martes, enero 20, 2026

El archivo de las cenizas: la degradación cultural de Venezuela

Venezuela contra la ruina cultural. Cubierta del libro Historieta de Venezuela: de Macuro a Maduro, de Laureano Márquez (texto) y EDO Sanabria (Ilustraciones). |


Lo que el chavismo inició en 1999 con fanfarria de inclusión y soberanía intelectual ha culminado en un desmantelamiento meticuloso, en el que las instituciones no se derrumban con estruendo, sino que se dejan erosionar por la indiferencia presupuestaria, la lealtad ideológica y el éxodo masivo.


Por Consuelo Sáizar de la Fuente

En este enero de 2026, con Nicolás Maduro bajo custodia de la justicia en Nueva York tras su captura por las fuerzas estadounidenses el 3 de enero, y con Delcy Rodríguez como presidenta interina, la política cultural venezolana exhibe más de dos décadas de estragos.

Lo que el chavismo inició en 1999 con fanfarria de inclusión y soberanía intelectual ha culminado en un desmantelamiento meticuloso, en el que las instituciones no se derrumban con estruendo, sino que se dejan erosionar por la indiferencia presupuestaria, la lealtad ideológica y el éxodo masivo. Rodríguez, figura de continuidad más que de ruptura, administra ahora estas ruinas bajo vigilancia externa. Lo que se ha perdido no es solo una política cultural admirable, sino la idea misma de la cultura como espacio de pensamiento.

De la promesa de inclusión al control del sentido

La llegada al poder de Hugo Chávez inauguró un relato de redención simbólica que sedujo tanto dentro como fuera del país. La cultura debía volver al pueblo, liberarse de supuestos intermediarios elitistas y ponerse al servicio de una nueva épica nacional. En nombre de la inclusión, se redefinieron los contenidos; en nombre de la soberanía, se estrecharon las conversaciones; en nombre del pueblo, se decretó la sospecha contra cualquier forma de autonomía intelectual.

El chavismo no concibió la cultura como un campo de conflicto productivo, sino como pedagogía de la unanimidad. No necesitó prohibir libros ni cerrar museos: bastó con saturar el espacio público de consignas, festivales y celebraciones donde el entusiasmo sustituyó al criterio. La política cultural aprendió que es más eficaz reemplazar que censurar, orientar que prohibir, administrar que discutir. No se trató de errores aislados ni de incompetencias circunstanciales, sino de una transformación deliberada del lugar que la cultura ocupaba en la vida pública. Dejó de ser un espacio de interrogación para convertirse en un dispositivo de legitimación.

Monte Ávila: la neutralización sin escándalo

Durante décadas, Monte Ávila Editores fue una anomalía virtuosa en América Latina. Fundada en 1968, cuando Venezuela todavía se permitía el lujo de una editorial estatal con estándares internacionales, publicó miles de títulos que tejieron el mapa intelectual del continente. Monte Ávila no buscaba unanimidad; buscaba conversación.

Monte Ávila no ha sido cerrada. Hubiera sido demasiado evidente. Optaron por algo más eficaz: la asfixia progresiva. Presupuestos recortados, distribución internacional colapsada, editores profesionales sustituidos por operadores administrativos. La hiperinflación, la precariedad logística y la emigración masiva aceleraron la agonía. Hoy, Monte Ávila sobrevive como nombre institucional y presencia episódica en ferias como la FILVEN, donde reediciones obsoletas y tirajes mínimos simulan vitalidad. El rasgo distintivo del autoritarismo cultural contemporáneo no es la hoguera, sino el abandono. Monte Ávila ilustra la neutralización perfecta: mantener la marca mientras se vacía la función.

Biblioteca Ayacucho: el canon convertido en museo

La Biblioteca Ayacucho, fundada en 1974, fue una de las empresas culturales más ambiciosas de la Venezuela moderna. No pretendía exhibir grandezas nacionales, sino construir una hipótesis de lectura latinoamericana. Ayacucho no era un altar patrimonial: era una arquitectura intelectual pensada para el debate.

Su destino fue más elegante y más cruel que la censura. Más que destruirla directamente, se desvirtuó su catálogo. Interrupciones en las reediciones, ausencia de actualización crítica, digitalizaciones sin proyecto. La colección que había servido para leer críticamente América Latina quedó reducida a testimonio de un ambicioso proyecto intelectual de lectura latinoamericana.

El Premio Rómulo Gallegos: prestigio en retirada

Durante décadas, el Premio Rómulo Gallegos fue uno de los pocos galardones latinoamericanos capaces de imponer criterios. Ganar el Premio Rómulo Gallegos significaba ingresar a una conversación continental sobre la novela y su tiempo. No otorgaba solo dinero o visibilidad: confería autoridad simbólica y prestigio inobjetable.

Fue fundamental en la creación del boom latinoamericano (Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes lo obtuvieron), y Caracas se convirtió, en gran medida gracias a ese premio, en una capital literaria reconocida. Ese capital se erosionó lentamente. Jurados previsibles, politización del entorno institucional, entregas irregulares, pérdida de resonancia internacional. Desde 2020, el premio dejó de marcar la agenda. No generó escándalo ni entusiasmo: generó algo más degradante, la indiferencia. No es que el Rómulo Gallegos haya dejado de existir. Ha dejado de significar.

Del carisma al agotamiento: la fase Maduro

Con Maduro, el proceso entró en su fase terminal. El colapso económico, la precariedad institucional y la migración masiva vaciaron la cultura de interlocutores internos. Las instituciones siguieron existiendo, pero eran oficinas conmemorativas, sostenidas por la costumbre y la retórica.

La consecuencia más significativa fue la diáspora intelectual. Se publicaron libros, se fundaron editoriales independientes, se crearon revistas y plataformas. Todo ello ocurrió al margen —y a pesar— de la política cultural oficial. Venezuela no dejó de producir cultura; abandonó la tradición que la distinguía.

Las cátedras: prestigio sin interlocución

Las cátedras Simón Bolívar y Andrés Bello nacieron como apuestas estratégicas: Venezuela decidió ocupar espacios de producción de conocimiento en universidades que definen agendas intelectuales globales. Cambridge y Oxford no son vitrinas; son nodos de interlocución.

Ese diseño exigía continuidad, autonomía y una articulación cultural que las alimentara desde Caracas. Lo que ocurrió tampoco fue su clausura formal, sino su desconexión. Sobreviven por la solidez institucional británica, por el gran fondo con que el gobierno venezolano las dotó al fundarlas y por inercia académica, no por una política cultural venezolana consciente. El país que financió pensamiento crítico global perdió la capacidad de incidir en la conversación que lo interpreta.

La persistencia de la mirada

Y, sin embargo, la cultura no desaparece. Se desplaza. Vive en la negativa a aceptar que la cultura sea apéndice del poder. Reconstruir la política cultural venezolana no será un acto solemne ni un decreto bien redactado. El futuro cultural de Venezuela no está en la restauración nostálgica ni en la propaganda renovada. Está en rescatar, con lucidez y sin concesiones, la idea de que la cultura no es un instrumento del Estado, sino su conciencia más incómoda.

Consuelo Sáizar de la Fuente es sociólogo, profesora de la Universidad Panamericana de México.

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El debate sobre Dios no es religión vs ciencia: es ontología vs ideología

El núcleo del problema no enfrenta fe contra ciencia. Enfrenta concepciones del ser. Ontologías. |


Antes de hablar de religiones, credos o tradiciones, surge una pregunta anterior: por qué existe algo en lugar de nada, por qué el ser aparece como real y no como pura posibilidad, por qué el mundo manifiesta causalidad, orden y dependencia ontológica.


Por Xavier Padilla

El desacuerdo profundo entre ateos, teístas y agnósticos no enfrenta religión contra ciencia. Enfrenta visiones ontológicas del ser. Pero en la sociedad también entra en juego otra cosa: hay un ateísmo heredado, emocional, cultural o político que funciona como postura identitaria más que como conclusión filosófica. Quienes se declaran ateos, ¿están tan seguros de que su no creencia nace principalmente de la razón y no de motivaciones emocionales y psicológicas propias de la modernidad? Muchos ateos reivindican el racionalismo, pero en su postura intervienen con fuerza elementos ligados al sentimiento de dignidad social, a la imagen de autonomía individual, al deseo de presentarse como adultos libres, independientes de toda autoridad religiosa, protegidos contra el ridículo cultural asociado a las creencias invisibles en la era científica. El ateísmo opera entonces como condición simbólica de respetabilidad pública, como signo de independencia intelectual, como distinción frente al rebaño, como marca de distancia respecto al fanatismo, al oscurantismo y a la sumisión.

Estas motivaciones sostienen un ideal moderno de libertad y dignidad personal y funcionan como valor psicológico y social. Es decir, una serie de pudores culturales y mecanismos defensivos. Demás está decir, pues, que no constituyen todavía un abordaje racional del problema ontológico. Y es que la razón no depende de prestigio cultural, ni de identidad generacional, ni de comodidad emocional. Opera como instancia impersonal que excede al individuo y a sus luchas simbólicas.

Sí, pensar con rigor exige una libertad más profunda: libertad respecto de los propios reflejos identitarios, libertad respecto de la necesidad de afirmarse frente a otros, libertad incluso respecto del propio ego. Sólo desde esa distancia interior resulta posible examinar una cuestión que no gira alrededor del ombligo humano, sino alrededor del ser mismo.

Aquí aparece la dimensión filosófica del problema. Antes de hablar de religiones, credos o tradiciones, surge una pregunta anterior: por qué existe algo en lugar de nada, por qué el ser aparece como real y no como pura posibilidad, por qué el mundo manifiesta causalidad, orden y dependencia ontológica. Esta pregunta no nace en el templo ni en el ateneo cultural. Nace en la razón que observa la realidad y busca su fundamento.

En este punto entra Tomás de Aquino con sus cinco vías, casi desconocidas para el público general. Estas vías no son fórmulas devocionales ni apelaciones a la revelación. Son demostraciones metafísicas construidas a partir de experiencia sensible y principios racionales: movimiento, causalidad, contingencia, grados de perfección y orden final. Su objetivo consiste en mostrar que la estructura misma de lo real remite a un fundamento trascendente, no contingente y ontológicamente primero. Aceptarlas o rechazarlas exige trabajo conceptual. No es un asunto de adhesión identitaria.

En la cultura contemporánea se produce con frecuencia un desplazamiento del problema. Se responde con argumentos científicos a una cuestión ontológica. El Big Bang describe un estado inicial del universo físico observable. No responde por qué existe ese estado ni por qué existe algo capaz de expandirse. Por su parte, la indeterminación cuántica suele ser extrapolada indebidamente hacia posiciones relativistas, aunque en sentido estricto introduce límites de predicción, no eliminación de causalidad ontológica. Afirmar que el universo se explica por sí mismo implica adoptar una tesis metafísica sobre su autosuficiencia. El problema ontológico del fundamento permanece, pues, activo.

Existe también un ateísmo filosófico riguroso, menos frecuente, que asume la tarea de revisar los pilares del pensamiento clásico: acto y potencia, causalidad metafísica, distinción entre ser y esencia, finalidad, dependencia ontológica. Este recorrido exige construir otra arquitectura metafísica completa. Allí el desacuerdo adquiere densidad intelectual porque se sitúa en el nivel estructural del pensamiento y no en el plano identitario.

De todo esto surge una exigencia mínima de honestidad intelectual. Es posible declararse ateo sin conocer las cinco vías. Pero hacerlo conociéndolas implica refutarlas en su propio terreno: el racional. El rechazo debe apoyarse en una revisión real de la estructura ontológica y no en reflejos culturales o emocionales. Cuando ese trabajo falta, el debate se desplaza hacia caricaturas.

Volviendo al comienzo, el núcleo del problema no enfrenta fe contra ciencia. Enfrenta concepciones del ser. Ontologías. Rechazar el tomismo exige algo más que consignas científicas, gestos identitarios o ideologías. Exige otra metafísica completa. En ese nivel se decide la capacidad de cada postura para mirarse a sí misma sin refugiarse en la comodidad psicológica ni en la pertenencia cultural. En otras palabras, para identificarse con el grupo cultural de la racionalidad y adquirir la etiqueta protectora contra el ridículo social no basta con declararse ateo, agnóstico o materialista, hay que ser realmente racional, y esto es un poco más difícil.

X. P.

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O kimundu e Umbundu - linguas nacionais codificadas - e o caso do Kibala ou Ngoya

O KIMBUNDU E UMBUNDU – LÍNGUAS NACIONAIS CODIFICADAS

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Angola se define por su vasta pluralidad cultural, donde el portugués coexiste con lenguas nacionales de gran peso institucional como el Kimbundu y el Umbundu. Sin embargo, en el corazón de la provincia de Kwanza Sul, el caso del Kibala (o Ngoya) abre un debate fundamental sobre la identidad y la soberanía lingüística. Mientras que tradicionalmente se ha catalogado como una variante del Kimbundu, expertos como el investigador Luciano Canhanga analizan los instrumentos técnicos, sociales y políticos necesarios para que una lengua sea reconocida de forma autónoma. Este estudio explora si el Ngoya es simplemente un dialecto o una lengua en proceso de codificación, subrayando que la legitimación de un idioma nace, ante todo, del sentimiento de pertenencia de su propia comunidad. +4


Por Soberano Kanyanga (Angola)

1. INTRODUÇÃO

Angola é um país de grande diversidade linguística, onde coexistem o português — língua oficial — e várias línguas nacionais de origem bantu. Entre estas, destacam-se o Kimbundu e o Umbundu, línguas com tradição oral, produção literária emergente e crescente reconhecimento institucional. O Ngoya, por sua vez, representa um caso singular de debate linguístico e identitário, situado entre a variante dialectal e a possível língua autónoma.

2. LOCALIZAÇÃO GEOGRÁFICA E DISTRIBUIÇÃO DAS LÍNGUAS

2.1. Kimbundu

Falado predominantemente nas províncias de Luanda, Bengo, Cuanza Norte, Malanje e partes do Cuanza Sul e Uige, o Kimbundu é a língua do grupo Ambundu. Com mais de 3 milhões de falantes, apresenta estrutura tonal, sistema de classes nominais e forte prefixação verbal e nominal. É uma das línguas bantu mais estudadas em Angola, com influência lexical no português angolano e brasileiro.

2.2. Umbundu

Predomina nas províncias do Huambo, Bié, Benguela, partes da Huila, Namibe e Cuanza Sul, sendo a língua do grupo Ovimbundu. É a língua nacional mais falada em Angola, com forte presença na educação, cultura e comunicação social. A sua estrutura gramatical e riqueza lexical têm sido objeto de estudos linguísticos e etnográficos.

2.3. Kibala (ou Ngoya)

Falado na região da Kibala, abrangendo localidades como Hebo, Kilenda, Lubolu, Mbwim e Waku, é considerado por alguns estudiosos como uma variante do Kimbundu, enquanto outros defendem a sua autonomia linguística. O termo “Ngoya” é exógeno, usado por comunidades vizinhas, enquanto os falantes se referem à sua língua como “Kimbundu da Kibala” ou "Nosso Kimbundu".

3. INSTRUMENTOS NECESSÁRIOS PARA A AUTONOMIZAÇÃO DE UMA LÍNGUA

A autonomização de uma língua — ou seja, o processo pelo qual uma variante dialectal passa a ser reconhecida como língua independente — é um fenómeno linguístico, político, social e cultural. Não há uma única autoridade que o define, mas sim um conjunto de actores e etapas que contribuem para essa legitimação.

3.1. Codificação e Normalização

  • Gramática própria: Regras definidas de morfologia, sintaxe e fonologia.
  • Ortografia padronizada: Sistema de escrita consensual e estável.
  • Dicionário: Repertório lexical que legitima o vocabulário da língua.

3.2. Produção Escrita e Literária

  • Textos literários, científicos e jornalísticos.
  • Traduções para e a partir da língua, demonstrando sua capacidade de comunicação universal.

3.3. Reconhecimento Institucional

  • Inclusão em currículos escolares, exames e documentos oficiais.
  • Políticas linguísticas de promoção e preservação.

3.4. Uso Social Alargado

  • Comunidade de falantes nativos e fluentes.
  • Presença nos media: rádio, televisão, internet, redes sociais.

3.5. Autonomia Identitária

  • Sentimento de pertença.
  • Distinção funcional em relação a outras variantes.

4. QUEM DEFINE A AUTONOMIZAÇÃO DE UMA LÍNGUA?

  • Comunidade de falantes: O reconhecimento começa internamente, com o sentimento de identidade linguística.
  • Linguistas e académicos: Estudam, descrevem e codificam a variante.
  • Instituições políticas e educativas: Oficializam a língua e promovem sua inclusão nos sistemas de ensino.
  • Organismos internacionais: Como a UNESCO e o ISO, que atribuem códigos linguísticos.

5. COMO SE PROCESSA A AUTONOMIZAÇÃO?

  • Codificação linguística: Elaboração de gramática, ortografia e dicionário.
  • Produção cultural: Literatura, música, teatro, imprensa.
  • Mobilização social: Movimentos culturais e comunitários.
  • Reconhecimento oficial: Declaração como língua nacional, regional ou co-oficial.

6. COMO SE DEFINE O NOME DE UMA LÍNGUA?

O nome pode derivar de:

  • Autodenominação dos falantes (ex.: Umbundu).
  • Topónimo ou região (ex.: Catalão).
  • Grupo étnico ou cultural (ex.: Zulu).
  • Termo histórico ou tradicional (ex.: Latim, Tétum).

Em alguns casos, o nome é disputado ou evolui com o tempo, conforme o reconhecimento político ou académico.

7. O CASO DO NGOYA: LÍNGUA OU VARIANTE?

Kibala (ou Ngoya) representa um exemplo paradigmático do debate sobre a sua designação e autonomização linguística. Estudos como os de Tomé Grosso, Ndonga Mfwa, Gabriel Vinte e Cinco e Soberano Kanyanga apontam para uma variante do Kimbundu com identidade própria, falada na região da Kibala. A sua autonomização depende da aplicação dos instrumentos descritos, bem como do reconhecimento da sua identidade linguística pelos falantes e pelas instituições.

8. REFERÊNCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Angenot, Jean-Pierre; Mfuwa, Ndonga; Ribeiro, Michela Araújo – As classes nominais do Kibala-Ngoya.
  • Araújo, Paulo Jeferson Pilar; Petter, Margarida – O quimbundo e o português do Libolo.
  • Canhanga, Luciano (Soberano Kanyanga) – A língua dos Kibala – Kimbundu ou Ngoya?
  • Cobbinah, Alexander – Lubolo-Ngoya | Endangered Languages Archive.
  • Grosso, Tomé – Monografia sobre o Dialecto Kibala e o termo Ngoya.
  • Jordan, Linda; Manuel, Isata – Sociolinguistic Survey of Kwanza Sul Province.
  • Kitumba, Evaristo – Problemática linguística da província do Kwanza-Sul.
  • Mfwa, Ndonga – Estudos sobre variantes do Kimbundu e o caso Ngoya.
  • Ndombele, Eduardo David – Reflexão sobre as línguas nacionais no sistema de educação em Angola.
  • O Pais – Colectânea “Letras sobre as Línguas de Angola”.
  • Pinto, Hermenegildo – Umbundu: caminhos para a sua preservação.
  • Ramos, Rui – A Língua Kimbundu.
  • Sacalembe, Júlio – Políticas linguísticas em Angola.
  • SIL International – Sociolinguistic Survey of Kwanza Sul Province.


Luciano Canhanga (Soberano Kanyanga) é investigador angolano, especialista em comunicação institucional, memória colectiva e identidade linguística. Actua como Director do Gabinete de Tecnologias de Informação e Comunicação Institucional do MIREMPET, sendo referência na redacção oficial e na curadoria de conteúdos públicos. Com formação multidisciplinar e experiência na função pública, dedica-se à valorização das línguas nacionais, com destaque para o Kimbundu, explorando as suas dimensões históricas, filosóficas e sociais.

Autor de crónicas, microcontos e estudos dramatizados sobre práticas rurais, oralidade e genealogia, Canhanga propõe uma abordagem crítica e sensível à tradição, articulando saberes locais com práticas contemporâneas. Seu trabalho promove o diálogo intergeracional e a preservação dos patrimônios culturais angolanos, contribuindo para o fortalecimento da narrativa pública legítima e da consciência histórica.

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domingo, enero 18, 2026

La palabra “ponche” en el beisbol

Es poco conocido el origen del término “ponche” en el beisbol, una palabra ampliamente utilizada en la jerga peloteril latinoamericana


Ilustración de un ponche en el beisbol

Un catcher declara out tras el tercer strike. |


Por Javier González

En el argot beisbolero, ponche significa que el bateador ha sido declarado out tras recibir tres strikes, es decir, que fue “ponchao”. Esta voz proviene del término inglés “punch out”, según recoge The Dickson Baseball Dictionary (1989). En distintos países de América Latina —como Venezuela, México, Puerto Rico, Cuba, República Dominicana y Colombia— el vocablo ha adoptado variantes como ponchón, ponchador y ponchao.

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, era habitual que los cronistas estadounidenses emplearan indistintamente las expresiones “struck out” y “punch out” para referirse al bateador que fallaba el tercer strike. Así lo evidencian crónicas publicadas en The New York Times y en la revista Baseball Digest.

Crónicas de la época ayudaron a difundir el término “punch out”. |


Esta última, de gran circulación en el Caribe, prefería en la década de 1920 el uso del término punch out. En Cuba, donde la revista se leía profusamente, narradores, locutores y cronistas tradujeron dicha expresión como ponche. El término resultó especialmente apropiado, no solo para describir al bateador que quedaba out con la carabina al hombro, sino también para aludir —con humor— a los espectadores que abusaban del popular ponche, bebida espirituosa que se expendía junto con la cerveza en las calurosas tribunas de los estadios.

De esta manera, el vocablo comenzó a popularizarse en el beisboll caribeño y, a comienzos de la década de 1930, ya era de uso común en países como México, Puerto Rico, República Dominicana, Colombia y Venezuela. En este último, periodistas como Juan Antillano Valarino (AVJ) y Luis Hernández Maldonado (Lord) empezaron a emplearlo en la prensa caraqueña.

Para 1932, los cronistas deportivos de Caracas utilizaban con frecuencia la palabra ponche en diarios como El Nuevo Diario, La Esfera y El Heraldo. En esa época, Francisco José Cróquer, conocido como Pancho Pepe, tenía apenas 12 años y corría en pantalones cortos por las empedradas calles de su natal Turmero.

Conviene aclarar este punto porque algunas personas insisten en afirmar que el término ponche en el beisboll fue “inventado” por Pancho Pepe Cróquer. Tal afirmación es incorrecta, como también lo es atribuirle a Venezuela el origen del vocablo. El término nació en Cuba y desde allí se propagó al resto de los países caribeños donde se practicaba el beisboll, incluida la costa colombiana. No obstante, sí fue Pancho Pepe quien popularizó en Venezuela la expresión “ponchao” a través de la radio en la década de 1940, especialmente gracias a la publicidad de Ponche Crema.

IMAGEN El narrador deportivo venezoloano Francisco José Cróquer (Pancho Pepe) no fue el inventor de la palabra ponche en el beisbol |


La célebre cuña radial decía:
“Ahí viene la bola… yyyyyy seee pooooncha, ponche… riiiicoo poooonche. Ponche Crema, el único, el inigualable, el de Eliodoro González P.”

A partir de entonces, la expresión ponchao se difundió ampliamente en el habla popular venezolana, hasta el punto de que, cuando una persona fracasa en su objetivo, se dice que “está ponchao”.

En México, además, la palabra ponche adquirió un significado adicional en el ámbito laboral: marcar la tarjeta de asistencia. De allí la expresión: ¿Ponchaste a tiempo?

Javier González es historiador venezolano residenciado en España

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El silencio y la palabra

CC BY 2.0, https://www.flickr.com/photos/fand_photography/47944093121 |


El tema no es novedoso, por cierto, pero se nota en los ensayistas de los últimos tiempos que es -cada vez más- una urgencia acuciante.


Por Cristina Bulacio

¿Y para qué silencio en un mundo que pondera el ruido, que vive del palabrerío inútil, que no escucha al otro, que opta por la inmediatez y la fugacidad antes que por la bella lentitud y lo profundo del pensar? ¿Qué hacer con ese anonimato -también una forma de ruido- que engendra el predominio de tecnologías de corazón helado como la AI, de propagandas e ideologías autoritarias? ¿Y para qué entonces apelar al silencio? Para no morir, y así, tal vez, lograr encontrarnos con lo mejor de nosotros mismos en la soledad del alma.

El tema no es novedoso, por cierto, pero se nota en los ensayistas de los últimos tiempos que es -cada vez más- una urgencia acuciante. Recurro para ello a Ivonne Bordelois que, como lingüista y poeta, lo aborda magistralmente en varios de sus libros. Y, al mismo tiempo, avanza hacia una idea y una palabra fascinante, casi misteriosa, que complementa el silencio: lo indecible. No como la ausencia de sonidos, lo aclara, sino como lo nunca dicho, porque está en los bordes de nosotros mismos.

Nos preguntamos, ¿será que el silencio cobija al pensar? ¿Y qué son estos bordes a los que aludimos? Son los márgenes de los abismos por los que circulan los grandes poetas, los escritores geniales, los artistas que saben usar cada palabra o cada trazo con justeza y precisión porque saben -sin aviso previo- que nunca accederán a lo indecible, que no puede ser dicho, pero que siempre estará allí como una invitación y un desafío para el espíritu.

Por cierto que el ejemplo que traigo ante ustedes -del uso ajustado de la palabra que sugiere lo indecible- es de nuestro Jorge Luis Borges. Él sostiene que hay un concepto desatinador de todos los demás, pero que no es el Mal, que es del orden de la ética, es el infinito.

El infinito, para el genio de Borges, junto a eternidad, universo, son palabras que cuando las pronuncio “estallan”. Siguiendo la idea de lo indecible, me atrevo a decir que esa expresión en él, sugiere una implosión; no estallan hacia fuera porque de nuevo sería favorecer el ruido desorientador del mundo, estallan hacia dentro, en tanto ninguna de sus partes se ajusta a nada que podamos entender racionalmente pero que vivimos como totalidad. Lo indecible es puro misterio, límite para nosotros, belleza inalcanzable pensada desde nuestra finitud, a sabiendas que es belleza al fin.

Lo indecible, lo que no puede ser dicho porque ninguna palabra se adapta a esa realidad que nos sobrepasa, que nos desorienta, a ese no decir que dice tanto, refugiado en el silencio, se transforma -en algunos momentos, para algunos corazones- en plenitud. Y eso buscamos sin fatiga: poder pensar en profundidad, aspirar hacia lo Otro, para alcanzar la paz y el amor y así, finalmente, encontrarnos a nosotros mismos.

Cristina Bulacio es Doctora en Filosofía.

© LA GACETA, Argentina, 4 de enero del 2026

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