos en qué santa escritura están fijadas— se nos exige tanta improbable esperanza. Sólo vemos que la dinámica material avanza con rapidez y la dimensión política se mueve con lentitud deliberada.
El chavismo, mientras tanto, se reorganiza en un eje donde Delcy acumula legitimación externa y capacidad operativa, mientras Cabello conserva el control del aparato coercitivo. Esa dualidad habilita una operación más fina, con una interfaz negociable hacia fuera y una estructura firme hacia dentro.
A esto se suma la base material —petróleo, flexibilización, amnistía— que puede sostener trayectorias distintas. Es una ambivalencia sospechosa que vuelve cada avance potencialmente reversible.
Ayer apareció un elemento que termina de inclinar la lectura. El tono de Delcy fue de propietario: lacerante, pedagógico. Implicaba jerarquía, férula. Fue una reivindicación de mando. Forma parte de una consolidación.
¿Volveremos cada vez a esperar respuesta de Washington? Si entramos en esa rutina, lo que se perfila es una reorganización del poder bajo nuevos decorados, sin mejora material verificable y con una narrativa de cambio que administra la espera. Es el sistema chavista reconfigurado, vuelto más presentable y negociable. Más interlocutor para EEUU.
Washington puede encontrar en ese templete un terreno operativo. La estabilidad funcional, el flujo energético y el control del entorno pueden bastarle para sostener indefinidamente la relación.
Cabello permanece en la zona donde se decide lo que no se dice. Todo cambia para no cambiar nada. Mientras el sistema chavista conserva su estructura profunda y adapta su expresión, la coerción adopta formas menos visibles y dosificadas según la necesidad.
El pueblo, por su parte, recibe un marco delimitado. Las condiciones siguen tensas y la presión cotidiana se mantiene, y frente a él se instala un discurso que organiza la espera y normaliza la continuidad. Allí se asienta su desconfianza. Ve que la democracia se mantiene como horizonte desplazado en el tiempo: diferido, invocado, nunca activado.
Impera una exigencia de dirección clara, explícita y expedita. Una transición requiere mecanismos que la obliguen y la sostengan. Sin los anclajes necesarios —sean cuales fueren—, el tiempo se convierte en instrumento de administración, y en ese terreno el chavismo se mueve con ventaja.
X. P.
