lunes, enero 12, 2026

La gran feminización de la sociedad

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El riesgo principal de estos cambios, según la autora, es la feminización del sistema legal y la amenaza para el imperio de la ley.


Por Lucía Santa Cruz

El consenso imperante es que las mujeres siguen sufriendo discriminaciones por parte de los hombres y que deben luchar, incluso con afirmaciones positivas, por una mayor igualdad en el ámbito laboral.

Esto, a mi juicio, ha impedido ver la verdadera revolución que se ha producido en la estructura de poder relativa entre hombres y mujeres.

La esencia de estos cambios es que, por primera vez en la historia de la humanidad, son las mujeres las que tienen el control absoluto de la reproducción de la especie humana. Son ellas las que deciden cuándo tener hijos, si es que quieren tener hijos, y si conciben uno no deseado, ellas tienen el monopolio de decisión de abortarlo o no, sin que el progenitor masculino tenga ni voz ni voto. Es más, hoy día las mujeres pueden tener hijos sin necesidad de intervención masculina, y concebir a través de donantes anónimos de esperma. Esto es una fuente de poder femenino sin precedentes.

Ha surgido una nueva discusión conceptual sobre estos cambios que se ha llamado la gran feminización de la sociedad. Esto se refiere no solo a los cambios culturales, sociales y políticos que han sido el resultado de la presencia femenina, especialmente en Estados Unidos, en las universidades, en la empresa, en los medios de comunicación, en la profesión legal y en la mayoría de los centros de poder.

Helene Andrews ha escrito un gran paper que ha causado múltiples y variadas reacciones y controversias, pero que a mi juicio, como todo aquello que desafía lo que damos por sentado e incuestionable, significa un gran aporte para una mejor comprensión de la sociedad en que vivimos.

Según ella, existe una relación irreductible entre esta feminización y el movimiento Woke, y la política de cancelaciones se debe por sobre todo a la aplicación femenina de apelaciones emocionales por sobre la argumentación racional. En el ámbito universitario, esta feminización cambia la naturaleza esencial de las universidades como lugares que permiten la expresión de la verdad sobre cualquier cosa y la libertad sobre cualquier idea, por más ofensiva que sea, y las ideas, en vez de ser sometidas solo para análisis racional, se ven ahora bajo el prisma de lo que aquellos que las escuchan sienten.

Esto ha llevado a la priorización de lo femenino sobre lo masculino, de la seguridad sobre la libertad, de la empatía sobre el rigor, del consenso y la cooperación, por sobre la aplicación de reglas objetivas. Las mujeres tienen una actitud diferente hacia el conflicto, y esto tiene consecuencias como, por ejemplo, que 71% de los hombres consideran que proteger la libertad de expresión es más importante que preservar una sociedad cohesionada. Las mujeres no.

El riesgo principal de estos cambios, según la autora, es la feminización del sistema legal y la amenaza para el imperio de la ley. Considera que el estado de derecho implica aplicar las reglas, incluso cuando contradigan las simpatías de un grupo, y ello no debe depender de consideraciones de contexto ni de la subjetividad de los abogados, no debería estar influenciada por consideraciones de género y debe depender exclusivamente de la evaluación objetiva de las evidencias presentadas.

Ahora, la pregunta fundamental es si efectivamente la gran feminización se ha producido porque las mujeres de verdad han ganado sus posiciones en competencia con los hombres, o si se ha producido por la imposición de cuotas y de medidas afirmativas, lo que ha desbalanceado la verdadera meritocracia. Si la feminización se ha producido por la vía de la competencia, entonces no hay nada que objetar, pero si se ha producido por la vía de la imposición de cuotas, entonces estamos rompiendo un orden que no solo es justo, sino que es el único que permite restablecer las reglas de una verdadera meritocracia sustantiva.


Lucía Santa Cruz es Master of Philosophy de la Universidad de Oxford; Bachelor of Arts, Universidad de Londres y MA en Historia London University.Miembro de número de la Academia de Ciencias Sociales Políticas y Morales de Chile. Es Consejera de varias instituciones académicas y culturales, entre ellas de Libertad y Desarrollo. Directora de empresas y profesora universitaria.

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viernes, enero 09, 2026

Del dolor a la esperanza

El centro de detenciones conocido como el Helicoide, en Caracas (Venezuela), en septiembre de 2022. | Ariana Cubillos (AP)


El Helicoide está fuertemente identificado con violaciones sistemáticas de derechos humanos. Organizaciones internacionales y testimonios de exreclusos han documentado prácticas de tortura física y psicológica, condiciones de detención inhumanas, aislamiento prolongado, incomunicación y ausencia de atención médica adecuada.


Por Javier González

El Helicoide debería desaparecer como centro policial y de torturas y convertirse en el Gran Hospital de Caracas.

El Helicoide es uno de los edificios más emblemáticos y a la vez más controvertidos de Venezuela. Concebido en la década de 1950 como un moderno centro comercial con estacionamientos y accesos en espiral, nunca llegó a cumplir con ese propósito inicial.

A lo largo de las décadas su uso cambió varias veces, hasta convertirse en sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y en un centro de detención y reclusión de presos, especialmente durante la última etapa política del país. Actualmente, El Helicoide está fuertemente identificado con violaciones sistemáticas de derechos humanos.

A lo largo de las décadas su uso cambió varias veces, hasta convertirse en sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y en un centro de detención y reclusión de presos, especialmente durante la última etapa política del país. Actualmente, El Helicoide está fuertemente identificado con violaciones sistemáticas de derechos humanos.

Organizaciones internacionales y testimonios de exreclusos han documentado prácticas de tortura física y psicológica, condiciones de detención inhumanas, aislamiento prolongado, incomunicación y ausencia de atención médica adecuada. El lugar también ha sido señalado como un centro de torturas de alta notoriedad, particularmente para presos políticos, activistas y defensores de derechos civiles.

En este contexto, mantener a El Helicoide como sede de una policía política y como prisión no solo perpetúa el sufrimiento de personas privadas de libertad, sino que lo convierte en un símbolo doloroso de represión y abuso.

Muchos defensores de derechos humanos han insistido en que la comunidad internacional y las autoridades venezolanas deben asegurar el cese inmediato de su función como centro de detención y tortura, permitir inspecciones independientes y respetar el debido proceso y la dignidad humana. Frente a esta realidad, surge una propuesta que transforma un legado de dolor en uno de esperanza: reconvertir El Helicoide en el Gran Hospital de Caracas.

Esta idea no solo rescata el valor arquitectónico y el enorme espacio físico del edificio —una estructura muy notable en el corazón de la capital— sino que responde a una necesidad urgente de infraestructura sanitaria en un país que ha enfrentado crisis en su sistema de salud. Un hospital de alta especialización en una instalación de estas características podría servir para atención médica avanzada, investigación clínica, formación de personal sanitario y atención de especialidades que actualmente carecen de espacio adecuado. Además, esta transformación implicaría un activo simbólico: pasar de un lugar asociado al sufrimiento a uno dedicado a salvar vidas y promover la salud de la población.


Javier González es historiador venezolano, actualmente residenciado en España.

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miércoles, enero 07, 2026

Dos hombres, dos épocas, un mismo destino judicial

La captura de Maduro, en cambio, ocurre en medio de una crisis prolongada, donde las instituciones ya no se derrumban de golpe, sino que se erosionan lentamente.


Por José Obswaldo Pérez

En más de dos siglos de vida republicana, Venezuela solo ha visto a dos de sus jefes de Estado terminar frente a la justicia de Estados Unidos. No es un dato menor ni una coincidencia caprichosa: es un espejo que devuelve, en dos momentos distintos, la fragilidad de un país atrapado entre sus propias rupturas internas y las tensiones del hemisferio.

Este fenómeno, además, se inscribe en una tradición más amplia: la judicialización de exmandatarios como mecanismo de legitimación política y redefinición de la soberanía. Como plantea Judith Ewell en su estudio sobre el caso Pérez Jiménez, los juicios a expresidentes no solo sancionan delitos, sino que ayudan a consolidar nuevos órdenes políticos y a marcar distancias con el pasado autoritario.

El primero fue Marcos Pérez Jiménez, el hombre que gobernó con puño de hierro durante la década de los cincuenta. Tras su caída en 1958, huyó a Estados Unidos buscando refugio en un país que, por entonces, veía en él a un aliado anticomunista más. Pero la historia tiene sus propios ritmos: entre 1959 y 1963, Washington terminó entregándolo a Caracas mediante un proceso de extradición que combinó diplomacia, presión judicial y un cálculo político muy propio de la Guerra Fría.  

La prensa venezolana —como El Impulso— y documentos desclasificados de la CIA muestran que la decisión estadounidense estuvo atravesada por tensiones internas, debates sobre seguridad hemisférica y la necesidad de sostener la credibilidad democrática de la región. La extradición, en ese contexto, funcionó como un instrumento de control político dentro del marco legal de la época.

 

El segundo nombre pertenece a otro siglo, otra crisis, otro país. Nicolás Maduro, procesado en 2026, no llegó a suelo estadounidense por la vía de los tribunales, sino mediante una operación militar que rompió cualquier parámetro previo en la relación bilateral. Su traslado no fue el resultado de un expediente diplomático, sino de un despliegue de fuerza que dejó claro que el tablero geopolítico del siglo XXI opera con lógicas más abruptas, más veloces, más expuestas.  

Si la Guerra Fría utilizó la extradición como herramienta jurídica, el siglo XXI reactualiza la Doctrina Monroe en clave operativa: intervenciones puntuales, tecnológicas, unilaterales, donde la frontera entre diplomacia y coerción se vuelve difusa. La captura de Maduro es, en ese sentido, un síntoma de un hemisferio donde la disputa por la influencia ya no se libra en embajadas, sino en operaciones de precisión.

Entre ambos casos hay más diferencias que similitudes, pero comparten un hilo que vale la pena subrayar: cada uno marca un punto de quiebre en la historia venezolana. La extradición de Pérez Jiménez selló el final de una dictadura y abrió paso a la democracia representativa. La captura de Maduro, en cambio, ocurre en medio de una crisis prolongada, donde las instituciones ya no se derrumban de golpe, sino que se erosionan lentamente.  

La historiografía venezolana —de Ewell a Perozo— coincide en que estos episodios revelan la dificultad del Estado para procesar sus propios conflictos y su dependencia estructural de dinámicas hemisféricas. Son momentos donde la justicia extranjera termina ocupando el lugar que las instituciones nacionales no pudieron o no quisieron asumir.

Y sin embargo, allí están: dos presidentes venezolanos (aunque Maduro es considerado por cierto sector de la oposición como colombiano), separados por casi siete décadas, que terminaron respondiendo ante la justicia de un país extranjero. Dos episodios que, vistos juntos, cuentan algo más profundo sobre Venezuela: su tendencia a repetir ciclos, su relación ambivalente con el poder y su lugar —a veces incómodo, a veces inevitable— dentro del mapa político del continente.

Fuentes citadas

- Ewell, Judith (1977). The Indictment of a Dictator: The Extradition and Trial of Marcos Pérez Jiménez.  Journal of Latin American Studies Vol. 9, No. 2 (Nov., 1977), pp. 291-313 (23 pages).

- Perozo Padua, Luis Alberto (2025) “La extradición de Pérez Jiménez, el dictador que cayó en manos de la justicia”. En El Impulso. https://www.elimpulso.com/2025/07/19/la-extradicion-de-perez-jimenez-el-dictador-que-cayo-en-manos-de-la-justicia-19jul/

- CIA.(1963) “Extradition of Perez Jimenez to Venezuela” (documento desclasificado).

- Wikipedia. “Juicio a Marcos Pérez Jiménez”.

 

 


José Obswaldo Pérez es periodista, historiador y editor de la Revista Fuego Cotidiano

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martes, enero 06, 2026

No fue intervención. Fue disuasión.

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Esto no fue por petróleo. Fue por negación estratégica. Porque Venezuela no era ya un Estado fallido: era un satélite funcional de cuatro potencias enemigas.


Por Carolina Restrepo Cañavera

Quien crea que Estados Unidos intervino Venezuela por petróleo no ha entendido ni el siglo ni la guerra que viene.

El 3 de enero de 2026 no comenzó una guerra. Se activó una doctrina: la respuesta anticipada frente a una amenaza compuesta.

No se trató de recursos. Se trató de geometría del riesgo.

¿Qué es una amenaza compuesta?

Cuando tres potencias hostiles -China, Irán, Rusia - y Cuba operan en tándem dentro del mismo territorio, el problema no es la suma. Es la sinergia.

  • China aseguraba el control de minerales estratégicos esenciales para sistemas de guiado, telecomunicaciones y armamento. 
  • Irán instaló plantas de drones ofensivos capaces de alcanzar Florida desde el Caribe. 
  • Rusia desplegó sistemas de guerra electrónica, radares, entrenamiento en inteligencia y escudos antiaéreos. 
  • Cuba, desde hace años, infiltró el aparato militar venezolano, convirtiéndose en el núcleo del contraespionaje, la lealtad interna y la represión política.

Esto no era “influencia”. Era arquitectura de guerra. Una plataforma hostil multinacional a menos de 2.000 km del Comando Sur.

El umbral fue superado

Desde 2023, el Pentágono actualizó su doctrina: ya no se mide la amenaza por intenciones, sino por ensamblajes.

Si un país adversario controla los minerales, otro produce los misiles, otro provee la inteligencia, y otro controla la cadena de mando, la amenaza ya existe, incluso antes de disparar el primer proyectil.

No importa si hay declaración de guerra. Importa que hay capacidad instalada.

Y esa capacidad cruzó todos los umbrales doctrinales de seguridad regional.

No fue intervención. Fue neutralización

Por eso no se atacaron refinerías ni pozos.

Se golpearon nodos de telecomunicaciones, plantas de drones, radares y centros de comando conjunto.

Se desmanteló una infraestructura de agresión silenciosa, diseñada para operar sin banderas, pero con propósitos claros.

Esto no fue por petróleo. Fue por negación estratégica. Porque Venezuela no era ya un Estado fallido: era un satélite funcional de cuatro potencias enemigas.

La doctrina Monroe en esteroides

No se engañe nadie: la Doctrina Monroe no está muerta. Solo cambió de lenguaje.

Hoy se llama disuasión anticipada, soberanía hemisférica, control de amenazas integradas.

Pero su principio rector sigue intacto: el hemisferio occidental no es zona de operación para regímenes militares hostiles coordinados desde Asia o el Caribe comunista.

Cuba no era un espectador. Era el muro interno. Los encargados de cuidar a Maduro no eran soldados venezolanos. Eran cubanos. Entrenados, infiltrados, obedientes a La Habana. Y eso lo sabía el Pentágono desde hace años.

Esta no fue una operación militar. Fue una advertencia global

No se trató de Venezuela. Se trató del mensaje:

“No ensamblen amenazas compuestas en nuestra región. Las desmantelaremos antes de que disparen.” Ese es el nuevo lenguaje de seguridad continental. Y la explicación no está en un blog. Está en los mapas de riesgo del Pentágono.

Carolina Restrepo Cañavera es una abogada colombiana, vinculada al sector político y empresarial, con presencia pública en debates jurídicos y económicos. Es conocida por su cercanía a sectores de derecha en Colombia y por aspirar a cargos de elección popular.

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Orígenes de la palabra caimanera

Jugadores de Caimanera en el campo de La Araña. Allí figuran, entre otros, Manuel González, Balbino Inojosa y Chucho Ramos. |


En Venezuela, la palabra caimanera se asocia principalmente con un juego de beisbol improvisado, muchas veces sin árbitros, en el que los jugadores se eligen de manera espontánea para disputar un encuentro que, por lo general, se realiza en calles, patios escolares, terrenos baldíos o campos deportivos.


Por Javier González

El vocablo «caimanera» forma parte del léxico coloquial venezolano y su origen no guarda relación alguna con el poblado pesquero homónimo ubicado en las cercanías de Guantánamo, Cuba, ni con el término usado en Chile para referirse a una persona lenta o torpe.

En Venezuela, la palabra caimanera se asocia principalmente con un juego de beisbol improvisado, muchas veces sin árbitros, en el que los jugadores se eligen de manera espontánea para disputar un encuentro que, por lo general, se realiza en calles, patios escolares, terrenos baldíos o campos deportivos. Estas partidas rara vez cuentan con el número reglamentario de peloteros (nueve por equipo) y suelen desarrollarse bajo reglas adaptadas a las condiciones del terreno.

Con el paso del tiempo, el término se extendió a otras disciplinas deportivas e incluso a ámbitos ajenos al deporte. En la actualidad, para muchos venezolanos, caimanera también es sinónimo de improvisación o desorden.

Origen de las caimaneras

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, los cronistas deportivos de la prensa caraqueña utilizaban el término «caimán» para describir juegos de beisbol caracterizados por numerosas carreras y errores, así como para referirse a peloteros de bajo rendimiento. En general, la palabra se empleaba para señalar la mala calidad de algo, con un significado cercano al que hoy se le da al término coloquial «chimbo».

En la década de 1920, el beisbol despertaba una gran pasión entre los jóvenes caraqueños. Se jugaban partidos en sectores como Catia, Sarria, San José, El Paraíso, El Valle, Prado de María y el Cementerio, al tiempo que surgían numerosos equipos, muchos de ellos de existencia breve.

El campo La Araña, frente al Pedagógico de Caracas, en El Paraíso, fue uno de los principales terrenos donde se jugaban caimaneras en los años sesenta |


En ese contexto destacó Domingo Betancourt, uno de los jóvenes más entusiastas del beisbol en Catia. Aunque no sobresalía por sus habilidades como jugador —razón por la cual sus compañeros lo apodaron «Caimán», en alusión a su deficiente desempeño—, su amor por el deporte lo llevó a fundar un equipo que, según el periodista Simón Benito Rodríguez (Mr. Fly), debutó el 1.º de enero de 1925 bajo el nombre de «La Caimanera». Entre sus organizadores figuraban también Jesús “Pollo Jabado” Peña y Manuel “Chivo” Capote, quien años más tarde se convertiría en mánager de la primera selección venezolana participante en un Mundial de Beisbol Amateur (1940), además de ser campeón con el Cervecería Caracas en 1942 y dirigir al Magallanes.

El club La Caimanera promovió durante muchos años encuentros de beisbol en los terrenos de El Yunque, en Catia. Por iniciativa de Betancourt, se hizo tradición celebrar allí un juego cada 1.º de enero para dar la bienvenida al año nuevo. Estos encuentros eran amenizados con música y culminaban con un sancocho preparado por el propio Betancourt, quien destacaba notablemente como cocinero.

Con el tiempo, estas partidas ganaron gran popularidad gracias a la participación de destacados peloteros, entre ellos Marianito Bordón “Ángel de los Bosques”; Manuel “Pollo” Malpica; Balbino Inojosa; y los cubanos Lázaro Quesada, Pelayo Chacón y Manuel “Cocaína” García, quienes contribuyeron significativamente al desarrollo del beisbol venezolano. La prensa de la época anunciaba estos encuentros como el “Juego de Caimán” en el campo de El Yunque, en Los Flores de Catia.

El 1.º de enero de 1938, con motivo del décimo aniversario de la primera caimanera, Betancourt invitó a los reconocidos peloteros Alejandro “Patón” Carrasquel y Vidal López. Ese día, El Yunque registró una asistencia sin precedentes.

Para la década de 1940, el término caimanera ya era de uso común en el beisbol venezolano. En esos años, el equipo La Caimanera desempeñó un papel relevante en la preparación de la selección nacional que participaría en la IV Serie Mundial de Beisbol Amateur, celebrada en La Habana en 1941. Reforzado con figuras como Vidal López, Alejandro Carrasquel y Luis Aparicio padre, el equipo sirvió de sparring en los entrenamientos de la selección que posteriormente se coronó campeona.

Desde entonces, han sido innumerables las caimaneras disputadas en Caracas y en otras regiones del país. La más antigua que permanece activa en la capital —y posiblemente en Venezuela— es la Caimanera de los Profesores, que se juega todos los miércoles desde 1960 en el estadio Universitario. En Valencia, por su parte, se celebra desde 1980, cada mes de diciembre, la popular Caimanera de Ruyío.

Más recientemente, Ramón Corro organizó durante varios años en Caracas una caimanera decembrina que reunía a exjugadores profesionales, periodistas deportivos y personalidades del ámbito político, mediático e industrial.

Entre los grandes exponentes de estas partidas se recuerdan nombres como Vidal López, “Chucho” Ramos, “Patón” Carrasquel, César Tovar, Vitico Davalillo, Teodoro Obregón y muchos otros apasionados del beisbol.

En Caracas, además de Catia y el estadio Universitario, fueron célebres las caimaneras de San Agustín, La Rinconada, La Araña, el “Chato” Candela, MOP Zona 10, San Pablo en San Martín, La Guairita y La Planta.

Hoy en día, la palabra caimanera posee una connotación que trasciende lo deportivo. Aunque sigue identificándose principalmente con una Partida de pelota.

Javier González es historiador venezolano, actualmente residenciado en España

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