miércoles, junio 14, 2006

FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (y III)

porJosé Obswaldo Pérez


Los años cuarenta serán los años de la resurrección del pueblo de Ortiz. Otra vez como el ave fénix, diría Núñez Gómez -el antiguo cronista del siglo XIX -, surgirá de la ignominia y del olvido a que fue sometido. De aquel pueblo de apogeo cultural sólo quedaba un retrato social que Don Guillermo R. Matute, el periodista orticeño y corresponsal de la agencia Prensa Venezolana (Peve), describiera en el diario Heraldo, en un artículo en el que reclamaba por el bienestar de su pueblo. “Ortiz, siempre Ortiz”, sería una de las notas periodísticas donde exigiría: “Este viejo pueblo, floreciente y activo hace medio siglo, hallase casi agónico, sin que se sienta aquí un influjo benéfico por parte del ministerio de Sanidad y Asistencia Social”.

A esta lucha progresista se sumaría el presidente del estado, el intelectual Pedro Sotillo, quien haría todo por lograr el saneamiento de esta comunidad. Es, así, como en ese año 44, una misión técnica agropecuaria estudiaría el resurgimiento de la población, con lo cual el Ministerio de Agricultura y Cría accedería darle agua tratada a la población. “El abastecimiento de agua potable – escribe Don Guillermo Matute – es la tragedia máxima de este pobre pueblo...”.


Otro de los hechos más recodados por los orticeños para esta década, fueron las grandes fiestas que se realizaron en lo que se conoció como el Centro Cultural Pro-mejoramiento de Ortiz, que fundo el profesor Luis Acosta Rodríguez, en 1947. Según el acta constitutiva señala: “… una institución sin fines de lucro, para trabajar por el mejoramiento social, cultural, educativo, deportivo, sanitario y ambiental de la población”.


El Centro Pro-Cultural de Ortiz tuvo una vida muy fructífera; fue el lugar de cita de grupos musicales y teatrales como el Retablo de Las Maravillas (conocido hoy como Danzas Venezuela), con la actuación de la famosa artista Yolanda Moreno y que fundó el profesor Manuel Rodríguez Cárdenas. Otro artista recocido que hizo presentación fue Cesar del Ávila, guitarrista y cantante, conocido por aquella letra que dice así: “ Un negro con una negra es como una noche sin luna y un negro con una blanca es como leche y espuma; así combinan los colores de nuestra industria nacional”.


A principio de la década llegó a Ortiz, Humberto Bustamante, hombre con suficientes conocimientos de pentagramas. Bustamante era oriundo de Villa de Cura y se residenció posteriormente en Ortiz en los años 50. A mediado de esa período, cuando funda una escuela de música, que personalmente dirigía y que dedicará parte de su tiempo a forma jóvenes. Allí tendría, entre sus alumnos, a Pedro Gallosa, quien aprendería la habilidad de componer y escribir canciones. A Don Silverio “Chipilo” Velásquez, Víctor Seijas, Domingo Rodríguez, Hilario Mirabal, Julio Sánchez, Carmen Piña y Graciela Hidalgo, entre otros.



Bustamante conquistó la simpatía de los orticeños y se ganó el apodo de “El pisador”, por aquello de que cada año procreaba un muchacho. Y él solía decir, con humor: “Con estas canas que tengo voy a las barbas”. Don Chipilo Velásquez, telegrafista y memorialista de esa época, recuerda aquellas retretas donde Bustamante y Eduviges Estrada eran la atracción local. “Quizás Bustamante le devolvió la alegría a Ortiz”, subraya Velásquez.


Por otro lado, habría que acotar que sobre Bustamante y Eduviges Estrada dice Evandro Matute (1985: 11) lo siguiente: “... por las calles del pueblo venía el destartalado tambor de tres pistones de Humberto Bustamante, el saxofón de Manuel Eduviges Estrada, acompañado por un clarinete y otros dos instrumentalista que el mismo Bustamante había improvisado en aquella ocasión...”. Y más adelante señala que Bustamante y Estrada no eran músicos excelentes “Pero cuando tocaban solían soplar con toda el alma sincera que llevaban en los paseos musicales, en los toros coleados, en las procesiones y otros actos”. (Matute, 1985: ídem).



Bustamante murió en San Juan de Los Morros, aciano; de su herencia musical nada quedó y la incuria volvió a reinar sobre Ortiz. Don Pedro Gallosa resumía con pesimismo, aquella última etapa de la historia musical de Ortiz, como una página muerta: nada de partituras, nada de composición de canciones ni bandas en las calles. Simplemente, todo se había acabado.
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FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (II)

FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (II)

José Obswaldo Pérez

La prensa, como registro histórico del pasado, recogió parte de esos acontecimientos de principio de siglo. Dice una información del 22 de febrero de 1913, lo siguiente: “Anoche fue obsequiado el señor Germán Matute con una serenata en la que reinó mucha cordialidad”. Así como esta otra nota, publicada en El Nuevo Diario: “Hoy se celebró solemnemente la fiesta de San Antonio. En el hogar de la señora Evarista Moreno de Rodríguez, ofreció un banquete ofrecido a los pobres. El filántropo señor Domingo Rodríguez Moreno repartió una suma de bolívares a todos”. En este sentido, la familia Rodríguez Moreno mantuvo la tradición de celebrar el Día de San Antonio, hasta no hace mucho tiempo. El festejo se realizaba con mucha solemnidad, acompañado de música religiosa y una larga procesión del santo.


Durante los inicios del siglo XX, se identifican tres etapas musicales conque finaliza un interesante período musical en la Historia de la Música en Ortiz. La primera comienza con el restablecimiento de la Banda Municipal en el año de 1921, la cual estuvo dirigida por el maestro Sergio Repillosa, quien fue alumno de Piñero y tocaba todos los instrumentos. Dicha banda musical funcionó en la vieja casa de alto donde está ubicada actualmente la Escuela Básica Juan Germán Roscio, la cual integraba Domingo Olivo, en los cornetines; Alvarito Vargas Gómez, en la trompeta; Delfín Marrón Cabrera, en la guitarra grande; los hermanos Rafael y José Seijas, en el cuatro y el bajo; la joven Julia Blanco, en el requinto; Manuel Barrios, en el clarinete; Domitilo Gil, en el tambor; Luis Quiroz y Domingo Meléndez Roscio, en las flautas.
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FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (I)

Venezuela respiraba una paz supina. Gobernaba un hombre de carácter autocrático y de firmeza dura. El general Juan Vicente Gómez, el gerdamen necesario, cuyas manos guante se extendían hasta pueblos tan olvidados como Ortiz, a través de sus jefes civiles y hombres de confianza. Hubo gente que celebraba la ideología del régimen, cuyas consignas políticas eran: Orden, Paz y Progreso. Propaganda servida para alimentar a sus camaleones locales en su adhesión al gobierno y al oportunismo político de turno.
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Por José Obswaldo Pérez A COMIENZO DEL SIGLO XX, el escenario musical del pueblo de Ortiz era testigo de un período de abandono y muerte cultural. Las enfermedades palúdicas, finales de la centuria pasada habían dejado sus heridas en la población. Casi habían borraron del ambiente las expresiones artísticas formado en la época anterior. Muy pocos músicos, nativos o venidos de otras regiones, sobrevivieron a la hecatombe dejada por las epidemias y los destrozos de la Guerra Federal. Los que se habían quedado, al poco tiempo, abandonaron la ciudad con el rastrojo de la endemia palúdica en los corazones. Sin embargo - por la resistencia de unos -, la población se negó a morir. Pero, el pueblo que llegó ser bautizado como La Rosa de los Llanos por su apogeo económico y cultural era sólo ruinas, casas abandonadas y una bibliografía necrológica sumergida detrás de la leyenda negra del oscurantismo y el aislamiento gomecista. Venezuela respiraba una paz supina. Gobernaba un hombre de carácter autocrático y de firmeza dura. El general Juan Vicente Gómez, el gerdamen necesario, cuyas manos guante se extendían hasta pueblos tan olvidados como Ortiz, a través de sus jefes civiles y hombres de confianza. Hubo gente que celebraba la ideología del régimen, cuyas consignas políticas eran: Orden, Paz y Progreso. Propaganda servida para alimentar a sus camaleones locales en su adhesión al gobierno y al oportunismo político de turno. Sin embargo, la resistencia de unos hombres aún apegados al régimen del stablisment siempre dejó espacio, como herencia de su época de oro, para las grandes fiestas y, por su puesto, para la música. En esa lucha y perseverancia los habitantes del pueblo pudieron mantener sus fiestas oficiales y religiosas. En 1910 la comunidad había organizado una recoleta para la adquisición de un armonio para la iglesia y las fiestas patronales eran amenizadas por la banda calaboceña que dirigía el profesor Gregorio Ascanio, nativo de Guatire, estado Miranda. Ascanio tocaba bandolina, guitarra y armonio; además, era escritor de música religiosa. En esa misma época, José Ángel Bosch Landa, distinguido intelectual villacurano, vino a Ortiz, con la idea de establecer en esta ciudad un plantel educacional, con el apoyo de José de Jesús Trujillo, según lo informaba el periódico El Imperial de Villa de Cura. Bosch Landa fue profesor de música, junto con Pedro Oropeza Volcán, oriundo de Guardatinajas y autor del famoso vals “Claro de Luna”, según Adolfo Rodríguez. Por ese tiempo, también, el general y doctor Roberto Vargas Díaz – nativo de Ortiz-, había sido nombrado presidente provisional del estado, el 31 de agosto de 1909. Durante su gestión de gobierno deja fundada la Banda Roscio, que dirigió el orticeño Manuel Antonio Piñero, hijo adoptivo de Rudesindo Piñero y de una señora de apellido Becerra. Según, Darío Laguna en su trabajo La Música en El Sombrero señala que fue “un músico de muchos conocimientos, quien inició jóvenes en el estudio de la música. El maestro ejecutaba varios instrumentos y era, además, compositor. Dejo varias partituras con sus composiciones musicales, que han desaparecido” (1989:74-75). Manuel Aquino, Cronista de El Sombrero, afirma que fue un hombre de una gran personalidad, promotor de los estudios musicales en la ciudad de Mellado. Llegó a esa localidad a finales del siglo XIX como Contador Público y ocupó diferentes cargos de la administración local. Fundo una escuela para enseñar teoría, solfeo y tocar piano, armonio y otros instrumentos. Fue maestro de Prudencio Isáa, uno de los músicos universales de la Historia Contemporánea de Venezuela, oriundo de la población sombrereña. Además, se le conoce como el arreglista del Himno del estado Guárico. “Manuel Antonio Piñero – creámosle a don Manuel Aquino – fue, en toda la cabalidad de la palabra, un profesor de música”. Cuenta Aquino una anécdota que, una vez, en un concierto en Tacarigua, estado Aragua, a Piñero se les fueron rompiendo las cuerdas de su violín, quedándole una sola, con la cual termino su presentación" ( Entrevista Personal, Octubre 10,1999). Murió como los elefantes, volviendo a su pueblo de Ortiz, donde falleció el 12 de diciembre de 1912. El Concejo Municipal le rindió un merecido homenaje en su deceso. Después de la muerte de Piñero, sucedió la dirección de la Banda y la Escuela Filarmónica, el intelectual Juan Marrón Cabrera, quien fue violinista y periodista local. En 1914, paso su dirección al profesor Pedro Oropeza Volcán, quien fue muy reconocido por la aristocracia orticeña representada por las familias Rodríguez, Rodríguez Sierra, Marrón Cabrera, Toro Meléndez, Meléndez Roscio y entre otras. Los bailes y los agasajos de las luces del pro-gomecismo contrastaban con la otra realidad que vivía el pueblo de Ortiz: su pobreza humana.
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martes, junio 13, 2006

SAN JUAN EN DOS TESIS

Dos trabajos de grado de la Maestría de Historia de Venezuela, en la Universidad Rómulo Gallegos (UNERG) abrigan nuevos aportes a la historia local de San Juan de los Morros. Producto de este postgrado, las profesoras Gledys Da´ Silva y Aura Marina Betancourt han contribuido a dejar dos investigaciones referidas a la concepción de la historia y del proceso socio-histórico de una urbe sanjuanera.
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Por José Obswaldo Pérez RECIENTEMENTE, dos trabajos de grado de la Maestría de Historia de Venezuela, en la Universidad Rómulo Gallegos (UNERG) abrigan nuevos aportes a la historia local de San Juan de los Morros. Producto de este postgrado, las profesoras Gledys Da´ Silva y Aura Marina Betancourt han contribuido a dejar dos investigaciones referidas a la concepción de la historia y del proceso socio-histórico de una urbe que se sintetiza en la denominada Historia Social, entendida ésta como historia síntesis o historia global, la cual aborda el proceso histórico como una totalidad. Esta corriente historiográfica tiene en la obra y enseñanzas de los grandes historiadores franceses Marc Bloch y Lucien Fevbre, fundadores de la llamada Ecole des Annales y en el maestro Pierre Vilar, entre otros, a sus principales propugnadores y en nuestro país, al maestro Federico Brito Figueroa (1996). La misma nos ha permitido abordar desde el presente la historia de nuestros pueblos llaneros donde se ponen en escena todos los conflictos económicos, sociales y políticos que rodean el entorno del llano, pero en una visión de totalidad, donde lo histórico se analiza en su vinculación con lo social. La profesora Gledys Da´ Silva, en su trabajo El desarrollo demográfico de San Juan de los Morros entre 1782 y 1830. Aproximación a su estudio, plantea que a partir de la visita de Garci González a tierras guariqueñas se inició el proceso de poblamiento colonial del territorio que hoy comprende la región de San Juan de los Morros. “El descubrimiento de yacimientos minerales, predominantemente argentíferos, en los alrededores de la actual ciudad de San Juan, entre los años 1564-1567, ocasionaron para 1569 la inmigración al área de un gran número de personas entre ibéricos, indígenas traídos por los conquistadores y así como negros, esto con el fin de garantizar la disponibilidad de fuerza de trabajo tanto para las Haciendas agrícolas, como para la industria minera de la sierra de San Juan”. A partir de este proceso, la provincia de Venezuela se fue poblando progresivamente de hatos de blancos y mestizos, cuyas producciones agropecuarias y artesanales se beneficiaban del tránsito de pasajeros entre la Villa del Rey de San Luis de Cura y la ciudad de San Sebastián de los Reyes. “La encomienda estuvo en el origen del primer poblamiento disperso en la región, dando como primer resultado la planificación y construcción de los hatos y los aposentos de los respectivos encomenderos en el campo. El otrora paisaje indígena en la zona, fue reemplazado por el asentamiento español que organizó el espacio a partir de la construcción de trapiches, haciendas ganaderas y los primeros hogares campesinos en una fusión entre la vivienda tradicional indígena y el aporte arquitectónico español; de la misma manera, se establecieron a lo largo y ancho de los caminos las primeras fondas y rancherías que marcaban el paso de los viajeros que incursionaban en los nuevos pueblos fundados en los llanos de Paya. Estas dos formas, aposentos y rancherías, constituyeron el primer poblamiento a partir de los colonizadores españoles". Da´ Silva apunta que otro factor que determinó el poblamiento del sitio San Juan fue el papel que jugaron los caminos. El camino sobre el que se empezaron a establecer las primeras fondas y rancherías fue el llamado Camino Real, cuya apertura se había iniciado en 1680; unía los centros urbanos de Villa de Cura y San Sebastián de los Reyes, pasando por el lugar exacto en donde se encuentra actualmente la ciudad de San Juan de los Morros, lo que hacía de este sitio un lugar de tránsito muy importante, pues allí convergían las rutas para dirigirse a los anteriores destinos. La construcción del camino real y su paso por el sitio, necesitó de la construcción de posadas para arrieros, acrecentándose en consecuencia el rancherío. Este proceso se lleva a cabo durante largos años con gentes provenientes de lugares tanto cercanos como distantes que hacían su periplo por estas tierras, aún inhóspitas, logrando conformar lentamente un caserío sin fundador. Entre los siglos XVIII y XIX son un periodo en materia demográfica de bastante interés puesto que son siglos de bastante reacomodos y movilización de importantes contingentes de población en lo que hoy conforma la ciudad de San Juan de los Morros. Es por ello que el sitio San Juan servirá como motor de poblamiento y desarrollo de los llanos guariqueños, entonces desolado e inhóspito. Por su parte, Aura Marina Betancourt – docente de la UNERG- con su tesis San Juan de los Morros durante el período gomecista. Aproximación a un estudio urbano (1908-1935), aborda el desarrollo urbanístico de San Juan de los Morros durante las gestiones administrativas de Manuel Sarmiento, el General Juan Alberto Ramírez y el Teniente Coronel Ignacio Andrade, cuyas obras están relacionado estrechamente con las condiciones políticas, económicas y sociales de la época, en un contexto histórico en el cual se conjugan tradición y modernidad. Estos factores influyen notablemente en la producción arquitectónica y de infraestructura realizada en el país, siendo esto más evidente en las obras públicas, por causa de las decisiones políticas relativas al sistema de distribución de la renta petrolera, puesto que parte de la misma fue orientada hacia las inversiones en el sector construcción, incidiendo en la ocupación territorial y en el desarrollo de las urbes. Estas condiciones económicas, políticas y sociales predominantes incidieron directamente en el desarrollo y características de la dinámica urbana de San Juan de los Morros, debido a la migración campo-ciudad. En San Juan, el clima y las cercanías con la ciudad de Maracay, fue un elemento clave. Dice Betancourt que la acción del gobierno se concentra principalmente en la ciudad inicial, una de las consecuencias más importantes, a nivel urbano, como producto del aumento de población originado por la explotación petrolera, es la extensión de la ciudad hacia un sector alejado del núcleo original, conformándose dos ciudades. Esta nueva ciudad comienza a crearse a principios de la década del 20, ya que existen indicios de que la población de San Juan de los Morros se va extendiendo preferentemente hacia el lado suroeste por los sitios denominados "Agua Hedionda", "Las Ajuntas" " Chaparral” “Cañaote”, zonas campestres de condiciones climáticas, saludables y agradables cuyos asentamientos se realizan de un modo irregular y sin plan de ordenamiento Más adelante señala que el proceso de crecimiento y desarrollo del ensanche y su incorporación como área urbana es posible determinarlo a través de las Obras Públicas ejecutadas por el ministerio del ramo en San Juan de los Morros. El establecimiento de los Baños Termales, las nuevas vías de comunicación y la obra del gobierno local para atender la estrategia de centralización territorial, producto del Programa Rehabilitador y de la explotación petrolera, deja profundas huellas en la fisonomía de la ciudad, un cambio trascendental que comienza a vislumbrarse en el transcurso de la década del veinte y que establecerá las pautas para el futuro desarrollo de San Juan de los Morros. “Se gestará en su estructura urbana: la creación de otra ciudad, distinta y lejana a la ciudad de origen, pero aún con sus rasgos tradicionales. Se tiene, así, en la década del veinte la conjugación de múltiples factores políticos, económicos y sociales que se materializan en el espacio urbano samjuanero. Los cambios introducidos en la estructura urbana, como consecuencia del gasto público por concepto petrolero en la región, provocan una transformación de la ciudad existente -que había permanecido casi inalterable durante el siglo XIX-y hace que sus habitantes busquen otras alternativas de localización”, afirma. Estas dos investigaciones, además, de responder a las exigencias académicas de calidad, cumplen con la dimensión de pertinencia social que se le exige a la labor académica y científica a la universidad como institución no sólo formadora de recursos humanos sino, también, como organización creadora de conocimientos para el bienestar social y desarrollo humano. Ambas investigaciones les devuelven la memoria histórica a San Juan de los Morros y sirven como una propuesta para el desarrollo integral de nuestro país.
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lunes, junio 12, 2006

Los primeros benefactores de la Iglesia de Ortiz

Con el devenir del tiempo, la edificación de la iglesia tuvo diferentes etapas históricas. Antiguamente había sido una ermita, levantada en tapia, madera y paja; ubicada cerca del río Paya, a dos ó tres cuadras de su actual sitio, en lo que hoy se llaman el sector Las Mercedes.


Por José Obswaldo Pérez


LA IGLESIA DE ORTIZ, por su arquitectura decimonónica, se incluye entre los templos más hermosos que existen en Venezuela. Es de líneas clásicas, en forma armónica con sus torres. Ambas, su decoración, en ladrillo una y en piedra la otra, demuestran el arte y el gusto de sus constructores. “Los adornos de las torres son como encajes realizados por manos finas, delicadas, labradas en ladrillo y compactadas con argamasa”, describe el Padre Ricardo Pínter Revert en su revista Orientación, publicación semanal editada en los talleres gráficos en la Vicaría de Ortiz, en el año 1965.

Este arciprestazgo es un monumento arquitectónico, el cual lleva el titulo de Santa Rosa de Lima. Su nombre fue puesto por los primeros colonos, canarios e hijos de portugueses, que se asentaron en el pueblo mediado del siglo XVI, en honor a la virgen y patrona de América. Su evocación ha sido siempre guía espiritual de sus habitantes. A ella se le encomendó la protección de sus tierras y su ganado. Santa Rosa, cuyo verdadero nombre era Isabel Flores Oliva, fue una religiosa perteneciente a la Orden Dominica, que ingresó al claustro en 1606. Había nacido en la Ciudad de los Reyes, Lima, el 20 de abril de 1586. Llevó una vida de penitencias y contemplaciones; trabajo con los indios y murió en 1618, a la edad de 32 años. Por iniciativa del dominico alemán Leonardo Hasen fue canonizada en 1671, por el Papa Clemente X, quien la declaró Patrona de América, Filipinas e Indias Orientales,

La historia de la Iglesia Santa Rosa de Lima de Ortiz no ha sido afortunada en sus años. Su construcción tuvo muchos tropiezos. Aún, mediado del siglo XIX, continuaban los obstáculos por falta de recursos y debido a las tensiones políticas del momento, las cuales no permitían el avance de la obra. Es una historia zigzagueante, marcada por vaivenes y desesperanzas.

Hace muchos años, la fábrica del templo de Ortiz devino de uno de sus primeros fundadores y benefactores, el terrateniente don Diego Segundo Blanco. Un hombre adinerado, propietario del antiguo Hato San Pablo de Paya, ubicado en la posesión Las Cañadas, en San Juan de Paya del municipio Ortiz (después llamado hato paeño, por haber pertenecido al general José Antonio Páez, en el siglo XIX). Sin duda, Blanco auspició su construcción. Y, aún más, fue la persona a quien le correspondió solicitar a las autoridades eclesiásticas, junto con otras figuras descollantes de la época, la creación del curato eclesiástico del pueblo, cuya petición ocurrió formalmente el 22 de octubre de 1773[2].

Era hacendado, residente de San Sebastián de los Reyes y vecino de Ortiz. Sus contactos con los miembros de la Iglesia determinaron fundamentalmente la consolidación del proceso. A parte de Blanco, mucha gente del pueblo ofreció su concurso para el prorrateo de los gastos aunque el numerario era escaso y algunas personas no podían suministrar el dinero porque no era solamente construir el templo sino corresponder con el sacerdote para su sustento, más lo relativo al culto: vasos sagrados, ornamentos, imágenes, vestiduras, entre otras cosas.

- Voy presentando – dice en uno de los documentos de la administración del templo -dádivas de los vecinos de dicho pueblo, a que están obligados a su edificación y también los gastos en dicha fábrica. Voy gastando, como uno de los vecinos, obligados a su edificación y me he hecho cargo de la iglesia, por no haber mayordomo, ni apoderado....[3]

De allí que la presencia del doctor Gregorio María Betancourt Verdugo[4], comisionado para estudiar la propuesta de los vecinos de Ortiz, por intermedio del Juez Eclesiástico y Vicario foráneo de San Sebastián de los Reyes, Don José Manuel Belisario, fue muy importante.

Betancourt Verdugo vino al pueblo y se reunió con los representantes de la localidad, a fin de encaminar los procedimientos formales que se requerían. Hubo muchos encuentros, entre los que participaba también el Párroco de Parapara, Don Antonio José Muñoz. Reuniones que se realizaban en la casa de Don Luis Loreto de Silva y Pérez[5], rico productor en la zona, uno de los fundadores de Ortiz y primeros benefactores de su Iglesia. Asimismo en la casa del Capitán Dionisio Ramos o la de Santos Marchena. Todas gentes blancas y de linaje. Dueños de casas y hatos.

Uno de estos encuentros ocurrió el 7 de mayo de 1775, en la casa de Don Luis Loreto de Silva y Pérez, con la presencia del Padre Antonio Chirinos. Allí se discutieron los planteamientos de los vecinos y, así, se comenzó a cumplir con los procedimientos que se exigían y ordenaban las autoridades superiores. En esa concurrencia, por el sitio de Ortiz, estuvieron presentes Don Dionisio Matute, Eusebio José Carpio, Francisco Javier Hernández, Juan José Hurtado, entre otros.

Con el devenir del tiempo, la edificación de la iglesia tuvo diferentes etapas históricas. Antiguamente había sido una ermita, levantada en tapia, madera y paja; ubicada cerca del río Paya, a dos ó tres cuadras de su actual sitio, en lo que hoy se llaman el sector Las Mercedes. Por temporadas concurría en párroco respectivo a celebrar el Santo Sacrificio, “para que gozara de el todos aquellos vecinos que por suma pobreza o enfermedad les era moralmente imposible ocurrir a la parroquia [de Parapara], cual ermita se sustentaba con la piedad y religión de aquellos mismos que la construyeron[6]

Fue la primera iglesia de Ortiz. Había sido construida a costa de los vecinos y los remedios que hizo don Diego Segundo Blanco en 1752. Era pequeña, pero muy aseada. Tenía tres altares decentemente adornados, uno, el principal, estaba colocado el Santísimo Sacramento. Otro estaba dedicado a la Santísima Trinidad y uno a las Animas Benditas del Purgatorio. Tenía dos casas para el cura y su mayordomo era don Dionisio Ramos. Sin embargo, no había en esta iglesia cofradía ni obra pía limpia.

El pueblo de Ortiz era, simplemente, un partido en el año 1687. Un lugar agropecuario ubicado en los Llanos de Paya, en la jurisdicción de San Sebastián de los Reyes. Estaba conformado por cuatro sitios: Las Cañadas, San Roque de Las Lajas, Santa Rosa de Paya y San Juan de Paya. Este último lugar se le mencionaba recurrentemente en las Actas del Cabildo de Caracas y desde el año 1620, ya tenía capilla oratoria con el nombre de San Juan Bautista. Ese mismo año se había instalado la misión religiosa de capuchinos y el pueblo de Ortiz había sido elevado a parroquia eclesiástica, dependiente del curato de Santa Catalina de Sena en Parapara, a la cual se mantuvo unida hasta 1776.

Geográficamente, Ortiz permanecía situado en un terreno plano; circuido de pequeños cerros y galeras a las orillas del río Paya, en una topografía conformada por un pequeño valle fértil que, para la fecha ante mencionada, eran tierras realengas, despobladas, pertenecientes al Rey de las Españas. Poco a poco, el innominado lugar fue habitado por colonos ganaderos. Mucha gente blanca – especialmente de origen canario y portugueses- proveniente del Cantón de San Sebastián de los Reyes y Santiago de León de Caracas. Allí se establecieron con sus rebaños. Construyeron las primeras viviendas y los primeros hatos en el denominado Valle de Ortiz, que -según la tradición oral- estuvo antes poblado por un indio cacique y su tribu, llamado Ortiz.

Desde 1696, el pueblo tenía importancia civil, por lo cual el Obispo Diego de Baño y Sotomayor decidió fundar una vicefeligresía, adscrita al pueblo de Parapara[7]. Esa vicefeligresía estaba administrada por Clérigo Don Miguel Antonio de Dueñas[8], cura capellán que residía en ambos pueblos cada cuatro meses, con lo cual podía atender a sus almas. Un viajero de la época Ángel Altolaguirre y Duval,

Además, la población poseía más de 70 casas y " una iglesia con techo de paxa, ordenada en forma de pueblo"[9].

En aquel entonces, Juan Francisco Rodríguez, vecino de San Sebastián de los Reyes y apoderado legal de estos dominios, realizaba un conjunto de diligencias como representante legal de los vecinos de Ortiz para solicitar el otorgamiento de los títulos de propiedad de cinco leguas de tierras. En este sentido, el reino de España respondió posteriormente con su aprobación, por intermedio del Juez Delegado del Rey, Francisco Alienzo Gil, concediéndoles sus dominios, mediante documento de posesión de fecha 23 de mayo de 1714. No obstante, los títulos terminaron volviéndose caducos con el tiempo. Esto originó que los descendientes de los antiguos poseedores y sus verdaderos herederos solicitarán nuevamente a su Majestad Felipe II, una nueva composición para legalizar sus terrenos, los cuales fueron concedidos mediante confirmación y adjudicación en pública subasta al remate del mejor postor por las autoridades coloniales el 19 de julio de 1787[10].

Durante este proceso, los orticeños sufragaron la suma de 80 pesos oro como concepto de derecho a la Real Hacienda. Sin embargo, paralelamente, se produjo un litigio judicial por el lindero sur, con los vecinos de Parapara. Estos últimos alegaban tener derechos de propiedad por ser " más antiguos". No obstante, este pleito limítrofe se resolvió amistosamente en el año de 1843, mediante un Pacto de Caballeros firmado en la Iglesia Santa Rosa de Lima, luego de un largo tiempo de actuaciones procesales.

Más tarde, en 1773, el pueblo se había transformado en una comunidad con suficiente habitantes. Había más niños. No era una aldeana localidad colonial, aburrida y solitaria. Estaban levantándose las viejas casonas de adobe y bahareque. Había un comercio pujante y hombres dedicados a la artesanía, cuya fama adquirían en la región. La iglesia se erguía a la vista de los pasajeros del llano, aunque no era el templo actual. “La iglesia se levantaba junto el camino, centrada en el caserío de viviendas bajas con sus patios y corrales...”[11] Era de una nave de paredes de cantería “ de piedra común y mezcla”. El techo estaba construido con guaduas, la capilla mayor, de obra limpia, de tabla y cubierta de tejas, describe Pablo Vila en su libro El Obispo Martí.[12]

El 7 de enero de 1776, el Obispo de la Provincia Eclesiástica confirma la división del curato de Parapara y el de Ortiz. El 26 de enero de 1776, el pueblo de Ortiz era erigido en Curato independiente de Parapara, con el nombre de Santa Rosa de Lima, aunque ya entre 1653 y 1660 ostentaba con el titulo de la Santa Americana como parroquia civil; teniendo para el 19 de julio de 1787 erigida una parroquia con iglesia propia.

Ahora quedaba el problema de la designación del cura. Decisión que estaban en manos de las autoridades eclesiásticas y bajo las vigentes disposiciones del Concilio de Trento, normativa legal que ordenaba las provisiones de curatos mediante procedimientos de concursos de oposición, exámenes y probanzas de mérito. Era un proceso casi engorroso y, muchas veces, retardaba la designación del nuevo párroco. Afortunadamente, el pueblo de Ortiz y su nueva parroquia eclesiástica no ocurrieron con tan mala suerte.

El 5 de febrero de 1775, el doctor Miguel Marrón, prebístero - juez de la Provincia y Vicario General, había hecho el llamado público de oposición conforme a las leyes del Concilio Trento. Por supuesto, ésta era la primera vez, que para la provisión de la parroquia de Ortiz, se utilizaba el procedimiento pautado para la escogencia de su párroco. No obstante - contra lo que podía esperarse -, fueron varios los aspirantes. Entre los que participaron se destacan los presbíteros don Antonio Camacho, el bachiller Félix José Figueroa, José Montiel, don Pedro José González y el bachiller José Antonio Rada. Presentados los exámenes y las credenciales correspondientes el ganador del Concurso de Oposición fue el bachiller en filosofía don Félix José Figueroa.

De este modo, el padre Félix José Figueroa se convierte en el primer párroco de la parroquia nombrado por concurso de oposición. Era nativo de San Felipe, un hombre formal, no faltaba a la administración de los Sacramentos ni a la predica, ni a la enseñanza de la doctrina cristiana y – en palabras del Obispo Martí- era medianamente instruido. Había sido Alcalde de su lar nativo. Se mantuvo al frente del templo hasta el año 1781[13] y, a su vez, le tocó recibir la visita oficial del Obispo don Mariano Martí, el 5 de mayo de 1780.



NOTAS BIBLIOGRAFICAS


[1] MERECHAL, LEOPOLDO (1977). Vida de Santa Rosa de Lima. Argentina: Ediciones Castañeda.
[2] Dice Blanco en su expresada carta que “…están padeciendo los vecinos del expresado pueblo que pasan de cien familias”.
[3] BLANCO, DIEGO SEGUNDO (1752): “Cuentas de la Administración de la Iglesia de Ortiz”. Caracas: Archivo General de la República. Manuscritos
[4] Don Gregorio María Betancourt y Berdugo, nació en Boconó, Trujillo (17 nov. 1727) Sirvió de interino por un año en la Iglesia de Ortiz. Ver MARTÍ, MARIANO. Documentos Relativos a Visita Pastoral de la Diócesis de Caracas. 1771-1784. Tomo II. Libro Personal.).
[5] Don Luis Loreto de Silva Pérez nació en La Victoria y se había establecido con su ganadería en Ortiz. Era hijo de Don Juan José Loreto Quijano y Doña Juana María Pérez, Se casó en Ortiz con Juana Velásquez, cuyo matrimonio procreo ocho hijos, dos hembras y seis varones. Uno de ellos, Don Gabino Loreto Velásquez fue, igualmente, fundador y benefactor de la Iglesia de Ortiz. LORETO LORETO, Jesús (1990) Linajes Calaboceños. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. P 84
[6] ALCALDÍA DE ORTIZ (1994): Titulo de posesión de Tierras del Pueblo de Ortiz. Ortiz: Concejo Municipal. Material no publicado. Mimeografiado.

[7] ARCHIVO ARZOBISPAL DE CARACAS. Sección parroquia. Legajo N0. 129. La fecha exacta de la creación de la vicefeligresía fue el 18 de octubre de 1696.
[8] ARCHIVO ARZOBISPAL DE CARACAS. Sección Parroquia, legajo No. 129
[9] ALTOLAGUIRRE Y DUVAL, ANGEL (1954): Relaciones geográficas de la Gobernación de Venezuela. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República
[10] El doctor Evandro Matute señala en su trabajo inédito Santa Rosa de Ortiz: un pueblo venezolano, que la titularidad de sus ejidos data del 3 de noviembre de 1787.
[11] VILA, PABLO (1981) El Obispo Marti. Caracas: Universidad Central de Venezuela.
[12] Ídem
[13] El padre Félix José Figueroa y Tovar murió en ejercicio del sacerdocio violentamente en una quebrada de Parapara en 1789. se había ganado el afecto, la admiración y el respeto de la feligresía orticeña.


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