Por Xavier Padilla

Hay cristianos que parecen creer más en Satanás que en Dios. No lo dicen, por supuesto, pero a veces resulta difícil encontrar otra explicación. Basta observar ciertas reacciones provocadas por Disclosure Day. Para algunos comentaristas, la película formaría parte de una operación espiritual destinada a preparar a la humanidad para un engaño demoníaco de escala planetaria. Los extraterrestres serían una máscara; la revelación cósmica, una trampa; el misterio mismo, una emboscada.

Lo interesante de esta curiosa interpretación no está en la película sino en el tipo de universo que presupone. Porque detrás de ella aparece una extraña realidad donde las fuerzas oscuras parecen disfrutar de una libertad de acción inmensa mientras la Providencia ocupa un lugar discreto y casi defensivo. Bajo esta perspectiva prácticamente nada se salva: películas, novelas, canciones, plataformas digitales, avances tecnológicos, movimientos culturales y fenómenos sociales terminan formando parte de una misma cartografía del peligro.

El creyente avanza entonces por una creación convertida en campo minado. La sospecha alcanza la imaginación, la curiosidad, el arte, la exploración intelectual y finalmente el propio misterio. Sólo queda una pequeña zona de seguridad compuesta por aquello que ya conocemos; todo lo demás inspira inquietud.

"Si toda verdad procede de Dios, ninguna verdad puede amenazar a Dios. La creación entera pertenece a su autor."

En ese marco es difícil reconocer la confianza que impulsó a la civilización cristiana durante siglos. Se olvida que los grandes pensadores cristianos estudiaron a autores paganos, exploraron sistemas filosóficos incompatibles con su fe, discutieron con adversarios intelectuales de enorme talla y contemplaron el universo con una curiosidad extraordinaria. Aquella actitud produjo universidades, bibliotecas, observatorios, tratados filosóficos y una de las aventuras intelectuales más impresionantes de la historia humana.

La tradición cristiana nunca fue una religión del miedo. Fue una religión de la verdad. Los primeros cristianos no atravesaron el Imperio romano aterrorizados por estatuas paganas, poemas paganos, teatros paganos y mitologías paganas. Vivían inmersos en ellas. Las conocían. Las estudiaban. Las discutían. Las criticaban cuando era necesario. Y, sobre todo, confiaban en que la verdad podía enfrentarse al error sin desintegrarse.

Hay además una cuestión intelectual importante. Si una película que explora el misterio del universo, la existencia de inteligencias superiores o la ampliación del horizonte humano se vuelve automáticamente sospechosa de actividad demoníaca, entonces la misma sospecha terminaría proyectándose sobre una parte considerable de la imaginación humana. Alcanzaría a Dante, a Milton, a C. S. Lewis, a Tolkien, a la ciencia ficción entera, a buena parte de la literatura fantástica y finalmente a la propia curiosidad humana.

Hay algo paradójico en todo esto. El hombre que proclama servir al Rey del universo termina pareciéndose menos a un heredero de san Agustín, santo Tomás o Dante que a un niño escondido bajo una mesa durante una tormenta. Cada película oculta una conspiración. Cada símbolo encierra un mensaje secreto. Cada pregunta abre una puerta infernal. El misterio, la imaginación y la curiosidad inspiran sospecha. Una fe nacida para contemplar la creación termina observándola a través de dedos temblorosos.

Por eso sorprende encontrar hoy a creyentes que reaccionan ante cualquier ampliación del horizonte como si estuvieran defendiendo una fortaleza sitiada. ¿Pero qué clase de Dios necesita un universo pequeño para mantenerse en pie? Porque ese es el asunto de fondo. La existencia de inteligencias extraterrestres, en el supuesto de que algún día fueran descubiertas, no alteraría la existencia de Dios. Tampoco alteraría la conciencia, la libertad, el bien, el mal o la pregunta por el sentido de la existencia. Lo que sufriría una transformación profunda sería nuestra comprensión del cosmos.

Y precisamente ahí está la grandeza filosófica de Disclosure Day. La película no gira realmente alrededor de extraterrestres. Gira alrededor de una humanidad enfrentada a una realidad más vasta que la imagen que había construido de sí misma. Su horizonte se expande. El mapa de su entorno cambia de significado. Y el misterio recupera una centralidad que la cultura contemporánea llevaba mucho tiempo intentando reducir, domesticar y encerrar dentro de explicaciones cada vez más estrechas.

Unos salen del cine pensando en naves, gobiernos o conspiraciones; otros pensando en Dios; o más exactamente, en la diferencia entre una fe acostumbrada al asombro y una fe acostumbrada al miedo. El miedo necesita fronteras estrechas, necesita controlar el terreno y clasificar rápidamente lo conocido y lo desconocido. El asombro levanta la mirada, acepta que la realidad contiene más profundidad de la que alcanzamos a comprender, que la creación supera nuestros esquemas y que el universo conserva una riqueza que ningún sistema filosófico consigue agotar.

Porque la cuestión nunca ha sido el tamaño del universo, sino el tamaño de Dios. Y una fe que sólo puede respirar dentro de una habitación pequeña parece haber olvidado precisamente aquello que pretende defender.

La creación entera proclama una verdad distinta. Una que jamás tuvo miedo de la realidad. Porque la realidad en fin de cuentas es obra suya.