jueves, septiembre 13, 2012

La transferencia de la propiedad territorial en el Guárico colonial

Por FELIPE HERNÁNDEZ G.
UNESR/Cronista de Valle de la Pascua
felipehernandez56@yahoo.es

Largo y complejo fue el proceso de ocupación y apropiación de la tierra en la historia colonial venezolana, una diversidad jurídica contenida en las Leyes de Indias así lo establecía. Desde sus inicios se diseñó una jurisprudencia de la propiedad de la tierra, que iba o pretendía controlar la corona española por temor a que se fundasen pequeños feudos, sin embargo, la realidad americana va imponiendo sus métodos y una clase privilegiada logra el dominio y apropiación de la tierra.

En un principio el dominio absoluto de las tierras descubiertas en las Indias Occidentales correspondía por derecho al Estado Metropolitano, y se legisla con especificidad, las otorgadas a las primeras poblaciones y las pertenecientes a la Corona, al respecto el historiador F. Brito Figueroa, en su obra sobre: La Estructura Colonial Venezolana (1978), dice: … ‘fuera de las tierras, prados, pastos, montes y agua que por particular gracia o merced se hallaren concedidas a las ciudades, villas o lugares de las Indias o a otras comunidades o persona, todo lo demás de este género, y especialmente lo que tuviesen por romper o cultivas es y debe ser de su Real Corona’ (p. 141).

Es importante señalar, que la formación de la propiedad territorial en las colonias hispanoamericanas, con carácter de propiedad privada se debe buscar en las primeras bases jurídicas como fueron las mercedes, para así legalizar las ocupaciones fraudulentas de las tierras cuyo proceso comienza a manifestarse en la última década del siglo XVI; acompañada con repartos de tierras ya que hubo repartimientos o mercedes de tierra y repartimiento de indios para los trabajos, pero una y otra institución se diferenciaban claramente, sobre este aspecto el historiador Eduardo Arcila Farías, en su obra sobre: El Régimen de la Encomienda en Venezuela (1966), expone:

Las mercedes de tierra solían estar a cargo de los cabildos, en tanto que la institución de la encomienda siempre dependió de los gobernadores o de los virreyes. Cuando estas últimas autoridades ejercían la facultad de distribuir tierras, no confundían los títulos territoriales con los de las encomiendas. La propiedad del suelo entrañaba derechos de disposición hereditarios que no regían en las encomiendas. Además, la merced de tierras, como su nombre lo indica tenía por objeto la propiedad de la tierra, en tanto que los títulos de encomienda no solían hablar del dominio del mismo. (p. 284).

En atención a lo expuesto, en Venezuela, en el contexto general característico de la formación económico-social precapitalista colonial, los indicadores del proceso de formación de la propiedad latifundista, se expresan mediante:


  1. El establecimiento de una sólida doctrina jurídica metropolitana e hispanoamericana, sobre la cual se instauraba el derecho de disfruta de la propiedad territorial por parte de una minoría, descendientes, en ciertos casos, de los primeros conquistadores y pobladores del territorio. 
  1. El ejercicio del control por parte de esa minoría —–bloques endogámicos de familias, aliadas consanguínea y territorialmente— no sólo sobre la riqueza social tierra, sino también sobre los elementos jurídicos que garantizaban la transferencia de ese bien público al dominio privado y, a la par, el ejercicio del control sobre el elemento que garantizaba la tenencia de la tierra: la mano de obra.

Según estas premisas, el proceso de transferencia de tierras en los Llanos del Guárico en los siglos XVII y XVIII, lo ejemplifica el caso del presbítero Jerónimo de Rebolledo de Villavicencio, quien fundó en 1712 el pueblo de San Andrés de Aricapano de Barbacoas. El caso es como sigue: El padre Rebolledo de Villavicencio, del mantuanaje sansebastianero, propietario del hato “El Islote” y de las tierras de las inmediaciones; primero recogió los indios caribes, güires, píritus y de otras etnias, que deambulaban por las riberas de los ríos Guárico, Memo y Orituco, y luego fundó el pueblo.

Era padre Jerónimo de Rebolledo, hermano de los también sacerdotes, Agustín de Rebolledo de Villavicencio, fundador del hato Belén, en jurisdicción de Las Mercedes del Llano; de Luis de Rebolledo de Villavicencio, y emparentado consanguíneamente con el capitán Gonzalo de los Ríos Armendáriz de Rebolledo, fundadores del pueblo de Paya. Otro hermano suyo de nombre Andrés de Rebolledo fue encomendero, y se conjetura, que en su honor le dio la advocación: San Andrés de Aricapano al pueblo de Barbacoas. Como se puede ver, todo un clan y una trama familiar, con profundos vínculos con el poder administrativo y eclesiástico colonial, propietarios de buena parte de la geografía de los actuales municipios Ortiz, Mellado, Chaguaramas y Las Mercedes del Llano en el estado Guárico; y del municipio Urdaneta en el sur del estado Aragua.
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viernes, agosto 31, 2012

Una insurrección campesina en el Guárico

Pedro Aquino, quien había participado, en 1845 en el ataque a Calabozo, fue uno de los que dirigieron el movimiento en el Guárico.

POR FELIPE HERNÁNDEZ

felipehernandez56@yahoo.es

La Insurrección Campesina de 1846 fue un movimiento insurreccional de carácter popular y social que estalló en varias zonas agropecuarias de Venezuela en septiembre de 1846 y que se extendió hasta mayo de 1847. En términos generales, dicha insurrección no fue más que la expresión de una situación que tenía sus raíces en la grave crisis económica que sufría el país desde 1842; en el descontento de diversos sectores del agro (hacendados, hateros, arrendatarios, arrieros, peones, esclavos, entre otros) con respecto a las medidas económicas y fiscales aplicadas por el gobierno presidido desde 1843 por el general Carlos Soublette. En las campañas oposicionistas del Partido Liberal, su máximo líder, Antonio Leocadio Guzmán, acusaba de oligarca a Soublette, al ex presidente José Antonio Páez, quien seguía siendo el hombre fuerte del régimen, y a sus partidarios que controlaban el comercio y las finanzas de Caracas.

Después de la insurrección que en Villa de Cura acaudilló Juan Silva en 1844; en la Provincia del Guárico en septiembre de ese año, Juan Celestino Centeno encabezó un levantamiento en el Orituco, y en diciembre de 1945 los hermanos Juan y José Gabriel Rodríguez asaltaron la cárcel de Calabozo. A pesar de que todos estos alzamientos fueron sofocados por las fuerzas del gobierno, evidenciaban el alto grado de descontento social existente. En tal sentido, todas estas revueltas estuvieron signadas por la necesidad de conseguir mayores reivindicaciones sociales, sobre todo para las clases sociales bajas involucradas en las mismas.

La Rebelión Popular fue iniciada por Francisco Rangel en el sitio de Tacusuruma, cerca del pueblo de Magdaleno en Aragua, quien se alzó porque las autoridades le habían arrebatado unas tierras que él defendía como suyas y además le habían impedido votar en las elecciones primarias de 1846. Aclamando a Guzmán, se dirigieron a Guigue y asaltaron la hacienda de Yuma, propiedad del abogado y político paecista Ángel Quintero, donde mataron a su mayordomo, hirieron a algunas personas y liberaron a los esclavos. Aunque el movimiento fue derrotado a los pocos días, Ezequiel Zamora fue reconocido como jefe de sus propias fuerzas a las que unió con las de Rangel con el título revolucionario de "General del Pueblo Soberano".

Otra región a la que se extendió la rebelión, fue la de los llanos, particularmente en Guárico y Barinas. Pedro Aquino, quien había participado, en 1845 en el ataque a Calabozo, fue uno de los que dirigieron el movimiento en el Guárico.

A Zamora y Rangel se incorporaron otros grupos al mando de Zoilo Medrano y Jesús González, alias El Agachado, en la zona de San Francisco de Tiznados. El 29 de septiembre, en la Laguna de Piedra, se libró una batalla en la cual las fuerzas gubernamentales, mandadas por el coronel Francisco Guerrero, dispersaron a los rebeldes y se apoderaron de su bandera amarilla, color representativo del partido Liberal. Las actividades guerrilleras de Zamora y Rangel se extendieron desde los meses de diciembre de 1846 hasta febrero de 1847. No obstante, el general José María Zamora quien comandaba las fuerzas del gobierno, los fue cercando, hasta que el 1 de marzo de 1847 en el sitio de Pagüito en jurisdicción de Villa de Cura, se dio la batalla definitiva, en la que fueron derrotados Zamora y Rangel y dispersadas sus tropas. El 14 de marzo, "el indio" Rangel fue muerto por una patrulla del gobierno y su cadáver conducido a Villa de Cura; mientras su cabeza cercenada fue enviada a Caracas, acto que fue rechazado por el nuevo presidente de la República, José Tadeo Monagas, quien se había juramentado el 1 de marzo de 1847. Por su parte, Ezequiel Zamora fue capturado en la noche del 25 de marzo al pie del cerro Juana Caliente, en las cercanías del río Palambre, jurisdicción de San Francisco de Tiznados. Luego de esto, fue conducido a Villa de Cura, donde se le abrió juicio. Después de las capturas de Rangel y Zamora, la rebelión comenzó a perder fuerza a lo largo del territorio nacional. Así, en el transcurso del mes de mayo, tras la rendición de El Agachado, la revuelta finalizó.

En definitiva, la insurrección campesina de 1846, no fue más que la expresión violenta y armada de la lucha de clases entre explotadores y explotados, participando en la misma peones, jornaleros, esclavos y manumisos, en la búsqueda de condiciones de mayor igualdad.
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jueves, agosto 09, 2012

Un pueblo de españoles en las bocas del Manapire

Felipe Hernández G.
felipehernandez56@yahoo.es

Santa Rita de Manapire, pueblo llanero, ubicado al sur del estado Guárico, en el municipio Las Mercedes del Llano, con una altitud de 135 msnm, se encuentra enclavado entre dos importantes ríos del llano guariqueño, al este el río Manapire, el cual nace en jurisdicción del caserío Las Piedras en el municipio Chaguaramas, en las montañas ubicadas al sur de Altagracia de Orituco, atraviesa todo el municipio Infante hasta desembocar en el Orinoco. Al oeste le atraviesa el río Aguaro. En su jurisdicción, hacia el sur, en la vía hacia los sitios de Médano de Gómez y Garcitas, se encuentra el Parque Nacional Aguaro-Guariquito.

Informa el historiador J. A. De Armas Chitty en su obra Historia del Guárico, Tomo I, que la Parroquia Santa Rita de Manapire fue creada el 5 de septiembre de 1781, según decreto del Ilustrísimo Monseñor Mariano Martí, bajo la advocación de Santa Rita de Casia. Desde esa fecha se hace presente lo que será el devenir de la Parroquia, pues el Cura de Cabruta, monseñor Félix Ignacio Montero, al enterarse de la creación de la nueva parroquia, solicitó su traslado a ella, aunque contaba solamente con 250 pesos anuales. Su primer párroco fue el padre Silvestre Pérez.

Monseñor Martí cuando visitó Cabruta se interesó porque se crease un pueblo de españoles en las bocas del Manapire“lugar que tiene buenas tierras para sembrar todo género de frutos, y con esta circunstancia y la del comercio por este Orinoco, se puede establecer acá un pueblo de españoles que podrá ser útil a la provincia de Caracas, que no tiene otro puerto en Orinoco”. No desconoce el Prelado “la importancia que tiene Cabruta, como pueblo inmediato a la confluencia de muchos ríos”.

El principal motivo de la creación de este curato fue que muchos españoles alegaban que no podían cumplir con la iglesia debido a los ríos crecidos que tenían que atravesar.

El lugar donde surgió el pueblo de Santa Rita de Manapire, está localizado a unos pocos metros al norte de la actual población, en el lugar conocido como “Perro Flaco”; según la tradición oral que se ha trasmitido de generación en generación.

Declarada la Independencia, se suscitaron diferentes actividades políticas y militares en área geográfica actual de las poblaciones de Las Mercedes del Llano, Santa Rita y Cabruta. En tal sentido, el 5 de septiembre de 1811 la Gaceta de Caracas reseña el traslado de 700 mulas desde Guayana hasta el Puerto de Cabruta. En abril de ese mismo año, 200 realistas atacaron a Cabruta. Numerosos pobladores de Sana Rita se declaran a favor de la independencia y colaboran con la causa patriótica. En agosto de 1813 el jefe supremo del ejército realista y gobernador de Cumana, Juan Manuel Cajigal se reúne con Boves en Santa Rita. Aquí Boves decide desobedecerle y actuar por su propia cuenta para apoderarse del país. El 21 de febrero de 1814 el coronel patriota Agustín Arrioja, derrota a las tropas de Alejo Mirabal en Cabruta. En 1814 el Ejército Libertador de Oriente reconoce la anexión de Cabruta y Santa Rita y son considerados bastiones liberados. En 1816 los patriotas fueron derrotados en la batalla de Butaque, a tres leguas de Santa Rita. En febrero de 1817 Manuel Sedeño derrotó a los realistas en Cabruta. En noviembre de 1817 los patriotas, bajo el mando de Zaraza, se reúnen en Belén, cerca de Las Mercedes, y parten hacia el sitio de La Hogaza, batalla donde son derrotados por el general La Torre. En 1818 Bolívar ordena reclutar hombres en Santa Rita y Cabruta. Ese mismo año Bolívar visita Cabruta para entrevistarse con el general Pedro Zaraza, pero este no se presentó y el Libertador abandonó ese puerto el 13 de enero con rumbo a Caicara.

En el siglo XIX, el pueblo de Santa Rita fue quemado en dos oportunidades, siendo la última durante la Guerra Federal. Existe consenso que los primeros pobladores que se establecieron en el lugar, fueron las familias del Gral. Teodoro Velásquez Méndez, Perfecto Brizuela, Ramón Cecilio Rivero, Rafael Ortiz, Francisco Álvarez y Juan D. Leal, entre otros.

En el año 2000, fue creado el Liceo "Creación Santa Rita", cuya primera directora fue la Prof. Iris Camaripano, para el año 2012, el director es el Prof. Freddy Brizuela. Y el sacerdote de la comunidad, el párroco Ibrahim Gómez. Las festividades en honor a la santa patrona “Santa Rita”, se celebran el 22 de mayo de cada año.

Valle de la Pascua, 9 de agosto de 2012.
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domingo, julio 29, 2012

¿ El nuevo rostro de Bolívar?

Buscar la faz de un héroe que pudiera complacer a quien encargó el trabajo

POR ELÍAS PINO ITURRRIETA |  EL UNIVERSAL

El presidente venezolano, Hugo Chávez, desveló una imagen
 digitalizada del rostro de Simón Bolívar.
El parto de los montes. En eso concluyó el espectáculo presentado por el presidente Chávez para la develación del nuevo rostro de Bolívar. Nada nuevo, ni siquiera las patrañas con las cuales sazonó la muestra de lo que se esperaba como un descubrimiento capaz de cambiar los anales de la nacionalidad. No se comentarán ahora las patrañas, para solamente detenernos en la imagen familiar que apareció ante nuestros ojos acostumbrados a contemplarla desde 1826, por lo menos, pese a que esperábamos una revolución iconográfica que pudo llevarse a cabo si los "científicos" encargados de la misión hubiesen cumplido su papel a cabalidad.

El vínculo de la imagen presentada por el Presidente con el célebre retrato pintado por José Gil de Castro en Lima, a la altura de 1826, y para el cual posó el retratado, es evidente. Es la imagen de un blanco criollo en la cima de su poder, sin las marcas que el tiempo debió reflejar en su cara, sin evidencia de las penalidades que soportó después de quince años de inclementes campañas, sin rastros de una enfermedad que lo acosaba desde la víspera y pesaba inexorablemente en un organismo sometido a los estragos de la guerra y a las presiones de la política. Gil de Castro hizo feliz a su modelo, quien ordenó copias para su familia y para sus allegados, regocijado de verse como se veía después del trabajo de un pincel dispuesto a disimular los rasgos que pudieran disminuir la imagen de un hombre que había llegado triunfal hasta las cúspides del incario. "Es un retrato mío hecho en Lima con la más grande exactitud y semejanza", escribió Bolívar a Sir Robert Wilson y a su hermana María Antonia cuando les envió reproducciones de la obra. Pero, ¿era así, físicamente, el hombre que distribuía unas muestras tan atrayentes de su efigie? El propio Libertador aclara el enigma poco antes de que le hicieran el retrato, pues escribe a Fernando Peñalver así: "Mi salud está ya descalabrada... comienzo a sentir las flaquezas de una vejez prematura". También dice a sus parientes, los Rodríguez del Toro: "[estoy] encanecido en el servicio de la patria". Después dice a Santander: "Ud. no me conocería porque estoy muy acabado y muy viejo, y en medio de una tormenta como esta represento la senectud". Es evidente que Gil de Castro maquilló muchas arrugas y muchos infortunios a la hora de reconstruir la imagen que agradó a su modelo, no en balde se trataba, más que de hacer un trabajo fidedigno, de fabricar una imagen susceptible de funcionar en un comprensible proyecto de naturaleza política.

Algo semejante han hecho los "científicos" a quienes encargó el presidente Chávez el trabajo de reconstrucción. Buscar lo más parecido a la pintura de Gil de Castro para presentar la faz de un héroe que pudiera complacer a quien encargó el trabajo y al resto de los venezolanos acostumbrados a solazarse en la pose majestuosa del padre. Pero no es la reconstrucción que debía esperarse, si se estudió con seriedad el cráneo del grande hombre que moría lleno de dolencias en 1830. El grande hombre a quien vio así un amigo leal y cercano, Joaquín Posada Gutiérrez, once meses antes de su fallecimiento: "Pálido, extenuado; sus ojos tan brillantes y expresivos en sus bellos días, ya apagados (... ), los perfiles de su rostro, todo en fin, anunciaba en él, excitando una vehemente simpatía, la próxima disolución de su cuerpo, y el cercano principio de su vida inmortal". El grande hombre a quien retrató en cinco dibujos fundamentales José María Figueroa, pintor bogotano que se ocupó de recoger sin remilgos las señales de acusado deterioro dejadas por el tiempo y por la enfermedad en la fisonomía del personaje; unas imágenes que parecieron "dolorosamente fieles" al General Tomás Cipriano de Mosquera y a los miembros del gabinete de Bolívar, quienes presentían con alarma su muerte. Los "científicos" al servicio del presidente Chávez obviaron esos "detalles", que seguramente hubiesen sido los adecuados para reconstruir con exactitud, con seriedad, sin tergiversación, las mudas pero elocuentes orientaciones del cráneo. Sin embargo, lo analizaron para que siguiéramos en el solaz de las patrióticas fantasías, sin noticias exactas del declive de un grande hombre ya desaparecido a quien se pretende resucitar para que acompañe los pasos del patrocinador de sus "investigaciones".

Como se tenían elementos y recursos del país y del exterior para llegar a una conclusión plausible de veras sobre la investigación llevada a cabo, no hay elementos para explicar con seriedad los pobres resultados de la reconstrucción del rostro del Libertador que vimos el pasado 24, el parto de los montes en que se volvió lo que pudo ser un acontecimiento digno de encomio, la vuelta a la noria de los símbolos habituales en la que se repiten pasos antiguos e infructuosos para la evolución de la república. De allí que sólo quede la alternativa de una especulación como la siguiente: convenía la representación de un Bolívar sano y vigoroso, de un individuo excepcional que se levanta contra la fatalidad de la decadencia física y política; la exhibición de una portentosa humanidad capaz de sublevarse contra la enfermedad y contra la muerte, lo más parecido a la situación o al papel que pretende representar ahora el presidente Chávez ante el electorado. No es una especulación débil, cuando la Historia y la política dependen del interés de un aventurero.

eliaspinoitu@hotmail.com
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martes, julio 24, 2012

Descanse en libertad, Oswaldo Payá

texto
El dirigente cubano Oswaldo Payá (1952 – 2012)

Por Yoani Sánchez

Nadie debería morir antes de alcanzar sus sueños de libertad. Con el fallecimiento de Oswaldo Payá (1952 – 2012), Cuba ha sufrido una dramática pérdida en su presente y una insustituible ausencia en su futuro. Ayer domingo no sólo dejó de respirar un hombre ejemplar, padre amoroso y católico ferviente, sino también un ciudadano imprescindible para nuestra nación. Su tenacidad asomaba desde que era un adolescente, cuando prefirió no esconder los escapularios –como hicieron tantos- y en lugar de eso sostuvo públicamente su fe. En 1988 su responsabilidad cívica fraguó en la fundación del Movimiento Cristiano Liberación y años después en la iniciativa conocida como Proyecto Varela.

Recuerdo –como si fuera hoy- la imagen de Payá a las afueras de la Asamblea Nacional del Poder Popular aquel 10 de marzo de 2002. Las cajas cargadas con más de 10 mil firmas sobre sus brazos, mientras las entregaba al tristemente célebre parlamento cubano. La respuesta oficial sería una reforma legal, una patética “momificación constitucional” que nos ataría de forma “irrevocable” al actual sistema. Pero el disidente de mil y una batallas no se dejó amilanar y dos años después él y otro grupo de activistas presentaron 14 mil rubricas más. Exigían con ellas la convocatoria a un referendo para permitir la libertad de asociación, de expresión, de prensa, las garantías económicas y una amnistía que liberara a los presos políticos. Con la desproporción que lo caracterizaba, el gobierno de Fidel Castro contestó con los encarcelamientos de la Primavera Negra de 2003. Más de 40 miembros del Movimiento Cristiano Liberación fueron condenados en aquel marzo aciago.

Aunque no fue detenido en aquella ocasión, Payá padeció durante años la vigilancia constante sobre su casa, los arrestos arbitrarios, los mítines de repudio y las amenazas. Nunca desaprovechó un minuto para denunciar la situación penitenciaria del algún disidente, ni la condena injusta de otros. Jamás lo vi descomponerse, gritar, ni insultar a sus contrincantes políticos. La gran lección que nos deja es la ecuanimidad, el pacifismo, la ética por encima de las diferencias, la convicción de que a través de la acción cívica y de la propia legalidad la Cuba inclusiva nos queda más cerca. Descanse en paz, o mejor aún, descanse en libertad.

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