jueves, diciembre 21, 2006

La educación de la historia local en función del desarrollo comunitario

La Historia local o microhistoria, como la llaman algunos autores, es la ciencia de lo particular anterior a cualquier síntesis. Se define como el estudio integral de la vida de un grupo o de una comunidad. Y es, así mismo, la base firme donde parte la historia regional o nacional, es decir, el núcleo de la gran historia.

Por José Obwaldo Pérez


HOY LA HISTORIA YA no se ocupa del pasado como mero pasado, sino que trabaja la continuidad entre el pasado, el presente y el futuro. Su objetivo es la “ dinámica de las sociedades humanas” y por ende, su análisis contribuyen a que los ciudadanos puedan “ producir por si mismos la realidad futura que necesitan”.


La Historia local o microhistoria, como la llaman algunos autores, es la ciencia de lo particular anterior a cualquier síntesis. Se define como el estudio integral de la vida de un grupo o de una comunidad. Y es, así mismo, la base firme donde parte la historia regional o nacional, es decir, el núcleo de la gran historia.

Es por ello que la enseñanza de historia local es importante en la formación de la “conciencia cívica” de todo ciudadano y a través de ella, es determinante en la configuración social de la “conciencia histórica” De aquí entonces, se busca atender mediante la educación la demanda de reconocimiento social a personas y grupos sociales, generalmente excluidos por la historia oficial y también contribuir a la formación de una nueva manera de entender y practicar la Historia en nuestra sociedad.

Un aporte a la autoconciencia y autoestima de un poblado es la reconstitución de la historia local. Esto permite que “ los grupos vivan significativos procesos de refuerzo de autoestima social, recuperando sentidos colectivos de humanización”. Además, la recuperación de la historia local produce un valor agregado significativo para la planificación del desarrollo, más pertinente con la propia realidad. Es decir, orienta las políticas públicas del gobierno local, regional o nacional, respecto del desarrollo cultural y social de la población.

La historia, como se ha señalado en repetidas ocasiones, es el territorio del hombre. Todo lo que hacemos se sostiene, se entiende y se justifica sobre el fondo irrenunciable de lo que se ha sido. De ahí la importancia de la que llamamos "memoria histórica". Siempre se ha dicho que la Historia, en cuanto proporciona el conocimiento del pasado es, entre las distintas ciencias sociales, la que comprende la totalidad de lo humano. El estudio del ayer permite hacer inteligible el mundo que nos ha tocado vivir. Pero a la vez, si se utiliza el principio cláqico de que la historia es "maestra de la vida'; cabe obtener de ella enseñanzas útiles para orientar la acción dirigida a crear condiciones para que el futuro sea de concordia y de bienestar para todos los ciudadanos.

Métodos de investigación

Las técnicas de investigación para recopilar la historia de un poblado no son difíciles de llevar a cabo, pero hay que seguir una metodología, la que se resume a continuación:

1. Constituir un equipo de trabajo. El trabajo colectivo presenta más ventajas que el de un historiador individual. Se puede discutir y reflexionar mejor en cada etapa del proceso y es posible podrán multiplicar y dividir mejor las tareas de investigación.
2. Definir los objetivos y las razones que justifican la recuperación de la historia local. De ahí se podrán derivar acciones que involucren a toda la comunidad, desde la celebración del aniversario de la localidad, a la producción de material educativo para las escuelas locales, la publicación de periódicos, etc.

3. Delimitar el tema en el espacio y el tiempo para que la investigación no se prolongue indefinidamente.

4. -Contabilizar los recursos humanos y materiales que existen para la investigación.

La propuesta de trabajo consiste en el diseño de la investigación, la ejecución y la comunicación a la comunidad, una vez terminada, para su socialización. En la investigación de la historia local se pueden usar:

a) Cuestionarios sobre los temas a investigar;
b) Entrevistas en general, en particular (sobre un tema o hecho preciso), en profundidad (respecto a la vida, sentimientos, pensamientos de un personaje); Archivos públicos y privados (diarios, periódicos, cartas, mapas, fotos, videos, etc.).
c) Luego de la recolección de documentos, cuestionarios y entrevistas, se ordena y selecciona la información, se redacta el primer borrador y se corrige éste luego de consultar a la comunidad, a los protagonistas y otros participantes. Se redacta, entonces, el escrito base y se socializa la historia a través de diversos medios: un libro, una obra teatral, un radioteatro, un video, un mural, títeres, cuentos, comics, afiches, exposiciones, cassettes.



Bibliografía

CARUCCI T (1997): Elementos de Gerencia Local. Manual para Gerentes Locales. Caracas: Fundacomun.
GONZÁLEZ G, LUIS Y VARIOS (1992): Historia Regional. Siete Ensayos sobre teoría y método. Caracas. Fondo Editorial Tropykos.
RAMAKRISHNA, B (1984): Comunicación y Desarrollo Rural. Caracas: ESPASANDE, EDIRORES.
SANTIBÁÑEZ FREY, HÉCTOR (2000): La Memoria de los Barrios. Síntesis de cinco historia locales. Chile: TALLER ediciones. [Página en línea], Disponible: www.archivochile.com/Mov_sociales/mov_pobla/MSmovpobla0010.pdf

Documentos

CORPOLLANOS (1988): Estudio Integral de la Cuenca del Río Tiznados (Síntesis).
MEDINA RUBIO, ARÍSTIDES (1998): La Necesidad de los Estudios de Historia. Ponencia. Maracay: XXIV Convención Nacional de Cronista.
PROYECTO TIZNADOS (1999). Programa de Extensión para el Desarrollo de la Cuenca Media del Río Tiznados. Estado Guárico. San Juan de los Morros: Universidad Rómulo Gallegos.
RODRÍGUEZ, ADOLFO (1999) Una propuesta para orientar las Ciencias Sociales en función del Desarrollo Rural. San Juan de los Morros: Universidad Rómulo Gallegos.
SOLER HERREROS, JOAQUÍN (1995): Internet y los recursos de la Historia Local para investigadores. Un nuevo valor añadido para la comunidad. Ponencia. Alicante: España. [Página en línea], Disponible: http://clio.rediris.es/articulos/alicante.htm
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miércoles, diciembre 20, 2006

ADIOS, GIOVANNI NANNI


Por José Obswaldo Pérez

NOS HEMOS enterado por don Arturo Alvarez D´Armas de la muerte del profesor Giovanni Nanni. Nanni fue un autentico visionario: fue quien ideó la arquitectura de la Universidad Rómulo Gallegos, en San Juan de los Morros. Una de las casas de estudio de educación superior desarrolladas en armonía con el paisaje y el medio ambiente. Con Geovanni Nanni, como rector de la UNERG, se inició un proceso de desarrollo y expansión de nuestra querida institución.
Durante su gestión promovió el intercambio cultural con otras universidades del país y extrajeras como con la Universidad de Camaguey, Cuba. Se crean nuevas carreras e introduce cambios en los pensum de estudios en las carreras tradicionales como ingeniería de producción vegetal y animal.Sin duda, el profesor Giovanni Nanni deja un legado para la historia de nuestra querida universidad. Como su gran constructor, su obra está a la vista de todos. Hoy debemos de reconocerle su labor, sin mezquindad política. Más allá de lo que podríamos criticarle, de sus posiciones, fue un hombre humano que tuvo como pasión y amor por la docencia.

La noticia nos la trae Arturo, vía e-mail, y con ella un archivo adjunto de la nota de prensa publicada en el diario El Carabobeño. Compartámosla:

“Para Giovanni Nanni, la docencia fue su pasión
POR: Alfredo Fermín

Tras largo tiempo sufriendo con valentía, la crueldad del cáncer, falleció ayer el profesor Giovanni Nanni, ex decano de la facultad de Ingeniería de la Universidad de Carabobo y rector fundador de la Universidad Arturo Michelena.

Nacido en Guacara, Giovanni Nanni tuvo como su mayor pasión la docencia, por lo cual fue el formador de generaciones de jóvenes en universidades públicas y privadas en las que se desempeñó como profesor y como autoridad rectoral.

Desde sus tiempos de estudiante, se dedicó a la enseñanza. Comenzó en el liceo Nueva Valencia y, como preparador, en la facultad de Ingeniería de la Universidad de Carabobo de la cual egresó, en la primera promoción de Ingenieros Mecánicos en 1969.

En esa facultad, fue director de la Escuela Básica de Ingeniería y, por ascensos, llegó a decano. En 1988 fue candidato a Rector de la Universidad de Carabobo, compitiendo con Elis Mercado. No ganó las elecciones pero no se desanimó. En esa oportunidad, confesó al periodista Ildemaro Alguindigue que su participación en ese proceso fue una experiencia favorable.

“Me permitió madurar las ideas y entendí que es más fácil ganar que perder, porque lo importante es la fortaleza que uno adquiere en las confrontaciones difíciles que se le presentan en la vida”.

Años atrás Nanni estuvo entre los fundadores del Instituto Universitario Politécnico de las Fuerzas Armadas y del Instituto Universitario de Tecnología Valencia. La experiencia acumulada, en estos cargos, le mereció la designación de director de Educación Superior del ministerio de Educación. En el ejercicio de este cargo fundó el Instituto Tecnológico de Higuerote, Instituto Tecnológico de Delta Amacuro y el Colegio Tecnológico del Oeste de Caracas y la Universidad del estado Yaracuy.

El Rector

Aparte de sus méritos, su vinculación con el partido Acción Democrática contribuyeron a su designación como rector de la Universidad Rómulo Gallegos, de San Juan de los Morros, a la cual dio un vuelco para diversificar las carreras que se ofrecían en Agronomía y estudios técnicos de Enfermería.

Como rector de la Universidad Rómulo Gallegos creó las facultades de Medicina, Odontología, Ciencias Económicas y Sociales, Administración, Contaduría, Veterinaria y los núcleos de Zaraza y Calabozo en el estado Guárico.

En San Juan de los Morros, recuerdan con gratitud que Giovanni Nanni como rector de la Universidad convirtió un viejo hospital, que estaba en ruinas en un moderno centro clínico universitario con servicios de Radiología e Imagenología como centro de formación de futuros médicos y odontólogos.

Después de aquella experiencia, Giovanni Nanni, volvió a su Valencia para darle una universidad privada, con el nombre del más grande de sus pintores, Arturo Michelena.

Todo su potencial económico, físico y espiritual lo puso en este proyecto, con sede en San Diego, donde construyó una bonita edificación. Nació así la primera escuela de Comunicación Social, en el estado Carabobo en la que se están formando las nuevas generaciones de quienes tendrán la responsabilidad de informar, educar y entretener.

Con la Universidad Arturo Michelena, Giovanni Nanni puso en práctica su sueño de crear un centro de estudios para formar profesionales capacitados, totalmente integrados a las necesidades y las circunstancias que requiere el país.

Giovanni Nanni estaba casado con Cecilia Lozada Arrivillaga de Nanni. Deja ocho hijos, Mariela, Graciela, Francis, Giovanni, Gracietta, Giovanna, Juan Sebastián y Filippo.

El velatorio se realiza en la funeraria Quo Vadis, detrás de la Torre Exterior hasta las 2:00 de la tarde de hoy, cuando el cortejo fúnebre partirá al Parque Cementerio Jardines del Recuerdo, donde se producirá su cristiana sepultura".
Fuente: El Carabobeño. Valencia: 18 de diciembre de 2006.
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lunes, noviembre 13, 2006

La hora del Ángelus

— Infundid, Señor, vuestra gracia en nuestras almas, para que, pues hemos creído la Encarnación de vuestro Hijo y Señor nuestro Jesucristo anunciada por el Ángel, por los merecimientos de su Pasión y Muerte, alcancemos la gloria de la Resurrección. Amén. — Se escuchó el rezo en el largo zaguán de la Casa del Chaguaramo.


Por José Obswaldo Pérez

ERA TEMPRANO. Empezaba a rayar el día, cuando apareció el Padre Juan Ignacio Ibáñez – el entonces cura de Ortiz -, en el negocio del don Domingo Rodríguez Moreno. El establecimiento comercial ubicado entre la calle principal y calle San Juan, donde trabajaba Nicanor. Vestía de sotana negra y llevaba un homiliario en la mano izquierda. Ibáñez había llegado al pueblo de Santa Rosa, en noviembre de 1914. Estaba residenciado en la casa de la familia Navarrete, en una esquina de la Plaza Bolívar.


Ibáñez se acercó al mostrador y pidió - cortésmente y con cierta devoción -, sus predilectos tabacos de tres por centavo.


—Mea catirito — le manifestó el cura a Nicanor, con un acento peculiar —véndeme medio tabaquitoz de loz deamaz.


Mencionaba el monaguillo Nicanor que el acento peninsular del sacerdote era recordado por los vecinos del pueblo. Se trataba de un español con “una curiosa forma de hablar y era eso, su lenguaje, nos hacía recordarlo”, agregaba.


— Un día domingo, entrando en la casa de sus anfitriones, el párroco le dijo estas palabras a la señora Navarrete: “Mire señora, yo quisiera un burrico para llevar los chismes a Parapara”.


Entonces, la señora Navarrete repostó sorprendida:


— ¡Hay Padre! Pero, ¿cómo usted va a llevar los chismes de aquí a Parapara? No haga eso...


Era sólo pura gracia. El religioso provocaba con su humor esas historias del pasado venidas de pleitos entre vecinos de Ortiz y Parapara. Aún recuerdos perecederos de eternas querellas, muchas heredadas por años de sus antiguos benefactores. Eso lo sabía todo el mundo y el Padre Ibáñez se prestaba para hacer memoria, a veces, desde el púlpito de la liturgia dominguera o en las fiestas familiares de los vecinos. Así, se divertía y entretenía a los demás.


En otro tiempo, también, ocurrió otra cosa parecida. Una historia que Nicanor casi olvida por completo; pero, el trataba de recordarla, esforzándose, una y otra vez, para remendar algunos recuerdos de su abuela doña Evarista Moreno Vilera. Su confidente de esos remiendos de su memoria. El relato pertenecía a una pelea de parroquianos. A una disputa entre vecinos de Las Mercedes y Santa Rosa de Lima, antiguas parroquias de Ortiz, cuando un pasado atrás floreció en ellas rivalidades y conflictos limítrofes locales.


Todo comenzó con la protesta de los mantuanos de Santa Rosa de Lima contra los parroquianos de Las Mercedes. Los primeros se opusieron a que  últimos la realicen los oficios religiosos en la Casa de El Chaguaramo. Eso fue en 1911, cuando el gobierno del general Juan Vicente Gómez inició la reparación del templo orticeño, el cual estaba en malas condiciones. E igual le pasaba a la capilla de Nuestra Merced, prácticamente en escombros.


—Entonces los católicos de Las Mercedes vinieron a hablar con el Padre Juan Bautista Franceschini, para proponerle que pasara la iglesia y los oficios religiosos a la Casa de El Chaguaramo, pero los mantuanos de Santa Rosa no quisieron—, explicó Nicanor.


Fue un “no” rotundo. Las familias aristocráticas de Santa Rosa se habían opuesto. Así, se originó una disputa, en la que ningún vecino de ambos sectores podía pasar de un lado a otro. La situación fue agravándose y el asunto llegó hasta el presidente del Estado. De este modo, el mandatario tuvo que intervenir con un delegado del gobierno regional. El designado fue el doctor Manuel Emilio Toro Chrimíes, un destacado jurista de El Socorro, y residenciado en Aragua. Con inteligencia y apremio logró reunir a las partes del conflicto en la Plaza Bolívar,


—Un puente de ladrillo – decía Nicanor —, fue la línea divisoria entre las dos parroquias, ahora cubierto de cemento.


A parte de los hermanos Rodríguez, quienes con ejercicio memorialista aportan algunas anécdotas de este asunto ocurrido a principios del siglo XX, más nadie recuerda el hecho. Porque quienes la vivieron hoy son difuntos.


Infundid, Señor, vuestra gracia en nuestras almas, para que, pues hemos creído la Encarnación de vuestro Hijo y Señor nuestro Jesucristo anunciada por el Ángel, por los merecimientos de su Pasión y Muerte, alcancemos la gloria de la Resurrección. Amén. — Se escuchó el rezo en el largo zaguán de la Casa del Chaguaramo.


Una vez unas liceístas haciendo de periodistas de El Estudiantil, vocero de los estudiantes del liceo local, le preguntaron a Nicanor, ¿cómo se hizo el monaguillo de las Casas Muertas? Y él les respondió con interés, empezándole por contar su vida de niño y reencarnándole la imagen del muchacho sacristán, limpiador santos en la Iglesia Santa Rosa de Lima de Ortiz.


Nicanor era un jovenzuelo, un poco flaco. Se gastaba unos pantalones corto y aunque estaba en la edad de usarlos más largos —como mandaba la costumbre de la época—, no se los ponía. Había sido el monaguillo de varios curas del pueblo. Desde el Padre José Carmelo Matute, pasando por los párrocos Vera, Ibáñez, Peña, entre otros.


—Bueno, como he dicho siempre: Casa Muertas fue escrita en esta casa y cuando Miguel Otero Silva la terminó se la releyó a mi mamá, así como a otras personas que vivíamos aquí— dijo, humildemente.


La otra tarde el niño Nicanor salió de la bodega, donde trabajaba para ayudar al Padre Peña en las labores eclesiásticas.


— Voy a ir a limpiar la Iglesia, tío Domingo—dijo.
— Pues, anda muchacho — le respondió el tío, el antiguo concejal y representante civil del municipio.


Era casi siempre. Domingo Rodríguez Moreno, hombre bondadoso y con derramada sencillez, le daba el permiso. Por su parte, Nicanor tenía esa gratitud con Dios: ayudar al Padre Pernía (o el Padre Peña como era su verdadero apellido) en la misa, en la limpieza de la iglesia junto con otros muchachos de la época. Luego de las labores caseras, Nicanor salía corriendo de la bodega de don Domingo, luciendo  sus canillitas delgaditas a cumplir con el gesto humano de desempolvar a los santos y adórnalos con flores hechas de tela bañadas con esperma de vela.

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miércoles, octubre 04, 2006

Bajo el ocaso de las estrellas

por José Obswaldo Pérez

AQUELLA NOCHE el cielo anunciaba tempestad. No había estrellas. Era 1910. El suceso del Halley había pasado desapercibido, aunque los cables telegráficos y las reseñas de los periódicos anunciaban que podía verse como una fugaz luz en el firmamento. Pero, el comenta no se vio y las noticias en el pueblo sólo hablaban de la muerte del general Nicanor Arturo Rodríguez Moreno, el progenitor de Nicanor.

- Fue algo lamentable – dijo con aflicción y nostalgia.

El cuerpo y las mortajas del general Nicanor Arturo Rodríguez Moreno había sido traída de San José de Tiznados, en un coche bajo un manto de estrellas decembrinas. Había sido Jefe Civil de aquel municipio a petición del general Roberto Vargas Díaz, entonces presidente del Guárico, quien por instrucciones de él había renunciado a la Jefatura Civil de San Juan de los Morros, el 4 de septiembre de 1909 - en aquel tiempo perteneciente a la Jurisdicción de Aragua -, para ponerse al frente de esta otra.

Tenía 42 años y había nacido en Ortiz, en el año de 1868 y su muerte ocurrió más tarde, el 18 de diciembre de 1910. Era hijo de Doña Evarista Moreno Vilera y Don Fernando Rodríguez Moreno. El 18 de julio de ese año, el general David Gimón Itriago – nuevo presidente del Guárico – lo había llamado a formar parte de la Junta de Fomento del municipio San José de Tiznados, junto con su amigo, el sanjosedeño Jesús María Herrera.

- A mi juicio – explicaba Nicanor- mi papá cometió una equivocación al haber renunciado a la Jefatura Civil de San Juan de los Morros, lugar donde se le apreciaba y respetaba tanto.

El Coronel Nicanor Arturo Rodríguez fue comerciante, político y distinguido personaje de la aristocracia orticeña. Llegó a ser concejal y presidente del Concejo Municipal, en el año uno. Asimismo, participó en diversas funciones y actividades públicas.

- ¡Caramba! Mi papá – decía- era un hombre muy palúdico para haber escogido irse a ese pueblo, que estaba en completo abandono, no tenía médico ni camino para llegar allá.

La muerte del Coronel Rodríguez se debió a una fiebre larga, causada por el paludismo. En esos días, El Universal publicó su fallecimiento en una pequeña nota necrológica, que decía: “Ayer murió en San José de Tiznados el Coronel Nicanor Arturo Rodríguez, quien se desempeñaba en la Jefatura Civil de aquel municipio”. Y otra, que igualmente señalaba: “La muerte del señor Nicanor A. Rodríguez anoche en San José de Tiznados, enluta a varios hogares de esta ciudad”.

Cuando falleció el padre de Nicanor Rodríguez había muerto también Doña Filomena de Ducler, la maestra de la única escuelita de Ortiz, a la que asistían los niños palúdicos del pueblo, regularmente a buscar sueños y esperanzas.
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ENTIERROS DE MUERTOS VIVOS

- Es mejor morir, Ángela, que mal está sufriendo. No te voy a llevar a casa; sé que eres mi esposa, pero tendré que hacerlo, no valdrán tus quejidos; todos los muertos de este pueblo se quejan cuando están cerca del hoyo.

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por José Obswaldo Pérez

ARTURO RODRIGUEZ contaba que, cuando niño, se colocaba en las barandas de la Casa Atravesada, a contar los muertos que a tempranas horas de la mañana iban desfilando hacia el cementerio hasta casi tarde de la noche, hora en que los espíritus y las almas en pena salían a retozar con el ganado en el silencio de la soledad. - Yo me ponía a contar a los muertos, desde por la mañana hasta las nueve o diez de la noche, cuando todavía seguía la procesión de moribundos y, entonces, mi mamá me llamaba adentro. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a poco, convirtiéndola en una aldea de fantasmas, cuyos rostros exhibían aflicción y tristezas. El aguijón del aedes había cobrado sus víctimas sin respetar edades, sin que valieran las medicinas, los rezos ni los más variados menjunjes para espantar aquella diabólica peste. El pueblo estaba casi deshabitado. Todos habían emigrado. Y eran tantos los moribundos que los muertos los enterraban vivos. Llegaban a la sepultura sin la conformidad de la Ley de Dios. No había tiempo para el toque de las campanas ni menos para preparar el difunto. Eran días del éxodo, decía Doña Evarista, la abuela de Nicanor, moviéndose en la mecedora. Y con ese hablar característico iba dibujando un cuadro desalentador que colmaba la historia del pueblo en un relato necrológico de drama y muerte, miseria y ruina. - La peste vino y dio en toda Venezuela. Pero, aquí fue más terrible porque encontró el terreno abonado. Un pueblo palúdico, con hambre, y en el último estado de abandono como estaba en esa época - señalaba Arturo Rodríguez, bajo la sombra de una mata de mango en el solar de su casa. - Acabo con lo que quedaba - señaló. La mayoría de los pobres eran llevados al cementerio en chinchorro o en la Urna de la Caridad. Un ataúd negro, fabricado para uso público del Concejo Municipal que prestaba sus servicios gratuitamente a las desamparadas víctimas del paludismo, la hematuria, el vomito negro y últimamente a los de la peste española. - A mí me dio dos veces y gracias a Dios que la pase – cuenta Arturo -. En esa época vivíamos en la Casa Crespera que estaba en la Calle del Ganado y que ahora llaman la avenida Doctor Roberto Vargas. Una casa que era propiedad del general Joaquín Crespo Torres y por allí, al frente, pasaban los muertos hacia el cementerio. Esa noche de 1910, una dama anciana contaba - entre solloza -, en el salón del velatorio que la niña Crístina Paúl, hija de unos de los generales Paúl, había fallecido de calentura o de fiebre alta, manteniéndola postrada por siete días en cama, con el desconcertante consuelo de la muerte. - Aquí no entierran otro muerto más - dijo el Jefe Civil -, el cementerio está clausurado. Su cuerpo estaba frío e inerte. El olor a mortina se hacía sentir en el salón apesadumbrado, pero finamente decorado con flores frescas de los jardines de la casa. Pero, el cadáver de Columba no podía descansar religiosamente, junto a las almas del antiguo camposanto, el de los antepasados familiares, que en el pueblo llamaban el Cementerio de Los Españoles. No la enterraron sino a los tres días después, porque el Jefe Civil del municipio, Ismael Capote, no autorizaba aquel entierro y porque los familiares de la difunta se aferraron a aquella alma de Dios debía ser sepultada en el cementerio viejo de Ortiz. - El cementerio está clausurada por mandato del general Gimón y no voy a desobedecer sus órdenes y permitir allí otro entierro- sentenció tajantemente Capote, el gernamen del pueblo. La pobre Columba fue enterrada en el recién inaugurado Cementerio Nuevo o en el « Pate’ vacal», como lo llamaba la gente. De nada valieron los reclamos de la familia. Ni las protestas. Fue todo vano. Todo quedó con el remedio de sepultarla allí. - La pobre se distraía jugando con las mariposas de colores en el jardín- decía la dama anciana entre solloza, rezos y murmullos de lapida. Al otro día, al amanecer, todo continúo igual. Colmenares, el sepulturero de las almas de la peste y el conocedor de todas las penurias del pueblo, mantenía su rutina diaria. Era un hombre corpulento, negro. Y según, quienes lo conocieron, había venido al pueblo del oriente con una buena estrella, porque no le había caído ni « coquito». Era un hombre saludable para aquel trabajo, poco recomendado y deseado en una ciudad de Apocalipsis. Una noche se le oyó hablar metido en un chinchorro que los muertos salían en la media noche con el torpe paso de las reses, retumbando en el silencio. El enterrador de muertos – y casi muertos- estaba preso por matar a su esposa. La había matado en el camposanto. Se llamaba Ángela Escobar y la trajeron en un chinchorro quejándose de la muerte. Sin embargo en esos días, como no había nadie quien lo sustituyera del oficio, el jefe civil coronel Ignacio Carreño España resolvió anular la pena y soltarlo. - Es mejor morir, Ángela, que mal está sufriendo. No te voy a llevar a casa; sé que eres mi esposa, pero tendré que hacerlo, no valdrán tus quejidos; todos los muertos de este pueblo se quejan cuando están cerca del hoyo. Pero, es mejor moría Ángela, que mal estar sufriendo – dijo el negro Colmenares, antes de sentenciarle la muerta a su mujer. · ¿Qué cuarto es éste? – preguntó Ángela, en su delirio. Colmenares le hecho la tierra encima y Ángela ese día no volvió a ver la luz. Se marcho esa tarde, dentro de su agonía, olorosa a guarapo de papelón.

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