En una sociedad colonial marcada por el patriarcado y la discriminación racial, una mujer parda llamada Germana Piña logró abrirse paso con determinación en la Villa de Todos los Santos de Calabozo, hasta el punto de que una de sus calles llevó su nombre, desafiando así la doble opresión que pesaba sobre su condición de género y de color.
Por Ubaldo Ruiz
Todos los indicios apuntan a que en los primeros grupos humanos fue el matriarcado su característica distintiva. En esos lejanos tiempos aurorales la mujer gozó de algo más que el respeto y la admiración de nuestros prístinos ancestros. Las sociedades primitivas reverenciaban a la mujer, por considerar que ellas eran las depositarias del don de la vida. Entonces se tenía resuelta una de las mayores incógnitas de la humanidad: ¿De dónde venimos? El clan sabía que todo semejante accedía a la existencia en este plano a través del vientre de su madre.
Pero la Historia vino a complicarlo todo. En consecuencia, el predominio de las damas en la sociedad humana cedió su paso al más férreo patriarcado. A partir de ese momento la mujer fue relegada a un plano de inferioridad y sometimiento al varón, que se convirtió en su secular explotador. Transcurrieron muchos siglos, pero el patriarcado permaneció con obstinación.
Durante los tiempos de dominación colonial española en Venezuela, junto al patriarcado se instaló una marcada discriminación étnica. La gente valía de acuerdo al color de su piel. Los Blancos estaban en la cúspide de la pirámide. Y a medida que el tono de la piel se tornaba más oscuro, se iba descendiendo hacia el foso de la segregación racial. De manera que en esas circunstancias ser una mujer de color significaba sufrir de una doble opresión. Sin embargo, es posible encontrar, precisamente en aquella sociedad machista y racista, a una parda (grupo social producto de la conjunción de los tres elementos étnicos) que tuvo la capacidad de sobresalir hasta el punto de que una calle de su población fue nombrada en su honor. Ella fue Germana Piña, y nació y vivió en la Villa de Todos los Santos de Calabozo.
Germana Piña debió nacer hacia los últimos años de la década de 1760. En 1768, aún niña, vivía en una humilde casita en las afueras de la población. El hogar estaba compuesto por sus padres, José Joaquín Piña e Ignacia Riveros, además de una hermana menor llamada Juana de la Cruz. Todos eran pardos. Unos años después se casó con otro pardo de nombre Francisco Noriega, pues en 1790 aparece viviendo con él en otra casa de la misma Villa de Calabozo, con un hijo de ambos de nombre Juan Merced.
Germana Piña aparece contratando en los documentos mucho más que su marido. Por ejemplo, en el mismo año de 1790, le compró un solar dentro de la ciudad al albañil Andrés José Carrera. Ese terreno estuvo ubicado en el entonces llamado Barrio Arriba o Barrio de la Merced, en lo que hoy sería el cruce de la carrera seis con calle cinco.
Una vez finalizada la guerra de independencia, en 1831, Germana Piña aún vivía en ese mismo lugar, quizás para entonces ya era una mujer anciana que se había ganado el respeto y aprecio de la sociedad de su tiempo. La carrera seis, en donde ella tenía su residencia, para ese tiempo tenía una denominación oficial, utilizada por el Registro Inmobiliario, de Calle de Las Piñas. Es probable que ella viviera allí con otra mujer, tal vez su hermana o una hija, u otra pariente. Sería muy interesante desentrañar los motivos que llevaron a que la calle en la que vivió Germana Piña llevara una denominación derivada de su nombre. Mientras tanto, recordemos a Germana Piña, una mujer que supo destacarse en el seno de una sociedad que la debió discriminar por partida doble.
Ubaldo Ruiz es docente universitario, actualmente Cronista Municipal de la Ciudad de Todos los Santos de Calabozo, estado Guárico.