miércoles, marzo 11, 2026

Cada 12 de marzo, es un día especial para Alfredo Aquino

El 12 de marzo la familia Aquino Hernández celebra el nacimiento de Alfredo José, cuyo origen está marcado por una emotiva historia familiar que comenzó en 1967 y que hoy sigue uniendo a todos en torno a su vida, valores y trayectoria.


Foto de Alfredo Aquino en su cumpleaños 59
Cumpleaños número 59 de Alfredo José Aquino Hernández.

Por Jose M. Aquino H.

Recordando que, en horas del mediodía del sábado 11 de marzo de 1967, Ramona Hernández de Aquino, informa a su esposo José Aquino Barrios, que presenta los primeros dolores de parto, por estar cumpliendo los nueve meses de gestación de su bebé próximo en nacer. Este de inmediato saca del garaje su carro marca Mercedes Benz, modelo 190 color azul claro. Te llegó la hora de parir; acomódate, nos vamos ambos para la ciudad de San Juan de los Morros, con la canastilla de bebé y una maleta con sus ropas, a eso de las 3 pm de la tarde.

En una hora llegan a la clínica Centro Médico, sanatorio asistencial privado fundado a finales de los años cincuenta, ubicado en la intersección de las calles Roscio con Infante a una cuadra de la plaza de los Samanes en la avenida Bolívar de la capital del estado Guárico. De inmediato los funcionarios del referido centro de salud, notifican al doctor José Antonio Velásquez, médico gineco-obstetra tratante de la paciente con el fin de que acompañara en el parto de la maestra Ramona. El referido médico llega a eso de las 5:30 pm, le informa que las contracciones le están comenzando y había que esperar más tiempo para realizar el procedimiento del parto.

Mientras tanto, los tres hijos de la maestra Ramona en ese tiempo: José Manuel, Fernando Antonio y Evelyn Coromoto, quedaban bajo el cuidado de su abuela materna Juana Peraza de Hernández, quien había llegado procedente de la ciudad de Guanare a la población de El Sombrero, unas semanas antes de que le dieran los dolores de parto a su hija, para estar con sus nietos mientras su hija diera a luz y la asistiera en el postparto. Estos niños estuvieron contentos por estar bien cuidados de su abuela. Pudieron deleitarse de la comida que les preparaba y en especial los exquisitos dulces de leche, quesillos y cabello de ángel.

En la tarde y la noche de ese día 11 de marzo, los niños citados se entretenían jugando y viendo la televisión y antes de acostarse compartían el rezo del Santo Rosario, hábito que la señora Juana realizaba hasta su deceso. Además, rezaba otras oraciones junto a sus tres nietos a la Virgen de Coromoto y a Dios todopoderoso, para que el parto se realizara sin complicaciones.

En la mañana de ese día domingo 12 de marzo de 1968, se despertaron todos a las 7 am; luego desayunaron y posteriormente se trasladan al patio a jugar y a eso de las 10 am, tocan a la puerta. José Manuel sale a abrirla con la señora Juana, allí estaban el señor Ramón Martelo y su esposa Hermes, preguntando por la mamá de la maestra Ramona, para darle una información. El señor Martelo le dice a la abuela Juana: José Aquino le manda a decir a usted y a sus hijos, que, en la madrugada de este 12 de marzo, festividad nacional por estar conmemorándose el Día de la Bandera en ese tiempo, Ramona tuvo un niño varón. La alegría de la señora Juana dándole gracias al Corazón de Jesús y sus nietos también se contentaron por contar con un nuevo hermano en el seno de la familia Aquino Hernández.

Tres días más tarde en horas del mediodía, José Aquino Barrios y la maestra Ramona llegan a la ciudad de El Sombrero con su hijo en los brazos, a su casa, ubicada en la calle El Samán, marcada con el número 2. La abuela abre la puerta para recibir a su hija, al recién nacido, a su yerno el señor José con las maletas y la canastilla. Los niños contentos al ver a este infante de cuatro días de nacido. Evelin Coromoto le pregunta a la progenitora por el nombre de su hermano, ella le contesta: él se llama Alfredo José.

La maestra Ramona le dice a su madre que el recién nacido pesó tres kilos con 200 gramos y midió 52 centímetros. Los hermanos y padres fueron observando el crecimiento y desarrollo de Alfredo José, de piel morena, ojos de color marrón oscuro y cabello negro. Satisfacción de sus hermanos verlo intentar apoyarse para caminar a los 11 meses y a los 6 años acompañarlo a ir a la escuela.

Su hermano José Manuel manifiesta que Alfredo es un niño sano, solamente sufría de broncoespasmos a los dos años, que rápidamente se controlaban de manera satisfactoria en ciertas ocasiones. Recordando un episodio cuando en una época de vacaciones en el mes de agosto, presentó esa patología estando en un hotel en las playas de Higuerote, inmediatamente fue examinado por varios médicos que estaban en ese lugar realizando un Congreso de Pediatría al final de la década de los años sesenta por esos predios y les dieron a sus padres las recomendaciones pertinentes para su curación.

Su comportamiento como niño entre 5 a 8 años se caracterizó por ser creativo y tener un buen desempeño en la escuela. Su madre, la maestra Ramona, decía a su hijo José Manuel, cuando Alfredito cursaba su quinto grado, que veía muchas capacidades para el cálculo de la matemática, igual que su padre, que, aunque no fue a la escuela, sabía las cuatro reglas: sumar, restar, dividir y multiplicar sin equivocarse.

Esta habilidad la ha mantenido Alfredo al igual que su padre, para realizar sus actividades diarias en la rama comercial que ejerce. Su padre solía llamarlo con el apodo “El Negro”. Su capacidad para madurar y afrontar las realidades y dificultades las ha asumido en la búsqueda del éxito en sus 59 años de existencia, para eso ha trabajado intensamente en la búsqueda del bienestar.

Se caracterizó por ser buen hijo, manteniendo el respeto, la gratitud y el apoyo incondicional hacia sus padres y en especial a su madre la maestra Ramona de Aquino, ya que su padre falleció cuando apenas tenía nueve años y no pudo conocer bien la dimensión de su padre; pero en sus genes lleva su carácter de padre: correcto en sus acciones, respetuoso, hombre que practica el bien común, preocupado por la educación de sus hijos, testigo de sus acciones nobles con su prole, humilde, no vive de apariencias, buen hermano y por último buen esposo, una de las claves del éxito, compartir con su pareja, ya que como dicen los preceptos del código de los romanos: “la primera sociedad está en el matrimonio”.

Felicitaciones en tu cumpleaños 59 al lado de tus seres queridos, estimado y apreciado hermano.


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lunes, marzo 09, 2026

Una olvidada mujer calaboceña

En una sociedad colonial marcada por el patriarcado y la discriminación racial, una mujer parda llamada Germana Piña logró abrirse paso con determinación en la Villa de Todos los Santos de Calabozo, hasta el punto de que una de sus calles llevó su nombre, desafiando así la doble opresión que pesaba sobre su condición de género y de color.


Por Ubaldo Ruiz

Representación de Germana Piña o de una mujer calaboceña de época
Germana Piña, una mujer calaboceña olvidada por la historia oficial.

Todos los indicios apuntan a que en los primeros grupos humanos fue el matriarcado su característica distintiva. En esos lejanos tiempos aurorales la mujer gozó de algo más que el respeto y la admiración de nuestros prístinos ancestros. Las sociedades primitivas reverenciaban a la mujer, por considerar que ellas eran las depositarias del don de la vida. Entonces se tenía resuelta una de las mayores incógnitas de la humanidad: ¿De dónde venimos? El clan sabía que todo semejante accedía a la existencia en este plano a través del vientre de su madre.

Pero la Historia vino a complicarlo todo. En consecuencia, el predominio de las damas en la sociedad humana cedió su paso al más férreo patriarcado. A partir de ese momento la mujer fue relegada a un plano de inferioridad y sometimiento al varón, que se convirtió en su secular explotador. Transcurrieron muchos siglos, pero el patriarcado permaneció con obstinación.

Durante los tiempos de dominación colonial española en Venezuela, junto al patriarcado se instaló una marcada discriminación étnica. La gente valía de acuerdo al color de su piel. Los Blancos estaban en la cúspide de la pirámide. Y a medida que el tono de la piel se tornaba más oscuro, se iba descendiendo hacia el foso de la segregación racial. De manera que en esas circunstancias ser una mujer de color significaba sufrir de una doble opresión. Sin embargo, es posible encontrar, precisamente en aquella sociedad machista y racista, a una parda (grupo social producto de la conjunción de los tres elementos étnicos) que tuvo la capacidad de sobresalir hasta el punto de que una calle de su población fue nombrada en su honor. Ella fue Germana Piña, y nació y vivió en la Villa de Todos los Santos de Calabozo.

Germana Piña debió nacer hacia los últimos años de la década de 1760. En 1768, aún niña, vivía en una humilde casita en las afueras de la población. El hogar estaba compuesto por sus padres, José Joaquín Piña e Ignacia Riveros, además de una hermana menor llamada Juana de la Cruz. Todos eran pardos. Unos años después se casó con otro pardo de nombre Francisco Noriega, pues en 1790 aparece viviendo con él en otra casa de la misma Villa de Calabozo, con un hijo de ambos de nombre Juan Merced.

Germana Piña aparece contratando en los documentos mucho más que su marido. Por ejemplo, en el mismo año de 1790, le compró un solar dentro de la ciudad al albañil Andrés José Carrera. Ese terreno estuvo ubicado en el entonces llamado Barrio Arriba o Barrio de la Merced, en lo que hoy sería el cruce de la carrera seis con calle cinco.

Una vez finalizada la guerra de independencia, en 1831, Germana Piña aún vivía en ese mismo lugar, quizás para entonces ya era una mujer anciana que se había ganado el respeto y aprecio de la sociedad de su tiempo. La carrera seis, en donde ella tenía su residencia, para ese tiempo tenía una denominación oficial, utilizada por el Registro Inmobiliario, de Calle de Las Piñas. Es probable que ella viviera allí con otra mujer, tal vez su hermana o una hija, u otra pariente. Sería muy interesante desentrañar los motivos que llevaron a que la calle en la que vivió Germana Piña llevara una denominación derivada de su nombre. Mientras tanto, recordemos a Germana Piña, una mujer que supo destacarse en el seno de una sociedad que la debió discriminar por partida doble.


Ubaldo Ruiz es docente universitario, actualmente Cronista Municipal de la Ciudad de Todos los Santos de Calabozo, estado Guárico.

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lunes, marzo 02, 2026

Los 80 de Óscar

Óscar Prieto Párraga
Óscar Prieto Párraga, referente del beisbol venezolano.

Un hombre que creció entre el olor a diamante y la voz de Pancho Pepe, y que terminó convirtiéndose en uno de los arquitectos más influyentes del beisbol venezolano, cumple hoy 80 años. Óscar Prieto Párraga, heredero de una pasión familiar y protagonista de algunas de las páginas más intensas de nuestra pelota, celebra una vida dedicada por completo a un deporte que también ayudó a transformar.


Por Javier González

A propósito de estar cumpliendo hoy, 2 de marzo, 80 años de vida, no hay mejor ocasión para recordar y celebrar la trayectoria de uno de los hombres que más hondamente marcó el espíritu de nuestro pasatiempo nacional: Óscar Prieto Párraga.

En el universo del beisbol venezolano pocos nombres resuenan con tanta fuerza como el suyo. Hijo, discípulo y continuador de una tradición que encontró en su padre, Óscar “Negro” Prieto Ortiz, empresario y apasionado promotor deportivo, Prieto Párraga fue mucho más que un exitoso gerente y copropietario de los Leones del Caracas: fue un hombre cuya vida se entrelazó con cada victoria, con cada desafío y con el latido mismo de la afición criolla.

Su destino estuvo marcado por el beisbol desde la infancia. Con apenas seis años, comenzó a asistir al recién inaugurado Estadio Universitario, acompañado por la mano del legendario narrador Francisco José Cróquer, “Pancho Pepe”, quien lo llevaba en su inolvidable “Bólido de Plata”.

Graduado como odontólogo en la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 1970, un año que simbolizó su propia “Triple Corona” —por su título profesional, su matrimonio con Myrian Rojas y su incorporación a la directiva de los Leones—, Prieto Párraga supo combinar, el cuidado de sus pequeños pacientes en el Hospital Ortopédico Infantil con la responsabilidad de dirigir una organización beisbolística de enorme peso en la cultura deportiva del país.

Su voz y su visión, forjadas bajo la guía de su padre, lo llevaron a asumir la dirección general del Caracas en noviembre de 1980, tan solo cinco días antes de la renuncia del mánager Jim Leyland. Fue un inicio desafiante, pero también el preludio de una época de gloria constante. Con Prieto Párraga como gerente, el equipo no solo conquistó múltiples títulos en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP), sino que también dejó una huella imborrable en la Serie del Caribe de 1982, bajo la guía de Alfonso “Chico” Carrasquel.

Más allá de números y trofeos, lo que siempre fascinó de Prieto Párraga fue su forma de hacer beisbol: con respeto profundo por la gente, con una visión humana del deporte, y con una entrega que trascendió la simple administración para convertirse en legado. Su gestión al frente de la LVBP entre 2013 y 2017 impulsó programas claves como la formación de árbitros, el control antidopaje, un código de ética y la transmisión televisiva de todos los juegos, acercando la pasión del beisbol a cada hogar venezolano.

En 2023, su trayectoria fue justamente reconocida con la exaltación al Salón de la Fama del Beisbol venezolano, uniéndose, emotivamente, al mismo templo que honra también a su padre, haciendo de esta dupla familiar una de las más emblemáticas de nuestra pelota criolla, y la única en estar entronizada en el templo de los inmortales del Caribe.

En el año 2025, Óscar dio un paso trascendental en su trayectoria personal y profesional al publicar su libro Beisbol se escribe con S, una obra profundamente autobiográfica en la que comparte, con honestidad y sensibilidad, sus vivencias dentro del apasionante mundo del beisbol.

A lo largo de sus páginas, el autor narra sus primeros acercamientos al deporte, los desafíos que enfrentó en su formación, las lecciones aprendidas en el terreno de juego y las experiencias que marcaron su carácter tanto dentro como fuera del diamante. Más que una simple recopilación de anécdotas, el libro se convierte en un testimonio de perseverancia, disciplina y amor por el beisbol, resaltando los valores que este deporte le inculcó a lo largo de los años.

Beisbol se escribe con S no solo está dirigido a aficionados y jugadores, sino también a quienes buscan una historia inspiradora sobre esfuerzo y superación. Con un estilo cercano y reflexivo, Óscar logra transmitir la emoción de cada partido, la intensidad de la competencia y la importancia del trabajo en equipo, dejando claro que el beisbol, más allá de un deporte, es una escuela de vida.

Hoy, al recordar a Óscar Prieto Párraga, celebramos no solo a un amigo, a un ejecutivo exitoso, sino a un hombre que vive el beisbol como pocos: con el corazón en el terreno, con los valores como bandera y con el amor profundo por un deporte que, más que un juego, es parte de nuestra identidad. Su historia es, sin duda, un legado para las generaciones que vienen y una inspiración para todos los que sienten al beisbol como pasión de multitudes.

¡Feliz cumpleaños!, Óscar


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domingo, febrero 22, 2026

Pedro Sivira: El escritor que leyó el alma del llano en clave de petróleo

Pedro Sivira:Más allá de la ficción, su labor en el diario El Nacionalista de San Juan de los Morros consolidó su rol como guardián de la memoria histórica.

La literatura venezolana encuentra en Pedro Sivira (1945–2010) a uno de sus observadores más agudos. Aunque nació en Falcón, su pluma y corazón se arraigaron en el estado Guárico, convirtiéndose en la voz oficial de la transformación social provocada por la explotación de hidrocarburos en los llanos orientales.


Por José Obswaldo Pérez

Pedro Sivira (1945–2010) es reconocido como una de las figuras más singulares de la literatura vinculada al estado Guárico, pese a haber nacido en San Lorenzo, estado Falcón. Su identidad cultural se forjó en Las Mercedes del Llano, adonde llegó siendo niño y donde situó buena parte de su obra narrativa, periodística y ensayística. Desde allí construyó una mirada crítica y profundamente humana sobre la vida petrolera y sus efectos en la sociedad llanera.

En este contexto, Sivira desarrolló su carrera como escritor, periodista cultural, poeta y ensayista. Su obra se convirtió en referencia para comprender la irrupción del petróleo en los llanos orientales y las transformaciones sociales que produjo. Edgardo Malaspina lo definió como un “baluarte de la literatura guariqueña”, especialmente por su capacidad para fijar en la memoria literaria la vida de Las Mercedes del Llano durante su etapa petrolera.

Nacido el 29 de octubre de 1945 y fallecido el 20 de octubre de 2010, Sivira dejó una producción marcada por la crítica social, la sociología del petróleo y la reconstrucción de la memoria comunitaria.

Obra Narrativa Principal

Su obra narrativa está encabezada por dos novelas consideradas pilares de la literatura petrolera venezolana desde una perspectiva llanera:

  • Los fantasmas y los residentes (1976, registro editorial 1992): una exploración de la vida petrolera y los cambios sociales en Las Mercedes del Llano.
  • La W.C. Company (1993): continuación de su indagación sobre el impacto del petróleo en la cotidianidad y en las relaciones comunitarias.

Ambas obras destacan por su mirada desde adentro: no desde los centros de poder petrolero, sino desde los pueblos que vivieron la bonanza y la fractura social.

Pensamiento y Crítica Social

Sivira dejó además un proyecto inédito, Miserias del corazón, anunciado en 2010, donde profundizaba en su concepto del “síndrome de la borrachera negra”, metáfora sociológica con la que describía los efectos psicológicos y sociales del petróleo en el venezolano.

Uno de los ejes más originales de su pensamiento fue la idea del petróleo como patología social. Sivira utilizó terminología médica para explicar cómo la riqueza súbita distorsionó comportamientos, expectativas y estructuras comunitarias. Su lectura crítica anticipó debates posteriores sobre la dependencia petrolera y sus consecuencias culturales.

Labor Periodística

Además de novelista, Sivira ejerció el periodismo cultural en el Diario El Nacionalista, en San Juan de los Morros, con una prosa que combinaba memoria histórica, observación sociológica y crítica social. Su trabajo como cronista contribuyó a documentar la vida de Las Mercedes del Llano y a preservar la memoria de un territorio marcado por la explotación petrolera.


Finalmente, la obra de Pedro Sivira sigue siendo una referencia para estudiar la transformación de los llanos orientales durante el auge petrolero y para entender cómo ese proceso moldeó identidades, tensiones y relatos locales. Su literatura, anclada en Las Mercedes del Llano, continúa iluminando la relación entre espacio, memoria y petróleo en Venezuela.


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jueves, febrero 19, 2026

Charles Chaplin y el Beisbol Venezolano

¿Qué une al genio del cine mudo con los diamantes de la Caracas de antaño? En mayo de 1918, un año después de que el propio Charles Chaplin subiera al montículo como pitcher abridor en Los Ángeles , su sombra icónica se proyectó sobre el beisbol venezolano. A través de un misterioso premio enviado en una caja sellada para recompensar al primer jugador ponchado en un juego benéfico para la Cruz Roja , el intérprete de "Charlot" selló un vínculo histórico y poco conocido que entrelazó para siempre la parodia del cine de Hollywood con los primeros pasos del deporte rey en Venezuela.


POR JAVIER GONZÁLEZ

La historia del beisbol en Venezuela está marcada de episodios fascinantes, desde sus primeros juegos a finales del siglo XIX hasta su consolidación como el deporte favorito de millones. Entre esos hitos destaca una anécdota singular que une dos mundos aparentemente distantes: el cine mudo de Hollywood y el beisbol criollo.

Charles Chaplin en el montículo

Charles Chaplin como pitcher abridor en el Washington Park, 1917.

La tarde del sábado 31 de marzo de 1917, en Los Ángeles, California, se llevó a cabo un juego de exhibición para la Cruz Roja Internacional. Lo extraordinario fue que reunió a actores divididos en “cómicos” contra los “melodramáticos”. Entre los cómicos destacó un joven Chaplin de 28 años, quien fungió como pitcher abridor, combinando diversión con destreza atlética.

Un año después, el 18 de mayo de 1918, el beisbol venezolano organizó un juego similar en Caracas con el mismo fin benéfico. Fue allí donde surgió una contribución especial: Chaplin envió un premio misterioso en una caja sellada para otorgar al primer bateador que resultara “struck out”, ponchado

Beisbol en Caracas 1918

Encuentro benéfico entre Cruz Roja y Cruz Blanca en Caracas, mayo de 1918.

La nota sobre este premio fue publicada en la prensa venezolana, destacando que el galardón había sido enviado en una caja sellada de aspecto atractivo, aunque su contenido era “misterioso”, generando expectación entre los organizadores y los aficionados.

Chaplin no solo se había convertido en un ícono del cine mundial, sino también en un entusiasta seguidor del beisbol —un deporte que practicaba y admiraba— y su gesto fue interpretado como una curiosa forma de apoyar el desarrollo de este deporte emergente en Venezuela.


Javier González es historiador venezolano residenciado en España.

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miércoles, febrero 18, 2026

El Entierro de la Sardina de Naiguatá

Entierro de la Sardina de Naiguatá
Procesión del Entierro de la Sardina en Naiguatá. Foto: Elvin Barreto

La tradición sobrevivió a censuras, recesos y cambios sociales. En los años 80 surgió la famosa parranda que daría origen a Las Sardinas de Naiguatá, agrupación de proyección internacional. Hoy, pese a restricciones oficiales que incluso impidieron la coronación de la Reina de la Sardina en 2026, la comunidad mantiene vivo el rito “contra viento y marea”, reafirmando su identidad y su alegría colectiva.


Por Elvin Barreto*


La memoria de los viejos naiguatareños —entre ellos Eduardo Hugo Arratia (†), Jesús María Yriarte (a) "Chichero" (†), Armando Cáceres (a) "Taparita" (†) y José Montes (a) "Vigueta"— aportó valiosa información a la investigación etnográfica realizada por quien escribe.

Según sus relatos, fueron los Cáceres, una familia de pescadores venidos de Margarita, quienes iniciaron en 1915 el llamado "Entierro de la Sardina" en el querido y tradicionalista pueblo de Naiguatá, como un festejo familiar para ofrendar a la naturaleza por la abundancia de la cosecha y la pesca.

Procesión del Entierro de la Sardina en Naiguatá
Ricardo Díaz (92 años) y José Montes (83 años) protagonistas del Entierro de la Sardina de Naiguatá. Foto: Elvin Barreto

En sus inicios, según contaron aquellos recordados personajes, al atardecer del miércoles de ceniza, "la procesión del entierro" partía del desaparecido embarcadero Casapanare (hoy parte del club Puerto Azul). Recorría las limitadas callecitas del "pueblo arriba", pues, "pueblo abajo" no existía. Era sólo sembradío. Llevando una silueta de sardina junto con una muestra de verduras reales. Al compás de un cuatro, las maracas, el güiro y un estimulante "frasco de aguardiente", la escueta procesión entonaba el improvisado coro:

¡Fo, fo, fo!
la sardina se murió
y la llevan a enterrar.
¡Ay, ay, ay!
no la entierren en la tierra,
entiérrenla en el mar...

La procesión de músicos y acompañantes retornaba al embarcadero para velar a la "fallecida" entre cantos y tragos, hasta que en la madrugada lanzaban la silueta al mar con las ofrendas. Eran años en los que Naiguatá aún no contaba con energía eléctrica.

Para 1932, se electrificó el pueblo, según nos contó el maestro Ramón Longa.

Con el tiempo, la tradición se nutrió de nuevos participantes, entre ellos Ciriaco "Canta Bonito" Iriarte, quien años después destacaría como un reconocido cultor popular. En 1942, se incorporaron Juan Montes (padre), Neptalí Longa (padre), Luis Iriarte y Teodoro Merentes, entre otros.

Viudas de la sardina y cortejo fúnebre
Viudas de la sardina y cortejo fúnebre.

Ellos introdujeron la teatralización del "cortejo fúnebre": un supuesto sacerdote, un monaguillo y las famosas "viudas de la sardina" (hombres vestidos de mujer con maquillaje estrafalario y luto). También sumaron a un personaje disfrazado de diablo.

La puesta en escena era así: adelante, los hombres cargaban la silueta de la sardina dentro de una barca artesanal con frutos reales. Detrás, el cura y el monaguillo oraban por el "descanso eterno", seguidos de las viudas en llanto lacónico, acechadas por el diablo y su tridente. La procesión avanzaba entre talco, perfumes, papelillos y chistes de doble sentido, culminando para finales de los años 50's en la playa Los Pocitos.

Con el fin de la censura de la dictadura militar, la fiesta abrió espacios para la denuncia social y política: carencias, pobreza y corrupción eran satirizadas. Muchos recuerdan la silueta del barco "Sierra Nevada" (famoso caso de corrupción), diseñada por el músico Ricardo Benito Díaz (a) "Ricardo Mion", quien cumplirá 93 años este 3 de abril.

La celebración dejó de ser familiar para convertirse en un emblema de toda Naiguatá, con la participación activa de las familias Corro, Domínguez, Iriarte, Berroterán y Hernández. Entre otras familias emparentadas con las mencionadas.

También destaca el rol de mujeres como Matilde Domínguez Corro, "Anita" Berroterán, Margarita Longa y Aleja Corro, así como el maestro Ramón Longa, promotor de los carnavales y el tambor de San Pedro, de Naiguatá.

Parranda Las Sardinas de Naiguatá
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La creatividad popular sumó la "Coronación de la Reina de la Sardina" cada lunes de carnaval. Entre "las reinas" destaca, en 1958, la coronación del joven caraqueño Erick Francheschi, quien entonces cortejaba a la joven Camila Pereira y fue padre de sus hijos mayores: Lelis, Mercedes y Erick.

En los años 60's, tras un breve receso, la tradición fue retomada por Roberto Izaguirre (a) "Robin", junto con Juan Montes (a) "Vigueta", Ramón Quintero, José Ávila, Manuel Lamas, Alejandro Brito y Héctor Cáceres. A finales de los 70's se unieron Félix Rodríguez y Juan Manuel Nahí Longa (a) "Comiquita". Ya en los 80's, Ricardo Díaz incorporó el acompañamiento musical formal conocido como "la parranda", que dio origen a la agrupación de renombre internacional "Las Sardinas de Naiguatá".

Este 2026, por restricciones oficiales, no se realizó la tradicional coronación, lo que ha causado malestar. Sin embargo, los naiguatareños realizarán el entierro "contra viento y marea", pues las tradiciones de un pueblo alegre no se prohíben por caprichos.

¡Que viva el Entierro de la Sardina de Naiguatá, patrimonio cultural de todos!

*Investigador y docente de la Universidad Simón Bolívar - Núcleo del Litoral. Estado La Guaira.

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martes, febrero 17, 2026

Un día de carnaval

Fotografía de Alfredo Colina, Ortiz, 1955 |


La calle, con su casa envejecida al fondo, muestra las huellas del tiempo: paredes que han visto pasar generaciones, techos que han resistido aguaceros y silencios.


Por José Obswaldo Pérez

Quizás esta fotografía pertenezca a un día de carnaval de 1955. Los niños—hembras y varones—, delatados por sus latas y vasijas rebosantes de agua, exhiben la ropa empapada y esa alegría irrepetible que solo la infancia puede sostener sin esfuerzo. Sus sonrisas, abiertas como puertas al verano, parecen iluminar más que el propio sol de la tarde.

La calle, con su casa envejecida al fondo, la que habitó Antonio María Salgado y su esposa Trina, muestra las huellas del tiempo: paredes que han visto pasar generaciones, techos que han resistido aguaceros y silencios. A un lado, el poste de luz eléctrica —moderno para la época— se yergue como símbolo de un progreso que llegaba a cuentagotas. Era alimentado por una planta que encendía sus motores a las seis de la tarde, extendiendo su resplandor hasta el amanecer, como si velara los sueños del pueblo.

El testimonio visual es obra de un testigo silencioso, el reconocido fotógrafo valenciano Alfredo Cortina, quien capturó esta escena en 1955. Pero la imagen es más que un registro técnico: es una ventana abierta a un instante crucial en la historia de nuestro pueblo de Ortiz. En ella conviven la inocencia, la tradición y el lento despertar de la modernidad. Es un fragmento de memoria colectiva que, al mirarlo, nos recuerda quiénes fuimos y cómo comenzó a transformarse nuestro mundo.


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domingo, febrero 15, 2026

Aficionados de Apure y Guárico podrán participar en el I Concurso de Fotografía Digital “Llano Cotidiano”

La creatividad visual de los habitantes de los estados Apure y Guárico será premiada ARCHIVO


Por José Obswaldo Pérez

La Revista Cultural Fuego Cotidiano, con sede en Ortiz, estado Guárico, anunció la apertura del I Concurso de Fotografía Digital “Llano Cotidiano”, una iniciativa destinada a estimular la creatividad visual de los habitantes de los estados Apure y Guárico. El certamen está dirigido a mayores de 18 años aficionados a la fotografía, quienes podrán participar con imágenes captadas tanto con cámaras digitales como con teléfonos móviles.

Según la convocatoria, se puede participar con entre 1 y 3 fotos por categoría, lo que permite a los concursantes explorar diversas miradas sobre la vida llanera.

Dos categorías para retratar el llano

El concurso contempla dos líneas temáticas. La primera, “Mi paisaje llanero”, abarca imágenes de flora, fauna e interacciones con la naturaleza. La segunda, “Retrato de la vida cotidiana”, invita a capturar escenas de trabajo, comercio, deportes, ocio y dinámicas propias de los pueblos llaneros. Los participantes podrán inscribirse en una o ambas categorías, con un máximo de tres fotografías por cada una.

Los ganadores del primer lugar recibirán 85 dólares, certificados de participación, una Master Class de fotografía digital y la publicación de sus obras en el Instagram @llanocotidiano. La participación es completamente gratuita.

Jurado de reconocidos especialistas

Las obras serán evaluadas por un jurado integrado por figuras vinculadas al quehacer cultural y fotográfico de la región. Por Apure participará el cultor popular Pedro Reina; por Guárico, el docente universitario José David Rondón; y desde Panamá, el reportero gráfico venezolano José Antonio Gil.

Una iniciativa cultural con amplio respaldo

El concurso es organizado por la periodista Mayra Piñate Braca y la profesora Zuleima Amaro, desde la Revista Cultural Fuego Cotidiano. La actividad cuenta con el apoyo de diversas instituciones y empresas, entre ellas el Rotary Club San Juan de los Morros, Selmed, Envíos Express, Papelería Negra Matea, la Asociación Renovadora de Artistas Unidos y Cultores Apureños, Aqua Viva, Óptica Filvilla, Tecnologías Agricolas Sartenejas y la cantante folklórica Nelsys Navas.

Plazo y vías de contacto

El concurso estará abierto hasta el 31 de marzo de 2026. Los interesados pueden obtener más información a través de:

  • Blog: Revista Fuego Cotidiano
  • Instagram: @llanocotidiano
  • Correo: llanocotidiano@gmail.com
  • Facebook: Revista Cultural Fuego Cotidiano
  • WhatsApp: +34 640977881 / 0414 9203201

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sábado, febrero 14, 2026

Una pausa entre el hombre y el árbol

Elvira Mugno y miguel Malaspina, fundadores de la familia Malaspina en Venezuela. ARCHIVO

Entre aquellos hombres que un deseo de mejor vida aventara hacia Venezuela, vino muy joven Miguel Malaspina. Era de pequeña estatura, moreno, borrascoso. Su cólera verbal era continua. Casi siempre levantaba en alto un bastón enorme. En el fondo fue siempre generoso y cordial.


Por Argenis Ranuárez

A los pueblos del llano en Venezuela, durante la segunda mitad del siglo pasado, llegaron en plan de aventura, con su dialecto cantarino y sus ojos azules, muchos hijos de Italia.

Son varios los que se recuerdan. Muchos, que venían a ensayar fortuna en esta fértil tierra pobre. En Ipire se radicó Juan Cavalieri, virtuoso en el trabajo, incansable, construyó casas y dejó hijos. Vicente Aronne, laborioso como Cavalieri, y los Mugno, gente fina. A Miguel Mugno le vimos bajo el sol terrible, tal vez en misión artística, ambulando por aquellos pueblos. Recordamos haber visto en su habitación, junto al conocido paisaje de Nápoles donde un árbol sujeta contra un cerro a un castillo, la figura de Leonardo de Vinci. Era un óleo desvaído, quizá recuerdo de familia. Miguel Mugno decía, mirando la figu-ra del Maestro: Nadie ha sido tan múltiple.

Entre aquellos hombres que un deseo de mejor vida aventara hacia Venezuela, vino muy joven Miguel Malaspina. Era de pequeña estatura, moreno, borrascoso. Su cólera verbal era continua. Casi siempre levantaba en alto un bastón enorme. En el fondo fue siempre generoso y cordial.

Malaspina formó familia. Elvira Mugno, mujer ejemplar, le dio ocho hijos y su carácter atenuaba al del marido. Elvira Mugno continúa siendo una mujer excepcional: rezaba a Dios y decía a sus hijos hermosas palabras.

Cuando Malaspina se embriagaba, su obsesión era denigrar del general Juan Vicente Gómez y exaltar al Mocho Hernández. Por esto le recluían en la cárcel del pueblo.

Bien recuerdo una madrugada de diciembre, hace años. Malaspina, ebrio, cantaba desde la cárcel. Pocas veces he oído una música más triste que aquella que subía entre la niebla de la amanecida. Era una balada napolitana. Resumía una honda angustia, un viejo y hondo duelo nómada, de esos duelos que afloran, fluyen y se evaden. La armonía lenta se diluía en crescendos. El verso crecía dentro de la armonía de la balada. En aquel amanecer de diciembre, mientras lejos subía la música sencilla de las coplas, de aguinaldo, la tristeza de un hombre, lejos de su patria, recogía en una canción dulces ternuras remotas.

Miguel Malaspina hablaba apresurado. Tanto, que confundía a menudo voces españolas con italianas. Además, en toda discusión debía prevalecer su opinión. Pero así, con toda su vehemencia, en horas de regocijo o de dolor, el anciano era compañero obligado de ricos y de pobres.

De la familia numerosa vio caer algunos hijos. Al mayor le quemó una fiebre, una fiebre que le talló de los pómulos a los pies. Una hija que se consagró a la escuela y formó hogar honorable, murió cerca de Zaraza, y otra se quedó fría en las llanuras de Río Claro. Malaspina recibió los golpes con firmeza. Con el corazón arrugado daba a los suyos voces de aliento como un capitán en la tormenta con el barco haciendo agua.

La adversidad continuó hostigándole y el anciano se encorvó un poco. Un día cualquiera se fue a pique la vida del hijo a quien confiara la orientación de la familia. La humanidad del hijo de Italia sintió una desgarradura como esas con que el rayo abre un roble. Muchos meses anduvo a tientas. En el rostro empezaron a asomársele grietas profundas.

Entre el hato y el pueblo vive cinco años más. Quien le vea sobre el caballo observará que priva en el hombre un empeño en acallar duelos, un afán de aparecer con la altivez de los veinte años.

La barba blanca está en punta. Los ojos han borrado un poco su brillo. Aunque con el busto inclinado, es el hombre que ha resistido con sangre fría varios golpes adversos.

Por allí se dice que para embellecer la plaza del pueblo era necesario derribar el samán centenario que montaba guardia en el centro de la plaza, y Malaspina interviene en forma ruda. Tumbar al samán era como echarlo a él por tierra. Aquel árbol lo sembró y aporcó tal vez un antecesor suyo. Algo de aquella ramazón estaba en sus venas. Al anciano desconcertaba la peregrina y absurda idea de embellecer los parques derribando los árboles.

El hombre ya estaba cerca de la tierra. Aquel dos de noviembre, en el cementerio, algunos oyeron un monólogo ante las tumbas de sus hijos. Tal vez no fue al cementerio sino la sombra de Miguel Malaspina.

Su fondo rústico no le permitía buscar evasión al dolor contenido, distraer con otras emociones su sufrimiento. Por eso irá como un sonámbulo y le hallarán con lágrimas.

Miguel Malaspina llegó a Venezuela con el señuelo de ser rico, como ya lo habían sido varios conterráneos suyos. Formó familia honorable. Tuvo sus borrascas como un sino que le perseguía de lejos. Con todos fue generoso. La adversidad le había estrujado. Allí estaba, al fin, anciano, con pocos haberes. Si él hubiese podido soñar a esa hora de su vida vencida.

Comenzaba una lluvia fina, y el anciano, junto a su casa oyó un ruido hacia la plaza vecina. Inquirió y le respondieron que habían derribado al samán. Trató de incorporarse y se desvaneció. Debió sentir como un hachazo del lado izquierdo. Después se fue apagando. La noche halló en el pueblo de Ipire dos árboles caídos.

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viernes, febrero 13, 2026

Un joropo para piano de 1897 que une a Alemania, Aragua y La Victoria

Eduardo Monroy Rojas, bisnieto del médico calaboceño Dr. Francisco Monroy González, interpreta la afamada pieza |


El joropo compuesto por Federico Vollmer Ribas en 1897 no es solo una curiosidad musical: es un testimonio cultural.


Por José Obswaldo Pérez

En 1897, cuando el país aún respiraba el aire convulso de la posguerra federal y la modernidad musical apenas asomaba en los salones urbanos, un joven compositor venezolano de ascendencia alemana escribió una pieza singular: un joropo para piano, obra de Federico Vollmer Ribas, nieto directo de dos mundos y heredero de una memoria heroica.

Federico era hijo de Gustav Julius Vollmer, inmigrante alemán, y de Francisca Ribas y Palacios, nieta del prócer José Félix Ribas, héroe de la Batalla de La Victoria del 12 de febrero de 1814, y prima del Libertador Simón Bolívar y Palacios. En su linaje se cruzaban la disciplina germánica, la sensibilidad criolla y el fuego republicano de la Independencia.

Una pieza con identidad aragüeña y espíritu juvenil

El joropo compuesto por Vollmer en 1897 no es solo una curiosidad musical: es un testimonio cultural. Su escritura para piano —inusual para la época, cuando el joropo era esencialmente un género de cuerdas y arpa— revela la intención de llevar la música popular a los espacios académicos y burgueses, sin perder su raíz llanera y festiva.

La obra, de clara referencia aragüeña, dialoga con la memoria de La Victoria, ciudad que encarna el Día de la Juventud gracias al sacrificio de los estudiantes comandados por Ribas. En esa conexión íntima entre música y genealogía, el joropo se convierte en un homenaje implícito a la gesta de 1814.

Un intérprete con raíces calaboceñas

La pieza ha sido interpretada en tiempos recientes por Eduardo Monroy Rojas, bisnieto del médico calaboceño Dr. Francisco Monroy González, figura respetada en la historia social y sanitaria de los llanos centrales. Su ejecución aporta un puente generacional: un descendiente de la tradición médica y humanista de Calabozo revive la obra de un descendiente directo de los héroes de la Independencia.

Un cruce de memorias

Este joropo para piano es más que una partitura antigua. Es un punto de encuentro entre:

  • - La herencia alemana de los Vollmer
  • - La sangre heroica de los Ribas y Palacios
  • - La identidad aragüeña y la épica de La Victoria
  • - La sensibilidad llanera que late en el joropo
  • - La continuidad familiar que representa Monroy Rojas
  • Una pieza que, desde 1897, sigue recordándonos que la música también es genealogía, territorio y memoria republicana.


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    miércoles, febrero 11, 2026

    Carlos Malamud: “Los militares en Argentina fueron juzgados porque hubo consenso social en que las atrocidades de la dictadura debían ser castigadas”

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    Por Fuego Cotidiano

    A cincuenta años del golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón y abrió paso a la última dictadura militar argentina, el historiador Carlos Malamud vuelve sobre uno de los episodios más traumáticos del Cono Sur con una mirada que combina rigor académico y sensibilidad histórica. En su nuevo libro, el especialista analiza el clima político, social y cultural que permitió la irrupción del régimen militar en marzo de 1976, así como las huellas que dejó en la memoria colectiva del país.

    A cincuenta años del golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón y abrió paso a la última dictadura militar argentina, el historiador Carlos Malamud vuelve sobre uno de los episodios más traumáticos del Cono Sur con una mirada que combina rigor académico y sensibilidad histórica. En su nuevo libro, el especialista analiza el clima político, social y cultural que permitió la irrupción del régimen militar en marzo de 1976, así como las huellas que dejó en la memoria colectiva del país.

    Malamud, investigador del Real Instituto Elcano y una de las voces más autorizadas en historia latinoamericana contemporánea, sostiene que el golpe no puede entenderse como un acontecimiento abrupto, sino como el desenlace de un proceso de deterioro institucional que venía gestándose desde años atrás. La violencia política, la crisis económica y la incapacidad del gobierno de Isabel Perón para contener la escalada de conflictividad crearon un escenario en el que la intervención militar parecía, para amplios sectores, inevitable.

    Pero el historiador subraya un punto clave: la dictadura argentina fue una de las pocas en la región cuyos responsables enfrentaron juicios en democracia, un hecho que atribuye a un factor decisivo: “hubo consenso social en que las atrocidades de la dictadura debían ser castigadas”. Ese acuerdo, explica, no surgió de manera espontánea, sino que fue el resultado de la presión de organismos de derechos humanos, del trabajo de periodistas e intelectuales y de una sociedad que, tras el retorno democrático, comenzó a reconstruir su memoria sobre los años del terror estatal.

    El libro de Malamud también revisa el papel de las Fuerzas Armadas, la estructura represiva del régimen y la manera en que la dictadura buscó legitimarse a través de discursos de orden, modernización y lucha contra la subversión. Sin embargo, el historiador insiste en que la cultura política argentina —marcada por tradiciones democráticas, sindicales y partidistas muy arraigadas— fue determinante para que, a diferencia de otros países del Cono Sur, la transición incluyera un proceso judicial sin precedentes.

    A medio siglo del golpe, la obra de Malamud invita a repensar no solo el pasado, sino también las tensiones actuales en torno a la memoria, la justicia y la identidad democrática. En un momento en que los debates sobre el autoritarismo, la violencia política y la responsabilidad del Estado vuelven a ocupar un lugar central en América Latina, su análisis ofrece claves para comprender cómo se construyen —y se disputan— los relatos sobre la historia reciente.

    La publicación llega en un contexto de renovado interés por las dictaduras del siglo XX y por los mecanismos sociales que permiten, o impiden, que episodios traumáticos se repitan. Malamud, con su estilo claro y su mirada comparativa, aporta una reflexión necesaria sobre el vínculo entre memoria, justicia y cultura democrática.


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    martes, febrero 10, 2026

    No hit no run electoral

    Nicolás Maduro Guerra candidato
    Nicolás Maduro Guerra podría convertirse en el candidato del chavismo. ARCHIVO

    La creciente probabilidad de que Nicolás Maduro Guerra sea el candidato del chavismo en 2026, las razones internas que explican esa jugada, y la magnitud de la derrota que enfrentaría en un escenario competitivo, son analizadas por el historiador Javier González.


    Por Javier González

    Todo apunta a que Nicolás Maduro Guerra podría convertirse en el candidato del chavismo en las próximas elecciones presidenciales, que eventualmente se celebrarían en diciembre de 2026. Esta hipótesis se sustenta en una serie de señales políticas que se han venido acumulando en los últimos tiempos, entre ellas su creciente visibilidad dentro del oficialismo, su posicionamiento en espacios de poder y su rol como figura de continuidad generacional del proyecto chavista. Así como el afinado olfato político de Delcy y Jorge Rodríguez, quienes comprenden perfectamente que exponerse a una confrontación electoral directa, en condiciones mínimamente competitivas, equivaldría a firmar su acta de defunción política.

    En un contexto marcado por la necesidad de preservar la cohesión interna del movimiento y garantizar la lealtad de sus bases, su eventual postulación podría interpretarse como una apuesta estratégica por la sucesión controlada y la permanencia del legado político iniciado por Hugo Chávez y consolidado por Nicolás Maduro. No obstante, este escenario dependerá de múltiples factores aún en desarrollo, como la evolución de la situación económica y social del país, las dinámicas internas del Partido Socialista Unido de Venezuela, las presiones internacionales y el nivel de reorganización de la oposición. Por ello, más que una certeza, esta proyección debe entenderse como una lectura anticipada de las tendencias actuales del poder político venezolano, sujeta a cambios conforme se acerque el calendario electoral.

    En un escenario de elecciones presidenciales competitivas, Nicolás Maduro Guerra sería derrotado de manera contundente por María Corina Machado, en una proporción que podría rondar un abrumador 90 a 10. Se trataría de una paliza electoral difícil de maquillar, de un verdadero NO HIT NO RUN.


    Javier González es historiador venezolano residenciado en España.

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    lunes, febrero 09, 2026

    Mirtha Rivero reabre el expediente Chávez: el sobreseimiento que cambió la historia

    La periodista venezolana Mirtha Rivero (Caracas, 1956) |


    La periodista venezolana ha publicado recientemente un libro basado en una investigación de diez años


    La periodista y escritora Mirtha Rivero vuelve a colocar una pieza incómoda en el rompecabezas político venezolano: Hugo Chávez no fue indultado por Rafael Caldera en 1994, sino sobreseído, una decisión judicial que borró la existencia del delito y habilitó su carrera electoral. La afirmación, sustentada en documentos y testimonios, forma parte de la conversación que acompaña la reedición de La oscuridad no llegó sola.Crónica de una tragedia venezolana (Ed. Alfa, 2025) , su investigación sobre los años que moldearon el ascenso del chavismo.

    Una revisión del origen

    Rivero insiste en que el país suele mirar el 4 de febrero de 1992 como un episodio aislado, cuando en realidad fue la expresión de un deterioro institucional profundo. El sobreseimiento —y no un indulto— encaja en ese clima: un Estado debilitado, una clase política en retirada y una sociedad que comenzaba a depositar expectativas en figuras ajenas al sistema de partidos.

    El libro como archivo de una época

    La oscuridad no llegó sola reconstruye el período 1999–2004 a partir de más de un centenar de entrevistas y un archivo hemerográfico exhaustivo. Rivero revisa el 11 de abril de 2002, el rol de operadores políticos como José Vicente Rangel y Luis Miquilena, y la manera en que el relato épico del chavismo se impuso sobre los hechos. Uno de los hallazgos más comentados es un fragmento audiovisual de apenas segundos que obliga a reinterpretar la secuencia de decisiones en torno a Pedro Carmona.

    Memoria frente al ruido

    Para Rivero, la tarea urgente es preservar la memoria factual en un país donde la polarización ha distorsionado incluso los episodios más documentados. Su trabajo busca fijar una cronología verificable, rescatar voces desplazadas y desmontar mitologías que han condicionado la lectura del presente.

    La reedición de su libro y la discusión sobre el sobreseimiento de Chávez reactivan un debate mayor: cómo se construyó la narrativa que permitió el ascenso de un liderazgo militar a la presidencia, y qué responsabilidades institucionales y sociales hicieron posible ese tránsito.

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    viernes, febrero 06, 2026

    El último amanecer posible

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    Por Xavier Padilla

    Veinticinco años en un país sin alternancia. La infancia sucede a la luz de una vela. La casa huele a querosén, la nevera se apaga como un animal cansado, los juguetes se alumbran con linternas de pilas que se gastan rápido. El techo suena a gota cuando arrecia la lluvia y no hay planta eléctrica que encienda la casa. La electricidad se convierte en promesa incumplida. El barrio aprende a escuchar el timbre del transformador cuando estalla y el silencio posterior se acepta con resignación. La gente celebra con murmullos el regreso de la luz, aunque sepa que será breve.

    El agua sube por las tuberías a horas inhumanas. La familia despierta a las tres de la mañana, los tobos se alinean como soldados, los niños se turnan para sostener botellas bajo el chorro débil. En algunos edificios se organizan silbatos para avisar a los vecinos. Quien se queda dormido amanece sin agua en toda la semana. El sonido del goteo establece la cadencia de la casa. La madre riega una sábila con un vasito medidor y repite que cura. El desvelo se acepta con disciplina y un dejo de resignación.

    La vida ocurre en colas. Pan al alba, gasolina que serpentea por kilómetros, gas por cilindros con listas escritas a mano, cajas de alimentos que llegan con retraso. La gente aprende a leer la paciencia en los hombros ajenos. En la estación, un guardia reparte números con solemnidad de sorteo. La fila se vuelve paisaje. Algunos venden café, otros juegan dominó sobre cajones vacíos, alguien reza, alguien repite que hoy sí.

    El «Carnet de la Patria» reposa en la cartera como un salvoconducto obligatorio. Se muestra sin orgullo. La luz del lector da permiso o niega. Un muchacho recibe la bolsa con dos latas y harina, con la mirada clavada en el piso. La bolsa llega con retraso, vigilada por funcionarios que toman fotos de la fila. En la cocina, la mesa se convierte en mesa de inventario. El arroz se cuenta como si fuese oro. La comida huele a trámite.

    Las paredes hablan con pintura. Rostros repetidos de Chávez, afiches de Maduro con consignas trazadas a brochazos, vallas que prometen victorias sin fecha. El poste de luz sostiene cables y slogans. Cada pared parece boleta electoral nunca firmada. La propaganda funciona como clima. El espacio público permanece secuestrado por un solo lenguaje.

    En el barrio, el rugido de motos negras administra el miedo. Colectivos que giran en doble fila, cascos cerrados, miradas que no necesitan palabras. El sonido vacía una calle en segundos. Una mujer recoge la ropa del tendal sin levantar la vista. Un viejo baja la santamaría con gesto preciso. Las ventanas aprenden a parecer deshabitadas. El silencio se vuelve norma.

    La represión tiene rituales nocturnos. Una camioneta sin placas se detiene frente a un edificio, cuatro encapuchados tocan una puerta, dos hombres salen esposados. La escalera queda con olor a caucho caliente. Los vecinos cuentan los peldaños en susurros. La familia inicia una ronda por comisarías y cuarteles. En un mostrador de fórmica reciben respuestas vagas, papeles sin firma. La palabra paradero se vuelve hueco. A veces hay regreso con un cuerpo flaco y mirada metida hacia adentro. A veces hay ausencia que se instala como mueble.

    En la ciudad corren historias de casas discretas. Fachadas comunes, cortinas corridas, vecinos que saludan con prudencia. Quien entra allí pasa días sin reloj. Quien sale cuenta la bolsa plástica apretada sobre la cara, la asfixia en oleadas, el perro ladrando a centímetros de la piel, la silla metálica, los insultos repetidos hasta volverse clima, la desnudez como humillación, la amenaza contra la familia como herramienta de quebranto. La memoria guarda esos relatos con respeto áspero. Las cárceles oficiales reciben con golpes de bienvenida.

    Celdas húmedas, olores viejos, pasillos sin ventilación. Hombres amarrados a sillas durante días. Mujeres obligadas a favores sexuales para comer. Adolescentes con morados en las costillas. Paredes con marcas de uñas y sangre. Las noches se interrumpen con gritos. La madrugada trae interrogatorios con la cabeza pesada y un vaso de agua que arde en la garganta. Algunos no sobreviven. Otros salen con cuerpos destruidos que no aguantan mucho.

    Las audiencias suceden sin público. Un cuarto cerrado, un funcionario que lee cargos de terrorismo o de odio, un abogado impuesto que asiente con el mentón, un papel que se firma sin posibilidad de corrección. Algunos ven una cámara encendida en un teléfono a medianoche y entienden que la justicia cambió de hora y de forma. Una madre pregunta por qué y recibe una fotocopia con sellos. La fotocopia no contiene respuestas.

    Los muertos bajo custodia aparecen en notas breves. «Complicación», «paro», «desvanecimiento». La familia pide el cuerpo y recibe condiciones: nada de prensa, nada de velorio público, nada de discursos. El dolor se administra con reglamento. En la sala de una casa un ataúd se rodea de ocho sillas. Un sacerdote pronuncia «descanso» con un hilo de voz. La palabra justicia se ahoga antes de salir.

    Las protestas traen su propia contabilidad. Siete cuerpos tendidos en San Jacinto, testigos que señalan disparos desde instalaciones militares. Más al norte, dos muchachos caen en El Valle frente a una cámara mientras un arma corta asoma detrás de un escudo. Los nombres circulan en chats, acompañados de fotos de carnet. La memoria popular los pronuncia en voz baja, como si aún doliera decirlos en volumen completo.

    Entre los caídos hay adolescentes. Quince, diecisiete años. La casa de uno guarda la franela con olor a muchacho. La madre de otro plancha una camisa que nunca se puso. Las abuelas imprimen rostros en camisetas blancas. Las velas convierten las aceras en capillas. En la esquina se reparten botellas de agua con vinagre para los ojos. La juventud aprende que crecer significa atreverse a salir y soportar que la noche no traiga a todos de vuelta.

    En los pasillos de los tribunales, los familiares intentan designar abogados de confianza. Un funcionario recomienda aceptar defensa pública. La carpeta pesa como un ladrillo húmedo. Nadie lee todo. Se firman hojas por cansancio. Un defensor promete llamar y no llama. El tiempo de la justicia se escurre hacia la tarde. La tarde huele a café recalentado.

    El hostigamiento alcanza a terceros. La puerta de una madre se toca a medianoche. Un hermano queda retenido mientras el buscado cruza una trocha. La trocha se pisa con barro hasta la rodilla. La culata golpea a cualquiera. Algunos regresan con fiebres, otros siguen con la esperanza puesta en un pariente que envía remesas. En la frontera, un funcionario pide un dinero que no aparece en ninguna ley. La palabra vacuna se usa para todo.

    La vida cotidiana ocurre sin adjetivos heroicos. En un hospital, una sala de neonatología recibe luz de celulares cuando falla la planta. Una enfermera calienta suero con las manos. Una madre agradece sin solemnidad. En otro piso, un paciente de diálisis mide la oportunidad con los dedos. La máquina arranca tarde y se apaga antes del tiempo. En oncología faltan fármacos. Un señor con gorra camina hacia el ascensor con pasos muy cortos. La enfermedad avanza al ritmo de la burocracia.

    En una escuela, la maestra llega con un bolso que pesa menos que un almuerzo. El salario desapareció detrás de tres reconversiones. Los niños llevan cuadernos usados en ambos lados. Un pizarrón con grietas recibe la palabra «historia» y el polvo del borrador la borra con facilidad. La maestra insiste en que la historia importa. La clase lo cree a medias. Afuera un perro duerme bajo una camioneta vieja.

    El mercado mezcla dólares, bolívares y silencio. El datáfono está caído. El pago móvil no entra. El billete local se percibe como papel de colores. Un bodegón con luces frías exhibe marcas importadas que no existen en el barrio. Entrar allí genera vértigo. Salir produce vergüenza. Afuera un vendedor ofrece empanadas con pinza oxidada y sonrisa de siempre. El desayuno barato sostiene biografías enteras.

    En el banco, una fila de jubilados ocupa la acera. Algunos llevan silla. Otros un frasco de pastillas. La caja paga en efectivo mínimo. Un abuelo guarda los billetes en la media y camina con pasos cortos. Una moto lo sigue. Un muchacho con gorra le susurra que la esquina es peligrosa. El señor apresura el paso. El miedo se pega a la piel como sudor.
    Dentro de las casas se comenta la suerte de un extranjero detenido. Nadie conoce detalles. Se escuchan versiones de canjes, semanas de incomunicación. La palabra mercenario se usa como etiqueta. Algunos entienden que la vida puede convertirse en ficha de intercambio.
    Quien vuelve de prisión trae el cuerpo distinto. La piel cuelga en otra dirección, los hombros parecen cargar secretos. Cuenta poco, calla mucho, duerme a ratos. Tres conocidos no resistieron el deterioro. La muerte tardía también es efecto de una detención. El duelo se reparte en cuotas. Hay pudor en preguntar y pudor en responder.
    En la azotea, una antena casera busca captar una emisora que todavía transmite. La voz llega como si cruzara un río. El periodista habla con frases cortas, mide cada palabra, sabe que al otro lado hay oídos que muerden. Una radio regional dejó de existir la semana pasada. Su número en el dial ahora guarda silencio. Las emisoras se apagan como luciérnagas.
    El pasaporte se convierte en objeto mítico. La oficina abre a horas caprichosas. Un guardia gira la muñeca y mira el sol. La cola reparte rumores. La página pide citas que nunca se otorgan. Algunos logran la prórroga gracias a un intermediario que cobra en dólares. La palabra derecho suena lejana. Un muchacho ríe cuando oye «libre tránsito». La risa dura poco.
    En la autopista, una alcabala pide papeles y algo más. Los bolsillos responden. El viaje se resume en pagos pequeños. A veces el camión con verduras no llega al mercado. La cosecha pierde peso y precio. Un productor mira sus manos y dice que sembrará menos. La tierra acusa la ausencia como un animal al que dejaron de alimentar.
    En el sur, la fiebre corre con la velocidad del mercurio que cae al río. Campamentos de minería ilegal rugen con generadores. Disparos se escuchan al atardecer. Los mineros viven entre malaria, explotación y miedo. Quienes intentan salir vuelven con piel amarilla y ojos hundidos. La selva guarda secretos que no se nombran.
    Las universidades se despueblan. Profesores emigran, pupitres vacíos, pizarras agrietadas. Los estudiantes sobreviven con cuadernos usados en ambos lados. El campus se convierte en ruina lenta. Las bibliotecas cierran salas enteras. La propaganda oficial ocupa el lugar de carteles culturales. La juventud estudia entre ruinas.
    La diáspora multiplica la orfandad. Hijos en Chile, padres en España, hermanos en Perú, abuelos en Venezuela.
    Las videollamadas se cortan justo en la palabra «te extraño». Los aeropuertos son salas de despedida con abrazos apretados. La migración se convierte en rito de paso.
    El país se resume en catálogo de agravios. Cortes de luz, agua racionada, gasolina escasa, gas intermitente, medicinas ausentes, alimentos insuficientes, justicia cooptada, cárceles como centros de tortura, desapariciones sin respuesta, ejecuciones en protestas, velorios vigilados, hostigamiento a familiares, persecución de periodistas, clausura de radios, allanamiento de ONG, universidades desmanteladas, fronteras dominadas por mafias, selvas devastadas por minería ilegal, barrios controlados por colectivos, migración forzada, impunidad absoluta. Todo vivido, todo sabido, todo padecido.
    La esperanza se reduce a una palabra pronunciada en voz baja. Flota. No designa sólo barcos. Designa la posibilidad de que el país recupere su nombre. Cada chisporroteo de radio parece un aviso. Cada rumor en la calle se convierte en posibilidad. El aire mismo vibra con la tensión de lo que puede llegar.
    En la azotea de las casas, algunos miran el cielo en busca de un ruido distinto. La respiración se detiene unos segundos, como si el aire mismo aguardara un anuncio. Cada madrugada se vive como ensayo de lo que aún no llega.
    El día que se parezca a un desenlace no llegará con trompetas. Llegará con la naturalidad de un cambio de viento. La radio encontrará una emisora extranjera que describa movimientos en idioma sobrio. La señal caerá y volverá. La antena casera captará más de lo habitual. El rumor correrá por los edificios como un animal pequeño. Una señora subirá dos sillas a la azotea. Un niño preguntará si hoy hay fiesta. La madre responderá con sonrisa corta.
    La calle aprenderá otra vez a juntar gente sin miedo. Un vecino desenrollará una bandera que olía a armario. El color parecerá más vivo que antes. Otro bajará una caja de velas, por si acaso. Un señor afinará una guitarra olvidada. Habrá mezcla de vigilia y de domingo.
    Nadie pronunciará la palabra indebida. Se protegerá con silencio aquello que importa. La emoción caminará por pasillos con calcetines. Los teléfonos vibrarán con mensajes cortos. «Atentos». «Escuchen». «Miren hacia el norte». La gente mirará hacia el norte. El norte aún no responderá.
    Un brillo aparecerá cerca del horizonte. Podrá ser reflejo o deseo. El deseo se alimentará con disciplina. La radio dejará de chisporrotear por un instante. Una voz entrará limpia, dirá algo que sonará a orden nueva. El barrio, por un segundo, quedará en blanco. El blanco producirá un latido. El latido producirá una lágrima que no se luce ni se niega. La lágrima caerá y secará. La contención mandará.

    Si lo que se espera sucede, el país volverá a pronunciar su nombre sin miedo. Las paredes perderán poder. Las colas quedarán como anécdota de resistencia. El carnet de plástico quedará como testigo de un método en desuso. Las casas con cortinas corridas se abrirán a la luz. Las audiencias volverán a tener público. Las vetas de sangre en un muro serán prueba y no costumbre. Las sirenas volverán a significar ambulancia y no amenaza. Las motos volverán a significar transporte y no control.

    Si lo esperado se dispersa, décadas de silencio tomarán asiento. Los niños memorizarán consignas como poemas. Los jóvenes aprenderán a no esperar. Los viejos acomodarán la historia para que duela menos. Las libretas con nombres se guardarán en cajas. Las cajas se apilarán en armarios. El armario olerá a naftalina y renuncia.

    En esa encrucijada se vive. Con hechos, con inventario, con memoria exacta. Con la respiración entrenada para el anuncio. Con la vista fija en el horizonte porque el horizonte, por fin, podría responder. Con la convicción de que lo que llega, si llega, es el último amanecer posible en Venezuela.

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    Yoani Sánchez alerta sobre el deterioro cotidiano en Cuba en medio de apagones y frío inusual

    Yoani Sánchez, periodista y directora del medio digital 14ymedio. |


    La comunicadora y editora es una de las voces críticas más visibles dentro de la isla, la cual enmarca la situación en un contexto político más amplio.


    Por José Obswaldo Pérez

    La periodista y directora del medio digital 14ymedio, Yoani Sánchez, describió en la madrugada de este viernes la precariedad que atraviesa La Habana, marcada por el frío, la inestabilidad eléctrica y la sensación de un país que funciona a intervalos. En un mensaje publicado en X, la cronista cubana escribió: “Madrugada en La Habana, hay frío y, milagrosamente, algo de electricidad. Es momento de adelantar todo lo que se pueda porque luego llega el apagón y la vida se paraliza. Los finales de un régimen son duros... pero también esperanzadores”.

    El comentario refleja la rutina que millones de cubanos enfrentan ante los prolongados cortes eléctricos, que se han intensificado en los últimos meses por la crisis energética y el deterioro de la infraestructura estatal. La necesidad de “adelantar todo lo que se pueda” antes de un apagón se ha convertido en una práctica extendida en hogares y centros de trabajo, donde la planificación depende más del suministro eléctrico que de la voluntad de las personas.

    Sánchez, una de las voces críticas más visibles dentro de la isla, enmarca la situación en un contexto político más amplio. Su referencia a “los finales de un régimen” apunta al desgaste del modelo cubano, que enfrenta crecientes dificultades para sostener servicios básicos y contener el malestar social. Aunque el Gobierno ha atribuido los apagones a fallas técnicas y limitaciones financieras, organizaciones independientes y analistas coinciden en que la crisis energética es también un síntoma del agotamiento estructural del sistema.

    El mensaje de la periodista se suma a una serie de denuncias y testimonios que, desde dentro y fuera de Cuba, documentan el impacto de la crisis en la vida diaria: desde la pérdida de alimentos por falta de refrigeración hasta la interrupción de servicios médicos y educativos. En redes sociales, usuarios cubanos han respondido a la publicación con relatos similares y con llamados a visibilizar la situación internacionalmente.

    Mientras el país atraviesa uno de los periodos más críticos de las últimas décadas, la madrugada descrita por Sánchez funciona como una metáfora del momento político: un tiempo de oscuridad intermitente, pero también de expectativa ante posibles cambios.


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    jueves, febrero 05, 2026

    Magallanes no es Magallanes

    Magallanes de los años 40 (Lavaud). | Esta imagen corresponde al Magallanes de la década de 1940, con el uniforme clásico y el equipo posando en formación. Es una de las pocas fotos ampliamente difundidas del período en que Lavaud dirige la franquicia.


    Se recomienda despojarse de todo fanatismo para mayor comprensión


    Por Javier González

    La historia del beisbol venezolano está llena de mitos, continuidades asumidas y verdades que, con el paso del tiempo, han sido simplificadas por la pasión del fanático. Uno de los casos más emblemáticos es el del Magallanes, nombre que evoca gloria, tradición y rivalidades, pero cuya identidad histórica no es tan lineal como muchos creen. En esencia, el Magallanes actual no es el mismo Magallanes original, aunque comparta su nombre y parte de su simbología.

    En 1941, un comerciante caraqueño llamado Carlos Lavaud, ferviente aficionado al beisbol, decidió fundar un equipo que participara en el campeonato de primera división de Caracas. Lavaud, junto con su padre, era propietario de un negocio de venta de artefactos eléctricos ubicado entre las esquinas de San Jacinto y Traposo, en pleno corazón de la capital. Como era costumbre en la época, el equipo estaría patrocinado por la empresa familiar, siguiendo el modelo de otros clubes deportivos surgidos a partir de iniciativas privadas.

    Lavaud no era un improvisado en el ámbito beisbolero. Había sido directivo del equipo Vargas a mediados de los años 30 y, desde joven, se había declarado seguidor apasionado del Magallanes, aquel conjunto que alcanzó enorme popularidad entre 1927 y 1933, antes de desaparecer del escenario beisbolístico caraqueño. Ese Magallanes, que marcó a toda una generación de aficionados, ya no existía, pero su recuerdo seguía vivo en la memoria colectiva de la ciudad.

    Apelando precisamente a esa nostalgia y al arraigo emocional que el nombre aún despertaba, Lavaud decidió bautizar a su nuevo equipo como Magallanes. No se trataba de una continuidad institucional ni jurídica, sino de una evocación consciente de una marca deportiva que había calado profundamente en la afición. El nombre era, ante todo, una estrategia para conectar con el público y dotar de identidad inmediata a un proyecto que apenas nacía.

    Para reforzar esa apuesta, Lavaud contrató a Vidal López, uno de los grandes ídolos del beisbol venezolano de la época, cuya sola presencia garantizaba atención y respeto. Como mánager, trajo desde Cuba a Joseíto Rodríguez, reconocido como uno de los estrategas más brillantes del beisbol caribeño. Rodríguez no solo aportó conocimientos tácticos y disciplina profesional, sino que además fue una figura clave en la carrera de Alejandro "Patón" Carrasquel, a quien ayudó a abrirse camino hacia las Grandes Ligas, un logro extraordinario para el beisbol venezolano de aquellos años.

    Conviene recordar, además, que antes del Magallanes de Lavaud existieron otros dos equipos con ese nombre. El primero tuvo una vida efímera entre 1917 y 1918, mientras que el segundo fue el ya mencionado club de 1927 a 1933, auténtico fenómeno popular de su tiempo. Ninguno de ellos tuvo continuidad directa con el equipo fundado en 1941, más allá del nombre y del recuerdo sentimental.

    Por ello, afirmar que el Magallanes es una sola y misma institución desde sus orígenes es una simplificación histórica. El Magallanes de 1941 fue una creación nueva, inspirada en el pasado, pero distinta en su estructura, sus protagonistas y su contexto. Entender esta diferencia no resta méritos deportivos ni tradición; al contrario, permite apreciar con mayor claridad cómo se ha construido la identidad beisbolera en Venezuela, entre la memoria, la pasión y la reinterpretación constante del pasado.

    Despojarse del fanatismo no significa renunciar al amor por un equipo, sino comprender su historia con mayor rigor. Y en esa historia, queda claro que Magallanes no es, estrictamente, Magallanes.

    Pero la historia del Magallanes de Carlos Lavaud ha sido, con el paso del tiempo, erróneamente vinculada al Magallanes actual, generando una continuidad histórica que, estrictamente hablando, no existe. Si bien comparten un nombre que despierta emociones y recuerdos, se trata de entidades distintas, separadas por decisiones administrativas, jurídicas y deportivas que rompieron de manera definitiva esa línea histórica.

    El equipo fundado por Lavaud tuvo una actuación destacada en la pelota caraqueña y profesional, logrando consolidarse rápidamente como una de las divisas más competitivas del país. Su momento cumbre llegó en el campeonato 1943-1944, cuando conquistó el título, y desarrolló además una férrea y memorable rivalidad con el equipo Cervecería Caracas, una confrontación que ayudó a cimentar la popularidad del beisbol en la capital.

    En 1945, el beisbol venezolano dio un paso trascendental con la separación formal entre la pelota amateur y la profesional, lo que dio origen a la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP). Los clubes fundadores de esa nueva era fueron Magallanes, Cervecería Caracas, Vargas y Venezuela, y entre ellos figuró, naturalmente, el Magallanes propiedad de Carlos Lavaud.

    Durante su etapa en la LVBP, el Magallanes de Lavaud alcanzó importantes logros deportivos: obtuvo tres campeonatos (1949-1950, 1950-1951 y 1954-1955) y cuatro subcampeonatos (1948-1949, 1951-1952, 1952-1953 y 1953-1954), consolidándose como una de las franquicias más exitosas de la primera década del beisbol profesional venezolano.

    Sin embargo, tras la obtención del título en la temporada 1954-1955, Lavaud tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia. Agotado por los problemas financieros y los sinsabores propios del negocio, expresó con franqueza su intención de retirarse: "Estoy cansado de los sinsabores de este negocio y de perder dinero, así que no sigo más en esto". A raíz de esta postura, surgió una propuesta desde la propia Liga para rentar la franquicia, con el fin de garantizar su participación en la siguiente campaña.

    Fue así como el empresario vasco Damián Goubecka, vinculado principalmente al espectáculo deportivo y al fútbol, alquiló el equipo a Lavaud por 15 mil bolívares mensuales. De esta manera, el club magallanero participó en la temporada 1955-1956 bajo una directiva integrada por Goubecka, Sebastián Artiles y otros nombres ligados al ambiente beisbolero.

    Concluido el torneo 1955-56, Goubecka devolvió el equipo a Lavaud, quien ratificó su decisión de no continuar en el beisbol profesional. Ante la reiterada ausencia de Lavaud a las convocatorias de la LVBP, la directiva del organismo, en cumplimiento del artículo 28 de su normativa interna, procedió a revocar la franquicia, aunque Lavaud se reservó legalmente los derechos del nombre Magallanes.

    El 8 de agosto de 1956 se concretó la medida, y con ello el equipo de Lavaud dejó de existir como entidad activa dentro de la Liga, perdiendo así cualquier posibilidad de continuidad histórica. Pocos días después, el 31 de agosto, Magallanes fue desafiliado de la Asociación Nacional de Baseball, recibiendo la devolución del depósito de 1.400 dólares exigido para su afiliación.

    Ese mismo mes, la LVBP procedió a subastar una nueva franquicia para ocupar el cupo vacante. Los veteranos de la Segunda Guerra Mundial, de origen latino y publicistas, Johnny Cruz y Joe Novas, adquirieron dicha franquicia y fundaron el Oriente Base Ball Club, equipo que en 1962 pasó a llamarse Orientales, tras ser adquirido por Rafael "Fucho" Tovar y otros socios.

    Aunque esta imagen es posterior, conserva elementos visuales del Magallanes previo a la mudanza a Valencia y sirve para ilustrar la transición entre la franquicia de Oriente/Orientales y el renombramiento como Magallanes en 1964. |


    Entre 1956 y 1964 hubo varios intentos por revivir el nombre Magallanes dentro del beisbol profesional venezolano. Uno de los más significativos ocurrió en 1958, cuando el doctor Manuel Antonio Malpica, catcher emblemático del Magallanes de 1927-1933 y mánager del equipo venezolano campeón mundial amateur de 1941, intentó constituir una Compañía Anónima para reunir los recursos necesarios con miras a fundar un nuevo club. Para ello contaba con la garantía de que Lavaud le cedería los derechos del nombre Magallanes. El proyecto, sin embargo, no prosperó.

    Más adelante, en 1962, el propio Malpica le propuso a José Antonio Casanova, quien se preparaba para fundar un nuevo club en sustitución de Pampero, que utilizara el nombre Magallanes. Casanova rechazó la idea y optó por denominar a su equipo La Guaira Base Ball Club.

    Finalmente, en enero de 1964, el empresario radiofónico Antonio José Isturíz, entonces propietario mayoritario de Orientales, convenció a Lavaud de cederle los derechos del nombre Magallanes, con el propósito de rebautizar a su franquicia. Fue así como, en la temporada 1964-1965, Orientales saltó al terreno de juego bajo el nombre de Magallanes, denominación que ha perdurado hasta nuestros días.

    Como puede apreciarse, el nombre Magallanes pudo haber sido utilizado por cualquiera de los clubes que para entonces integraban la LVBP. De haber existido la voluntad y el acuerdo correspondiente, incluso el Caracas de "El Negro" Prieto y Pablo Morales habría podido llamarse Magallanes, del mismo modo que pudo hacerlo Industriales de Valencia. Bastaba con la cesión de los derechos del nombre por parte de Lavaud.

    Lo cierto es que los orígenes del Magallanes actual se remontan a 1956, cuando la franquicia nació bajo el remoquete de Oriente. A pesar de ello, el imaginario popular ha asumido al Magallanes como un mismo equipo a lo largo del tiempo, sin distinguir entre rupturas legales y administrativas. El nombre Magallanes se convirtió en un símbolo del beisbol venezolano, más allá de la precisión histórica.

    Esta realidad explica por qué sostengo que el Magallanes actual posee 11 gallardetes, y no 14, como suelen afirmar algunos medios de comunicación y la propia directiva de la divisa carabobeño. La diferencia no es menor: responde a una lectura rigurosa de la historia y a la comprensión de que nombre, tradición y franquicia no siempre son sinónimos.

    Finalmente, vale resaltar que, en 1969, Istúriz vendió la franquicia -equipo incluido- a un grupo de empresarios carabobeños, quienes trasladaron la divisa magallanera a la ciudad de Valencia.

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    Javier González es historiador venezolano residenciado en España.

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    martes, febrero 03, 2026

    El negocio de nuestra democracia

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    Si algo caracteriza a Delcy Rodríguez y a su hermano, es una notable capacidad de mimetización. Saben leer el entorno, ajustar el discurso, cambiar el disfraz para sobrevivir.


    Por Walter Molina

    Delcy Rodríguez no es una Adolfo Suárez ni, mucho menos, una Frederik de Klerk. No lo es en términos históricos, políticos ni morales. Y la insistencia en forzar esa analogía, además de incorrecta, es peligrosa, porque confunde adaptación con convicción y supervivencia con liderazgo transformador.

    Si algo caracteriza a Delcy Rodríguez y a su hermano, es una notable capacidad de mimetización. Saben leer el entorno, ajustar el discurso, cambiar el disfraz para sobrevivir. El chavismo residual ha quedado reducido exactamente a eso: a administrar un poder que no le pertenece, intentando durar “un día más” mientras el edificio que construyeron se derrumba desde adentro. Y es que el chavismo ya no existe como movimiento político, y ni siquiera como “idea”. Perdió la hegemonía social, la legitimidad electoral y la capacidad de ofrecer un horizonte simbólico. Lo que subsiste es una estructura de control, sostenida por coerción, corrupción y miedo.

    Los Rodríguez son lo que siempre fueron: delincuentes, corruptos, represores, aliados de tiranías y de organizaciones criminales transnacionales. Comunistas de verdad y, sobre todo, unos sujetos que odian profundamente a los venezolanos. Acomplejados. Vengativos, como ella misma ha admitido. No hay en su trayectoria ni un solo indicio de conversión democrática, ni de arrepentimiento político, ni de comprensión del daño causado.

    Por eso, nada de lo que han hecho en este último mes responde a una vocación democrática, ni a un impulso personal de “tender puentes” entre la tiranía que representan y una democracia futura. Lo hacen porque no les queda alternativa. Porque Estados Unidos les marcó la cancha, los tiempos, las etapas y la agenda. Porque el 28 de julio de 2024 los dejó políticamente sacudidos y el 3 de enero de 2026 los terminó de quebrar.

    Lo hacen porque la única forma de permanecer —aunque sea transitoriamente— fue entregar a Nicolás Maduro (ah, es que son traidores, también) y aceptar el papel que les fue asignado: desmantelar, bajo tutela externa, el sistema criminal que ellos mismos ayudaron a construir.

    Pero no confiamos en ellos. No confiamos los venezolanos, que conocemos demasiado bien su historial de incumplimientos, traiciones y simulaciones. Y tampoco confía el mundo económico. Las empresas internacionales, los inversores serios y los actores financieros no se mueven por discursos coyunturales ni por promesas hechas bajo presión. Esperan algo mucho más concreto: Estado de Derecho efectivo, reglas claras, instituciones legítimas, no administradores transitorios del caos.

    Por eso la transición hacia la libertad no es algo que “ocurra” por inercia. Es una tarea que debemos asumir activamente, sabiendo que enfrentamos a bárbaros que solo entienden la lógica del costo y del castigo, no la del compromiso democrático. De allí también la cautela, perfectamente racional, de quienes ven en Venezuela una enorme oportunidad económica, pero no invertirán mientras la legalidad no sea una constante.

    Las transiciones exitosas se consolidan cuando la democracia deja de ser una concesión y pasa a ser el marco estructural. Y eso exige legitimidad electoral real, división de poderes, justicia independiente y liderazgo democrático reconocido. Todos sabemos, dentro y fuera del país, quién encarna hoy esa legitimidad.

    El mejor negocio para casi todos es la democracia. Para que los ciudadanos venezolanos recuperen sus derechos, libertades y dignidad, pero también para quienes buscan estabilidad, previsibilidad y crecimiento. Cada día que pasa, eso queda más claro, de Caracas a Washington.

    El chavismo residual puede administrar una retirada. Puede ser funcional, por un tiempo corto, a un proceso tutelado. Pero no puede fundar nada nuevo. La democracia, en cambio, sí. Y es ahí donde está la verdadera disputa histórica que se está jugando.

    Walter Molina es politólogo y analista venezolano

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    domingo, febrero 01, 2026

    Javier González: “La historia del deporte venezolano aún está por escribirse”

    Javier González, historiador venezolano residenciado en España |


    El historiador adelanta que trabaja en un libro sobre la rivalidad entre Caracas y Magallanes, un fenómeno que trasciende lo deportivo para convertirse en un espejo de la identidad venezolana.


    Por Fuego Cotidiano

    El historiador Javier González (1956), autor de más de veinte libros dedicados a la historia de los deportes en Venezuela —varios disponibles en la Biblioteca Digital Banesco—, ha construido una obra que combina investigación hemerográfica, docencia universitaria y una larga trayectoria como bibliotecario. Su trabajo, realizado en conjunto con el periodista deportivo Carlos Figueroa Ruiz, constituye uno de los esfuerzos más sistemáticos por documentar el desarrollo del deporte en el país

    González sostiene —en una entrevista realizada por Nelson Rivera para Papel Literario de El Nacional— que uno de los rasgos más problemáticos de la historiografía venezolana es su carácter excluyente, centrado casi exclusivamente en los procesos político‑militares. Esa mirada reducida ha dejado fuera ámbitos esenciales de la vida social, entre ellos el deporte, entendido como fenómeno cultural, identitario y de cohesión colectiva. La bibliografía deportiva nacional, afirma, sigue siendo escasa, fragmentaria y dominada por crónicas aisladas, lo que evidencia la necesidad de ampliar los enfoques históricos.

    La prensa como archivo del deporte

    La falta de estudios previos obligó a González y a sus colaboradores a sumergirse en el vasto y complejo universo de la prensa. Su experiencia de catorce años en la Hemeroteca Nacional les permitió desarrollar criterios sólidos para trabajar con periódicos y revistas como documentos históricos. Allí han encontrado no solo resultados y competencias, sino también discursos, representaciones sociales y procesos de institucionalización del deporte venezolano.

    Las colecciones de la Hemeroteca Nacional, la Academia Nacional de la Historia, archivos públicos y colecciones privadas han sido esenciales para reconstruir la evolución del béisbol, el fútbol, el baloncesto y el ciclismo en el país.

    El béisbol y su arraigo nacional

    González explica que el béisbol, introducido en el siglo XIX, se expandió rápidamente porque logró trascender las barreras de clase y convertirse en un espacio de encuentro social. Su consolidación como deporte nacional se selló con el triunfo venezolano en la IV Serie Mundial de Béisbol Amateur (La Habana, 1941), un hito que reforzó el orgullo colectivo y fijó al béisbol como símbolo identitario.

    Héroes, hitos y medios: la construcción del público

    El crecimiento del público deportivo, señala, está estrechamente ligado a los hitos históricos y a las figuras emblemáticas que alimentan la imaginación colectiva. La prensa, la radio, la televisión y hoy las redes sociales han amplificado esos relatos, contribuyendo a la masificación del deporte y a la creación de memorias compartidas.

    Víctor Davalillo, una figura historiable

    Entre sus obras destaca la biografía Vitico al bate, dedicada a Víctor Davalillo, a quien considera una de las figuras más influyentes del deporte venezolano. Su longevidad, consistencia y prestigio internacional lo convierten, afirma, en un personaje cuya vida merece ser estudiada y preservada.

    Violencia y mercantilización del espectáculo

    Consultado sobre el auge de la violencia en los eventos deportivos, González advierte que el fanatismo exacerbado y el consumo de alcohol han distorsionado el espíritu del juego, generando riesgos para la convivencia y la seguridad. También reflexiona sobre el encarecimiento global del espectáculo deportivo, impulsado por contratos televisivos y la lógica del mercado, lo que ha convertido la asistencia a ciertos eventos en un privilegio para pocos.

    Un proyecto colectivo de dos décadas

    González destaca la labor conjunta con Carlos Figueroa Ruiz, con quien ha producido más de veinte libros y concebido proyectos como una Gran Enciclopedia Deportiva Venezolana, aún pendiente de realización. También han colaborado periodistas especializados como Eliezer Pérez Pérez, Williams Brito y Johnny Villarroel, quienes aportaron su experiencia en fútbol, baloncesto y ciclismo.

    Próximas publicaciones

    El historiador adelanta que trabaja en un libro sobre la rivalidad entre Caracas y Magallanes, un fenómeno que trasciende lo deportivo para convertirse en un espejo de la identidad venezolana. Más que un enfrentamiento entre equipos, afirma, se trata de una historia de tradiciones, emociones y símbolos compartidos por generaciones.


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    Un alivio más hacia la alegría

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    Qué crueldad tanta impunidad y tanta impotencia. Claro que el anuncio de una amnistía general y saber que pronto estarán en sus casas todos los que ayer gritaban de dolor en el Helicoide es una buena noticia.


    por Valentina Martínez

    Tengo que reconocer que todas las noticias que llegan de Venezuela desde el 3 de enero las recibo siempre con un regusto amargo. Ese que deja la comida a punto de estar buena, cuando tiene todo el sabor y le falta sal. Sentí algo más cercano al alivio que a la alegría al conocer que Delcy Rodríguez anunciaba una amnistía general para todos los presos políticos. Me acordé de tantos de ellos y de tantas familias que han vivido con tanta angustia estas sádicas semanas de ir cuentagoteando la suerte de tu vida. ¿Seré yo el siguiente? ¿Cuándo me tocará a mí? ¿Será hoy que le toque al mío? Porque si algo es profundamente injusto es no saber cuáles son las razones por las que estás pagando una pena de cárcel. Pero es aún peor no saber cuáles son las razones por las que te pueden liberar.

    En este caso, como en casi todos los de las dictaduras y regímenes totalitarios donde no existe nada parecido al mínimo límite del poder, la razón era simple: el capricho arbitrario de los que abusan de ese poder. Maduro, Delcy, su hermano Jorge, Padrino o el terrible Diosdado iban marcando, señalando y decidiendo a los que había que sacar de la circulación por ser demasiado valientes, o demasiado populares, o demasiado libres. A veces primero los hostigaban, entraban en sus casas en mitad de la noche como hicieron con el Alcalde Ledesma, para advertirles de todo lo que podían ser capaces de hacer. Otras veces iban directo, como hicieron con el yerno de Edmundo González al que se llevaron por la fuerza delante de sus hijas pequeñas cuando las dejaba en la puerta del colegio. Algunos sufrían terribles torturas dentro, como Lorent Saleh, otros directamente no las superaban y morían destrozados por las palizas como Jesús Manuel Martinez, Alexander Gómez Pérez, Jesús Rafael Álvarez o el ex gobernador Alfredo Díaz. La razón, ninguna. Puro capricho. Tú sí, tú no, para acabar siendo un todos sí. Después de las elecciones de julio del 24, todos los que no pudieron salir del país acabaron muertos, en la cárcel o viviendo sin vivir, como María Corina Machado, en completa clandestinidad.

    Por eso es imposible no sentir alivio al escuchar que se cierra esa casa de los horrores que es el Helicoide, un nombre que solo al pronunciarlo produce escalofríos. Yo lo había escuchado muchas veces y creía entender lo que contaban algunos de los que milagrosamente sobrevivían. No era así. Me di cuenta cuando me sometí, en la agradable protección de mi despacho parlamentario y frente dos venezolanos amigos, a “Realidad Helicoide”, una película de realidad virtual que te transportaba durante 15 minutos a lo que ellos vivían durante meses e incluso años. Durante ese rato me interné con pánico en una celda gris, húmeda y sin ventanas, acompañada de cucarachas y de los gritos de fondo de un interno al que torturan. Y ahí entendí el pavor de sentir ¿seré yo el siguiente? ¿Cuándo me tocará a mí? Y la pregunta de los que esperan fuera, ¿será hoy que le toque al mío?

    Qué crueldad tanta impunidad y tanta impotencia. Claro que el anuncio de una amnistía general y saber que pronto estarán en sus casas todos los que ayer gritaban de dolor en el Helicoide es una buena noticia. Sobre todo, es un paso necesario, en absoluto suficiente, para avanzar en el camino de una transición a la democracia en Venezuela. “Quiero anunciar que hemos decidido impulsar una ley de amnistía general que cubra todo el periodo de violencia política desde 1999”, dijo Delcy. Como lo leen, el periodo de violencia política se ha extendido durante veintisiete años. Desde Chávez a Maduro, 27 años de violencia-non-stop. No lo digo yo, lo dice Delcy. Este es un dato muy importante para todos aquellos que se han negado a condenar la dictadura venezolana porque no había dictadura ni represión en Venezuela hasta (el robo de) las elecciones de julio de 2024. ¿Les suena?

    A partir de aquí también quedan muchas preguntas, ¿qué va a pasar con todos aquellos que han excarcelado —que no liberado— estas semanas, pero a los que han mantenido con cargos y medidas cautelares impidiéndoles hablar con la prensa o salir al extranjero? ¿Qué contendrá esta ley de amnistía para restaurar “las heridas de la confrontación política, de la violencia y el extremismo” como ha prometido? ¿Habrá medidas para que puedan salir de la clandestinidad los que están escondidos por amenazas? Y sobre todo, ¿asumirá alguna responsabilidad el dos veces Ministro de las Relaciones Interiores, Diosdado Cabello, al ser directamente responsable de tantísimas detenciones arbitrarias, torturas e incluso asesinatos?

    Me queda, además, una última duda, ¿a qué se va a dedicar ahora Zapatero?

    Valentina Martínez es politóloga y consultora política.Articulo publicado originalmente en Articulo14.es


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