miércoles, julio 12, 2006

El Cementerio viejo de Ortiz

La historia del cierre total del camposanto significó el entierro final de la heroica comarca. Con él terminaba las glorias de una población que llegó a ser bautizada en siglo XIX como “La Flor de los Llanos”, por su pujante economía agropecuaria y sus signos de bienestar social. No era para menos.



Por José Obswaldo Pérez *

EN 1910, el presidente del estado Guárico, el zaraceño David Gimón declaraba clausurado el viejo cementerio de Ortiz, conocido hoy como Cementerio Colonial o el de Los Españoles. El cierre de esta obra pública, inaugurada durante el septenio gubernamental del general Antonio Guzmán Blanco, marcaba el fin de una de las épocas más negras de su historia local: escenario testigo de la hecatombe epidémica de un pueblo que se negó a morir. Con ella se daba paso a otra historia de la salubridad pública municipal: la construcción de un nuevo osario que, después, se conocería entre las familias pudientes como el “pata e’vacal”, para referirse a una hierba abundante que crecía en aquella zona aledaña al naciente Barrio La Romana.


La historia del cierre total del camposanto significó el entierro final de la heroica comarca. Con él terminaba las glorias de una población que llegó a ser bautizada en siglo XIX como “La Flor de los Llanos”, por su pujante economía agropecuaria y sus signos de bienestar social. No era para menos. Había llegado a ser la sexta ciudad más importante Venezuela. Ortiz con el nombre de Cantón, entonces Departamento Bermúdez, estaba dividido en dos parroquias: la de Santa Rosa de Lima de Ortiz con 8.042 habitantes y la de Las Mercedes con 2.121 habitantes. Tenía tres prefecturas. Cuarenta casas de mercancía y víveres. Ganadería y una brillante actividad cultural.

El viejo cementerio colonial de Ortiz fue construido en 1873. Según el primer censo oficial de Venezuela -auspiciado por el septenio guzmancista-, se puede extraer una descripción de la nueva obra. “Un cementerio nuevo y de bastante capacidad cuya portada y una pequeña capilla en su interior no estaba concluida para octubre del año próximo pasado...
[1]

Durante la colonia, el lugar de los muertos no fue un espacio opuesto al patio de la iglesia. Esto se demuestra con la visita de Monseñor Mariano Martí a Ortiz, el 05 de mayo de 1780, cuando deja constancia que no había cementerio
[2] y ordenaba su pronta construcción. Pero, mucho antes de su edificación, los cadáveres de la gente más acaudalada eran enterrados en la Iglesia Santa Rosa de Lima, de acuerdo a sus rasgos y sus meritos o según el tramo de sepultura que permitía su condición económica[3]; mientras las personas de menores recursos se sepultaban en solares determinados por la autoridad o bien en los patios de las propias casas de los dueños, aunque esta última opción no era común en el centro urbano sino en los caseríos o hatos.

Esta misma condición se observa en el viejo cementerio de Ortiz, el cual estaba dividido en dos secciones. Un sitio para los ricos y otro para las clases más humildes. Esta discriminación social se acentúa con su “ensanchamiento” para finales del siglo XIX. Asimismo, el camposanto estaba compuesto por nichos y tumbas de dos y tres pisos, decoradas con ángeles y cruces de hierro forjado elaborados por artesanos de la localidad. Era, realmente, un lugar sagrado; un espacio, cuya singular belleza arquitectónica.

Debido a la expansiva epidemia que comenzaron hacerse sentir en la población, en el año de 1879, el doctor E. Velásquez – médico del pueblo de Ortiz- propone el gobierno nacional la construcción de un nuevo cementerio en “un lugar más conveniente a sotavento i suficientemente apartado de la población y de los manantiales que la surten de agua potable
[4].

Sin embargo, la medida de salubridad pública que toma el gobierno fue la de su “ensanchamiento”, para lo cual destinó unos pocos recursos financieros para que las víctimas del paludismo pudieran ser enterrados en el antiguo cementerio de los españoles. Pero, debido al crecimiento de su espacio físico, se declaró su cierre en el año de 1910.

El viejo cementerio de Ortiz fue la propiedad común de los vivos, como lo había sido anteriormente el derecho de ser enterrado en el lugar en el que se habían pagado los diezmos, pero sobre todo con el derecho acostumbrado de ser enterrado en el lugar en donde uno había vivido o donde estaban sepultados sus seres queridos. Por eso, su clausura trajo consigo disputas como las ocurridas entre el Jefe Civil, Ismael Capote, y algunas familias que aún se resistían a enterrar sus deudos en el nuevo cementerio
[5].

Dos escritores venezolanos han hecho mención del viejo cementerio de Ortiz, como escenarios de hechos narrativos. El primero fue el doctor Daniel Mendoza- escritor orticeño-, quien escribió lo siguiente:

En su desvencijado cementerio había enterrados varios seres
caros a mi alma.
Mi tristeza fue más honda al ver sus tumbas arropadas por
los matorrales, circuidos de barandales herrumbrosos, resquebrajados.
Me
aleje de aquel sagrado sitio con el corazón oprimido
.”
[6]

Mientras, el otro escritor es Miguel Otero Silva en Casas Muertas, donde describe el lugar de la siguiente manera:

Se divisaba ya la tapia del cementerio, su humilde puerta con
cruz de hierro en el tope y festones encalados a los lados. Carmen Rosa
recordaba el texto del cartelito, escrito en torpes trazos infantiles, que
colgaba de esa puerta: “No salte la tapia para entrar. Pida la llave». La tapia
era de tan escasa altura que bien podía saltarse sin esfuerzo. Y no había a
quien pedir la llave porque nadie cuidaba del cementerio desde que murió el
viejo Lucio. El gamelote y la paja sabanera se hicieron dueños de aquellas
tierras sin guardián, campeaban entre las tumbas y por encima de ellas,
ocultaban los nombres de los difuntos, asomaban por sobre de la tapia
diminuta"
.
[7]

El 5 de julio de 1911 – ya en el siglo XX- fue inaugurado por el presidente estado Guárico, David Gimón, el nuevo cementerio de Ortiz, en conmemoración del Centenario de la Creación del Estado Guárico, con todos los protocolos de un acto pomposo[8].

Más tarde, en la década de los años 70 – del siglo pasado-, la profanación de los sarcófagos causo alarma en los medios de comunicación social. Las denuncias recayeron en los saqueadores de tumba que se dedicaban a conseguir piezas de oro u otras pertenencias de valor de los difuntos. También la acusación rebotó a los estudiantes de medicina y antropología de la Universidad Central de Venezuela, quienes habían roto nichos para expropiarse de huesos y cráneos de cadáveres para investigaciones y estudios científicos.

En el mismo siglo- en el año 96-, una inundación causó el derrumbe del portón principal, un vestigio -que si se quiere- fue el emblema simbólico de las viejas tapias que adentraban a los curiosos en el misterioso lugar sagrado. Apenas sus ruinas representan hoy una estampa de la floreciente ciudad de Ortiz de finales del siglo XIX. Un espacio que puede recuperarse para atracción turística. Recientemente el Instituto del Patrimonio Cultural hizo un inventario de objetos y cosas históricas e incluye a muchas espacios y objetos de Ortiz. Nuestro viejo cementerio está incluido como parte de nuestro patrimonio.


NOTAS

[1] APUNTES ESTADÍSTICOS DEL ESTADO GUÁRICO (1967). Caracas: Biblioteca de Temas y Autores Guariqueños. Edición Oficial, 1876.
[2] MARTÍ, OBISPO MARIANO (1988). Documentos Relativos a su visita Pastoral de Diócesis de Caracas 1771-1784. Tomo II. Libro Personal. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia; p179
[3] Ídem; p 181
[4] Archivo Nacional. Tomo CMXCVI, folio 195. Ver también el trabajo de RODRÍGUEZ DELLÁN, E (1974). Dinámica Geográfica de un Pueblo. Contribución al estudio de la Evolución Urbana de Ortiz. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Mimeografiado.
[5] PEREZ A, José Obswaldo. Donde el pueblo el tiempo es el Olvido. Inédito.
[6] MENDOZA, Daniel (1918): El Llanero. Madrid: Editorial América. Capitulo XVI. Los Morros de San Juan. Centinelas del Llano. La Gran Ortiz. Págs. 189-194.)
[7] SILVA OTERO, Miguel (2001): Casa Muertas. Biblioteca del El Nacional. Capitulo I. Un entierro; pp. 5 - 6.
[8] El Universal, 6 mayo de 1911.
BIBLIOGRAFÍA

Documentos

APUNTES ESTADÍSTICOS DEL ESTADO GUÁRICO (1967). Caracas: Biblioteca de Temas y Autores Guariqueños. Edición Oficial, 1876.
ARCHIVO GENERAL DE LA NACION. Tomo CMXCVI, folio 195
ALCALDÍA DE ORTIZ (1994): Titulo de posesión de Tierras del Pueblo de Ortiz. Ortiz: Concejo Municipal. Material no publicado. Mimeografiado.

Bibliografía

ALVAREZ, Pedro Fidel (1996). Ortiz y su cementerio. Proyecto Guárico. Boletín Informativo. No.1. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Departamento de Arqueología y etnografía; pp 11-13
BOTELLO, Oldman (1994) Para la Historia de Ortiz. Villa de Cura: Publicaciones de la Alcaldía del municipio Ortiz.
MENDOZA, Daniel (1918): El Llanero. Madrid: Editorial América. Capitulo XVI. Los Morros de San Juan. Centinelas del Llano. La Gran Ortiz. Págs. 189-194.)
RODRÍGUEZ DELLÁN, E (1974). Dinámica Geográfica de un Pueblo. Contribución al estudio de la Evolución Urbana de Ortiz. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Mimeografiado.
SILVA OTERO, Miguel (2001): Casa Muertas. Biblioteca del El Nacional. Capitulo I. Un entierro.
VILA, Marco A (1978): Antecedentes Coloniales de Centros Poblados de Venezuela. Caracas: Ediciones de la Facultad de Humanidades, UCV.
VILA, Pablo (1991): El Obispo Martí. Tomo II. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Facultad de Humanidades y Educación.

Hemerográfica

PEREZ A, José Obswaldo (2002, Agosto 19) Algunas Noticias del Cementerio viejo de Ortiz. Valle de la Pascua: Diario Jornada; p. 2

Diccionarios

FUNDACIÓN POLAR (200): Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas:
MAC PERSON, Telasco A (1941): Diccionario del Estado Miranda. Los Teques.
________________
*José Obswaldo Pérez es periodista, profesor universitario e historiador venezolano.
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miércoles, junio 14, 2006

FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (y III)

porJosé Obswaldo Pérez


Los años cuarenta serán los años de la resurrección del pueblo de Ortiz. Otra vez como el ave fénix, diría Núñez Gómez -el antiguo cronista del siglo XIX -, surgirá de la ignominia y del olvido a que fue sometido. De aquel pueblo de apogeo cultural sólo quedaba un retrato social que Don Guillermo R. Matute, el periodista orticeño y corresponsal de la agencia Prensa Venezolana (Peve), describiera en el diario Heraldo, en un artículo en el que reclamaba por el bienestar de su pueblo. “Ortiz, siempre Ortiz”, sería una de las notas periodísticas donde exigiría: “Este viejo pueblo, floreciente y activo hace medio siglo, hallase casi agónico, sin que se sienta aquí un influjo benéfico por parte del ministerio de Sanidad y Asistencia Social”.

A esta lucha progresista se sumaría el presidente del estado, el intelectual Pedro Sotillo, quien haría todo por lograr el saneamiento de esta comunidad. Es, así, como en ese año 44, una misión técnica agropecuaria estudiaría el resurgimiento de la población, con lo cual el Ministerio de Agricultura y Cría accedería darle agua tratada a la población. “El abastecimiento de agua potable – escribe Don Guillermo Matute – es la tragedia máxima de este pobre pueblo...”.


Otro de los hechos más recodados por los orticeños para esta década, fueron las grandes fiestas que se realizaron en lo que se conoció como el Centro Cultural Pro-mejoramiento de Ortiz, que fundo el profesor Luis Acosta Rodríguez, en 1947. Según el acta constitutiva señala: “… una institución sin fines de lucro, para trabajar por el mejoramiento social, cultural, educativo, deportivo, sanitario y ambiental de la población”.


El Centro Pro-Cultural de Ortiz tuvo una vida muy fructífera; fue el lugar de cita de grupos musicales y teatrales como el Retablo de Las Maravillas (conocido hoy como Danzas Venezuela), con la actuación de la famosa artista Yolanda Moreno y que fundó el profesor Manuel Rodríguez Cárdenas. Otro artista recocido que hizo presentación fue Cesar del Ávila, guitarrista y cantante, conocido por aquella letra que dice así: “ Un negro con una negra es como una noche sin luna y un negro con una blanca es como leche y espuma; así combinan los colores de nuestra industria nacional”.


A principio de la década llegó a Ortiz, Humberto Bustamante, hombre con suficientes conocimientos de pentagramas. Bustamante era oriundo de Villa de Cura y se residenció posteriormente en Ortiz en los años 50. A mediado de esa período, cuando funda una escuela de música, que personalmente dirigía y que dedicará parte de su tiempo a forma jóvenes. Allí tendría, entre sus alumnos, a Pedro Gallosa, quien aprendería la habilidad de componer y escribir canciones. A Don Silverio “Chipilo” Velásquez, Víctor Seijas, Domingo Rodríguez, Hilario Mirabal, Julio Sánchez, Carmen Piña y Graciela Hidalgo, entre otros.



Bustamante conquistó la simpatía de los orticeños y se ganó el apodo de “El pisador”, por aquello de que cada año procreaba un muchacho. Y él solía decir, con humor: “Con estas canas que tengo voy a las barbas”. Don Chipilo Velásquez, telegrafista y memorialista de esa época, recuerda aquellas retretas donde Bustamante y Eduviges Estrada eran la atracción local. “Quizás Bustamante le devolvió la alegría a Ortiz”, subraya Velásquez.


Por otro lado, habría que acotar que sobre Bustamante y Eduviges Estrada dice Evandro Matute (1985: 11) lo siguiente: “... por las calles del pueblo venía el destartalado tambor de tres pistones de Humberto Bustamante, el saxofón de Manuel Eduviges Estrada, acompañado por un clarinete y otros dos instrumentalista que el mismo Bustamante había improvisado en aquella ocasión...”. Y más adelante señala que Bustamante y Estrada no eran músicos excelentes “Pero cuando tocaban solían soplar con toda el alma sincera que llevaban en los paseos musicales, en los toros coleados, en las procesiones y otros actos”. (Matute, 1985: ídem).



Bustamante murió en San Juan de Los Morros, aciano; de su herencia musical nada quedó y la incuria volvió a reinar sobre Ortiz. Don Pedro Gallosa resumía con pesimismo, aquella última etapa de la historia musical de Ortiz, como una página muerta: nada de partituras, nada de composición de canciones ni bandas en las calles. Simplemente, todo se había acabado.
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FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (II)

FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (II)

José Obswaldo Pérez

La prensa, como registro histórico del pasado, recogió parte de esos acontecimientos de principio de siglo. Dice una información del 22 de febrero de 1913, lo siguiente: “Anoche fue obsequiado el señor Germán Matute con una serenata en la que reinó mucha cordialidad”. Así como esta otra nota, publicada en El Nuevo Diario: “Hoy se celebró solemnemente la fiesta de San Antonio. En el hogar de la señora Evarista Moreno de Rodríguez, ofreció un banquete ofrecido a los pobres. El filántropo señor Domingo Rodríguez Moreno repartió una suma de bolívares a todos”. En este sentido, la familia Rodríguez Moreno mantuvo la tradición de celebrar el Día de San Antonio, hasta no hace mucho tiempo. El festejo se realizaba con mucha solemnidad, acompañado de música religiosa y una larga procesión del santo.


Durante los inicios del siglo XX, se identifican tres etapas musicales conque finaliza un interesante período musical en la Historia de la Música en Ortiz. La primera comienza con el restablecimiento de la Banda Municipal en el año de 1921, la cual estuvo dirigida por el maestro Sergio Repillosa, quien fue alumno de Piñero y tocaba todos los instrumentos. Dicha banda musical funcionó en la vieja casa de alto donde está ubicada actualmente la Escuela Básica Juan Germán Roscio, la cual integraba Domingo Olivo, en los cornetines; Alvarito Vargas Gómez, en la trompeta; Delfín Marrón Cabrera, en la guitarra grande; los hermanos Rafael y José Seijas, en el cuatro y el bajo; la joven Julia Blanco, en el requinto; Manuel Barrios, en el clarinete; Domitilo Gil, en el tambor; Luis Quiroz y Domingo Meléndez Roscio, en las flautas.
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FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (I)

Venezuela respiraba una paz supina. Gobernaba un hombre de carácter autocrático y de firmeza dura. El general Juan Vicente Gómez, el gerdamen necesario, cuyas manos guante se extendían hasta pueblos tan olvidados como Ortiz, a través de sus jefes civiles y hombres de confianza. Hubo gente que celebraba la ideología del régimen, cuyas consignas políticas eran: Orden, Paz y Progreso. Propaganda servida para alimentar a sus camaleones locales en su adhesión al gobierno y al oportunismo político de turno.
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Por José Obswaldo Pérez A COMIENZO DEL SIGLO XX, el escenario musical del pueblo de Ortiz era testigo de un período de abandono y muerte cultural. Las enfermedades palúdicas, finales de la centuria pasada habían dejado sus heridas en la población. Casi habían borraron del ambiente las expresiones artísticas formado en la época anterior. Muy pocos músicos, nativos o venidos de otras regiones, sobrevivieron a la hecatombe dejada por las epidemias y los destrozos de la Guerra Federal. Los que se habían quedado, al poco tiempo, abandonaron la ciudad con el rastrojo de la endemia palúdica en los corazones. Sin embargo - por la resistencia de unos -, la población se negó a morir. Pero, el pueblo que llegó ser bautizado como La Rosa de los Llanos por su apogeo económico y cultural era sólo ruinas, casas abandonadas y una bibliografía necrológica sumergida detrás de la leyenda negra del oscurantismo y el aislamiento gomecista. Venezuela respiraba una paz supina. Gobernaba un hombre de carácter autocrático y de firmeza dura. El general Juan Vicente Gómez, el gerdamen necesario, cuyas manos guante se extendían hasta pueblos tan olvidados como Ortiz, a través de sus jefes civiles y hombres de confianza. Hubo gente que celebraba la ideología del régimen, cuyas consignas políticas eran: Orden, Paz y Progreso. Propaganda servida para alimentar a sus camaleones locales en su adhesión al gobierno y al oportunismo político de turno. Sin embargo, la resistencia de unos hombres aún apegados al régimen del stablisment siempre dejó espacio, como herencia de su época de oro, para las grandes fiestas y, por su puesto, para la música. En esa lucha y perseverancia los habitantes del pueblo pudieron mantener sus fiestas oficiales y religiosas. En 1910 la comunidad había organizado una recoleta para la adquisición de un armonio para la iglesia y las fiestas patronales eran amenizadas por la banda calaboceña que dirigía el profesor Gregorio Ascanio, nativo de Guatire, estado Miranda. Ascanio tocaba bandolina, guitarra y armonio; además, era escritor de música religiosa. En esa misma época, José Ángel Bosch Landa, distinguido intelectual villacurano, vino a Ortiz, con la idea de establecer en esta ciudad un plantel educacional, con el apoyo de José de Jesús Trujillo, según lo informaba el periódico El Imperial de Villa de Cura. Bosch Landa fue profesor de música, junto con Pedro Oropeza Volcán, oriundo de Guardatinajas y autor del famoso vals “Claro de Luna”, según Adolfo Rodríguez. Por ese tiempo, también, el general y doctor Roberto Vargas Díaz – nativo de Ortiz-, había sido nombrado presidente provisional del estado, el 31 de agosto de 1909. Durante su gestión de gobierno deja fundada la Banda Roscio, que dirigió el orticeño Manuel Antonio Piñero, hijo adoptivo de Rudesindo Piñero y de una señora de apellido Becerra. Según, Darío Laguna en su trabajo La Música en El Sombrero señala que fue “un músico de muchos conocimientos, quien inició jóvenes en el estudio de la música. El maestro ejecutaba varios instrumentos y era, además, compositor. Dejo varias partituras con sus composiciones musicales, que han desaparecido” (1989:74-75). Manuel Aquino, Cronista de El Sombrero, afirma que fue un hombre de una gran personalidad, promotor de los estudios musicales en la ciudad de Mellado. Llegó a esa localidad a finales del siglo XIX como Contador Público y ocupó diferentes cargos de la administración local. Fundo una escuela para enseñar teoría, solfeo y tocar piano, armonio y otros instrumentos. Fue maestro de Prudencio Isáa, uno de los músicos universales de la Historia Contemporánea de Venezuela, oriundo de la población sombrereña. Además, se le conoce como el arreglista del Himno del estado Guárico. “Manuel Antonio Piñero – creámosle a don Manuel Aquino – fue, en toda la cabalidad de la palabra, un profesor de música”. Cuenta Aquino una anécdota que, una vez, en un concierto en Tacarigua, estado Aragua, a Piñero se les fueron rompiendo las cuerdas de su violín, quedándole una sola, con la cual termino su presentación" ( Entrevista Personal, Octubre 10,1999). Murió como los elefantes, volviendo a su pueblo de Ortiz, donde falleció el 12 de diciembre de 1912. El Concejo Municipal le rindió un merecido homenaje en su deceso. Después de la muerte de Piñero, sucedió la dirección de la Banda y la Escuela Filarmónica, el intelectual Juan Marrón Cabrera, quien fue violinista y periodista local. En 1914, paso su dirección al profesor Pedro Oropeza Volcán, quien fue muy reconocido por la aristocracia orticeña representada por las familias Rodríguez, Rodríguez Sierra, Marrón Cabrera, Toro Meléndez, Meléndez Roscio y entre otras. Los bailes y los agasajos de las luces del pro-gomecismo contrastaban con la otra realidad que vivía el pueblo de Ortiz: su pobreza humana.
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martes, junio 13, 2006

SAN JUAN EN DOS TESIS

Dos trabajos de grado de la Maestría de Historia de Venezuela, en la Universidad Rómulo Gallegos (UNERG) abrigan nuevos aportes a la historia local de San Juan de los Morros. Producto de este postgrado, las profesoras Gledys Da´ Silva y Aura Marina Betancourt han contribuido a dejar dos investigaciones referidas a la concepción de la historia y del proceso socio-histórico de una urbe sanjuanera.
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Por José Obswaldo Pérez RECIENTEMENTE, dos trabajos de grado de la Maestría de Historia de Venezuela, en la Universidad Rómulo Gallegos (UNERG) abrigan nuevos aportes a la historia local de San Juan de los Morros. Producto de este postgrado, las profesoras Gledys Da´ Silva y Aura Marina Betancourt han contribuido a dejar dos investigaciones referidas a la concepción de la historia y del proceso socio-histórico de una urbe que se sintetiza en la denominada Historia Social, entendida ésta como historia síntesis o historia global, la cual aborda el proceso histórico como una totalidad. Esta corriente historiográfica tiene en la obra y enseñanzas de los grandes historiadores franceses Marc Bloch y Lucien Fevbre, fundadores de la llamada Ecole des Annales y en el maestro Pierre Vilar, entre otros, a sus principales propugnadores y en nuestro país, al maestro Federico Brito Figueroa (1996). La misma nos ha permitido abordar desde el presente la historia de nuestros pueblos llaneros donde se ponen en escena todos los conflictos económicos, sociales y políticos que rodean el entorno del llano, pero en una visión de totalidad, donde lo histórico se analiza en su vinculación con lo social. La profesora Gledys Da´ Silva, en su trabajo El desarrollo demográfico de San Juan de los Morros entre 1782 y 1830. Aproximación a su estudio, plantea que a partir de la visita de Garci González a tierras guariqueñas se inició el proceso de poblamiento colonial del territorio que hoy comprende la región de San Juan de los Morros. “El descubrimiento de yacimientos minerales, predominantemente argentíferos, en los alrededores de la actual ciudad de San Juan, entre los años 1564-1567, ocasionaron para 1569 la inmigración al área de un gran número de personas entre ibéricos, indígenas traídos por los conquistadores y así como negros, esto con el fin de garantizar la disponibilidad de fuerza de trabajo tanto para las Haciendas agrícolas, como para la industria minera de la sierra de San Juan”. A partir de este proceso, la provincia de Venezuela se fue poblando progresivamente de hatos de blancos y mestizos, cuyas producciones agropecuarias y artesanales se beneficiaban del tránsito de pasajeros entre la Villa del Rey de San Luis de Cura y la ciudad de San Sebastián de los Reyes. “La encomienda estuvo en el origen del primer poblamiento disperso en la región, dando como primer resultado la planificación y construcción de los hatos y los aposentos de los respectivos encomenderos en el campo. El otrora paisaje indígena en la zona, fue reemplazado por el asentamiento español que organizó el espacio a partir de la construcción de trapiches, haciendas ganaderas y los primeros hogares campesinos en una fusión entre la vivienda tradicional indígena y el aporte arquitectónico español; de la misma manera, se establecieron a lo largo y ancho de los caminos las primeras fondas y rancherías que marcaban el paso de los viajeros que incursionaban en los nuevos pueblos fundados en los llanos de Paya. Estas dos formas, aposentos y rancherías, constituyeron el primer poblamiento a partir de los colonizadores españoles". Da´ Silva apunta que otro factor que determinó el poblamiento del sitio San Juan fue el papel que jugaron los caminos. El camino sobre el que se empezaron a establecer las primeras fondas y rancherías fue el llamado Camino Real, cuya apertura se había iniciado en 1680; unía los centros urbanos de Villa de Cura y San Sebastián de los Reyes, pasando por el lugar exacto en donde se encuentra actualmente la ciudad de San Juan de los Morros, lo que hacía de este sitio un lugar de tránsito muy importante, pues allí convergían las rutas para dirigirse a los anteriores destinos. La construcción del camino real y su paso por el sitio, necesitó de la construcción de posadas para arrieros, acrecentándose en consecuencia el rancherío. Este proceso se lleva a cabo durante largos años con gentes provenientes de lugares tanto cercanos como distantes que hacían su periplo por estas tierras, aún inhóspitas, logrando conformar lentamente un caserío sin fundador. Entre los siglos XVIII y XIX son un periodo en materia demográfica de bastante interés puesto que son siglos de bastante reacomodos y movilización de importantes contingentes de población en lo que hoy conforma la ciudad de San Juan de los Morros. Es por ello que el sitio San Juan servirá como motor de poblamiento y desarrollo de los llanos guariqueños, entonces desolado e inhóspito. Por su parte, Aura Marina Betancourt – docente de la UNERG- con su tesis San Juan de los Morros durante el período gomecista. Aproximación a un estudio urbano (1908-1935), aborda el desarrollo urbanístico de San Juan de los Morros durante las gestiones administrativas de Manuel Sarmiento, el General Juan Alberto Ramírez y el Teniente Coronel Ignacio Andrade, cuyas obras están relacionado estrechamente con las condiciones políticas, económicas y sociales de la época, en un contexto histórico en el cual se conjugan tradición y modernidad. Estos factores influyen notablemente en la producción arquitectónica y de infraestructura realizada en el país, siendo esto más evidente en las obras públicas, por causa de las decisiones políticas relativas al sistema de distribución de la renta petrolera, puesto que parte de la misma fue orientada hacia las inversiones en el sector construcción, incidiendo en la ocupación territorial y en el desarrollo de las urbes. Estas condiciones económicas, políticas y sociales predominantes incidieron directamente en el desarrollo y características de la dinámica urbana de San Juan de los Morros, debido a la migración campo-ciudad. En San Juan, el clima y las cercanías con la ciudad de Maracay, fue un elemento clave. Dice Betancourt que la acción del gobierno se concentra principalmente en la ciudad inicial, una de las consecuencias más importantes, a nivel urbano, como producto del aumento de población originado por la explotación petrolera, es la extensión de la ciudad hacia un sector alejado del núcleo original, conformándose dos ciudades. Esta nueva ciudad comienza a crearse a principios de la década del 20, ya que existen indicios de que la población de San Juan de los Morros se va extendiendo preferentemente hacia el lado suroeste por los sitios denominados "Agua Hedionda", "Las Ajuntas" " Chaparral” “Cañaote”, zonas campestres de condiciones climáticas, saludables y agradables cuyos asentamientos se realizan de un modo irregular y sin plan de ordenamiento Más adelante señala que el proceso de crecimiento y desarrollo del ensanche y su incorporación como área urbana es posible determinarlo a través de las Obras Públicas ejecutadas por el ministerio del ramo en San Juan de los Morros. El establecimiento de los Baños Termales, las nuevas vías de comunicación y la obra del gobierno local para atender la estrategia de centralización territorial, producto del Programa Rehabilitador y de la explotación petrolera, deja profundas huellas en la fisonomía de la ciudad, un cambio trascendental que comienza a vislumbrarse en el transcurso de la década del veinte y que establecerá las pautas para el futuro desarrollo de San Juan de los Morros. “Se gestará en su estructura urbana: la creación de otra ciudad, distinta y lejana a la ciudad de origen, pero aún con sus rasgos tradicionales. Se tiene, así, en la década del veinte la conjugación de múltiples factores políticos, económicos y sociales que se materializan en el espacio urbano samjuanero. Los cambios introducidos en la estructura urbana, como consecuencia del gasto público por concepto petrolero en la región, provocan una transformación de la ciudad existente -que había permanecido casi inalterable durante el siglo XIX-y hace que sus habitantes busquen otras alternativas de localización”, afirma. Estas dos investigaciones, además, de responder a las exigencias académicas de calidad, cumplen con la dimensión de pertinencia social que se le exige a la labor académica y científica a la universidad como institución no sólo formadora de recursos humanos sino, también, como organización creadora de conocimientos para el bienestar social y desarrollo humano. Ambas investigaciones les devuelven la memoria histórica a San Juan de los Morros y sirven como una propuesta para el desarrollo integral de nuestro país.
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