domingo, junio 05, 2022

El poder y el delirio

Un mural de Chávez, en pleno centro de Caracas.
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Ángel Lombardi Boscan

Fue un libro adelantado. Publicado en el 2008 por Enrique Krauze. Lo leímos con entusiasmo en su momento y desestimamos su principal intuición hoy ya cumplida: el chavismo enterró la democracia de partidos y se alió a Cuba para imponer la hegemonía de la “nueva clase”; una nueva oligarquía con apoyo militar que controla la institucionalidad a su medida e interés.

Incluso, en el año 2013, luego del fallecimiento de Hugo Chávez, la sociedad civil pro-moderna y pro-democrática confió ciegamente que el chavismo sin Chávez tendría que ceder.

Los años subsiguientes fueron críticos y la confrontación tradicional a la que estábamos acostumbrados mutó a una de tipo híbrido, arbitraria y violenta, que antes no lo sabíamos y ya hoy sí.

Mientras se ganaban las elecciones parlamentarias del 2015 y se creyó que el retorno democrático, vía institucional, sería un hecho, desde el TSJ controlado por el chavismo, ésta gran aspiración quedó abortada. Luego las masivas protestas del año 2017, de 134 días, en todo el país y con apoyo internacional parecían confirmar nuestra fe en volver a la Democracia. Y resultó que los militares reprimieron a sangre y fuego las mismas y Maduro se aferró aún más al poder.

El año 2019, fue otro escenario más en que las fuerzas civiles pro-democracia lo volvieron a intentar a través de la contra figura de Juan Guaidó y con un importante apoyo de la comunidad internacional. Una vez más se pensó que el chavismo mordería el polvo y la liberación de Venezuela se consumaría restituyendo la soberanía popular y la plena vigencia de la Constitución.

El rompimiento de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos agravó aún más el conflicto junto a las disidencias dentro de la misma oligarquía chavista en el poder; que contra todos los pronósticos logró mantenerse en el mismo y demarcar vía represiva a sus más peligrosos opositores tanto afuera como adentro.

Luego, los años de la pandemia: 2021 y 2022, fueron los de su consolidación bajo el desmontaje de los partidos políticos de la resistencia democrática y el arrodillamiento de la sociedad civil amansada desde la eutanasia social en curso.

La bandera de la lucha contra la corrupción y la denuncia de las injusticias y desigualdades sociales que el chavismo enarboló en 1992 yacen en el más completo olvido. Y si resuenan de tanto en tanto es como mentira de Estado. Son tan audaces y caraduras que desconocen a la misma Constitución señalando que en Venezuela no hay división de poderes “sino distribución de funciones”: un poder privado al servicio de ellos mismos que son los que mandan sin contrapesos.

Catorce años después de publicado el libro seguimos creyendo que las protestas pacíficas, civiles y muy justificadas por la mejora de los salarios; el colapso de los servicios públicos; el respeto a los dictados constitucionales o hasta la misma posibilidad de ir a unas elecciones presidenciales para que se vayan del poder por las buenas son agendas legítimas que representan una salida moderna apegada a los códigos de una democracia en pie como la que conocimos entre los años 1958 y 1998.

Resulta que el chavismo no piensa de acuerdo a la gramática política moderna ya que es un proyecto pre-moderno de sociedad cerrada. Y mientras maneje la institucionalidad a su antojo con el control del monopolio de la fuerza seguirá haciendo lo que le dé la gana en aras de su propio beneficio y aliados.

Al resto le impone su propia colonización desde una pavorosa regresión histórica asumiendo la tragedia social de la gran mayoría sin ninguna empatía. Le es completamente indiferente la desgracia de los millones de venezolanos lanzados a la pobreza tanto dentro como fuera del país.

La Venezuela que tuvimos, la próspera y libre, la acabaron. Sus universidades, públicas y autónomas hoy destruidas e intervenidas, son sólo una muestra de esto que decimos. Nuestro sistema sanitario es vergonzoso. Y la seguridad social de los trabajadores la aniquilaron. Nos hicieron un Estado Paria.

El libro de Krauze, escrito por un intelectual pro-democrático, creyó que el legado de Chávez estaría marcado por una heroicidad teatral de imposible cristalización ya que sus dos “padres: Bolívar y Fidel, le eran inaccesibles. Lo cierto del caso es que el verdadero “poder y delirio” lo vino a imponer, contra todo los pronósticos, a quién designó como su sucesor al frente del poder en Venezuela.

Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ

@LOMBARDIBOSCAN

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viernes, junio 03, 2022

Celebrarán X Encuentro de Cronistas e Historiadores en El Sombrero

El encuentro será en honor al Aniversario del Natalicio del extinto cronista de esa ciudad profesor Félix Celis Lugo

Paseo Los Próceres de El Sombrero – Foto Gobernación de Guárico.
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La Red de Historia y Memoria y Patrimonio del Municipio Julián Mellado y la Biblioteca Pública Ricardo Montilla convocan para X Encuentro Regional de Cronistas e Historiadores Guariqueños “Don Manuel Aquino”, evento que se desarrollará el próximo 11 de junio en la conocida Biblioteca Ricardo Montilla, en la ciudad de El Sombrero.

El registro y confirmación de participación de ponentes se realizará desde el 30 de mayo al 07 de junio del presente, a través del correo electrónico reddehistoriamellado1003@gmail.com y/o vía WhatsApp : 04145878990 (Mcs Yulimar Bolívar).

Comisión Organizadora del Evento

El encuentro será en honor al Aniversario del Natalicio del extinto cronista de esa ciudad profesor Félix Celis Lugo, informaron los organizadores del evento.

Igualmente, en un comunicado de la comisión organizadores se señala que el registro y confirmación de participación de ponentes se realizará desde el 30 de mayo al 07 de junio del presente, a través del correo electrónico reddehistoriamellado1003@gmail.com y/o vía WhatsApp : 04145878990 (Mcs Yulimar Bolívar).

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miércoles, junio 01, 2022

La democracia frustrada en Venezuela

La Revista Fuego Cotidiano reproduce una entrevista que le realizó el periodista Francisco Olivares para la Revista Coolt al escritor venezolano Francisco Suniaga, sobre la lucha contra el autoritarismo en Venezuela: “No hemos sido consistentes en una idea de Estado”.

El político y diplomático Diógenes Escalante, en campaña presidencial en Venezuela, en 1945. FOTOGRAFÍA DE LUIS FELIPE TORO ©ARCHIVO FOTOGRAFÍA URBANA


Por Francisco Olivares

Venezuela es un lugar donde tradicionalmente los hombres a caballo, héroes, caudillos y militares han truncado la civilidad y cerrado el paso al Estado moderno con sus asonadas y conspiraciones. Como recuerda la escritora Ana Teresa Torres, en 128 años de historia nacional, desde 1830 hasta 1958, cuando se inicia el período democrático en el país, la presidencia estuvo en manos de civiles solo durante 10 años.

En este contexto, varias generaciones han intentado abrirle paso a la civilidad, a la democracia, pero la herencia caudillista suele regresar con nueva nomenclatura.

A través de su trabajo como articulista y novelista, el escritor Francisco Suniaga (La Asunción, 1954) ha indagado sobre los diversos líderes venezolanos que han combatido el autoritarismo, desde la denominada Generación de 1928 hasta estos tiempos del chavismo.

Suniaga atiende a COOLT desde Berlín, Alemania, en donde reside temporalmente por invitación del Instituto Iberoamericano. El autor —que también es abogado y ha ejercido como profesor en universidades como la Central de Venezuela— acaba de finalizar una nueva novela, de la cual aún no puede dar detalles, y está comenzando otro proyecto literario. Al terminar su compromiso académico, volverá a su tierra natal, la isla de Margarita, escenario de su primer libro, La otra isla (2005), con el que descubrió que podía ser escritor y comenzó a dar rienda suelta a su creatividad, alimentada por las historias que escuchaba desde niño.

A ese título le seguiría en 2008 El pasajero de Truman, un éxito de crítica y público del que ha vendido más de 60.000 ejemplares y que aborda un pasaje clave de la vida política venezolana: cuando, en 1945, una generación intentó una transición del país hacia la democracia. El libro cuenta la historia del diplomático Diógenes Escalante, personaje que aglutinó el consenso entre civiles y militares, pero que a última hora quedó fuera del juego del poder, prolongando los regímenes militares en el país por 15 años más.

El episodio relatado por Suniaga ofrece claves que hoy tienen gran vigencia. En una mirada a las generaciones posteriores, se observa cómo a los nuevos protagonistas de la política venezolana que se enfrentan al chavismo “los ha dejado el tren”. 


 El escritor venezolano Francisco Suniaga, autor de 'El pasajero de Truman'. CORTESÍA El escritor venezolano Francisco Suniaga. CORTESÍA


- ¿Qué te motivó a escribir El pasajero de Truman?

- Yo crecí en un ambiente muy politizado. Mi papá tenía una sastrería, en la isla de Margarita. Era militante del partido Unión Republicana Democrática (URD), que lideraba Jóvito Villalba, y su sastrería era como un centro de reuniones en donde se debatía mucho sobre esos temas. Visto desde la distancia, yo llamo a aquellas tertulias “la sociedad de los poetas muertos”. Crecí en ese ambiente, y la historia de Diógenes Escalante me la contó mi papá, la versión medinista del episodio: es decir, el punto de vista del general Isaías Medina Angarita, quien entonces era el presidente de la República.

Cuando era niño, percibía que la cosa más importante en la política era ser presidente, y la historia de ese señor, Diógenes Escalante, era la de un hombre que estuvo a punto de serlo y que, justo antes de lograrlo, sufrió un ataque de demencia. Eso me pareció un golpe de mala suerte increíble. Las circunstancias hicieron que siempre me llamara la atención esa historia y la asimilara con gran voracidad. Fue un tema que me fue fascinando y fui investigando. Ya en el nivel académico, en cursos de Ciencias Políticas, encontré que la versión de aquellos tiempos quedaba mal parada porque el general Medina Angarita no fue un presidente democrático. Era el último presidente militar de un régimen dictatorial que tenía 46 años en el poder.

El golpe del 18 de octubre de 1945 que derrocó a Medina Angarita fue una revolución democrática porque llevó al establecimiento de un régimen democrático, ya que por lo menos hubo elecciones en un país que nunca las había tenido. Si bien no fue un modelo electoral, fue un hecho relevante para un país en donde la democracia era un concepto y una conducta nuevos, que todo el mundo desconocía. Todos estaban aprendiendo a ser demócratas, incluyendo los que se llamaban así mismos demócratas.

- Diógenes Escalante, muy amigo del presidente estadounidense Harry S. Truman, significó una esperanza en aquellos años y fue recibido como un héroe a su regreso a Venezuela, luego de varios años como diplomático en Gran Bretaña y EE UU para venir a protagonizar la transición a la democracia en Venezuela.

- De todo ese período político salió la idea de escribir el libro. El episodio de Diógenes Escalante fue extraordinariamente importante porque abrió una expectativa y, sobre todo, porque fue el eje de un consenso en un país en donde solo ha habido dos o tres consensos en toda su historia. Ese acuerdo de 1945 se rompió lamentablemente ese mismo año. Lo volvimos a tener en 1958 tras la caída del general Marcos Pérez Jiménez, pero se rompió a finales de los años noventa. Otro consenso, al que se debe hacer referencia, fue durante la guerra de independencia, en torno a Simón Bolívar, que también se resquebrajó. No hemos sido consistentes en una idea de país, de un Estado, de una forma de Gobierno y de unos planes de desarrollo, como lo que fuimos en los 40 años de democracia que finalizaron con Hugo Chávez en 1999.

- En El pasajero de Truman se refleja cómo una generación muy joven, sin experiencia y conocimiento práctico de lo que era una democracia, tenía la perspectiva y la necesidad de encaminar al país hacia ese destino. Esos jóvenes participaron en el consenso con el general Isaías Medina Angarita y con Diógenes Escalante, pero al mismo tiempo tenían vínculos con un sector militar.

- Lo que caracterizó a esa generación es que comienza muy joven en la política. Los protagonistas de la llamada Generación de 1928 que se levanta contra la dictadura del general Juan Vicente Gómez, como Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba, tenían 20 años de edad. De inmediato comienzan un proceso acelerado en la política que termina con Villalba preso durante siete años y con Betancourt en el exilio; igual pasó con otros líderes de ese grupo. Con la muerte del general Gómez regresaron a la lucha política buscando más apertura frente a los siguientes regímenes militares.

Con Medina Angarita continúa la herencia gomecista, pero se abre la posibilidad de un proceso de apertura con la selección de un nuevo presidente, esta vez civil. Lo que se le puede reconocer a Medina Angarita es que buscó el consenso y al hombre del consenso, que era Diógenes Escalante. Pero, al romperse el acuerdo por la enfermedad repentina de Escalante, acudió al viejo esquema de “voy a poner uno de los míos” y optó por proponer a alguien de su equipo para la continuidad: Ángel Biaggini López. Con esa decisión, el consenso no fue posible y eso condujo al golpe militar de 1945. Era un golpe militar que ya venía en camino porque los militares y los civiles tenían distintos proyectos de modernización del sistema político venezolano.

A tres años del nuevo proceso de apertura se realizaron elecciones, y ganó Rómulo Gallegos (de Acción Democrática) con el 75% de los votos. Ese resultado hubiera dado la base para un Gobierno sólido. Sin embargo, apenas duró 11 meses. Eso demuestra que, aunque se hubiese optado por Escalante y este no hubiese sufrido un ataque de demencia, esa transición tenía su destino ya señalado, que era el golpe militar. Es una especulación y no es posible saber qué hubiese pasado, pero es lo que creo que era lo lógico.

La actuación militar en Venezuela a lo largo de toda su historia, como lo refiere Marco Tulio Bruni Celli en su libro El 18 de octubre de 1945, ha sido una constante en el intento de la toma del poder, incluso en los Gobiernos que son militares. A Gómez le conspiraron los militares, a Medina Angarita le conspiraron los militares, e incluso a Pérez Jiménez lo derrocaron los militares. El general Marcos Pérez Jiménez, en la inauguración del Centro Simón Bolívar de Caracas, Venezuela, en 1954. 

ARCHIVO El general Marcos Pérez Jiménez, en la inauguración del Centro Simón Bolívar de Caracas, Venezuela, en 1954. ARCHIVO

- Una parte de la generación que participó en las luchas contra la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez fue impactada por la Revolución cubana, así que la democracia venezolana se inició con una etapa de violencia por la lucha armada que buscaba implantar este modelo. Parte de esa izquierda rectificó 10 años después a partir de los que se conoció como la Primavera de Praga, y volvió a las filas de la convivencia democrática.

- Aquella decisión de ir a la lucha armada fue catastrófica para la izquierda venezolana y para América Latina. Cuando se estaban desarrollando dos proyectos paralelos, la Revolución cubana y la democracia en Venezuela, iniciada con la presidencia de Rómulo Betancourt en 1959, la izquierda optó por ir detrás de la Revolución cubana, una línea equivocada, como obviamente demostró la historia.

El mérito de rectificar fue de una parte de la izquierda venezolana. La otra, ortodoxa, nunca rectificó, se quedó allí y años después revivió en la alianza perfecta con un teniente coronel, Hugo Chávez, que intentó un golpe militar en 1992 contra un Gobierno electo democráticamente que lo estaba haciendo muy bien. La destrucción del Gobierno de Carlos Andrés Pérez (Acción Democrática) fue una gran conspiración en la que participó un abanico de diversos partidos políticos desde la izquierda extrema hasta la extrema derecha. Triunfaron, sacaron a Pérez del Gobierno, lo metieron preso e iniciaron este proceso de inestabilidad política que no ha terminado todavía. La izquierda liderada por dirigentes como Teodoro Petkoff, inspirados en las nuevas corrientes que surgían en Europa, como la izquierda francesa e italiana, buscaron caminos distintos, más democráticos y participativos. En su momento añadieron más estabilidad al sistema político venezolano. En el período presidencial de Rafael Caldera (1969-1974), ideólogo de la democracia cristiana, con la política de pacificación se conformó un sistema estable donde todos participaban con representación parlamentaria y luego con gobernadores y alcaldes. Quizás fue una de las épocas más robustas de la democracia venezolana. Pero, lamentablemente, parte de esa izquierda se fue nuevamente detrás de “un hombre a caballo” y los viejos marxistas, que rompieron con la URSS y la lucha armada promovida por Cuba, se quedaron nuevamente solos. Por cierto, no han pedido perdón por esa barbaridad.

La élite que creó la democracia se negó a comportarse democráticamente

- Se ha señalado que los constructores de la democracia venezolana no dejaron una generación política de relevo como alternativa frente al ascenso de figuras antipartidos que, además de Hugo Chávez, compitieron por la presidencia en 1999.

- En el año 1973, Rómulo Betancourt, primer presidente de la era democrática (1959-1964), no aceptó la propuesta de su partido ni de otros factores políticos y económicos de volver a lanzarse como candidato a la presidencia. Ese hecho le dio nuevos aires a la democracia. En su lugar, el candidato fue Carlos Andrés Pérez (1974-1979). Pero ni Pérez ni Caldera pudieron resistir la tentación de volver a ser presidentes después de 10 años de haber salido de Miraflores. Caldera lo intentó cuatro veces y obtuvo dos presidencias. En 1993, con 77 años, cuando ganó la segunda presidencia ya el sistema democrático estaba en crisis.

Jóvito Villalba solía decir que la reelección era un mal expediente en América Latina, que donde había habido reelecciones había inestabilidad política. La élite que creó la democracia se negó a comportarse democráticamente y a entender que le tocaba el turno a otra generación. Hubo una generación que terminó frustrada, como Eduardo Fernández, Oswaldo Álvarez Paz, Humberto Celli, Luis Raúl Matos Azócar, Marco Tulio Bruni Celli. Políticos muy preparados.

-La nueva generación de políticos surgida en estos 23 años de chavismo comienza a irrumpir desde hace más de una década. Pero se observa que no logran perfilarse con un proyecto de país ni una estrategia unificadora. ¿Cómo ve esta nueva generación política venezolana?

- Yo creo que ha sido una generación lamentablemente destruida por el chavismo. En algún momento, la razón del chavismo era destruir al adversario que surgió de lo que era un proceso político normal, con figuras como Henrique Capriles Radonski, Leopoldo López y Julio Borges, entre otros. El chavismo los convirtió en “polvo cósmico”, como decía Hugo Chávez. Creo que a esa generación completa la dejó el tren, a todos. Entre otras cosas, porque fueron incapaces de superar sus propias aspiraciones. El egoísmo se supone que existe en la política, y tiene que existir: el espíritu de competencia y las rivalidades existieron en la década de los cincuenta, cuando enfrentaban a Pérez Jiménez. Pero allí hubo una visión de Estado, hubo un consenso político. Se entendió cuál era el sacrificio y, sobre todo, la idea de tener muy claro quién era el adversario. Ahora con esta generación ocurre que ni siquiera se hablan entre ellos. Están bravos. Un hombre vota en las elecciones regionales de Barinas, Venezuela, el 9 de enero de 2022. 


- Hablan a través de las redes sociales.

- Se bombardean. Se niegan el agua y la sal. Cuando los representantes del Departamento de Estado de Estados Unidos visitaron Venezuela para reunirse con el chavismo, hecho que causó mucha sorpresa, cada uno dio una declaración distinta. Ni siquiera fueron capaces de llamarse, de reunirse, para emitir una opinión más o menos coherente.

Betancourt y Villalba no dejaron nunca de hablarse y no podían ser más adversarios políticos. Betancourt y Caldera se consultaban. Gonzalo Barrios y Caldera, que también fueron grandes adversarios, conversaban, hablaban, negociaban. Eso es lo que los políticos tienen que hacer. Esta generación tiene una ruptura y para que se hablen tiene que haber un tercero, un mediador. Yo creo que eso los acabó.

- Tiempos de cambios...

- Es evidente que en Venezuela está pasando algo muy raro. Hay un hecho que a mí me llamó muchísimo la atención en las elecciones regionales de noviembre de 2021. Tres de los cuatro opositores que ganaron gobernaciones fueron Alberto Galíndez, Morel Rodríguez y Manuel Rosales. Rodríguez, de 81 años, ya había sido gobernador en seis ocasiones. Galíndez, de 66 años, fue gobernador en 1996 y Rosales, de 69 años, también había sido dos veces gobernador, además de alcalde dos veces.

Lo que quiero destacar es que el electorado opositor, entre las generaciones presentes, pasadas y futuras, escogió a la generación pasada. Eso es una cosa anormal. La gente prefirió votar por estos señores retirados. Y también es un mensaje muy claro para esa nueva generación política que yo creo que los dejó el tren. Ese es un fenómeno curioso y poco analizado. No se ha querido hablar mucho de ese tema pero allí está. En Barinas, la cuna de los Chávez, fue una experiencia distinta.

-Cada líder opositor tiene su propio movimiento en Venezuela. Estamos hablando de 50 partidos políticos y movimientos en donde cada dirigente es el que decide. No hay democracia interna en estas organizaciones.

- Son como 50 partidos, pero en el ámbito ideológico no van más allá de cuatro o cinco partes. En efecto, no son jefes de los partidos sino sus dueños. En la era democrática surgieron dirigentes muy destacados y reconocidos que, aparte de los jefes de los partidos, eran dirigentes nacionales. Tenían disputas dentro de las instancias establecidas por el partido, pero con democracia interna.

- Los partidos opositores comenzaron a hacer congresos de unificación. ¿Hay esperanza de rectificación?

- En este momento están haciendo unos congresos que, por ahora, no aportan nada nuevo. No hay mucha información sobre eso. Pareciera un saludo a la bandera. Pienso que los electores los castigaron en este último proceso electoral de noviembre de 2021 y, si no rectifican y encuentran un camino, los van a volver a castigar igual.

Francisco Olivares

Periodista y consultor. Ha trabajado en medios como El Diario de Caracas y El Universal, donde fue editor del área de Investigación. En 1995 ganó el Premio Nacional de Periodismo por el libro Las cuentas ocultas del presidente. Es autor de otros títulos como Las balas de abril (2006), Afiuni, la presa del comandante (2012) y Los últimos días de Hugo Chávez (2020).

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Botello: Un Maestro

Oldman fue un MAESTRO con mayúsculas sostenidas. Gustamos como el grande Aquiles de las cosas más sencillas. Militó como Tolstoi en el socialismo cristiano que impone austeridad, solidaridad y renuncia
El historiador y periodista Odman Botello

Por Argenis Ranuarez

Ambos nacimos el cuarenta y siete. Ingresamos juntos a la noble tarea de educar el sesenta y ocho. Fuimos y vinimos, caminamos hurgando, buscando, rastreando,hechos y fechas, sitios lugares y gente. Compartimos inquietudes,preocupaciones y angustias. Oldman fue un MAESTRO con mayúsculas sostenidas. Gustamos como el grande Aquiles de las cosas más sencillas. Militó como Tolstoi en el socialismo cristiano que impone austeridad, solidaridad y renuncia.

Oldman siguió pasos y marcó los suyos, buscó huellas y al encontrarlas, marcó las suyas. Amó a la Patria grande y a las Matrias que varias tuvo. Se reprodujo en hijos, amigos y discípulos. Escribió sobre sus pueblos que muchos y muy mucho suyos fueron, de Aragua, de Guárico y Apure. Datos verificados, textos bien escritos por mejor corregidos. Historia e historias,con tiempo para humor y para leyendas, reláficas, anécdotas y mitos. El y nuestro hermano Adolfo, los académicos más sobrios, austeros,desprendidos y sencillos. Escogió su vida: HOMBRE de a pie, de autobús y de busetas. Bueno para criollos condumios y para brindis de capilla.

Un MAESTRO auténtico se ha ido.! Estoy de duelo.!

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sábado, mayo 28, 2022

Francis Fukuyama vuelve a la carga

Hace poco más de 30 años, el politólogo estadounidense proclamó fallidamente el fin del conflicto ideológico como motor de la historia. En un artículo reciente retrocede a aquella idea, aunque con matices, ambigüedades y lagunas de información.
Francis Fukuyama se hizo famoso tras la publicación de su obra "El fin de la historia", hace tres décadas (Getty Images).


Ramón Cota Meza

Circula en redes sociales el ensayo “The long arc of historical progress” (The Wall Street Journal, 29/04/22), cuyo autor, Francis Fukuyama, no necesita presentación desde la publicación de su ensayo “The end of History?” (1989) y su extensión en el libro The end of History and the Last Man (1992), ambos de inspiración hegeliana y con repercusión mundial. En México fue enarbolado por liberales y neoliberales que, más o menos a partir de entonces, emergieron como la corriente de opinión principal.

En el intervalo de la publicación de ambas piezas ocurrió el derrumbe de la Unión Soviética, que se presentía desde 1984 por las reformas de Gorbachov. Este acontecimiento histórico dio gran fuerza al argumento principal de Fukuyama, a saber: que el liberalismo económico y político navegaba sin enemigo al frente, lo cual anunciaba el fin del conflicto ideológico como motor de la historia, de modo que el mundo marcharía hacia una nueva era signada por el progreso económico, científico y tecnológico y la adopción de las ideas e instituciones políticas liberales.

Sin pretensión de restregar el fracaso de esta predicción en la cara del autor y de los gobiernos y comentaristas que la abrazaron, es bueno recordar que esta fue la ecuación ideológica que dominó la escena mexicana hasta 2018, cuando la historia dio el vuelco que ahora tiene al país en vilo. Los pasos en la azotea se escuchaban desde la primera presidencia de Hugo Chávez en Venezuela en 1999, su influencia en casi todo el resto de América Latina en las dos décadas subsiguientes y la trepidación de una xenofobia agresiva en Estados Unidos y Europa.

A lo largo de este periodo, Fukuyama ha publicado ocho libros, todos orientados a enmendar carencias y mitigar ideas absolutistas del primero, advertir los nuevos desafíos a la hegemonía liberal y proponer ideas para la creación de estados más eficientes y justos. Pero ahora, con “The long arc of historical progress”, retrocede a su idea original, ciertamente matizada y no exenta de ambigüedades y lagunas de información.

Su mensaje principal es que “las sociedades están evolucionando claramente hacia la igualdad y la libertad individual [pero] no hay un mecanismo histórico fundamental que nos conduzca inexorablemente hacia un orden mundial liberal, similar a la creencia marxista de que la historia culminaría en el comunismo.” Para que ese orden liberal mundial sea realidad “urge la acción”, pero “si adoptamos […] una visión amplia de la evolución social humana, claramente hay un arco de la historia.” Esto es estructural.

Con el arco así tensado, Fukuyama lanza la flecha a diez mil años de evolución, de modo que su arco parece un saco en el que todo cabe. Uno se pregunta si lanzar la flecha tan lejos tiene alguna utilidad cognoscitiva. El mismo Fukuyama parece descartar esta amplitud al concentrar su argumento en la evolución del capitalismo a partir de fines del siglo XVIII, con énfasis en la aplicación del método científico, el desarrollo de la tecnología, la revolución industrial y el transporte marítimo a gran escala. Esto produjo, según su argumento, “el crecimiento económico continuo (steady) que ha caracterizado a la economía mundial desde entonces.”

El adjetivo steady tiene varias acepciones, todas relacionadas con lo estable, lo permanente. Es claro que este no ha sido el caso del desarrollo capitalista, cuya característica más notoria ha sido la discontinuidad por las crisis recurrentes con su cauda de desgracias para las sociedades y los capitalistas mismos. Esto no parece importar a Fukuyama; lo que le importa es que “el liberalismo siempre vuelve”. Bueno… también vuelve la reacción contra él, de modo que podemos hablar de una dinámica signada por la expansión económica y las reacciones defensivas de la sociedad. Esto es lo que Karl Polanyi (en La gran transformación) llamó “doble movimiento” del mundo moderno.

Fukuyama pasa por alto esta realidad tan evidente y documentada. Para él, todo progreso humano del mundo moderno es atribuible al liberalismo, cuando los hechos indican que el avance de la justicia social ha costado sangre, sudor y lágrimas de los desposeídos, casi siempre contra los intereses económicos y políticos creados por la expansión económica misma.

Fukuyama parece ignorar la dinámica del desarrollo capitalista y la historia social relacionada. Este desarrollo conduce inevitablemente a la concentración de la riqueza porque está basado en la competencia, la cual engendra ganadores y perdedores. Por definición, los ganadores terminan concentrando la riqueza. Por eso Schumpeter, cuyas credenciales capitalistas son indudables, dijo que el crecimiento económico es una sucesión de concentraciones y que su característica principal es la inestabilidad.

La competencia económica también demanda reducir costos, cuyo efecto cae casi siempre sobre la fuerza de trabajo porque su oferta generalmente supera a la demanda. Los epígonos del capitalismo suelen responder: “Pero el nivel de vida de los trabajadores ha aumentado a lo largo de los años.” Sí, pero no por la bondad del capitalismo, sino por luchas contra sus condiciones.

Fukuyama pasa por alto esta realidad, documentada por montañas de libros y reportes. Por ejemplo, La situación de la clase obrera en Inglaterra de Friedrich Engels (1845), reporte de las condiciones de vida y la resistencia fragmentada de los trabajadores. Engels era industrial textil de Manchester, así que sabía de lo que hablaba. Después de leer toda la documentación disponible, dedicó 21 meses a convivir con trabajadores y sus familias para conocer sus condiciones de vida y percepción del mundo en que vivían, lo cual es narrado con suma objetividad, sin la carga ideológica de escritos posteriores del autor. En esta línea, pensemos en las grandes novelas realistas del siglo XIX, desde Los miserables de Víctor Hugo hasta Tiempos difíciles de Charles Dickens, cuyo trasfondo es la miseria económica, el abuso de los poderosos y sus consecuencias de degradación moral.

Más cerca de nuestra época, Los condenados de la tierra de Franz Fanon (1961), que describe los estragos, económicos, sociales, psicológicos y morales del colonialismo francés en Argelia. O la célebre novela El primer hombre de Albert Camus (1960), cuya descripción de la pobreza en su hogar y el entorno argelino nos deja sin habla. Podrían añadirse De las ruinas de los imperios: la rebelión contra Occidente y la metamorfosis de Asia, Pankaj Mishra (2012), o Explotación, colonialismo y lucha por la democracia, Pablo González Casanova (2017), solo para nombrar unos cuantos de los cientos, quizá miles de libros, ensayos, antologías y panfletos.

Respecto de la independencia de los pueblos colonizados, Fukuyama admite en otra parte la dificultad de estos para adoptar plenamente el liberalismo y afirma que tal dificultad reside en la forma de su descolonización. “Estados Unidos ha sido un mal constructor de naciones […] no como Inglaterra lo hizo en la India”. Está claro que la India de Narendra Modi refuta esta apreciación de la descolonización inglesa.

Fukuyama atribuye al liberalismo la conversión de la clase trabajadora de Estados Unidos en clase media, sin mencionar que este avance proviene del progresismo de fines del siglo XIX, que sentó las bases del New Deal y de la notable mejora de las condiciones de vida de los trabajadores del periodo de posguerra hasta los setenta. Ninguno de estos avances fue concesión graciosa del capitalismo; todos fueron producto de luchas políticas que hallaron eco en diversas administraciones demócratas y republicanas.

En suma, la atribución del progreso humano y la justicia social al liberalismo por Fukuyama es insostenible. Su afirmación de que “el liberalismo siempre vuelve” debe ser matizada: “El liberalismo ha vuelto hasta ahora.” Creo que Fukuyama estaría de acuerdo con esta precisión. Lo que siempre vuelve o siempre está presente es la tensión entre el liberalismo económico y la resistencia social concomitante.

Respecto de otros artículos y entrevistas recientes de Fukuyama, quedan algunas cuestiones a precisar. Por ejemplo, su afirmación de que “Latinoamérica es la única región del mundo que luce bien al día de hoy […] De hecho, la desigualdad económica disminuyó en la región en la última década. Es la única región del mundo donde esto sucedió. Este proceso fue posible en parte gracias a los movimientos populistas, que al mismo tiempo han sido funestos para la democracia […] Pero ha habido elecciones en Argentina, Venezuela y Bolivia, y muchos votantes han rechazado a los populistas […] Me parece que, en general, Latinoamérica está haciendo lo correcto…” (“El desafío más importante de nuestro tiempo es lograr un Estado moderno”, entrevista con Ángel Jaramillo, Letras Libres, 15/10/2016).

Parece que en este tema Fukuyama necesita más información. Cuando hizo esta declaración, Nicolás Maduro tenía tres años en la presidencia de Venezuela (hoy lleva nueve). Y está claro que la desigualdad económica y la pobreza han aumentado. La mayoría de la gente en los países de América Latina y otras partes vive un sentimiento de agravio moral, como el que constató Friedrich Engels en la Inglaterra de su tiempo.

Este sentimiento ha sido capturado y es manipulado descaradamente por demagogos cuya ambición es mantenerse en el poder a toda costa. La destrucción económica e institucional que están causando terminará derrotándolos. Si el liberalismo regresa sobre las ruinas que los demagogos están dejando, esperemos que sea un liberalismo social.

(Texto publicado originalmente en la Revista Letras Libres, en su página online, el 25 mayo 2022)

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