sábado, diciembre 06, 2025

Guerra avisada: cuando el anuncio se vuelve desgaste

Aquí aparece la pregunta central que ya nadie logra sofocar: ¿Qué detiene a Trump?


Por Xavier Padilla

IMAGEN | La guerra avisada no mata al soldado, dicen. Lo que sí mata es la guerra que se anuncia y se congela.


Todos conocemos el dicho: «Guerra avisada no mata a soldado». Hoy, pocas frases pueden causar tanto daño.

La guerra real no funciona como un teatro con telón. La guerra vive del silencio, de la sombra, del movimiento que ocurre cuando nadie está mirando. La guerra, cuando se anuncia, se convierte en espera, fatiga, desgaste moral.

Trump lleva tiempo avisando. La flota se desplaza, se extiende, se repliega. Los marines entrenan cada madrugada como si ese día fuera el último antes del combate verdadero. La maquinaria se mantiene girando en el vacío. Y toda máquina que gira sin descargar su potencia comienza a romperse por dentro. El soldado se entrena para actuar, no para esperar eternamente.

La opinión pública también se fatiga. Al principio se acumula energía. Luego aparece la duda. Después surge la burla. Finalmente llega la palabra más corrosiva de todas: «fanfarrón». Eso ya empieza a ocurrir.

El pueblo venezolano mantuvo durante meses una fe sostenida por señales concretas. Cada nuevo buque, cada nuevo despliegue, cada nuevo gesto, palabra, sílaba. Hoy esa fe entra en fase de erosión.

La expectativa prolongada sin desenlace transforma la esperanza en ansiedad. La ansiedad se vuelve irritación. La irritación busca culpables.

Trump empieza a ser visto como un bocón por sectores que hace meses lo veneraban como el ejecutor final de una justicia aplazada durante décadas.

Y aquí aparece el núcleo del problema: una amenaza sostenida en el tiempo pierde filo. Una promesa sin fecha pierde peso. Un músculo sin descarga pierde potencia.

La guerra avisada no mata al soldado, dicen. Lo que sí mata es la guerra que se anuncia y se congela. Mata la moral. Mata la credibilidad. Mata la percepción de inevitabilidad. Mientras tanto, el régimen aprende. Mide reacciones. Reacomoda peones. Traslada activos. Limpia rutas. Refuerza túneles. Reubica rehenes. Ajusta alianzas. Cada día de espera favorece al criminal.

El régimen necesita resistir en el tiempo. Trump necesita golpear en el momento justo. Entre esos dos relojes se juega algo más que una intervención: se juega la psicología de millones de personas.

Aquí aparece la pregunta central que ya nadie logra sofocar: ¿Qué detiene a Trump?

En mi modesta opinión lo detiene el mapa invisible de intereses financieros. Lo detiene la red de potencias que usan a Venezuela como tablero indirecto. Lo detiene la filtración permanente. Lo detiene su propio campo minado político interno.

Nada de eso elimina la opción militar, pero la aplaza. La tensa. La deforma. Y mientras tanto sucede algo mucho más grave: la guerra deja de parecer guerra. Se vuelve narrativa. Se vuelve espectáculo. Se vuelve espera mediática.

El problema de la guerra avisada es que convierte el acto en una novela. Y toda novela, cuando se alarga demasiado, termina perdiendo seguidores.

El régimen necesita resistir en el tiempo. Trump necesita golpear en el momento justo. Entre esos dos relojes se juega algo más que una intervención: se juega la psicología de millones de personas.

Hoy la sospecha empieza a circular como un murmullo pesado: «Tal vez no viene». «Tal vez nos usaron». «Nos vendieron humo». «Era presión vacía». Ese murmullo es más peligroso que cualquier misil. Porque cuando un pueblo deja de esperar la liberación, empieza a adaptarse a la cárcel.

Y cuando un ejército deja de esperar la orden, empieza a consumirse en entrenamiento estéril. Si «guerra avisada» no mata soldado, guerra suspendida desangra a todos sin disparar.

Por eso, ahora sólo ocurrirá cuando la sorpresa vuelve a existir. Ahí la maquinaria recupera sentido. Ahí la historia deja de anunciarse y vuelve a suceder.


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domingo, noviembre 30, 2025

Se apaga el socialismo bolivariano

IMAGEN | La euforia ideológica del socialismo bolivariano ha amainado y tiende a apagarse.


Los Estados Unidos han dado un giro drástico hacia Latinoamérica y el Caribe. La euforia ideológica del socialismo bolivariano ha amainado y tiende a apagarse.


Por Luis Fernando Andrade Falla

En tanto los Estados Unidos de América reaccionaba a los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 y se preparaba para la lucha contra el terrorismo en Afganistán y en contra del régimen de Irak, Venezuela, uno de los países más ricos en recursos naturales de Latinoamérica, con una fuerte vocación caribeña, se consolidaba como un epicentro regional influyente de un renovado movimiento ideológico revolucionario socialista cuyo líder político, Hugo Chávez Frías(1999-2013), inspirado en las ideas de integración del denominado “Libertador de América”, Simón Bolívar, lograba librarse de un golpe de estado militar y de un paro total de la poderosa y de la crítica empresa petrolera estatal PDVSA en el 2002.

Una serie de fenómenos políticos asociados, sucesivos y con el tiempo articulados y convergentes se empiezan a dar dentro de sistemas democráticos con propensión al autoritarismo socialista de carácter procomunista en esta región. En el Brasil, el país más extenso, más poblado y la economía mayor escala, que luego de varios años finalmente fue estabilizada con mucha disciplina fiscal y económica por el presidente Fernando Enrique Cardozo(1995-2003), eligen como su sucesor a Luis Ignacio Lula da Silva, un líder sindical del partido de los Trabajadores (PT), muy cercano y diligente a esta renovada corriente ideológica. En Bolivia, luego de años de una recurrente inestabilidad política y económica, el pueblo boliviano, en un proceso extremadamente conflictivo, elige como presidente a Evo Morales (2006-2019), un líder indígena, del partido Movimiento al Socialismo. En procesos similares, en Honduras, con Manuel Zelaya (2006-2009); en Ecuador, con Rafael Correa (2007-2017), y Daniel Ortega en Nicaragua, nuevamente electo presidente en el 2007 hasta la fecha, se suman y se adhieren con entusiasmo a los regímenes afines de Argentina bajo el peronismo de Néstor Kirchner(2003-2010) y de Cristina Fernández de Kirchner(2007-2015) y a los gobiernos de la concertación en Chile, en que los partidos socialistas y comunistas tenían una cuota importante de poder político.

En este contexto, el liderazgo regional bolivariano del presidente Hugo Chávez se acentúa y se extiende también a través de diversos programas internacionales de cooperación, de financiamientos blandos y de subsidios energéticos gracias a los ingresos extraordinarios de los altos precios del petróleo en esos años. Fue a través de la iniciativa denominada Petrocaribe que se canalizaba este gran apoyo a las islas vulnerables del Caribe, que permitió en reciprocidad la convergencia de estos país insulares hacia las posiciones políticas y diplomáticas particularmente de Venezuela y de Cuba en los organismos multilaterales.

Este proceso gradual y sostenido de convergencia política y diplomática en su conjunto, permite que Venezuela, con una diplomacia presidencial muy activa, protagónica y enfocada a la integración sustentada en el ideario bolivariano, propicie y promueva, no sin ciertos sobresaltos, con el auxilio discreto y efectivo de Cuba, la conformación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), 33 países miembros, sin la presencia de los Estados Unidos y de Canadá.

Los tiempos, o bien los vientos políticos, han estado cambiando con fuerza en esta convulsa región que enfrenta múltiples y simultáneos desafíos de carácter político institucional, de crecimiento económico sostenible, de movilidad y de mejora social, de avances tecnológicos, de seguridad ciudadana, de integración económica y de inserción global.

La euforia ideológica del socialismo bolivariano ha amainado y tiende a apagarse, y sus líderes históricos, que ambicionaban su proyección ideológica hacia los años venideros de este siglo XXI, Fidel Castro Ruz y Hugo Chávez Frías, han ido quedando en el recuerdo histórico.

Los Estados Unidos de América han dado un giro drástico hacia Latinoamérica y el Caribe, retomando su liderazgo natural como potencia global, que ofrece oportunidades de replantear estrategias de relacionamiento regional, siendo indispensable el surgimiento de nuevos liderazgos confiables y democráticamente respaldados para hacerle frente a nuestros desafíos comunes de manera transparente, practica, y efectiva, sin el populismo socialista, sin la demagogia insulsa y sin el engaño malicioso que han sufrido los pueblos que añoran sin descanso un mejor futuro.


Luis Fernando Andrade Falla es articulista de Prensa Libre (Guatemala) con Posgrado en Relaciones Internacionales, Universidad de Georgetown Washington, D.C. USA 1994-1995. Licenciatura en Ciencias Económicas por la Universidad Francisco Marroquín. Catedrático universitario. Contacto: lfandradef@hotmail.com

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viernes, noviembre 28, 2025

“Donde Nació el Llanero”, de Eduardo López Sandoval

El libro combina la precisión historiográfica con la fuerza poética. Las citas de Humboldt y de cronistas locales se entrelazan con imágenes literarias: la sal como moneda de la vida, la lanza como varita mágica que mide la sabana, el caballo como hermano de sangre.


Por José Obswaldo Pérez

En tiempos donde la memoria histórica suele quedar atrapada entre archivos polvorientos y caminos olvidados, Eduardo López Sandoval entrega una novela que es, al mismo tiempo, investigación, testimonio y metáfora. Donde Nació el Llanero se presenta como un viaje narrativo hacia el origen de una identidad que ha marcado la vida política, social y cultural de Venezuela y Colombia: el llanero.

La obra se abre con un recurso literario poderoso: el abuelo Alejandro Jesús y sus nietos, figuras que encarnan la transmisión oral de la tradición, se convierten en protagonistas de un diálogo intergeneracional. A través de ellos, el lector recorre caminos de polvo, extravíos históricos y encuentros con cronistas y sabios como Humboldt, Martí y Bolívar. El escenario central, el mítico Hato El Caimán, se erige como símbolo de nacimiento y extravío, un punto de referencia que la novela convierte en mito fundacional.

El libro combina la precisión historiográfica con la fuerza poética. Las citas de Humboldt y de cronistas locales se entrelazan con imágenes literarias: la sal como moneda de la vida, la lanza como varita mágica que mide la sabana, el caballo como hermano de sangre. López Sandoval logra que la historia se lea como una epopeya íntima, donde la geografía se convierte en destino cultural.

Más allá de la reconstrucción histórica, la novela introduce un elemento contemporáneo: la digitalización de la memoria. Blogs, correos electrónicos y redes virtuales se convierten en nuevos caminos para rescatar la identidad llanera. El “cable y el caballo” aparecen como metáfora de continuidad: tradición y modernidad cabalgando juntas.

En definitiva, Donde Nació el Llanero no es sólo una novela histórica. Es un manifiesto cultural que reivindica al llanero como neoetnia y como símbolo de resistencia. Su lectura interpela tanto a investigadores como a lectores comunes, porque recuerda que la identidad no se hereda únicamente: se busca, se confirma y se celebra.


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domingo, noviembre 23, 2025

Atrapado en Caracas

Pedro Plaza
Pedro Plaza Salvati (Caracas), escritor venezolano-costarricense.

Un retrato vibrante de la Venezuela contemporánea desde la mirada personal de Pedro Plaza Salvati.


Por Xavi Ayén

Pedro Plaza Salvati es un tipo con mala suerte. Él vive en Barcelona, pero, de todos los lugares posibles donde le pudo pillar la parte más dura de la pandemia de coronavirus (aquellos terribles momentos iniciales), le tocó nada menos que Caracas, donde terminó atrapado trece meses. Lejos de amilanarse, intentó convertirse en una suerte de Robert Walser, paseando por un escenario doblemente distópico (sanitaria y socialmente), observando mucho, anotándolo todo y sintiéndose como un personaje apocalíptico de Cormac McCarthy. Su libro La vida interrumpida, recién publicado por Catarata, es una crónica clásica donde su protagonista narrador deambula por un mundo que parece haberse detenido, viendo las cosas de un modo único. Conversa, como Peter Handke, con los locos de la calle y extrae sabiduría de ellos. Es fumigado, a su llegada, en el avión, como si fuera un peligroso ser radiactivo. Vive en un lugar donde se suceden los incendios (la gente tiene la peligrosa costumbre de almacenar bidones de gasolina en casa) y, para no ser víctima de la violencia callejera-en la ciudad con más homicidios por habitante del mundo-, se viste con tejanos rotos y nunca lleva reloj. Y extrae fuerzas de no sabemos dónde para narrarnos el asesinato de su hermano.

Es un cronista tranquilo y minucioso, que ve a gente leyendo en la calle novelas de García Márquez en voz alta. Nos habla de estrambóticos personajes que creen a la vez en los extraterrestres y en Nicolás Maduro. Frecuenta el gimnasio y las librerías. Pasea con un teléfono sin línea, que solo le sirve para hacer fotos. Recibe libros por delivery y se encuentra cajas llenas de ellos por la calle. Cataloga ejemplos de picaresca mientras admira la proliferación de colibríes, garzas y churines. Ve las tanquetas antidisturbios como una magdalena proustiana que le retrotrae a su juventud: “Recuerdo cuánto gas lacrimógeno tragamos en esta avenida...”.

Sí, Plaza Salvati tuvo mala suerte de quedar atrapado en la Caracas de pandemia. Pero sus lectores nos sentimos afortunados..


[Tomado del Diario La Vanguardia de España, domingo 23 de noviembre de 2025]

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domingo, noviembre 16, 2025

El paludismo en ‘Casas muertas’

[feature]

Cuentan que, para poder describir de manera realista y creíble el cuadro sintomático de un episodio palúdico, Otero Silva acudió a un curso completo de paludología


Por Fernando Navarro

Casas Muertas (1955), la segunda novela del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985), es una denuncia de los estragos que el falso progreso y la modernización desintegradora causaron en muchas zonas de Hispanoamérica. En sus páginas, el autor narra la decadencia de un pueblo venezolano llamado Ortiz, devastado por el paludismo, el abandono institucional, la violencia política y la emigración de sus habitantes hacia las grandes ciudades y las zonas petrolíferas del país, con la consiguiente despoblación y deterioro de sus edificaciones y tradiciones en los llanos centrales de una Venezuela vaciada.

Cuentan que, para poder describir de manera realista y creíble el cuadro sintomático de un episodio palúdico, Otero Silva acudió a un curso completo de paludología. Con aprovechamiento, añadiría yo, a juzgar por el siguiente pasaje que reproduzco del capítulo 30 de la novela:

Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, se sintió invadido en pleno trabajo por pastosas oleadas de pereza, de lasitud, de abandono, sacudido por breves latigazos de frío.

―Tengo el cuerpo cortado ―dijo, y caminó hacia la sombra.

Pero Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, sabía que ya venía a su encuentro el ramalazo de un acceso palúdico y se dispuso a recibirlo. Acurrucado sobre los hilos del chinchorro sintió llegar a su piel, a la pulpa de su carne, a la raíz de sus cabellos, a la masa blanca de sus huesos, un frío que iba creciendo como un caño y haciéndose más hondo como una puñalada. Se estremeció el chinchorro bajo el temblor de sus miembros y el entrechocar de sus dientes. Arrebujado en la cobija, en la sábana, en el mantel, en lo que topó a mano para cubrirse, Celestino era un espectro pálido, sacudido por trémulos furiosos de hielo y angustia.

El frío se extinguió al rato. En su lugar surgieron aletazos de calor cada vez más intensos, cada vez más frecuentes, cada vez más febriles. Celestino se despojó de la cobija, de la sábana, de los trapos todos que lo cubrían y comenzó a arder como una lámpara, encendido el rostro como la flor de la cayena, de arcilla los labios resecos, de espejo brillante las pupilas dilatadas. Breves globitos de sudor, que se hicieron poco a poco más amplios hasta unirse los unos y los otros en un solo sudor total, cubrieron la frente, las manos, el cuerpo entero de Celestino. Era un sudor a raudales que traspasaba las ropas, diseñaba manchones en el tejido del chinchorro y goteaba en el suelo como el rocío.

Después descendió la fiebre y Celestino experimentó una extraña, inesperada sensación de ternura, un injustificado bienestar de sentirse liviano y con vida, no obstante que le dolían los músculos de la espalda, las coyunturas de los brazos, los huesos de la cabeza.

También, lentamente, desaparecieron los dolores. Y Celestino, que bien pudiera ser Diego o José del Carmen, se alzó del chinchorro y, caminando en silencio, con la frente baja y los ojos cansados, volvió al trabajo que había dejado abandonado cuatro horas antes.


Fernando Navarro es médico y traductor de origen espanol. Articulo originalmente publicado en Diario Médico

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