Pedro Sivira:Más allá de la ficción, su labor en el diario El Nacionalista de San Juan de los Morros consolidó su rol como guardián de la memoria histórica.
La literatura venezolana encuentra en Pedro Sivira (1945–2010) a uno de sus observadores más agudos. Aunque nació en Falcón, su pluma y corazón se arraigaron en el estado Guárico, convirtiéndose en la voz oficial de la transformación social provocada por la explotación de hidrocarburos en los llanos orientales.
Por José Obswaldo Pérez
Pedro Sivira (1945–2010) es reconocido como una de las figuras más singulares de la literatura vinculada al estado Guárico, pese a haber nacido en San Lorenzo, estado Falcón. Su identidad cultural se forjó en Las Mercedes del Llano, adonde llegó siendo niño y donde situó buena parte de su obra narrativa, periodística y ensayística. Desde allí construyó una mirada crítica y profundamente humana sobre la vida petrolera y sus efectos en la sociedad llanera.
En este contexto, Sivira desarrolló su carrera como escritor, periodista cultural, poeta y ensayista. Su obra se convirtió en referencia para comprender la irrupción del petróleo en los llanos orientales y las transformaciones sociales que produjo. Edgardo Malaspina lo definió como un “baluarte de la literatura guariqueña”, especialmente por su capacidad para fijar en la memoria literaria la vida de Las Mercedes del Llano durante su etapa petrolera.
Nacido el 29 de octubre de 1945 y fallecido el 20 de octubre de 2010, Sivira dejó una producción marcada por la crítica social, la sociología del petróleo y la reconstrucción de la memoria comunitaria.
Obra Narrativa Principal
Su obra narrativa está encabezada por dos novelas consideradas pilares de la literatura petrolera venezolana desde una perspectiva llanera:
Los fantasmas y los residentes (1976, registro editorial 1992): una exploración de la vida petrolera y los cambios sociales en Las Mercedes del Llano.
La W.C. Company (1993): continuación de su indagación sobre el impacto del petróleo en la cotidianidad y en las relaciones comunitarias.
Ambas obras destacan por su mirada desde adentro: no desde los centros de poder petrolero, sino desde los pueblos que vivieron la bonanza y la fractura social.
Pensamiento y Crítica Social
Sivira dejó además un proyecto inédito, Miserias del corazón, anunciado en 2010, donde profundizaba en su concepto del “síndrome de la borrachera negra”, metáfora sociológica con la que describía los efectos psicológicos y sociales del petróleo en el venezolano.
Uno de los ejes más originales de su pensamiento fue la idea del petróleo como patología social. Sivira utilizó terminología médica para explicar cómo la riqueza súbita distorsionó comportamientos, expectativas y estructuras comunitarias. Su lectura crítica anticipó debates posteriores sobre la dependencia petrolera y sus consecuencias culturales.
Labor Periodística
Además de novelista, Sivira ejerció el periodismo cultural en el Diario El Nacionalista, en San Juan de los Morros, con una prosa que combinaba memoria histórica, observación sociológica y crítica social. Su trabajo como cronista contribuyó a documentar la vida de Las Mercedes del Llano y a preservar la memoria de un territorio marcado por la explotación petrolera.
Finalmente, la obra de Pedro Sivira sigue siendo una referencia para estudiar la transformación de los llanos orientales durante el auge petrolero y para entender cómo ese proceso moldeó identidades, tensiones y relatos locales. Su literatura, anclada en Las Mercedes del Llano, continúa iluminando la relación entre espacio, memoria y petróleo en Venezuela.
Eduardo Monroy Rojas, bisnieto del médico calaboceño Dr. Francisco Monroy González, interpreta la afamada pieza |
El joropo compuesto por Federico Vollmer Ribas en 1897 no es solo una curiosidad musical: es un testimonio cultural.
Por José Obswaldo Pérez
En 1897, cuando el país aún respiraba el aire convulso de la posguerra federal y la modernidad musical apenas asomaba en los salones urbanos, un joven compositor venezolano de ascendencia alemana escribió una pieza singular: un joropo para piano, obra de Federico Vollmer Ribas, nieto directo de dos mundos y heredero de una memoria heroica.
Federico era hijo de Gustav Julius Vollmer, inmigrante alemán, y de Francisca Ribas y Palacios, nieta del prócer José Félix Ribas, héroe de la Batalla de La Victoria del 12 de febrero de 1814, y prima del Libertador Simón Bolívar y Palacios. En su linaje se cruzaban la disciplina germánica, la sensibilidad criolla y el fuego republicano de la Independencia.
Una pieza con identidad aragüeña y espíritu juvenil
El joropo compuesto por Vollmer en 1897 no es solo una curiosidad musical: es un testimonio cultural. Su escritura para piano —inusual para la época, cuando el joropo era esencialmente un género de cuerdas y arpa— revela la intención de llevar la música popular a los espacios académicos y burgueses, sin perder su raíz llanera y festiva.
La obra, de clara referencia aragüeña, dialoga con la memoria de La Victoria, ciudad que encarna el Día de la Juventud gracias al sacrificio de los estudiantes comandados por Ribas. En esa conexión íntima entre música y genealogía, el joropo se convierte en un homenaje implícito a la gesta de 1814.
Un intérprete con raíces calaboceñas
La pieza ha sido interpretada en tiempos recientes por Eduardo Monroy Rojas, bisnieto del médico calaboceño Dr. Francisco Monroy González, figura respetada en la historia social y sanitaria de los llanos centrales. Su ejecución aporta un puente generacional: un descendiente de la tradición médica y humanista de Calabozo revive la obra de un descendiente directo de los héroes de la Independencia.
Un cruce de memorias
Este joropo para piano es más que una partitura antigua. Es un punto de encuentro entre:
- La herencia alemana de los Vollmer
- La sangre heroica de los Ribas y Palacios
- La identidad aragüeña y la épica de La Victoria
- La sensibilidad llanera que late en el joropo
- La continuidad familiar que representa Monroy Rojas
Una pieza que, desde 1897, sigue recordándonos que la música también es genealogía, territorio y memoria republicana.
IMAGEN Yolanda Segnini, fallecida el 25 de enero, en la ciudad de Madrid, España, |
La muerte de Yolanda Segnini deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado sólido: una obra que seguirá orientando debates, inspirando investigaciones
Por José Obswaldo Pérez
El fallecimiento de Yolanda Segnini, ocurrido el 25 de enero, en la ciudad de Madrid, España, representa una pérdida profunda para la historiografía venezolana y para quienes, desde la investigación, la docencia y la gestión cultural, han encontrado en su obra un punto de referencia indispensable. Segnini dedicó su vida intelectual al estudio de la historia cultural, las transformaciones del Estado venezolano y las dinámicas políticas y sociales que marcaron el tránsito entre el gomecismo, el post-gomecismo y la modernización del país a lo largo del siglo XX.
Su trabajo se distinguió por una combinación poco frecuente: rigurosidad documental, sensibilidad interpretativa y una lectura crítica de los procesos históricos que evitaba tanto la simplificación como la épica. En un campo donde abundan los relatos lineales o excesivamente politizados, Segnini apostó por una mirada que integraba archivos, prensa, memorias institucionales, testimonios y análisis comparado. Esa metodología la convirtió en una autora de consulta obligatoria para quienes buscan comprender no solo los hechos, sino también los imaginarios, las tensiones y las continuidades que definieron la vida pública venezolana durante buena parte del siglo pasado.
Su obra sobre el gomecismo y el post-gomecismo —etapas decisivas para entender la formación del Estado moderno, la consolidación de las élites políticas y la reconfiguración de la esfera pública— se transformó en bibliografía esencial en universidades, centros de investigación y programas de posgrado. Segnini logró iluminar zonas poco exploradas: la cultura política del autoritarismo, las redes de poder que sobrevivieron a la caída de Gómez, las formas de sociabilidad que moldearon la vida cotidiana y la lenta, compleja transición hacia un país que aspiraba a la modernidad sin romper del todo con sus herencias.
Quienes la conocieron destacan su vocación docente, su generosidad con las nuevas generaciones y su convicción de que la historia es un bien público que debe ser compartido, discutido y revisado constantemente. Su labor en aulas, seminarios y espacios de formación dejó una huella profunda en estudiantes que hoy continúan líneas de investigación que ella ayudó a abrir.
La muerte de Yolanda Segnini deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado sólido: una obra que seguirá orientando debates, inspirando investigaciones y recordándonos que la historia cultural es una herramienta poderosa para comprender cómo se construyen —y se disputan— las identidades colectivas.
Descanse en paz. Que su labor intelectual persista en quienes leen, enseñan y continúan su trabajo.
La captura de Maduro, en cambio, ocurre en medio de una crisis prolongada, donde las instituciones ya no se derrumban de golpe, sino que se erosionan lentamente.
Por José Obswaldo Pérez
En más de dos siglos de vida republicana, Venezuela solo ha visto a dos de sus jefes de Estado terminar frente a la justicia de Estados Unidos. No es un dato menor ni una coincidencia caprichosa: es un espejo que devuelve, en dos momentos distintos, la fragilidad de un país atrapado entre sus propias rupturas internas y las tensiones del hemisferio.
Este fenómeno, además, se inscribe en una tradición más amplia: la judicialización de exmandatarios como mecanismo de legitimación política y redefinición de la soberanía. Como plantea Judith Ewell en su estudio sobre el caso Pérez Jiménez, los juicios a expresidentes no solo sancionan delitos, sino que ayudan a consolidar nuevos órdenes políticos y a marcar distancias con el pasado autoritario.
El primero fue Marcos Pérez Jiménez, el hombre que gobernó con puño de hierro durante la década de los cincuenta. Tras su caída en 1958, huyó a Estados Unidos buscando refugio en un país que, por entonces, veía en él a un aliado anticomunista más. Pero la historia tiene sus propios ritmos: entre 1959 y 1963, Washington terminó entregándolo a Caracas mediante un proceso de extradición que combinó diplomacia, presión judicial y un cálculo político muy propio de la Guerra Fría.
La prensa venezolana —como El Impulso— y documentos desclasificados de la CIA muestran que la decisión estadounidense estuvo atravesada por tensiones internas, debates sobre seguridad hemisférica y la necesidad de sostener la credibilidad democrática de la región. La extradición, en ese contexto,funcionó como un instrumento de control político dentro del marco legal de la época.
El segundo nombre pertenece a otro siglo, otra crisis, otro país. Nicolás Maduro, procesado en 2026, no llegó a suelo estadounidense por la vía de los tribunales, sino mediante una operación militar que rompió cualquier parámetro previo en la relación bilateral. Su traslado no fue el resultado de un expediente diplomático, sino de un despliegue de fuerza que dejó claro que el tablero geopolítico del siglo XXI opera con lógicas más abruptas, más veloces, más expuestas.
Si la Guerra Fría utilizó la extradición como herramienta jurídica, el siglo XXI reactualiza la Doctrina Monroe en clave operativa: intervenciones puntuales, tecnológicas, unilaterales, donde la frontera entre diplomacia y coerción se vuelve difusa. La captura de Maduro es, en ese sentido, un síntoma de un hemisferio donde la disputa por la influencia ya no se libra en embajadas, sino en operaciones de precisión.
Entre ambos casos hay más diferencias que similitudes, pero comparten un hilo que vale la pena subrayar: cada uno marca un punto de quiebre en la historia venezolana. La extradición de Pérez Jiménez selló el final de una dictadura y abrió paso a la democracia representativa. La captura de Maduro, en cambio, ocurre en medio de una crisis prolongada, donde las instituciones ya no se derrumban de golpe, sino que se erosionan lentamente.
La historiografía venezolana —de Ewell a Perozo— coincide en que estos episodios revelan la dificultad del Estado para procesar sus propios conflictos y su dependencia estructural de dinámicas hemisféricas. Son momentos donde la justicia extranjera termina ocupando el lugar que las instituciones nacionales no pudieron o no quisieron asumir.
Y sin embargo, allí están: dos presidentes venezolanos (aunque Maduro es considerado por cierto sector de la oposición como colombiano), separados por casi siete décadas, que terminaron respondiendo ante la justicia de un país extranjero. Dos episodios que, vistos juntos, cuentan algo más profundo sobre Venezuela: su tendencia a repetir ciclos, su relación ambivalente con el poder y su lugar —a veces incómodo, a veces inevitable— dentro del mapa político del continente.
Fuentes citadas
- Ewell, Judith (1977). The Indictment of a Dictator: The Extradition and Trial of Marcos Pérez Jiménez. Journal of Latin American Studies Vol. 9, No. 2 (Nov., 1977), pp. 291-313 (23 pages).
- Perozo Padua, Luis Alberto (2025) “La extradición de Pérez Jiménez, el dictador que cayó en manos de la justicia”. En El Impulso. https://www.elimpulso.com/2025/07/19/la-extradicion-de-perez-jimenez-el-dictador-que-cayo-en-manos-de-la-justicia-19jul/
- CIA.(1963) “Extradition of Perez Jimenez to Venezuela” (documento desclasificado).
- Wikipedia. “Juicio a Marcos Pérez Jiménez”.
José Obswaldo Pérez es periodista, historiador y editor de la Revista Fuego Cotidiano
El libro combina la precisión historiográfica con la fuerza poética. Las citas de Humboldt y de cronistas locales se entrelazan con imágenes literarias: la sal como moneda de la vida, la lanza como varita mágica que mide la sabana, el caballo como hermano de sangre.
Por José Obswaldo Pérez
En tiempos donde la memoria histórica suele quedar atrapada entre archivos polvorientos y caminos olvidados, Eduardo López Sandoval entrega una novela que es, al mismo tiempo, investigación, testimonio y metáfora. Donde Nació el Llanero se presenta como un viaje narrativo hacia el origen de una identidad que ha marcado la vida política, social y cultural de Venezuela y Colombia: el llanero.
La obra se abre con un recurso literario poderoso: el abuelo Alejandro Jesús y sus nietos, figuras que encarnan la transmisión oral de la tradición, se convierten en protagonistas de un diálogo intergeneracional. A través de ellos, el lector recorre caminos de polvo, extravíos históricos y encuentros con cronistas y sabios como Humboldt, Martí y Bolívar. El escenario central, el mítico Hato El Caimán, se erige como símbolo de nacimiento y extravío, un punto de referencia que la novela convierte en mito fundacional.
El libro combina la precisión historiográfica con la fuerza poética. Las citas de Humboldt y de cronistas locales se entrelazan con imágenes literarias: la sal como moneda de la vida, la lanza como varita mágica que mide la sabana, el caballo como hermano de sangre. López Sandoval logra que la historia se lea como una epopeya íntima, donde la geografía se convierte en destino cultural.
Más allá de la reconstrucción histórica, la novela introduce un elemento contemporáneo: la digitalización de la memoria. Blogs, correos electrónicos y redes virtuales se convierten en nuevos caminos para rescatar la identidad llanera. El “cable y el caballo” aparecen como metáfora de continuidad: tradición y modernidad cabalgando juntas.
En definitiva, Donde Nació el Llanero no es sólo una novela histórica. Es un manifiesto cultural que reivindica al llanero como neoetnia y como símbolo de resistencia. Su lectura interpela tanto a investigadores como a lectores comunes, porque recuerda que la identidad no se hereda únicamente: se busca, se confirma y se celebra.
En los años noventa, Camejo asumió la Alcaldía de Ortiz, en un contexto de descentralización administrativa de los Estados y Municipios. Inspirado por el historiador Guillermo Morón, promovió encuentros con figuras locales junto con el padre Ezequiel Serrano, Álvaro Salazar, el profesor Fernando Rodríguez y Oldmán Botello
Por José Obswaldo Pérez
IMAGEN Manuel Peña (1990) | El historiador Guillermo Morón recorre la Iglesia Parroquial Santa Rosa de Lima de Ortiz, en compañía del alcalde José Camejo Castillo, durante visita como presidente de la Academia Nacional de la Historia.
Ortiz, capital del municipio homónimo en el estado Guárico, celebra hoy 151 años de historia como capital estatal. En medio de esta conmemoración, el exalcalde José Camejo comparte una reflexión cargada de memoria, logros y desafíos, evocando momentos claves de su gestión y el devenir de la localidad.
En los años noventa, Camejo asumió la Alcaldía de Ortiz, en un contexto de descentralización administrativa de los Estados y Municipios. Inspirado por el historiador Guillermo Morón, promovió encuentros con figuras locales junto con el padre Ezequiel Serrano, Álvaro Salazar, el profesor Fernando Rodríguez y Oldmán Botello. “Reunimos gente que conoce la cultura e hicimos ese compartir”, recuerda, destacando también el papel de doña Lila Seijas, en Relaciones Públicas.
Uno de los símbolos de esa época fue la restauración de la Iglesia Santa Rosa de Lima de Ortiz. “Estas paredes hablan”, dice Camejo, aludiendo al esfuerzo colectivo que permitió techar el templo, antes expuesto a la intemperie.
Igualmente, un 12 de noviembre de 1994, durante su gestión, se inauguró el Peaje de Dos Caminos, una obra que permitió eliminar la peligrosa Curva de Mamoncito. “Era una tragedia para los orticeños”, afirma. Hoy, Camejo sueña con nuevas obras que justifiquen el pago del peaje: como la ampliación y el desarrollo vial de la Av . Roberto Vargas, hacia Parapara.
El exalcalde también señala la necesidad de resolver los problemas jurídicos de los ejidos, fundamentales para el desarrollo municipal. Propone retomar estudios sobre los minerales en la galera de Ortiz, en colaboración con Corpollano, como vía para generar empleo y dinamizar la economía local.
Desde la celebración del Centenario de la Capitalidad de Ortiz, en 1974 —evento que califica como “apoteósico”— se iniciaron obras como las cloacas, que hoy requieren inversión y actualización. Lo mismo ocurre con el sistema eléctrico y los pozos de gas paralizados. “Debemos hacer estudios para generar nuevos empleos y desarrollo”, insiste.
Con voz serena pero firme, José Camejo hace un llamado a las autoridades: “Estamos totalmente a la orden para aportar. Estas fechas deben servir para corregir y avanzar”.
Editado por La Diosa Blanca y con ilustración de Tibisay Vargas, el libro propone un viaje lírico hacia lo femenino inconsciente
Por José Obswaldo Pérez
El sabor de Circe” de Jeroh Montilla es una obra poética que entrelaza mito y paisaje para explorar la existencia desde la llanura venezolana.
En los márgenes del llano y del mito, el poeta Jeroh Juan Montilla acaba de volver a publicar El sabor de Circe, una obra que entrelaza la Odisea homérica, la psicología junguiana y la experiencia del exilio interior. Editado por el sello independiente La Diosa Blanca, con ilustraciones de la artista Tibisay Vargas, el libro se presenta como una travesía simbólica donde el héroe-poeta se enfrenta a su sombra, su animalidad y su ánima.
“El sabor de Circe” de Jeroh Montilla es una obra poética que entrelaza mito y paisaje para explorar la existencia desde la llanura venezolana. Con prólogo de Edgar Vidaurre, este texto destaca la figura de Circe como arquetipo femenino que transforma, seduce y guía: “El sabor de Circe en la boca le recordará siempre su dominio sobre la naturaleza, el poder transformador y creativo del ánima, pero también su potencial destructivo si no se integra adecuadamente”, señala.
Una edición que honra lo simbólico
La Diosa Blanca, editorial que toma su nombre del ensayo mitológico de Robert Graves, apuesta por libros que dialogan con lo ancestral, lo femenino y lo poético. El sabor de Circe se inscribe en esa línea, con una cuidada edición que incluye una ilustración de Tibisay Vargas, también poetisa y esposa de Jeroh, quien incursiona como artista visual por su trabajo en torno a lo onírico y lo ritual.
Montilla propone una lectura del nostos —el retorno mítico— como proceso de individuación. El protagonista atraviesa los llanos como desierto iniciático, se animaliza, se enfrenta a sus pulsiones y a la figura de Circe, que encarna el ánima reprimida. El texto, que combina ensayo, poesía y mito, se apoya en citas de Homero, Cesare Pavese, Jung y Graves, y construye una narrativa que es a la vez íntima y universal.
Montilla propone una lectura del nostos —el retorno mítico— como proceso de individuación. El protagonista atraviesa los llanos como desierto iniciático, se animaliza, se enfrenta a sus pulsiones y a la figura de Circe, que encarna el ánima reprimida. El texto, que combina ensayo, poesía y mito, se apoya en citas de Homero, Cesare Pavese, Jung y Graves, y construye una narrativa que es a la vez íntima y universal.
Francisco “Pancho” Ascanio se revela como un hombre de dos artesanías: la carpintería y la música llanera.
—Me gustaba andar por los caminos cantando joropo. Era muchacho, tenía trece años. Escuchaba al Carrao de Palmarito, a Montoya, a Ángel Ávila, a Pedro Rodríguez. Esa música me llamaba.
Por José Obswaldo Pérez
En la Plaza Bolívar de Ortiz, bajo la sombra asoleada de los robles, el primo Francisco “Pancho” Ascanio se revela como un hombre de dos artesanías: la carpintería y la música llanera. Con más de treinta años entre sierras, muebles y accidentes que dejaron huella en sus dedos, Pancho no sólo construyó con madera, sino también con melodía.
—Yo soy artesano en la carpintería, conozco mucho de eso ahorita —dice, mientras recuerda con orgullo que todavía hay muebles hecho por él que aún se conservan desde hace más de tres décadas.
Nació en 1955, hijo de Juana Bautista Ascanio y Asiclo Victorino Aguirre Pérez, de los Aguirre de Tiguigue. Su linaje está marcado por la laboriosidad y la memoria oral.
—Mi abuela María Teresa y mi tía Isabel hacían porrones. Eran artesanas también. Mi mamá ordeñaba, hacía queso, sembraba plantas en ollas viejas con huequitos para que el agua no se quedará. Yo aprendí a ordeñar, pero no aprendí a hacer queso, te digo la verdad.
Llanero de sabana y de cerro, Pancho montó caballos, cargó latas de agua, y recorrió caminos bajo palmas quemadas. Su vida está tejida con los hilos de la tierra y el canto.
—Me gustaba andar por los caminos cantando joropo. Era muchacho, tenía trece años. Escuchaba al Carrao de Palmarito, a Montoya, a Ángel Ávila, a Pedro Rodríguez. Esa música me llamaba.
Su formación fue empírica, como la de tantos sabios populares. Aprendió carpintería en el aserradero de La Caimana, manipulando máquinas y observando a los maestros.
—Pero no basta la teoría, es la práctica —afirma con convicción—. Ahí fue donde me accidenté este dedo, por cierto
La música llegó temprano, con un cuatro comprado por su madre por treinta bolívares.
—Le dije: “Cómprame un cuatro”. Y me lo compró. Mi hermano me enseñó las primeras notas. Después el maestro Tomás Silva me dijo: “Si un pasaje no te sale en un tono, hay que buscarlo en otro”. Eso no lo sabía yo.
Desde entonces, Pancho se lanzó a los bailes campesinos, a los clubes de San Juan, a los homenajes y programas de radio y televisión como Así es mi tierra que dirigió Luis Brito Arocha en Venezolana de Televisión, cuya grabación se realizó en Hato El Totumo en San José de Tiznados en 1981, dónde le tocó participar y dejar huella.
—En el año 77 estaba yo recién salido del cuartel y me invitaron a cantar en El Club de Ochoa. Canté dos temas de Damaso Figueredo. Tenía 21 años. Fue la primera vez que canté ante un público.
Pancho es memoria viva de los conjuntos de arpa, de los domingos criollos en el Club Los Cocos, de los homenajes a Magdalena Sánchez, de los encuentros con el Indio Figueredo.
—Conocí al maestro Néstor Acevedo, a Don Adelio Estrada, a Juan León. Canté en el Club Militar Los Cocos, en el Excelsior, en el Club de Marina. Cada quince días me contrataban en San Juan.
Su relato es un tejido de nombres, lugares, afectos y saberes que dignifican la vida cotidiana. Pancho no es sólo un carpintero ni sólo un músico: es un archivo oral, un testigo de la cultura popular, un hombre que canta y construye desde la raíz.
—Yo tengo dos partes de la artesanía —resume con una sonrisa—: la madera y el canto.
Tibisay Vargas Rojas se inscribe como una moderna trobairitz, que canta desde Avalón para devolverle al amor su dimensión espiritual, simbólica y femenina.
La escritora y poetisa Tibisay Vargas nos invita a cruzar el umbral de lo mítico y lo íntimo en su nuevo poemario
Por José Obswaldo Pérez
En Vivo en Avalón, Tibisay Vargas Rojas nos invita a cruzar el umbral de lo mítico y lo íntimo, para encontrarnos con una voz femenina que no solo canta, sino que revela, transforma y redime. Publicado por Editorial Diosa Blanca en 2025, este libro es mucho más que una colección de poemas: es una travesía simbólica donde la mujer se convierte en Sophia, en Grial, en isla, en espera activa y en centro espiritual del deseo.
Desde el prólogo de Edgar Vidaurre —un ensayo místico que vincula la saga artúrica con la Trinidad cristiana y la cuaternidad jungiana— hasta los versos que evocan a Ginebra, Morgana, Parsifal y el tejido ritual del amor cortés, la obra se despliega como un canto trovadoresco contemporáneo. Vargas Rojas se inscribe en la tradición de las trobairitz, aquellas mujeres medievales que cantaban el amor desde la complejidad, la resistencia y la gestación simbólica.
Cada poema es una isla. Cada imagen —la aguja, el cabello, la torre, el ciprés truncado— es un símbolo que borda el tiempo femenino. La autora reinterpreta el amor cortés como una forma de espera fértil, donde la mujer no es objeto de deseo sino matriz del sentido. Avalón, la isla mítica, se convierte en metáfora del alma femenina que resiste la periferia y se afirma como centro revelador.
Vivo en Avalón es un libro para ser leído en voz alta, como lo sugiere su prólogo. Es un canto que convoca lo ancestral y lo encarnado, lo sagrado y lo cotidiano. Una obra que dignifica lo femenino en su dimensión espiritual, poética y política.
La historia de Nicolás Gamarra no es sólo la de un hombre envuelto en escándalos amorosos - un tema poco estudiado con profundidad en los estudios históricos-, sino un reflejo de la Venezuela provincial
Oriundo del pueblo de Santa Catalina de Siena de Parapara, Gamarra parecía tener un talento especial para la seducción y las conquistas sentimentales, aunque con una peculiar inclinación a dejar corazones desilusionados a su paso.
Por José Obswaldo Pérez
En la Venezuela de finales del siglo XVIII, donde la moral y los valores religiosos dictaba el ritmo de la vida y los compromisos matrimoniales eran asuntos de honor y honra, surge la figura de Nicolás Gamarra, un hombre cuyo nombre recorrió varias localidades no por hazañas heroicas, sino por su habilidad para enredarse en amores controvertidos.
Entre julio y agosto de 1799, en un expediente, de lo que pasaron a la Diócesis de Mérida, Gamarra es acusado por incumplimiento de palabra de matrimonio, dónde se configura una trama que ilustra las complejidades de los impedimentos matrimoniales en la Venezuela provincial y cómo la moral pública, el derecho eclesiástico y las costumbres comunitarias influyeron en la regulación de los esponsales. El archivo, del cual se desprende este *análisis sincrónico*, se lo debemos al genealogista e historiador calaboceño don Luis Eduardo Viso, quien nos ha facilitado el documento con los datos claves de este asunto.
Oriundo del pueblo de Santa Catalina de Siena de Parapara, Gamarra parecía tener un talento especial para la seducción y las conquistas sentimentales, aunque con una peculiar inclinación a dejar corazones desilusionados a su paso. Desde Calabozo hasta Ortiz, pasando por el Sitio de El Rastro, su historial de promesas vacías y burlas amorosas generó no sólo chismes, sino también denuncias ante la autoridad eclesiástica.
Pero fue en la Villa de San Jaime (hoy La Unión, estado Barinas) donde su nombre adquirió mayor notoriedad. Tras haber contraído matrimonio con Gabriela Aponte, con el consentimiento de su padre, el expediente tomó un giro inesperado cuando confesó haber tenido relaciones carnales con la hermana de su prometida, lo cual generó un impedimento de afinidad de primer grado, según el derecho canónico. Por tal motivo, el padre José Antonio Rendón y Barazarte - ante un dilema que no podían resolver sin la intervención del Vicario General- recomendó que se solicitara la dispensa al Obispo Fray Antonio de Espinoza. A esto se sumaron más voces en su contra, testigos que señalaron que Gamarra había prometido casarse con varias mujeres y, en algunos casos, simplemente desapareció dejando tras de sí sólo incertidumbre y bochorno.
Las desafortunadas muchachas engañadas que se citan en la referida documentación son las hermanas Manuela y Dominga Rodríguez, en Calabozo; en Ortiz se burló de María Seniega y de María Belén y en El Rastro, también hizo lo mismo con Zerafina Mota. Todas ellas provenientes de diversa extracción social.
Así, la historia de Nicolás Gamarra no es sólo la de un hombre envuelto en escándalos amorosos - un tema poco estudiado con profundidad en los estudios históricos-, sino un reflejo de la Venezuela provincial donde el matrimonio era un contrato social, vigilado de cerca por la comunidad y los altos mandos eclesiásticos. Quizás en otra época habría sido sólo un joven inquieto con un corazón dividido, pero en la rigurosa estructura social del siglo XVIII, cada engaño tenía consecuencias legales, y cada esponsal roto, un registro en los archivos de dispensas matrimoniales.
Al final, su expediente pasó por la escrupulosa revisión del Vicario Francisco Javier Irastorza y del Vicario Hipólito Elías González, mostrando que en tiempos donde el honor lo era todo, los seductores o burladores no escapaban fácilmente de la mirada inquisitiva de la Iglesia. Así quedó registrada su historia, en documentos firmados y rubricados, una crónica de amores turbulentos en la Venezuela del siglo dieciocho. Sin dudas, un caso interesante desde una perspectiva historiográfica y sociocultural, ya que ilustra complejidades del matrimonio, la moral pública y la autoridad eclesiástica.
Fuente consultada
Archivo del Arzobispado de Mérida (1799). “Nicolás Gamarra y Gabriela Aponte solicitan dispensa por encontrarse con impedimentos de parentesco de primer grado de afinidad” En: *Dispensas e impedimento matrimoniales*. Sección 26, caja 14. Documento 26-327, 2 fols.
EMilio Donaire Bastidas tocando en un concierto Coldplay en Wembley
Más allá del espectáculo, Emilio subrayó el valor simbólico del encuentro: “Fue un puente entre mundos. La música nos unió en un momento de esperanza colectiva”.
Por José Obswaldo Pérez
Emilio Donaire, violinista de la Sinfónica Simón Bolívar, compartió con Estampas, en una entrevista concedida a la periodista Andrea Solorzano Mota, la emoción de haber acompañado a Coldplay en su histórico concierto en Wembley, Inglaterra. “Fue una experiencia mágica”, confesó este guariqueño natural de San Juan de los Morros, destacando la conexión entre la música académica y la energía del público popular.
La participación de la orquesta en el tema “Viva la Vida” fue el clímax de una colaboración que, según Donaire, “trascendió géneros y generaciones”. Ensayaron con profesionalismo, pero fue en el escenario donde todo cobró sentido: “Sentí que estábamos tocando para el alma del país”.
Donaire también resaltó el gesto de Chris Martin al agradecer en español y abrazar a los músicos venezolanos. “Nos sentimos reconocidos, no solo como artistas, sino como país”, dijo.
Más allá del espectáculo, Emilio subrayó el valor simbólico del encuentro: “Fue un puente entre mundos. La música nos unió en un momento de esperanza colectiva”.
Un periodista le pregunto cuando ganó el premio nobel que si se consideraba venezolano. Y su respuesta fue: “Por supuesto que me siento venezolano. Tengo unas raíces profundas que son puramente de allá."
Por José Obswaldo Pérez
El primer premio nobel en la historia para un venezolano fue Baruj Bencerraf, en 1980. Una figura que, desde márgenes geográficos o identitarios, logro transformar paradigmas globales. Este médico nacido en Venezuela de padres sefardíes y franceses, representa una síntesis entre migración, excelencia académica y contribución médica universal. Su trabajo sobre el Complejo Mayor de Histocompatibilidad (CMH) redefinió la comprensión de la inmunidad humana¹.
Benacerraf nació el 29 de octubre de 1920 en Caracas, hijo del comerciante español Abraham Benacerraf y de Henrietta Lasry, de origen marroquí-francés². Más tarde, la familia emigró a Francia y luego a Estados Unidos, donde Baruj se formó en la Universidad de Columbia y en la Escuela de Medicina de la Universidad de Virginia³. Su identidad como judío sefardí y hispanoamericano marcó su sensibilidad intelectual y su compromiso con la investigación biomédica.
En la década de 1960, Benacerraf identificó que ciertas respuestas inmunológicas estaban determinadas por genes específicos, lo que explicaba por qué algunos individuos reaccionaban de manera distinta ante infecciones, vacunas o trasplantes. Este hallazgo fue fundamental para:
- Comprender las enfermedades autoinmunes como la esclerosis múltiple o la artritis reumatoide⁴.
- Mejorar la compatibilidad en trasplantes de órganos⁵.
- Desarrollar vacunas personalizadas y terapias inmunológicas⁶.
Su trabajo se centró en el estudio de los antígenos de histocompatibilidad, moléculas que permiten al sistema inmunológico distinguir entre lo propio y lo ajeno. Esta línea de investigación lo llevó a compartir el Nobel de Medicina con Jean Dausset y George D. Snell en 1980⁷.
Por otra parte, Benacerraf dirigió el Dana-Farber Cancer Institute y fue profesor en Harvard Medical School, donde formó generaciones de inmunólogos⁸. Falleció el 2 de agosto de 2012 en Boston, dejando un legado que trasciende la ciencia: el de un venezolano universal que dignificó la investigación biomédica desde la diáspora.
La figura de Baruj Benacerraf invita a reflexionar sobre el papel de los científicos migrantes en la construcción del conocimiento global. Su vida y obra son testimonio de cómo la identidad, la memoria y el rigor pueden converger en descubrimientos que salvan vidas. En tiempos de incertidumbre sanitaria, su legado cobra nueva vigencia.
Un anécdota: un periodista le pregunto cuando ganó el premio nobel que si se consideraba venezolano. Y su respuesta fue: “Por supuesto que me siento venezolano. Tengo unas raíces profundas que son puramente de allá. Es un honor para mí que [...] un venezolano, sea premiado de esta forma”.
Notas de pie
1. El CMH es un conjunto de genes que codifican proteínas esenciales para la presentación de antígenos a las células inmunitarias.
2. Henrietta Lasry provenía de una familia judía marroquí radicada en Francia.
3. Benacerraf obtuvo su título médico en la Universidad de Virginia en 1945 y realizó investigaciones postdoctorales en Nueva York y Boston.
4. Las enfermedades autoinmunes ocurren cuando el sistema inmunológico ataca tejidos propios, y el CMH está implicado en su predisposición genética.
5. La compatibilidad entre donante y receptor depende de los antígenos del CMH, lo que hace posible la selección adecuada en trasplantes.
6. La inmunogenética moderna se basa en los principios descubiertos por Benacerraf para diseñar vacunas adaptadas al perfil genético del paciente.
7. El Premio Nobel de 1980 reconoció el trabajo conjunto sobre la base genética de la respuesta inmunológica.
8. Su liderazgo en Harvard y Dana-Farber consolidó su influencia en la formación de inmunólogos y en la investigación oncológica.
La figura de doña Abelarda se alza como emblema de insubordinación afectiva y de grieta en la lógica genealógica de clausura. Ella no sólo pelea por el amor, sino por el derecho a quebrar el cerco simbólico del apellido.
Por José Obswaldo Pérez
IMAGEN | Doña Abelarda Rodríguez en fotografia tomada del álbum de Hector Daniel Hartmann
Durante buena parte del siglo XVIII y buena parte del siguiente, en los llanos centrales de Venezuela, el apellido funcionó como mucho más que una marca de identidad familiar en los clanes criollos: era una muralla semántica. Se ofrecía como pasaporte de honor, llave de acceso al circuito político local y, al mismo tiempo, trinchera de exclusión. En una sociedad profundamente jerarquizada, donde la movilidad estaba limitada por el color de piel, la procedencia y la legitimidad del nacimiento, portar un apellido como Rodríguez, Vargas, Bejarano o Ramos era habitar una gramática del poder¹. En estas familias, el linaje no era sólo una herencia biológica: era una coreografía del control².
Lo que podría verse desde afuera como simple endogamia —matrimonios entre primos, dispensas por grados múltiples de consanguinidad, herencias cruzadas— respondía, en realidad, a un sistema simbólicamente blindado. Como bien nos recuerda Raquel Martens³, en estas alianzas no mediaba el afecto sino la estrategia: cada unión era una maniobra que resguardaba el apellido como estandarte, como dispositivo que garantizaba la transmisión de bienes, cargos, devociones y silencios.
El apellido servía también como barricada frente al “otro”: el otro racial, el otro social, el otro moral. Las familias blancas criollas sabían que abrir el cerrojo del nombre implicaba una fisura en su régimen de pertenencia, una posibilidad de contaminación. De allí la insistencia en matrimonios sancionados eclesiásticamente, en la legitimación escrituraria de los nacimientos, en los testamentos que reforzaban, una y otra vez, quién era digno del apellido y quién quedaba fuera del cerco⁴.
De modo que el apellido no sólo fue fortaleza simbólica frente a la movilidad social; también operó como dispositivo racializado de exclusión⁵. La historia de Luis María Viso Hurtado, enamorado de Abelarda Antonia Narcisa de Jesús Rodríguez Vargas, desnuda la tensión persistente entre pertenencia familiar y herencia afrodescendiente. Las resistencias a esa unión, marcadas por la “triple cruz” subsahariana de los Montiel Ruí, revelan un sistema de blanqueamiento simbólico que permeaba incluso las alianzas más íntimas. Tal como nos relata don Luis Eduardo Viso, buen conocedor de la genealogía familiar:
“Cuando mi bisabuelo Luis María Viso Hurtado visita a sus primos Vargas Montiel en Ortiz (primos de doble vínculo vía Montiél Ruí de Madrid y Viso Ruí de Madrid), conoce a doña Abelarda Antonia Narcisa de Jesús Rodríguez Vargas. Su familia no lo acepta, pues ya conocían los orígenes subsaharianos de los Montiél Ruí de Madrid y del genearca de los Viso calaboceños, José Manuel Viso Ruí de Madrid, primo hermano de los Montiel. Me contó mi abuela Luisa Amelia Rodríguez Landaeta, nuera de doña Abelarda, que esta discutía con sus padres porque no aceptaban su matrimonio con Luis María, quien era blanco y de ojos azules. La razón era que don Luis María descendía tres veces de la misma pareja de negros esclavos: Juan del Rosario de La Torre, casado con Cathalina de la Soledad Contreras, siendo el primero Juan del Rosario, hijo de María Feliciana de Oballe, esclava de doña Petrona de Araujo.”
En este sentido, la figura de doña Abelarda se alza como emblema de insubordinación afectiva y de grieta en la lógica genealógica de clausura. Ella no sólo pelea por el amor, sino por el derecho a quebrar el cerco simbólico del apellido. El linaje Vargas, que se mostraba como escudo frente a lo foráneo, debía ahora enfrentarse a su propio espejo: el del mestizaje negado, la sangre compartida no celebrada⁶.
Pero esta obsesión por la pureza también revelaba un miedo latente: el de perder el control. Por eso, más allá de lo económico, la defensa del apellido era una forma de preservar el relato. Porque, en el fondo, el poder no estaba sólo en los bienes, sino en la capacidad de narrarse a sí mismos como casta fundacional⁷.
Y así, a lo largo de pueblos como Villa de Cura, Ortiz, Parapara o Calabozo, los archivos parroquiales repiten los mismos nombres como letanías, como si esa voz fuera prueba suficiente de pertenencia. Pero entre las líneas de esas repeticiones asoman también los silencios: hijos naturales, mujeres desplazadas, herederos omitidos. En esa tensión entre lo nombrado y lo negado se cifra el verdadero poder del apellido: no tanto en lo que dice, sino en lo que calla.
Al final, doña Abelarda se casó con Luis María.
Notas al pie
1. Sobre el apellido como “gramática del poder”, véase Pierre Bourdieu, Sobre el poder simbólico, donde se analiza cómo los signos sociales se naturalizan como legítimos.
2. La expresión “coreografía del control” remite a Michel Foucault, Vigilar y castigar, donde el poder se ejerce mediante rituales, repeticiones y vigilancia.
3. Raquel Martens, Amores en suspenso: rapto y fuga de mujeres en la ciudad de Mérida en los siglos XVIII y XIX. Caracas: El Perro y la Rana, 2016.
4. Véase Oscar Riquezes Contreras, “Unas breves palabras sobre el apellido y su disciplina en el Código Civil”, Revista Venezolana de Legislación Jurídica, N.º 19, 2022.
5. Sobre el apellido como dispositivo racializado, véase Alejandro Moreno Olmedo, La piel y la casta: racismo y mestizaje en Venezuela, 2008.
6. El concepto de “mestizaje negado” ha sido trabajado por Bolívar Echeverría en La modernidad de lo barroco, donde se analiza la exclusión simbólica del mestizo en las narrativas fundacionales.
7. Véase Benedict Anderson, Comunidades imaginadas, sobre cómo las élites construyen relatos genealógicos para sostener su legitimidad histórica.
Una revisión documental y hemerográfica permite valorar tres episodios fundamentales que nos aportan pistas sobre una forma de entender nuestra historia social, política y económica: la fábrica de jabón La Verdad, la empaquetadora de algodón en la parroquia Las Mercedes, y las unidades productivas impulsadas por Seijas, Alayón, Morales y Gutiérrez.
Por José Obswaldo Pérez
Hacia finales del siglo XIX, el pueblo de Ortiz comienza a mostrar signos de dinamismo productivo e incipiente industrialización, en un contexto marcado por la creatividad local, la apropiación de saberes técnicos y la consolidación de redes comerciales. Este proceso, sin embargo, se desarrolla en medio de un período de declive poblacional causado por el paludismo y otros morbos, lo que refuerza el carácter resiliente y estratégico de las iniciativas locales. Lejos de representar una expansión demográfica, la emergencia preindustrial de Ortiz revela una capacidad instalada que desafía las lógicas centralistas del desarrollo venezolano y reivindica la historicidad de las acciones individuales privadas.
Una revisión documental y hemerográfica permite valorar tres episodios fundamentales que nos aportan pistas sobre una forma de entender nuestra historia social, política y económica: la fábrica de jabón La Verdad, la empaquetadora de algodón en la parroquia Las Mercedes, y las unidades productivas impulsadas por Seijas, Alayón, Morales y Gutiérrez. Estos emprendimientos no sólo evidencian actividad económica, sino también la existencia de saberes técnicos, circuitos de intercambio y una vocación productiva que merece ser visibilizada y resignificada historiográficamente.
Al analizar un conjunto de datos estadísticos, se observa una formación social precapitalista, con el desarrollo de un grupo de comerciantes y artesanos que configura nuevas relaciones sociales de producción. Una fuente valiosa, aunque poco utilizada, es el Anuario de Comercio, de la Industria, etc, Venezuela (1885), publicado por los hermanos Rojas. Este documento permite una lectura discursiva sobre el comercio local de finales de siglo. En Ortiz destacaban especialmente las actividades artesanales de carpintería, zapatería, talabartería y albañilería, muchas de ellas altamente perfeccionadas (Castellanos, 1967, p. 136).
La transición entre formas de producción artesanales y el incipiente comercio capitalista se configuraba como una emergencia preindustrial. Por ejemplo, en 1884 se estableció en Ortiz una manufacturera de jabón denominada La Verdad, cuyos productos se comercializaban en distintas regiones del país. Este hecho revela la existencia de una red de distribución que conectaba lo local con lo nacional, posicionando a Ortiz como un nodo emergente en el mapa productivo venezolano.
Ese mismo año se instaló también una fábrica de añil, probablemente basada en conocimientos tintóreos heredados de prácticas campesinas y saberes provinciales. Esta unidad de producción fue propiedad de don Ceferino Seijas, y posteriormente vendida a Francisco Alayón. La fábrica generaba unas 50 fanegas del rubro, lo que indica una escala significativa para la época y una capacidad instalada que merece ser reconocida como parte de la memoria industrial del pueblo (Acosta, 2002). Igualmente, en la Calle Comercio de la parroquia Las Mercedes se estableció una empresa de empaquetado de algodón, inicialmente propiedad de Lorenzo Morales y luego adquirida por Juan Antonio Gutiérrez.
Finalmente, el 5 de mayo de 1886, el señor Manuel María Rodríguez inaugura una nueva fábrica de jabón, según reseña el periódico calaboceño El Progreso del 12 de mayo de ese mismo año. Este dato confirma la continuidad y expansión de iniciativas industriales en Ortiz, en un momento en que el comercio y la manufactura intentan transformar la dinámica social del pueblo, consolidando espacios de emprendimiento y una identidad productiva enmarcada en una geografía de saberes, trabajo y apropiación técnica.
Sin dudas que estos ejercicios de emprendimiento son historias que urgen de una investigación exhaustiva, para tener un idea clara de lo que fuimos capaces, de nuestros logros, fracasos y potencialidades como municipio.
Bibliografía consultada
- Acosta, Nanci (2002). Factores que intervienen en la designación de Ortiz como capital del Estado Guárico en 1870-1880. San Juan de los Morros: Tesis de grado para optar al título de Magíster en Historia de Venezuela, UNERG.
- Rojas y hermanos (1885). Anuario de Comercio, de la Industria, etc, Venezuela. Caracas: Libreros Editores
- Castellanos, Rafael R (1967). Apuntes Estadísticos del Estado Guárico. Caracas: Biblioteca de temas y autores guariqueños.
En los llanos, los afrodescendientes eran mucho más que mano de obra. Fueron constructores de paisaje, cultura y economía. Sin embargo, la historiografía tradicional los ha reducido a figuras subordinadas o folclóricas desconociendo su aporte al mestizaje nacional como base fundamental en la construcción y configuración de nuestro país.
Por José Obswaldo Pérez
Portada del libro
En Venezuela, la historia oficial ha sido contada desde los balcones del poder. Caudillos, batallas y pactos republicanos han ocupado el centro del relato, mientras las voces de los pueblos llaneros, afrodescendientes e indígenas han sido relegadas al margen (aunque formen parte de contexto nacional) sin considerar las apreciaciones particulares de cada región.
En este aspecto, la obra de los autores, Armando González Segovia y Rosa Mujica Verasmendi, representa una ruptura necesaria. Su ensayo sobre Afrodescendientes en los llanos de Venezuela (Presencia, desagravio y reparaciones), con prólogo del doctor José Marcial Ramos Guedez y publicado recientemente por la editorial estatal El Perro y la Rana, no sólo recupera una memoria silenciada, sino que cuestiona los cimientos mismos de la narrativa nacional. Es el primer libro que aborda globalmente el tema sobre la afrollaneridad como un intento de “reparación epistémica”, como indican los autores.
González Segovia y Mújica Verasmendi parten de tres premisas fundamentales: 1) con la llegada de los colonizadores europeos, ya se registraba la presencia de africanos esclavizados desde el siglo XVI, especialmente mineros. Esto desmonta la idea de un poblamiento tardío y confirma que las africanías estuvieron presentes desde los inicios del proceso colonizador en los llanos; 2) Que aunque los índices de esclavitud oscilan entre 5 y 10 %, al incluir zambos, mulatos y pardos, se estima que más del 50 % de la población tenía raíces africanas. Esta cifra desmiente la creencia de que dichas culturas tuvieron poca incidencia en la región, y 3) que las comunidades afro-llaneras han sido históricamente invisibilizadas, desconociéndose que sus huellas están en la música, la religiosidad, la oralidad y las prácticas comunitarias. Reconocerlas es un acto de justicia y memoria.
De tal modo, en los llanos, los afrodescendientes eran mucho más que mano de obra. Fueron constructores de paisaje, cultura y economía. Sin embargo, la historiografía tradicional los ha reducido a figuras subordinadas o folclóricas desconociendo su aporte al mestizaje nacional como base fundamental en la construcción y configuración de nuestro país. González Segovia y Mújica Verasmendi desmonta esa visión y los coloca en el centro del proceso histórico, con una metodología que combina archivos locales, memoria oral y análisis crítico del discurso. Su enfoque se inscribe en el pensamiento decolonial y en una historiografía comprometida con la verdad histórica.
Pero su exhaustiva propuesta va más allá de la academia. Tiene implicaciones directas para la educación, la ciudadanía y la reconstrucción del tejido social. En tiempos de polarización y crisis de sentido, recuperar las historias de quienes han sido sistemáticamente excluidos es también una forma de sanar colectivamente. La historia no debe ser un museo de estatuas, sino un espacio vivo de reflexión y transformación.
Hoy, cuando el país busca nuevas formas de entenderse y narrarse, obras como la de González Segovia y su esposa nos recuerdan que no hay futuro sin memoria histórica. Y que esa memoria debe incluir, con dignidad y claridad, a quienes han sido históricamente invisibilizados.
Foto: El General Juan Vicente Gómez en Maracay, durante los años 20. Imagen tomada de la revista "En el Tapete".
Su participación activa en las batallas de La Victoria y San Mateo, junto a jefes como Luis Crespo Torres, Roberto Vargas y Sixto Bolívar, lo ubica entre los cuadros militares más comprometidos con la causa restauradora.
Por José Obswaldo Perez
La historia venezolana de finales del siglo XIX y comienzos del XX está sembrada de nombres que fueron vitales en su momento y que, sin embargo, han quedado al margen de la memoria oficial. Uno de ellos es el del general Julián Correa Lozada, oriundo de San Juan de los Morros y protagonista clave en los procesos político-militares de dicho período, aunque hoy apenas es una figura poco conocida en la historia local y regional.
Fue hijo de Julián Correa y de Agapita Lozada. Contrajo matrimonio en Ortiz, el 3 de septiembre de 1886, con Juana Isabel Torrealba, hija de José Anselmo Torrealba y de Juana Josefa Torres.
De la Restauración a la guerra
En 1899, en pleno auge del movimiento Restaurador liderado por Cipriano Castro, Julián Correa fue designado primer jefe del Batallón Aragua y simultáneamente jefe civil de San José de Tiznados, en el estado Guárico. Esta doble responsabilidad refleja el estrecho vínculo entre lo militar y lo político en los momentos de reorganización nacional.
Su participación activa en las batallas de La Victoria y San Mateo, junto a jefes como Luis Crespo Torres, Roberto Vargas y Sixto Bolívar, lo ubica entre los cuadros militares más comprometidos con la causa restauradora. El general Diego Bautista Ferrer, en su obra La Victoria y San Mateo (1903), lo menciona como parte de los oficiales que sostuvieron el frente donde “la República se jugó su aliento” (p.14).
La caída en Ciudad Bolívar
Tras los eventos de 1899, Correa Lozada reaparece en 1903 como uno de los combatientes en la Batalla de Ciudad Bolívar, último episodio sangriento de la Revolución Libertadora. Allí, bajo el mando del caudillo oriental Nicolás Rolando, resistió el asedio de las tropas de Juan Vicente Gómez, en una lucha casa por casa que terminó con la rendición de los revolucionarios el 21 de julio.
Entre los más de 50 generales capturados, figuraba Correa Lozada, convertido entonces en prisionero de las fuerzas gubernamentales. Este episodio marcó el fin de su participación activa en la lucha armada o guerra civil en Venezuela, y también el inicio de una nueva etapa bajo el auspicio del poder gomecista.
Del fusil al presupuesto: caminos y fidelidades
En 1905, durante una visita del presidente Cipriano Castro a Ortiz, se tramitó un telegrama al general Gómez solicitando la liberación de Julián Correa y Carlos Capote, ambos implicados en la ya derrotada Revolución Libertadora. Un grupo de dirigentes políticos orticeños habían solicitado su libertad. La respuesta fue afirmativa, y tras su liberación, Correa Lozada se mantuvo leal al régimen gomecista hasta su muerte.
Este nuevo alineamiento le permitió asumir responsabilidades civiles importantes. Correa se vinculó a la mejora de infraestructuras viales en Guárico, particularmente la carretera entre San Juan de los Morros y Morrocoyes, obra que modernizó el trazado del ingeniero villacurano Luis Eduardo Power, a pesar de no ser él mismo ingeniero.
En 1913, un documento oficial del Ministerio de Obras Públicas lo designa como jefe administrador de una junta encargada de reparar y construir carreteras clave en el centro del país. Se le asignó un presupuesto semanal de 3.000 bolívares, y junto a él trabajaban Enrique Ramírez y Elio Tulio Sánchez.
No obstante, a partir de 1916, su nombre comienza a figurar asociado a las llamadas “imaginarias”: sistemas de manejo discrecional de nóminas usadas por el régimen gomecista para premiar a militares afines. Se le acusó, como a otros, de reportar más obreros de los que realmente empleaba en obras públicas, quedándose con parte de los fondos.
Un silencio que también dice
La figura de Correa Lozada resulta difícil de clasificar. Fue combatiente restaurador, prisionero de guerra, servidor público, hombre de lealtades cambiantes. Como muchos actores de aquella Venezuela marcada por la violencia política y la centralización del poder, su nombre parece haberse disuelto entre telegramas, decretos, y memorias inconclusas.
Sin embargo, su historia ofrece una ventana fascinante al estudio de las transiciones políticas en Venezuela, al rol de las provincias en los grandes conflictos nacionales, y al vínculo entre poder militar y civil.
Hoy, recuperar su trayectoria no implica edulcorarla ni condenarla, sino comprenderla en su contexto y complejidad. Como bien señala Oldman Botello en Castro en Calabozo (2015), figuras como Julián Correa Lozada se movieron en “la delgada línea entre el protagonismo local y el olvido nacional”.
Referencias
Botello, Oldman (2015). Castro en Calabozo. En: Venezuela de Antaño. Bitácora en línea
Ellis, Mark St. Clair (1904). The Battle of Ciudad Bolívar and the End of the Revolution in Venezuela. Proceedings, Vol. 30/4/112.
Gaceta Oficial, Ministerio de Obras Públicas. Documento Nº 168. Caracas, 16 de mayo de 1913.
Ferrer, Diego Bautista (1903). La Victoria y San Mateo. Imprenta Nacional.
Me tocó representar a Cartaya, el viejo masón y librepensador, ese personaje que camina entre las ruinas con la dignidad de quien ha perdido todo menos la memoria.
Por José Obswaldo Pérez
Eran finales de los años ochenta y el sol caía oblicuo sobre la plaza Bolívar de Ortiz. El calor parecía inmóvil, como si él también esperara que comenzara la función. En el aire flotaba una mezcla de nerviosismo estudiantil y solemnidad improvisada. Aquella mañana no era como las demás: se celebraba el aniversario de la Unidad Educativa Beatriz de Rodríguez y, sobre todo, la publicación de Casas Muertas, esa novela que, sin saberlo del todo, ya me habitaba.
Me tocó representar a Cartaya, el viejo masón y librepensador, ese personaje que camina entre las ruinas con la dignidad de quien ha perdido todo menos la memoria. Me ajustaron un sombrero de pelo e’ guama, me colocaron un frac negro y un bigote postizo que picaba como si quisiera recordarme que el personaje no era cómodo, ni debía serlo. Yo, adolescente aún, me sentía convocado por algo más grande que una simple actuación escolar. Era como si, por un instante, me hubieran prestado una voz antigua para decir algo que aún no sabía qué quería decir.
Dianit Salgado, en el papel de Carmen Rosa, llevaba un vestido blanco que parecía resistirse al polvo de la calle. Caminaba con una delicadeza que contrastaba con la aridez del escenario, como si aún creyera en la posibilidad de ternura en medio de tanta desolación. Gómez Daboin, como el padre Pernía, imponía una gravedad que no era sólo teatral: su voz tenía el tono de los sermones que aún se escuchaban en las paredes de la iglesia del pueblo. Y yo, en medio de ambos, era Cartaya: el que recuerda, el que duda, el que no se resigna.
No sé si actuábamos bien. Tal vez no importaba. Lo que sí recuerdo.
Luis Alberto Crespo, invitado especial, nos miraba con esa mezcla de ternura y severidad que tienen los poetas cuando reconocen una llama. No recuerdo sus palabras exactas, pero sí su mirada: como si supiera que, en ese instante, algo se había sellado en mí.
Años más tarde, en los pasillos de Venpress, bajo la dirección de nuestro querido Humberto “Camuco” Álvarez , paisano y amigo, volvimos a cruzarnos. Ya no era el muchacho que temblaba bajo el sombrero de Cartaya, pero seguía siendo el mismo: alguien que buscaba en la palabra un refugio, una trinchera, una casa. Allí, entre cables informativos y titulares por venir, Luis Alberto y yo comulgamos silencios llenos de literatura, en momentos de compartir una noticia o una chanza del momento. La sala de redacción tenía su propio ritmo, pero la poesía, el relato y los libros encontraban momentos para colarse en un rincón entre teclas y tazas de café.
Hoy, al ver esta fotografía, comprendo que no fue sólo una actuación estudiantil. Fue un rito de iniciación. Cartaya no se fue de Ortiz: vive en cada palabra que escribo, en cada archivo que desentierro, en cada fuego cotidiano que intento avivar.
Uno de los grandes aportes del libro es su análisis sobre el trabajo del Llano, entendido como un hecho cultural total, que no sólo define el modo de producción de la región, sino que también funciona como un mecanismo de perpetuación de valores comunitarios, de sobriedad, riesgo y festividad.
Por José Obswaldo Pérez
El profesor Adolfo Rodríguez nos entrega una obra de revisión sobre el estudio de la identidad llanera, planteando una visión profunda y multidimensional sobre la etnicidad, la historia y la cultura del Llano colombo-venezolano. Este libro que fue publicado en una primera versión en 2012, con el título Los Llaneros: La utopía que cabalga entre Venezuela y Colombia, bajo el patrocinio de Fondo Editorial Ipasme, es una exploración meticulosa de los factores que han conformado el imaginario llanero, desde su relación con el entorno hasta su impacto en la historia política y social.
Sin embargo, en esta nueva revisión, Rodríguez introduce el concepto de etnotrascendencia, entendiendo la etnicidad llanera como una expresión cultural que ha trascendido a través del tiempo a nivel territorial e histórico, marcando profundamente la configuración sociopolítica de Venezuela y Colombia. Mediante una metodología multidisciplinaria, analiza la formación de la neoetnia llanera, producto de la interacción entre las poblaciones indígenas provinciales y cimarronas en el proceso de adaptación al ecosistema del Llano.
El autor estructura su obra en distintos apartados claves, abordando elementos como la influencia del iluminismo en América, la cosmovisión llanera, la percepción del propio llanero y del forastero (autoimagen y heteroimagen), y el papel de figuras históricas como Simón Bolívar en la consolidación de la identidad llanera como un símbolo de independencia y resistencia.
Uno de los grandes aportes del libro es su análisis sobre el trabajo del Llano, entendido como un hecho cultural total, que no sólo define el modo de producción de la región, sino que también funciona como un mecanismo de perpetuación de valores comunitarios, de sobriedad, riesgo y festividad. Asimismo, el texto se adentra en el concepto de la etnonooesfera, destacando cómo las ideas, creencias y prácticas transmitidas entre generaciones han configurado la percepción de los llaneros sobre sí mismos y su entorno.
Rodríguez también explora la etnotoponimia, mostrando cómo los nombres de lugares en el Llano reflejan la memoria colectiva y la tradición oral de sus habitantes. Este enfoque no sólo refuerza el valor histórico de la región, sino que también permite entender la evolución del espacio como un ente vivo, en constante redefinición.
Más que un estudio etnográfico, Etnotrascendencia Llanera es un manifiesto de la identidad llanera, planteando la necesidad de reconocer y preservar su legado ante la amenaza de la globalización y los cambios sociopolíticos que afectan la región hispanoamericana. El libro dialoga con disciplinas como la historia, la geografía, la lingüística y la antropología, convirtiéndose en una referencia esencial para quienes investigan la cultura llanera desde una perspectiva académica o simplemente para quienes buscan comprenderla más a fondo.
Con una prosa clara pero rica en contenido, Rodríguez ofrece una obra que no sólo documenta la esencia del Llano, sino que también invita a una reflexión sobre la trascendencia cultural en Hispanoamérica.
Fernando Rodríguez, cronista municipal de Ortiz, en hamaca y aquejado de salud conversó sobre visita de Miguel Otero Silva y los 70 años de Casa Muertas. Foto JOP
Esa noche, el escritor pidió quedarse en la misma casa. Le tendieron una hamaca en lo que hoy es la biblioteca familiar, y allí durmió, mecido por el rumor de los zamuros y las palabras que ya había escrito.
Por José Obswaldo Pérez
En el corazón llanero de Ortiz, donde el tiempo parece plegarse entre casas de cemento y memorias de adobe, aún recuerdan la visita literaria que marcaría la historia del pueblo: la de Miguel Otero Silva, autor de Casas Muertas, quien encontró en estas calles polvorientas la materia viva de su ficción más creadora de la literatura venezolana.
Corrían los años cincuenta y el escritor, acompañado por la cineasta Margot Benacerraf, regresaba a Ortiz con una intención que trascendía la nostalgia: presentar el manuscrito ya culminado de su novela al pueblo que la inspiró. El joven Fernando Rodríguez, entonces un niño de ocho años, lo recuerda con la precisión entrañable que otorga la memoria cuando el pasado dejó huella.
La escena se dibuja como un cuadro costumbrista: en la casa de la maestra Beatriz de Rodríguez —educadora de rango federal en el municipio— se congregan figuras notables del lugar. Allí, en ese zaguán donde se mezclaban voces e historias, Otero Silva comparte su manuscrito, ese que aún no había llegado a la imprenta pero ya contenía el alma de un pueblo deshabitado, saqueado y palúdico.
Otero le había confesado a doña Beatriz en una visita anterior, que su obra debía llamarse Casas Muertas porque Ortiz, alguna vez pujante capital del estado Guárico, yacía entonces como un cadáver civilizatorio: con sus viviendas abandonadas, sus puertas arrancadas por la necesidad o la rapiña, sus memorias apagadas por la malaria y el éxodo.
Esa noche, el escritor pidió quedarse en la misma casa. Le tendieron una hamaca en lo que hoy es la biblioteca familiar, y allí durmió, mecido por el rumor de los zamuros y las palabras que ya había escrito. Al amanecer, antes de seguir sus pasos por el pueblo, saboreó un café llanero humeante preparado por doña Marsocorro, la cocinera de la casa. Un gesto íntimo, casi ceremonial, que convirtió a Ortiz no solo en escenario literario, sino también en hogar pasajero del novelista.
Setenta años después, aquel gesto de Otero Silva —volvió para leer su obra ante quienes fueron su inspiración— se convierte en una postal de fidelidad y respeto. Ortiz no sólo fue el pueblo literario que retrató, sino también la cuna viva de un relato que sigue respirando en las voces de sus herederos.
Imagen de Virginia Pereira Alvarez a la edad de 36 años restaurada con freeplik.com
A principios del siglo 20, el desarrollo científico fue limitado, con mayor presencia en el campo de la medicina, aunque sin una estructura organizada.
Por José Obswaldo Pérez
La evolución de la producción científica en Venezuela ha atravesado diversas etapas, marcadas por la consolidación de la investigación y la institucionalización de la ciencia en el país. En sus inicios, el desarrollo científico fue limitado, con mayor presencia en el campo de la medicina, aunque sin una estructura organizada. Sin embargo, a partir de 1930, el panorama cambió significativamente con la creación de instituciones claves y la profesionalización del campo científico como todavía un fenómeno reciente en el país.
En este recorrido por la historia de la ciencia venezolana, emergen figuras que desafiaron convenciones y allanaron el camino para futuras generaciones. Una de ellas es la médico Virginia Pereira Álvarez (1888-1947), la primera mujer en Venezuela que publicó un artículo científico del cual se tiene registro. Su trabajo no sólo representó un acontecimiento para la participación femenina en la ciencia, sino que también se desarrolló en un ámbito tradicionalmente dominado por hombres.
Nacida en Ciudad Bolívar en una época en la que las oportunidades para las mujeres en el ámbito científico eran escasas, Pereira Álvarez creció en un entorno familiar que valoraba la educación. Su padre, un mercader oriundo de Parapara, se aseguró de que sus hijos recibieran una formación integral, algo poco común para las mujeres del siglo XIX, especialmente siendo la mayor de cinco hermanos. Desde temprana edad mostró talento para las matemáticas, las ciencias y los idiomas, lo que la llevó a perseguir su pasión por el conocimiento, desafiando las barreras impuestas por la sociedad.
Su aporte en la medicina ha sido indiscutible en la investigación y divulgación científica en el país, y sobretodo, para la consolidación de instituciones de atención pública y formación educativa. Así mismo colaboró en investigaciones clínicas, como lo evidencia su tratamiento experimental al poeta Cruz María Salmerón, en su etapa avanzada de la enfermedad de Hansen, con ampollas de heterogetílico para mejorar su movilidad manual.
Con el artículo “Contribución a la Investigación Experimental de la Leptospira Icterohemorrágica en Venezuela”, publicado en coautoría con los doctores Rísquez González y F. Ríos, en la Gaceta Médica de Caracas en 1939, no sólo constituyó un aporte técnico a la medicina tropical, sino que representó un hecho simbólico en la historia de la ciencia venezolana por varias razones: primero, abordó una enfermedad zoonótica de alta incidencia en regiones tropicales como Venezuela, donde la leptospirosis —causada por bacterias del género Leptospira— representaba y aún representa un problema de salud pública. Esta enfermedad puede provocar desde síntomas leves hasta formas graves como el síndrome febril icterohemorrágico, caracterizado por fiebre, ictericia, hemorragias y daño hepatorrenal.
El artículo de Pereira Álvarez contribuyó a la comprensión experimental de esta bacteria en el país, en un momento en que los estudios clínicos y epidemiológicos sobre leptospirosis eran escasos. Su investigación ayudó a sentar bases para el diagnóstico diferencial de enfermedades febriles en zonas endémicas, donde la leptospirosis podía confundirse con dengue, malaria o hepatitis.
Además, su trabajo se adelantó a los esfuerzos de vigilancia epidemiológica que décadas más tarde se institucionalizaron en Venezuela. En ese sentido, su artículo no sólo tuvo valor clínico, sino también fue pionero en términos de salud pública y medicina preventiva.
Como destaca Jaime Requena (2015, 2018), esta publicación marcó el inicio de la autoría científica femenina reconocida oficialmente en el país, en un momento en el que la presencia de mujeres investigadoras era prácticamente inexistente en las bases de datos de Biblios.
Aunque el reconocimiento autoral de Pereira Álvarez se sitúa en 1939, hay que señalar que desde 1918 la investigadora ( siendo aún estudiante) ya escribía artículos para la Academia de Medicina de Venezuela, tal como lo anuncia en un carta dirigida a la señora Howe, con motivo de su premio por segundo año consecutivo del Latin American Fellowship que otorgaba la universidad de féminas de Pensilvania. Sin embargo, otras voces femeninas como la de Trina Olavarría De Courlaender ya se habían asomado tímidamente en publicaciones médicas a inicios del siglo XX. Su contribución se refleja en 1915 cuando envió una carta al editor de la *Gaceta Médica de Caracas* para opinar sobre el artículo Estudio Médico Psicológico de Bolívar y Análisis Psiquiátrico de sus Ideas y Actos. Igual es el caso de María de Lourdes Salom Aponte, quien en 1941 escribió sobre el Tratamiento del Moquillo Canino por Omnadina en la Revista de Medicina Veterinaria y Parasitología, y otro en 1946. Trabajos que muestran una lenta pero progresiva incorporación de mujeres en el campo científico. Estas presencias configuran una genealogía de la participación femenina que merece ser rescatada y estudiada con mayor profundidad.
Finalmente, es importante reconocer que, en el campo científico, Virginia fue una gran investigadora venezolana. No ejerció la medicina como tal, como lo atestiguan los doctores Seymour De Witt Ludlum y William Drayton, ambos de Filadelfia. Su pasión siempre fue la investigación. Uno de los grandes aportes fue el uso de mercurio en diferentes infecciones mediante la utilización de inyecciones intramusculares, propuesto en algunos casos, en enfermedades intestinales crónicas que parecían incurables. Además realizó estudios de cuarto nivel en medicina interna con el doctor A.C. Morgan, profesor de Posgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania. Sus investigaciones con él se basaron principalmente en enfermedades cardíacas y pulmonares. Además, de manera regular, estuvo trabajando en la clínica ambulatoria genitourinaria de la Universidad Médica de Jefferson, bajo la dirección del Dr. S.W. Jackson. Sus conocimientos en este centro de salud serán muy importantes para el estudio de enfermedades comunes de Hispanoamérica.
En 1921, después de retornar a Venezuela, trabajó en Caracas con su esposo en un proyecto de investigación sobre el tratamiento de la lepra con aceite Chaulmugra. Este procedimiento médico lo había estudiado para tratar a los enfermos de esta enfermedad en el país. Sin embargo, tantas dificultades surgieron que finalmente desistieron del estudio y regresaron a los Estados Unidos. Durante su permanencia en la capital venezolana, Virginia y su esposo Hussey compartieron experiencias con los doctores Aaron Benchetrit, quien fuera director del Leprosorio de Cabo Blanco e impulsor del proyecto; el médico colombiano Juan Francisco Pesticott, Andrés Eloy de la Rosa, entre otros destacados especialistas sobre leproserías.
Aunque debemos dejar en claro que hasta ahora desconocemos toda la obra escrita de Virginia Pereira Álvarez, especialmente en inglés o en francés que pudiera haber publicado en alguna publicación extranjera.
Bibliografía consultada
- REQUENA, JAIME (2018). *Estado de la Ciencia y Tecnología en Venezuela: 2017*. *Boletín de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales*, Vol. LXXVIII, Nº 1-4, pp. 134-153.
- REQUENA, JAIME (2021). *Un breve recuento del auge y el ocaso de la investigación científica en Venezuela*. *Prospectiva - Revista científica arbitrada*, Universidad Yacambú, Vol. 2, Nº 1.
- REQUENA, JAIME (Julio–Diciembre, 2015). "Algo más de un siglo de publicaciones científicas en Venezuela: una revisión bibliométrica”. Conferencia. En el Boletín Antropológico de la Universidad de los Andes. Nº 90, pp. 151-186.
- López Liliana y Ranaudo María Antonieta (2016). Mujeres en Ciencia: Venezuela sus historias inspiradoras. Caracas: Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales.
-MARTÍNEZ VÁSQUEZ, EMMAD (2006).La educación de las mujeres en Venezuela (1840-1912). Caracas: Universidad Central de Venezuela.
NÓBREGA, ENRIQUE (1998). La mujer y la medicina en el proceso de modernización: discurso y prácticas de un siglo que se resistía a morir (1870-1930). -Pereira Álvarez, V., J. Rísquez González y F. Ríos. (1939). “Contribución a la Investigación Experimental de la Leptospira Icterohemorrágica en Venezuela”. Gaceta Médica de Caracas, 47 (21), 424-427.
-Pérez, José Obswaldo (2018). La mujer del escritor. En: Revista Fuego Cotidiano.Online.
Seymour De Witt Ludlum (1874 -1956) fue profesor de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de Posgrado de la Universidad de Pensilvania; se desempeñó como Médico del Departamento de Psiquiatría en el Hospital General de Filadelfia. Mientras su colega el doctor Drayton había sido jefe del departamento psiquiátrico del Hospital General de Filadelfia desde 1926, neuropsiquiatra en el Tribunal Municipal de Filadelfia desde 1922 y profesor asociado de neuropsiquiatría en la Escuela de Posgrado de Medicina de la Universidad de Pensilvania.
Aaron Benchetrit (1886–1967), médico y dirigente gremial. Nacido en Tetuán, Marruecos español, Benchetrit pasó su infancia en Caracas y estudió medicina en París y Caracas. Fue director médico y administrador de las Leproserías de Venezuela (1921-26). En 1927 se trasladó a Bogotá, Colombia, donde estuvo a cargo de todos los casos de lepra en el país desde 1927 a 1935 y dirigió muchas investigaciones científicas sobre esta aflicción conocida también como enfermedad de Hansen. Publicó varias obras médicas, entre ellas Disertaciones de un estudiante de medicina (1917), La epidemia febril de Caracas (1919), Nuevas disertaciones (1921), Disertaciones acerca de la lepra (1922) y La pandemia del año 1918 en Venezuela (1954). También escribió sobre el sionismo en Disertaciones acerca del sionismo. Benchetrit fue presidente del Centro Israelita de Bogotá y fue presidente de la Federación Sionista de Colombia, 1943-44. Durante la pandemia de gripe española en Caracas, recomendaba tratamientos con aceite de ricino y desaconsejaba los antipiréticos. El bibliografo investigador Arturo Álvarez d’ Armas nos recuerda su presencia en el Estado Apure, durante el gobierno de…. quien lo contrató para atender los casos de gripe en esta región llanera.